No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 4
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Capítulo 4

Mateo

Estaba aparcando en el jardín de mis padres cuando me fijé en que el coche de mi hermano todavía no estaba allí, así que tendría al menos unos minutos para ver si mis padres sospechaban algo sobre lo que mi hermano Nacho nos iba a contar.

—Qué tempranito has llegado, ¿no? —Me dijo mi madre, dándome un beso en la mejilla, como siempre ocurría cuando venía a verla.

—Sí, anoche no salí, estaba agotado y necesitaba descansar.

—Felipe, debes aflojar un poquito con el trabajo, o terminarás enfermo —me aconsejó.

—Como me decía mi abuelo, mientras que no me tengas que poner bótox en el entrecejo, todavía puedo aguantar un poquito más —le respondí, con lo que siempre le contestaba mi abuelo a mi padre.

—Tu abuelo era muy sabio, pero también adicto al trabajo, hijo; yo no le haría mucho caso —me dijo mi padre.

—Bueno, dejemos mi vida laboral a un lado y centrémonos en lo que nos ha traído hasta aquí. ¿Qué se le ha ocurrido a mi querido hermano ahora?

—Sabemos lo mismo que tú, lo que viene siendo nada, vamos —contestó mi madre.

—Miedo me da, pues, de él; nos podemos esperar cualquier cosa —añadió mi padre.

En ese mismo momento, escuchamos cómo un coche entraba en la propiedad, concretamente el de mi hermano. Se bajó del coche y corrió hasta la puerta del copiloto, de donde ayudó a salir a una mujer que no habíamos visto en la vida.

Mi madre me miró a mí y yo la miré a ella, pues las pintas que traía no eran las de una mujer…

no sé cómo decirlo sin que resulte ofensivo…

¿Elegante? ¿De bien? Y no me refería precisamente al tema económico.

Vamos, que era una choni poligonera de manual y que sabíamos para qué se había acercado a mi hermano.

—Familia, buenas tardes —dijo mi hermano, al llegar.

—Buenas tardes, hijo —contestó mi madre, porque mi padre se quedó sin palabras en cuanto que vio a esa mujer.

—Hermanito, te veo cansado. Deberías trabajar menos y disfrutar más —se dirigió a mí.

—Para eso, ya te tenemos a ti. ¿Quién es esta… señorita? —Me atreví a preguntar, haciendo una pausa entre el demostrativo y el sustantivo, porque no me salían las palabras correctas.

—Ella es Melisa, mi futura esposa, porque eso es lo que he venido a contaros —dijo, como quien decía que había venido a decirnos que se iba de viaje.

—¿Perdona? ¿Cómo que te vas a casar? ¿Desde cuándo os conocéis? —dijo mi padre, que empezó a hablar como si tuviera una metralleta.

—Nos conocimos hace dos semanas y, desde entonces, vivimos juntos, ya que la echaban de su casa porque no había podido pagar el alquiler. Y no me vayas a decir que no es tiempo suficiente, porque no te lo voy a permitir —le contestó mi hermano, defendiendo lo indefendible.

—Por supuesto que no es tiempo suficiente, Nacho. Y no confundas los términos, porque tu siguiente argumento es que no me gusta esta chica, por el motivo que sea, y no puedo afirmar nada de eso, porque no la conozco —me adelanté a mi hermano.

—Claro que no te gusta, ni para mí ni para nadie. Para ti, toda aquella mujer que no tenga un estatus social como el tuyo, que no lleve un bolso de firma, no es digna de entrar en la familia.

—Cari, déjalo y vámonos. ¿No ves que me están juzgando por las apariencias? Nosotros, mientras que vivamos nuestro amor como queremos, el resto nos debe de dar lo mismo —dijo ella.

El tono de voz, la manera en que le cogió la cara para que solo la mirara a ella, nos indicaron la forma en que manipulaba a mi hermano, que, por otro lado, de tan listo que quería aparentar ser, era un gilipollas de manual.

Mi madre intentó mediar en toda la situación porque, como se solía decir, si no puedes con tu enemigo, únete a él, y eso era lo que ella pretendía hacer: ganarse la confianza de aquella mujer para ver si era capaz de averiguar sus verdaderas intenciones.

—Melisa, cariño, nadie ha dicho nada de que no te queramos en la familia, y mi hijo Nacho sabe cómo somos sus padres y que no miramos la clase social, sino los sentimientos reales de las personas —le dijo en un tono muy suave.

—Y no lo dudo, pero es lo que me habéis hecho sentir, sobre todo él, que me mira con una cara de asco… —contestó, dirigiéndose a mí.

—Vamos dentro, mejor, y así podremos hablar tranquilamente —añadió mi padre.

Os prometo que mi primera intención fue marcharme de allí, no podía permitir que mi hermano cayera en la trampa de esa mujer que, claramente, lo tenía atrapado con el sexo, que debía ser para tirar cohetes, si teníamos en cuenta el enganche que mostraba mi hermano.

Mi madre me lanzó una mirada con la que nos entendimos a la perfección. Ella me pedía templanza y apoyo, y yo se lo iba a dar, aunque me tuviera que morder la lengua para no decirle cuatro cosas a esa mujer, que tenía de todo menos elegancia y saber estar.

Pasamos al salón, en el que ya estaba la mesa puesta para cinco personas, y me senté lo más lejos posible de la tal Melisa, porque, si había algo que no soportaba, era a una persona que hiciera ruido comiendo, o que lo hiciera con la boca abierta, y la manera en la que estaba masticando el chicle me estaba avisando de que lo iba a pasar muy mal durante esta comida.

Una vez que nos sentamos a la mesa, mi madre empezó a servir la sopa, de manera muy tranquila, y mientras intentaba buscar las palabras adecuadas para tratar el tema. Mi padre, por el contrario, había preferido mantenerse en silencio, a la espera de acontecimientos.

—A ver, Nacho, sin acritud ninguna, por favor. Me gustaría que me explicaras el motivo por el que has decidido casarte tan pronto con esta chica. ¿Por qué no podéis esperar un poquito más de tiempo? ¿Por qué no os conocéis algo más? —le preguntó mi madre.

—Simplemente porque no nos hace falta. Yo sé que Melisa es el amor de mi vida, la mujer que me complementa, en todos los sentidos, y no necesito saber ni conocer nada más —contestó él.

Ahí fue cuando lo vi claro y, por mucho que lo intenté, no fui capaz de callarme. Di una palmada sobre la mesa con la mano y tiré la servilleta a un lado antes de dirigirme a mi hermano, pero no lo haría ahí, delante de ella.

—Ven ahora mismo al despacho —le ordené.

—¿Quién coño te crees que eres para darme órdenes? No pienso ir contigo a ninguna parte, ¿te ha quedado claro? —me contestó, visiblemente enfadado.

—Mira, gilipollas, esta tía lo único que quiere es vivir del cuento, y a tu costa. De momento, tiene un techo sobre su cabeza y no se ha visto en la calle, y sin un céntimo, y si para eso te tiene que chupar la polla veinte veces, lo hará, porque es a lo que está acostumbrada —le grité.

Mi hermano se levantó e intentó asestarme un puñetazo, pero le frené el brazo.

Con lo flojo que era, no pasaba ni por la puerta del gimnasio, por lo que no me costó ningún trabajo hacerlo.

Cuando lo tuve con el brazo sujeto a su espalda, lo empujé hasta salir de allí y entrar en el despacho, que cerré con llave antes de soltarlo.

—¿Se puede saber qué coño te pasa? —le grité.

—No, ¿qué coño te pasa a ti? ¿Acaso, por no llevar ropa de firma, ya no es digna de ser mi mujer?

—No digas chorradas, Nacho. Sabes que ese no es el problema. Esa mujer no te quiere, no está enamorada de ti, y busca lo que busca. Si cometes el error de casarte con ella, en unos meses te va a desplumar.

—Pues prefiero no tener un céntimo, pero ser feliz con la mujer que me hace disfrutar en la cama como ninguna otra.

—¿Lo ves? ¿Acaso no te das cuenta de que te tiene enganchado al sexo? Eso lo puedes tener cuando quieras, con esa cara y ese cuerpo, y quizás conozcas a alguien que también se merezca tu amor, no esa mujer.

—Me da igual lo que me digáis, me pienso casar con ella. Y tú… tú deberías de buscarte a una mujer igual, que haga que se te olviden todas las putas reuniones cuando llegues a tu casa.

—Veo que estás cegado, pues muy bien, allá tú. Yo no pienso ser partícipe de esto, no voy a ver cómo arruinas tu vida por un polvo.

Salí del despacho y dejé la puerta abierta. Entré en el salón, donde la «prometida» de mi hermano le estaba preguntando a mi padre si él podría operarle el pecho, pero sin cobrarle, claro está, que para eso eran familia.