No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 5
11%

Capítulo 5

Felipe

Os prometo que tenía tanto enfado encima que lo primero que se me ocurrió fue ir a visitar a Natalie, pues la mejor manera de sacar mi frustración era con el sexo. Me gustaba hacerlo duro, fuerte, cuando me encontraba en esta situación, y sabía que ella me lo iba a dar.

Me daba igual si estaba acompañada, pues no sería la primera vez que hacíamos un trío, bien con una amiga o bien con un amigo, a mí me daba exactamente lo mismo si era con unos o con otros, siempre que me dejaran sacar todo lo que llevaba dentro.

Llamé a la puerta con insistencia y, en cuanto me abrió, ni siquiera la dejé hablar; la empujé hacia adentro mientras le devoraba la boca y le llevaba la mano a la entrepierna para comprobar que estaba preparada para recibirme.

En el momento en el que tuve claro que estaba lo suficientemente húmeda, le di la vuelta, la apoyé en el sofá y, tras sacar mi miembro, la penetré. No pregunté nada, ni si estaba ocupada, ni si había alguien más en la casa, me importaba todo un carajo.

Sus gemidos debieron alertar al tipo que estaba con ella en su casa y con quien se suponía que había pasado la noche anterior, porque apareció en el salón completamente desnudo. Al ver la escena, no duró en ponerse a tono ni en acercarse a nosotros, metiendo su miembro en la boca de Natalie.

Eso desató la locura entre los tres, pues ninguno tardó en alcanzar el clímax. Cuando terminamos, y recuperé un poquito el aliento, me presenté al hombre que estaba allí, y que tampoco le supuso un problema que yo hiciera eso con la mujer con la que había follado la noche anterior.

—Hola, soy Felipe.

—Hola, Felipe, yo soy Adolfo.

—Joder, Felipe, no me esperaba una entrada así, en la vida. Que no me quejo, oye. Es más, si os quedarais los dos durante todo el día, tampoco tendría ningún inconveniente —me dijo Natalie.

—Por mí, no hay problema. Eso sí, si estamos los tres desnudos, ya que ahora, yo me encuentro en inferioridad de condiciones —dijo Adolfo.

No me lo pensé y, en menos de un minuto, ya estaba desnudo, con la ropa doblada en una silla, al igual que Natalie, que se había quitado la especie de camisón que se había puesto para abrirme la puerta, ya que no llevaba ropa interior de ningún tipo.

Si me había permitido el lujo de no usar preservativo, era porque sabía que Natalie tomaba precauciones con los demás, y eso tan solo me lo permitía a mí. En cuanto volvimos a la acción, y para no hacer de menos al otro hombre, puso una caja de preservativos encima de la cama.

Tengo que reconocer que no era la primera vez que dejaba que un hombre me practicara sexo oral, como había hecho Adolfo hacía un rato, y mientras que a él se lo practicaba Natalie. Según me enteré más tarde, era bisexual y, a mí, siendo sincero, me daba exactamente lo mismo.

Era un empresario del sector automovilístico, propietario de varios concesionarios de lujo, por lo que sabía que la discreción era uno de sus pilares fundamentales.

No me extrañaría que estuviera hasta casado y con hijos, porque tenía que estar rondando los cuarenta años, pero vamos, que ni iba a preguntar, no era algo que me importara demasiado.

Cuando ya estuve completamente relajado y me había olvidado de todo lo sucedido con mi hermano, salí de esa habitación, me di una ducha, me vestí y me dispuse a ir a mi casa, donde me terminaría de relajar con una buena copa y un capítulo de la serie que estaba viendo.

—Felipe, esta noche vamos a salir a cenar y terminaremos aquí, de nuevo. ¿Te apuntas? —me preguntó Natalie.

—Es una oferta muy tentadora, pero estoy agotado y quiero descansar. No me pienso mover de mi casa en todo el fin de semana. Quizás para la próxima vez —le contesté.

Con Natalie, una cena con dos hombres, ya sabía yo dónde era: en el club al que solíamos ir de vez en cuando, sobre todo cuando queríamos un poquito más de acción. No sé si me entendéis.

En cuanto llegué a mi casa, lo primero que hice fue prepararme algo de cenar, pues eran casi las nueve de la noche y no había comido desde las nueve en que me levanté y me desayuné una tostada.

Improvisé con lo que tenía en la nevera y me preparé un sándwich; cogí una lata de cerveza y un paquete de patatas chips y me senté en el sofá.

Tenía que hablar con mi madre, pero lo haría al día siguiente, porque, después de cenar, y en el momento en el que puse el capítulo en la televisión, empecé a notar cómo se me cerraban los ojos, por lo que apagué todo y me fui a la cama.

Esa noche dormí como nunca, con una tranquilidad y una relajación que no había sentido en muchísimo tiempo, y por eso, me desperté temprano.

Me preparé y me fui a correr por la playa.

Podría hacer ejercicio en mi jardín, pues tenía espacio suficiente, pero me apetecía oler y sentir la brisa del mar.

Antes de salir, y mientras que me preparaba el café y la tostada, cogí el teléfono y marqué el número de teléfono de mi madre, porque quería saber cómo había terminado la comida del día anterior.

—Hola, corazón. ¿Cómo es que me has llamado tan temprano?

—Hola, mamá. Te llamo porque quería saber cómo terminó ayer todo el tema de la comida. ¿Entró mi hermano en razón, o siguió en sus trece?

—No hubo manera de que entendiera que no es que no nos gustara Melisa, que también, aunque intenté disimular lo máximo que pude, sino que creíamos que debían conocerse más.

—Mi hermano está pensando con lo que no tendría que pensar, y eso no es bueno, créeme.

—Sí, hijo, está pensando con la cabeza de abajo, en vez de la de arriba. Pero, en fin, es mi hijo y ahora lo máximo que espero es que acepte casarse en separación de bienes.

—Ja, ja, ja, no me hagas reír, mamá. Esa mujer le hará algo en la cama, o en la ducha, o en cualquier lugar, pero siempre sexual, para que continúe enganchado a él y pueda hacer lo que le dé la gana.

—Entonces… ¿cómo lo protegemos, hijo mío?

—Está claro que a mí no me va a hacer caso, ya lo has visto hoy…

—Hombre, Felipe, le dijiste a la novia, poco menos que prostituta, hijo mío.

—No, mamá, le dije que era una persona acostumbrada a conseguir que los hombres le resolvieran la vida, y eso es una verdad como un templo. Pero, bueno, no es eso lo que quería decirte.

—A ver, dime cómo podemos protegerlo.

—Creo que, si mi padre habla con él y le dice que ponga todo a vuestro nombre y que dejaréis por escrito que, si en dos años sigue casado, le volveréis a traspasar todas sus propiedades, firmará para demostrarnos que ella no es interesada.

—Puede ser, pero también dejaremos constancia de que, si nos pasa algo o si él se divorcia, todo pasará a sus manos.

—Por intentarlo, no pasa nada, mamá. Lo peor ya lo tenemos encima de la mesa.

Me despedí de ella, cogí mi teléfono móvil y lo guardé en la funda deportiva, junto a las llaves de mi casa, y me fui hasta la playa, dando un paseo, pues la tenía relativamente cerca.

Me encantaban los domingos por la mañana de esta época del año, porque las pocas personas que había en la playa estaban haciendo deporte, como yo.

Saqué mis auriculares de la bolsa y los conecté a mi móvil para escuchar mi música preferida mientras hacía deporte. Cuando iba a ese lugar, aunque hiciera mucho frío, solía ponerme ropa corta, porque, al final, me sobraba todo y no me gustaba ni sentirme incómodo, ni tener que cargar con nada.

Estaba sumido en mis pensamientos; había terminado de correr los kilómetros que hacía siempre, y me acaché para prepararme para hacer abdominales, cuando noté que alguien caía de bruces encima de mí.

—¿Se puede saber qué estás haciendo? —le pregunté, quitándome los auriculares.

—¿A ti qué te parece? Lo mismo, y estás pensando que eres tan irresistible que no he podido evitar tirarme encima de ti para olerte los huevos.

Tuve que mirar, porque ni cuenta me había dado de que su cabeza había caído justo encima de mi miembro, y no os podéis imaginar el cabreo que me entró.

—No, lo que estoy pensando es que eres ciega, por lo menos. Aparte de un incordio. ¿Te importaría quitarte de encima, por favor?

—Eres gilipollas, pero no uno de los normalitos, no. Como es normal en mí, siempre me los encuentro de esos que tienen balcones a la calle, vamos, de alto standing.

—¿Te ha dado tiempo de analizar mi estatus económico, o es que ya me tenías vigilado desde antes y tan solo no te ha salido la jugada como la tenías planeada?

—Mira, de verdad, ve al médico, porque el golpe en la cabeza te lo has llevado tú.

La vi cómo se levantaba, se sacudía la arena de las manos y se daba la vuelta para marcharse, pero no pude quedarme ni quieto ni callado, así que me levanté yo también y la sujeté del brazo.

No sabía lo que me pasaba, pero esa mujer había provocado que mi corazón se saltara un latido. No era especialmente elegante, pero bonita era a rabiar, y tenía un cuerpazo, de lo más notificado y trabajado. La miré de arriba abajo y ella se dio cuenta de la manera tan descarada en que lo hice.

—¿Me has visto bien o me doy una vueltecita para que me veas mejor?

—¿Perdona?

—Que si me sigues mirando así durante diez minutos más, en tu móvil va a saltar una radiografía mía, que parece que me estás haciendo un escáner. ¿Me dices ya para qué me estás sujetando?

—Lo siento, tan solo quería disculparme y preguntarte si estabas bien, si te dolía algo, pero, escuchándote, siempre a la defensiva, creo que no va a merecer la pena.

—¿Cómo quieres que actúe, si desde el principio me estás atacando?

—Para empezar, con un poquito de educación, porque no nos conocemos de nada para que me tutees.

—Mire usted, señor caballero estirado, será mejor que esto lo dejemos aquí, que no me apetece discutir un domingo tan temprano. Al fin y al cabo, no nos vamos a volver a cruzar en la vida…

Le solté el brazo y dejé que se marchara. A pesar de todo lo que había descubierto de ella en estos cinco minutos, a pesar de que no me gustaba nada la ropa que llevaba, porque se veía como de mercadillo, esa mujer se me había quedado clavada en la mente.

No pude continuar haciendo deporte, entre la mala leche que me había entrado con el encontronazo que había tenido esa mujer conmigo, y lo desconcertante que me había resultado todo, no daría pie con bola.

Llegué a mi casa por el camino más corto, me di una ducha y me planté un pantalón de algodón y una camiseta de manga corta, pues con la chimenea, en mi casa, se estaba de lo más a gusto con este atuendo.

Una de las cosas que más me relajaban, aparte del deporte, era la cocina. Por eso, y antes de entrar, pasé por el súper de la urbanización y compré un pescado para hacerlo al horno, algo de verdura y una tarta de chocolate, que era mi postre preferido, por encima de cualquier otra cosa.