Capítulo 6
Nerea
¿Se podía ser más gilipollas que ese tío? ¿Por qué todos los estirados me tocaban a mí? Con lo tranquilita que yo había empezado el domingo… Yo, que me había levantado temprano, había desayunado de manera relajada y me había vestido para hacer deporte.
Llevaba en la playa más de una hora, haciendo estiramientos y abdominales, y justo cuando me pongo a correr, al gilipollas ese le da por tumbarse en la arena mojada, justo por donde corre la gente.
No lo vi, aunque tengo que reconocer que yo también estaba un poquito distraída, pensando en mis cosas.
Llegué a mi casa y me di una ducha, porque, entre que había sudado como un cochino y que tenía arena en sitios insospechados de mi cuerpo, estaba de lo más incómoda.
Después de eso, me puse mi pijama calentito porque hoy hacía muchísimo frío, uno que no había sentido ni haciendo deporte ni en la discusión con el tío ese.
Muy a mi pesar, tenía que reconocer que estaba bueno, no, lo siguiente. Tenía unos ojos grises, de esos que se te clavaban en el alma, pero, por otro lado, eran como demasiado fríos, no sé si me explico. Como si no confiara en nada ni en nadie, y eso no me gustó.
No había preparado nada de comer y, por eso, me metí en la cocina. Me apetecía muchísimo un plato de sopa calentita, y eso no se hacía de un momento a otro, así que fui cogiendo los ingredientes y los puse al fuego.
Mientras tanto, preparé la lavadora con toda la ropa del gimnasio que había usado durante la semana. Siempre hacía lo mismo, acumularla para lavarla toda junta el domingo, ya que no iba a poner una lavadora para dos prendas.
Justo cuando terminaba de ponerla, mi móvil sonó sobre la mesa. Me dirigí hasta donde lo había dejado y miré quién era. Como no podía ser de otra manera, se trataba de Daniela, aunque me extrañaba por la hora que era; pues, en condiciones normales, a estas horas estaría en brazos de Morfeo.
—¿Tú en el mundo a estas horas?
—Déjate de bromas, que no he podido dormir en toda la noche.
—¿Y eso? ¿Qué te ha pasado?
—Una movida con mis padres anoche y estoy pensando seriamente en marcharme de esta casa.
—Anda, vente a mi casa, que estoy haciendo sopita de fideos, de esa que te gusta tanto.
—Sabía que podía contar contigo.
—Eso, siempre, y lo sabes.
—¿Te importa si me llevo ropa para pasar unos días contigo?
—Como si te la quieres traer toda y compartimos piso.
—De momento, me voy a ir esta semana. Depende de cómo se dé la cosa, me iré definitivamente. Eso sí, compartiremos gastos.
—Tú, vente a mi casa, que de todo eso ya hablaremos más tarde.
Cortamos la llamada y, ni media hora después, la tenía en mi casa, con una maleta de fin de semana llena de sus cosas y lágrimas en los ojos. Jamás había visto a mi amiga así, pues se suponía que su relación con sus padres era buena, o al menos hasta ese momento.
—¿Quieres hablar de lo que te ha sucedido?
—Ahora mismo, lo que necesito es un abrazo.
—Entonces, ven aquí, ya hablaremos después.
Daniela se refugió entre mis brazos y así, sentadas en el sofá, la dejé que se desahogara, llorando a moco tendido, mientras que yo intentaba consolarla. Había tenido que ser algo muy gordo, por la manera en la que lloraba y la forma en la que se lo estaba tomando.
—Gracias, Nerea. De verdad.
—No me las tienes que dar, cariño. ¿Estás mejor?
—No, pero lo estaré. No te puedes imaginar el infierno en el que se ha convertido mi casa.
—Si quieres hablarlo, aquí estoy, soy toda oídos.
Daniela me contó que, desde hacía unos meses, su padre había perdido el trabajo y que, en vez de ponerse a buscar otro o, por lo menos, afligirse por lo que le había sucedido, se dedicó a vaguear y a refugiarse en el alcohol.
—Ayer estaba como los locos, buscando dinero para beber, y como le dije que no le daría ni un céntimo para eso, empezó a golpear las puertas y a tirar las cosas de encima de la mesa…
—Y tu madre… ¿qué piensa de eso?
—Eso es lo más fuerte. Mi madre dice que mi padre está enfermo, y que tenemos que ayudarle económicamente, y se puso en mi contra, lo que provocó que él se sintiera todavía más respaldado y me exigiera más.
—Vamos a ver, yo entiendo que tú le ayudes en el tema de los pagos de la casa, los suministros, llenar la nevera, y demás, pero no en darle dinero para sus vicios.
—Bueno, pues el ultimátum fue que si no le doy el treinta por ciento de mi sueldo para sus gastos y el cincuenta para los suministros de la casa, que saliera de allí.
—¿Eso te dijo tu padre?
—No, eso me lo dijo mi madre, que todavía es peor.
—Imagino que la bronca que vino a continuación fue cojonuda, ¿no?
—Imaginas bien, hasta el punto de que, por no seguir escuchando gritos, cogí mi cartera y se la tiré a mi padre, que cogió hasta el último céntimo que había dentro, y se largó. Cuando he salido de mi casa esta mañana, todavía no había vuelto.
—No entiendo cómo tu madre consiente eso, en vez de intentar ayudarlo, metiéndolo en un centro o algo parecido.
—Eso mismo le he dicho yo esta mañana, antes de irme. Y ahora, el ultimátum se lo he dado yo.
—Me lo imagino.
Daniela me explicó lo que le había dicho a su madre, que no era otra cosa que, mientras que su padre no ingresara en un centro para desintoxicarse de su adicción al alcohol, ella no volvería a casa.
Lo que tenía claro era que no iba a partirse el lomo trabajando para que su padre se lo tirara en vicios.
—Sabes que aquí puedes quedarte cuanto quieras, tienes una habitación lista para ti.
—Gracias, amiga. Podría haberme marchado con Inés, con la que también puedo contar para todo, pero me siento mucho más cómoda conviviendo contigo.
—Y yo que te lo agradezco. Por fin voy a tener a alguien con quien charlar cuando vuelva del trabajo.
Nos dimos un nuevo abrazo y nos marchamos a la cocina, donde, mientras que yo freía las croquetas que había hecho con la carne del puchero, mi amiga ponía la mesa. Una vez que estuvo puesta, la envié a darse una ducha, que le vendría bien, y a cambiarse de ropa, antes de comer.
—Uf, tenías razón, me ha venido de miedo esta duchita.
—Te lo dije, te ayudará a despejarte de todo lo que tienes en la cabeza.
—Para que eso ocurriera, me tendría que pillar un tsunami de agua.
Por primera vez desde que llegó a mi casa, vi a Daniela sonreír, pero con sinceridad, sin una sonrisa para ocultar su tristeza, como me había dado cuenta de que había estado haciendo durante estos últimos meses.
Después de comer, nos tumbamos en el sofá, donde mi amiga se quedó dormida. Debía estar agotada, tanto por la carga psicológica que tenía como por todo el llanto que había tenido minutos antes, durante el cual volvió a desahogarse conmigo.
Le cogí una mantita y se la eché por las piernas para que no cogiera frío y, sin darme cuenta, yo me quedé dormida también. Lo que me jodió sobremanera es que, antes de cerrar los ojos, a mi mente vino la imagen del tío con el que tropecé en la playa.
No le había contado nada a Daniela y, de momento, tampoco se lo iba a contar a nadie. Prefería tratar a esa cosa como un episodio aislado; al fin y al cabo, no era probable que volviera a cruzarme con él.
Y había llegado la mañana del lunes. Daniela había cambiado su turno en la academia para que siempre fuera de nueve a dos, ya que por la tarde se había buscado unas clases particulares para sacarse un sobresueldo, con toda la buena intención de ayudar a pagar las facturas de la casa de sus padres con ese dinero.
Ambas salimos de casa: ella para ir a la academia y yo para ir al gimnasio. Además de mis clases fijas de baile deportivo, también tenía varias personas con entrenamiento personal y, según me dijeron el viernes, hoy tenía un par de clientes nuevos.
Tan solo esperaba que fueran personas nobles y sencillas, porque no sería la primera vez que me encontraba con algún que otro cliente que se piensa que sabe más que yo y, por no hacerme caso, terminaba con alguna lesión. Nada importante, pero siempre incómoda.
—Amiga, ¿vienes a comer a casa? —Me preguntó Daniela antes de despedirnos en la puerta.
—Sí, que vengo, amiga. Porque hoy termino por la mañana a la una y media y luego no vuelvo hasta las cinco y media.
—Vale, pues no prepares nada de comer, que yo me traigo dos pizzas.
—Déjate de pizzas, que tengo en la nevera albóndigas que hice el sábado por la tarde, y que, con una patatita frita, estarán de miedo.
—Bueno, entonces, me subiré el pan calentito para mojarlo en el tomate.
—Desde luego, que te gusta hacer barquitos, prima…
—Es lo que más me gusta en el mundo, no lo puedo negar.
Solté una carcajada, porque era cierto: las veces que habíamos comido juntas, que eran muchísimas, no le podía faltar un buen trozo de pan para mojar la salsita de lo que se pusiera en el plato, fuera lo que fuese.
Nos despedimos en la esquina de la calle, ya que ella cogía para la derecha y yo para la izquierda, y quedamos en vernos a la hora de comer en casa. Inés tenía el turno de tarde en la academia, por lo que no coincidía en horarios con nosotros, y tan solo nos veíamos los fines de semana.
Llegué al gimnasio y me encontré con mis compañeros en el vestuario, que me recibieron con una sonrisa, en especial, Luca, que, nada más llegar, me guiñó un ojo y me pasó el brazo por los hombros.
—Pero bueno, si ya está aquí lo más bonito del gimnasio. ¿Qué haces aquí tan temprano?
—Dos clientes nuevos para entrenamiento personal, a ver quiénes me tocan.
—Yo también tengo una clienta nueva, aunque, según he podido ver, no es nueva en el gimnasio, porque ha dado clases de baile deportivo contigo.
—¿Conmigo? ¿De quién se trata?
—No lo sé, no he visto el nombre, nada más que eso.
—Pues empieza a rezar para que no sea ninguna de las ejecutivas de los viernes a última hora.
—¿Por qué? ¿Tan insoportables son?
—No, no, de lo que puedas imaginar, multiplícalo por veinte, y estoy siendo demasiado benévola.
—Entonces, vamos a cruzar los dedos para que no sean ninguna de ellas.
Solté una carcajada y entré a cambiarme de ropa; me puse mi traje de faena, antes de salir a la sala de entrenamiento personal, donde también estaría Luca con la cliente que le había tocado en suerte.
En este gimnasio, no era habitual poner a un instructor hombre con un cliente hombre, sino que se iba asignando según las disponibilidades de cada instructor, fuera hombre o mujer.
Entré y di los buenos días, todavía no habían llegado los clientes de Luca y mío, por lo que, mientras que no lo hacían, nos pusimos a charlar entre nosotros, a la vez que preparábamos el material que íbamos a necesitar.
—No me gusta la gente impuntual —me dijo Luca.
—A mí tampoco, pero como son ellos los que pagan, se pensarán que podrán seguir hasta que a ellos les dé la gana.
—Pues, cuando vean que, al llegar la hora fijada, se les dice que, hasta otro día, ya no llegan más tarde.
—Buenos días, disculpen la demora, pero tenía una reunión que se ha alargado…