Capítulo 7
Felipe
Natalie me había convencido, hacía unos meses, de que me apuntara con ella en el gimnasio, con un entrenador o entrenadora personal, y al final, el viernes nos llamaron para decirnos que ya había hueco y que teníamos asignado entrenador, así que empezábamos hoy.
Empezábamos a las diez, pero eran menos cuarto y todavía estaba yo metido de lleno en una reunión.
Por suerte, a las diez en punto había terminado, y no estaba demasiado lejos, así que cogí mi mochila y me fui corriendo.
A las diez y diez, ya estaba entrando por la puerta de la sala de entrenamiento.
—Buenos días, disculpen la demora, pero tenía una reunión que se ha alargado…
No me lo podía creer, os lo juro que no. ¿Qué hacía esa mujer ahí? ¿Estaba como clienta o era una de las instructoras? Cuando se giró, vi en su cara la misma sorpresa que en la mía, aunque intentó disimularlo.
Cogió una carpeta que tenía apoyada en uno de los bancos de trabajo, y miró el nombre, y entonces sí que se sorprendió bastante, y ante lo que no pudo haber disimulo ninguno.
Lo que no supe distinguir fue si la sorpresa le agradó o no, porque, enseguida, se volvió a poner la máscara con la que la había visto el día de la playa.
—Buenos días, le agradecería, Don Felipe, que el próximo día, intente ser más puntual, no estoy aquí para perder el tiempo y, si no llega a su hora, no podremos hacer todos los ejercicios que tenemos preparados —me dijo.
—Lo intentaré y, en caso de que no me dé tiempo, me lo llevo como deberes para casa, o lo hago en el recreo —le contesté, de la manera más irónica posible.
—Veo que le divierte, a ver si dice lo mismo cuando terminemos la clase de hoy. No se crea que, porque su instructora sea una mujer, va a trabajar menos, porque le aseguro que no será así.
—Te voy a pedir dos cosas: la primera, que no me hables de usted, y la segunda, que me digas al menos tu nombre, para poder dirigirme a ti.
—Está bien, mi nombre es Nerea, y te tutearé, pero eso no hará que mi actitud cambie contigo.
En ese mismo momento, la puerta se abrió de golpe, y entró Natalie, riendo por algo que le había dicho uno de los clientes del gimnasio. Me fijé en el atuendo de una y de otra, y no podían ser más diferentes.
Mientras que mi instructora llevaba ropa cómoda y de esas que son diseñadas exclusivamente para el deporte, Natalie iba vestida de firma de arriba abajo, y de la manera más provocativa posible.
Aun así, era Nerea la que destacaba en el interior de esta sala, por sus curvas, puestas donde tenían que ponerse, por la naturalidad que mostraba y por su cuerpo, de lo más tonificado y seductor.
Si era así con ese tipo de ropa, no me la quería ni imaginar cómo sería verla arreglada para salir de fiesta.
Me encontraba sumido en mis pensamientos y no vi venir a Natalie, que me plantó un beso en los labios, como si quisiera marcar territorio delante de Nerea, algo que no me gustó nada, la verdad, porque entre nosotros, lo que había tan solo era sexo, no una relación de ningún tipo, pues ni siquiera era mi amiga, la verdad.
—Amor, no sabía que tú también vendrías a esta hora, no me dijiste nada el sábado antes de irte de mi casa —me dijo, y vi cómo Nerea se tensaba.
—¿Desde cuándo te tengo yo que dar explicaciones de lo que hago o dejo de hacer?
—Ay, hijo, cómo se nota que estás tenso. Más vale que te relajes, y si el deporte no lo consigue, ya sabes que yo tengo la clave para que lo hagas pasando un buen ratito…
Dejó eso en el aire, dando a entender algo que no era. No quise decirle nada delante de los demás, porque me había fijado que había un instructor en la otra esquina de la sala, y que me miraba como si fuera el hombre más suertudo del mundo, cuando, en realidad, era todo lo contrario.
Nerea me puso unos ejercicios de calentamiento, antes de que empezara con la tabla que me había preparado. No se iba a separar de mí, entre otras cosas, y según me fue diciendo, para que no me escaqueara de nada y cumpliera con todo lo que me había programado.
En un principio, había dicho que iría a diario a esa hora, que era la primera que había con entrenamiento personal, porque, así, después de salir de la oficina, me podría ir a casa y no tenía que salir más, que era lo que más coraje me daba del mundo.
—Venga, Felipe, mueve ese culo, que no solo te sirve para sentarte —me dijo, dando palmadas al aire.
—A ver, lista, si es tan fácil, ¿por qué no lo haces tú? —le respondí, medio cabreado.
—¿Quieres que yo lo haga? Pues ahora mismo te lo demuestro.
Cogió la mancuerna que yo tenía en la mano y se puso a hacer el mismo ejercicio que me había encargado a mí, y lo hizo de una manera tan fácil, tan cómoda, que me hizo sentir de lo más ridículo.
Al fondo de la sala, veía cómo ese hombre me volvía a mirar, con una sonrisa en los labios, y que me estaba gritando idiota sin pronunciar ni una sola palabra.
—Vale, vale, ya me ha quedado clara la cosa, no hace falta que te regodees.
—Eso espero, porque a mí no me tiembla el pulso en hacerlo a la misma vez que tú, si eso te hace sentirte mejor.
No podía con la chulería de esta mujer, que, desde que había entrado, ya me había dado dos guantazos sin mover la mano.
Natalie coqueteaba con el instructor que le había tocado, pero sin apartar la mirada de nosotros, por lo que sabía que, en cuanto que terminara la clase, iba a soltar una pullita de las suyas.
En cuanto que me dijo que habíamos terminado, que me podía pasar por la ducha, me di cuenta de que, al día siguiente, iba a tener agujetas hasta en las pestañas.
Por eso, no dudé en aclarar que, al menos hasta que no volviera a coger rutina de este tipo, no acudiría a clases más que tres veces en semana.
—Tú mismo, a mí me da igual, pero cuanto más tiempo dejes pasar entre sesión y sesión, más trabajo te costará hacerte con la rutina.
—Es que, si mañana muevo una sola pesa, me tienen que ingresar en la UCI.
—Hagamos un trato, mañana te vienes y, si tienes tantas agujetas, hacemos un entrenamiento más flojito durante el resto de la semana, pero no te acostumbres, porque no bajaré más el ritmo de ninguna de las sesiones.
Tal y como había predicho minutos antes, Natalie vino directamente hasta donde estábamos nosotros, nos miró con una sonrisa de maldad y empezó a increparme por lo que había dicho.
—Ay, chico, no te puedes poner así por un entrenamiento de nada, mucho más con lo flojita que es Nerea con sus clases… —sentenció Natalie.
—¿Perdona? Mira, Natalie, ya es la segunda vez que cuestionas mi trabajo, y no te lo voy a permitir ni una sola vez más. Si tantas quejas tienes, o te das de baja de mis clases, o pones una hoja de reclamaciones, pero no acuses sin motivo —se defendió Nerea.
—¿Sabes lo que ocurre? Que a mí me gusta que me den caña, en todos los aspectos de mi vida, y la gente que vive, trabaja o actúa a medias tintas, no me va.
—¡Qué sabrás tú de mi vida, niñata pija! —murmuró como si no quisiera que se enterara nadie, pero yo sí que lo hice y solté una carcajada.
—Me alegra tanto que te divierta esta situación, porque a mí no me hace ni puta gracia, la verdad —me soltó, directamente.
—No me divierte tu situación, simplemente me ha hecho gracia la manera en la que la has llamado, porque no podías haber acertado más en tus calificativos.
—Mira quien vino a hablar, que en vez de sudor destila perfume, no me jodas, por favor.
—Nerea, entiendo que hemos tenido un mal principio, y que nuestro encontronazo en la playa nos ha supuesto una predisposición a prejuzgarnos. ¿Podríamos empezar de nuevo?
—Esta noche me lo pienso, porque, ahora mismo, más que hablar, ladro, y no me gusta tomar las decisiones en caliente.
Volví a reírme, porque, a pesar de lo guerrera que se mostraba siempre, o precisamente por eso, esta mujer me gustaba cada vez más.
De camino al vestuario, me topé de nuevo con Natalie, que me estaba esperando con la toalla en el hombro, antes de meterse a la ducha. Me insinuó que la siguiera, pero, en estos momentos, ni me atraía ella ni me apetecía tener sexo; por eso, decliné la invitación.