No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 3
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Capítulo 3

Nerea

Llegué al restaurante en el que habíamos quedado y ya estaban allí mis amigas, sentadas en la mesa de siempre y con dos cervezas. No solía beber alcohol; era algo que no me gustaba, pero bueno, algún que otro día sí que me he tomado un cubata, sobre todo, en días como hoy, que me sentía desbordada.

—Ya está aquí lo más bonito de todo el gimnasio —me dijo Daniela, en cuanto me vio llegar.

—Lo más bonito, no lo sé, pero la que está hasta el mismísimo, eso te lo aseguro.

—¿Otra vez la estirada esa? —me preguntó Inés.

—La misma, es que no puedo con ella, de verdad. Con lo feliz que estoy yo en la clase de las siete de la tarde, con mis señoras, llega la gilipollas esta y me dice que se nota que es viernes, porque la clase ha estado hoy muy flojita —me desahogué con ellas.

—Mándala a la mierda, amiga. Pero hazlo de una manera que hasta se emocione con el viaje, de verdad —dijo Daniela, y solté una carcajada.

Si no fuera por ellas, mi vida sería una mierda. Estuvimos un rato cenando y, cuando terminamos, decidimos que nos marcharíamos a un local de copas que habían abierto hacía unos meses y que, hasta ahora, no habíamos podido ir a conocerlo.

Hoy pensaba darlo todo en la pista; me daba igual lo cansada que estaba, porque necesitaba desfogar. Sabía que podía llamar a Luca, que estaría encantado de acompañarme, pero es que no era eso lo que quería. Lo que más me apetecía del mundo era una noche de chicas.

—¿Qué vais a tomar? Yo invito.

—Lo de siempre, Nerea —me dijo Inés.

—Vale, pues id buscando una mesita o algo, que ahora mismo voy con las bebidas.

La barra estaba hasta la bola de gente, pero en un descuido me planté en primera fila. El camarero estaba, bueno, no, lo siguiente, y saqué mis mejores armas, no porque quisiera nada sexual ni romántico, sino porque, si no me atendía pronto, me iba a tomar la copa cuando tuviera que marcharme.

—Hola, bonita, ¿qué te pongo? —me preguntó el camarero.

—Hola, guapo, me pones taquicárdica, pero no es eso lo que me ha traído hasta aquí.

—Lo supongo. ¿De beber? ¿Qué te apetece?

—Dos rones con cola y un vodka con piña; este último, no me lo cargues mucho, por favor.

—Ahora mismo te lo sirvo…

El chico se marchó a preparar las copas, mientras que yo bailaba junto a la barra, haciendo la espera más amena. Os prometo que no lo hacía para destacar, ni mucho menos, sino porque me encantaba sentir la música, y no era consciente de lo que hacía.

Cuando terminó la canción y abrí los ojos, me encontré con que el camarero ya había puesto las copas sobre la barra, delante de mí, y que me miraba con una expresión entre sorprendida y divertida por lo que había presenciado de mi parte.

—Invita la casa, chica. Vaya manera de bailar.

—Me encanta sentir la música. Gracias.

—No, gracias a ti, por haberme dejado presenciar algo tan… ¿sensual?

No pude decir ni una sola palabra, tan solo cogí las copas como pude y me marché, regalándole una sonrisa que me salió sola. Me dispuse a ir hasta donde estaban Daniela e Inés, pues las había localizado de inmediato, pero me llevé una sorpresa en cuanto que estuve a su altura.

Allí, sentados con ellas, había dos chicos guapísimos, a los que no conocía de nada. Por su manera de vestir, yo diría que eran ejecutivos o algo así, y eso me echaba un poquito para atrás, la verdad, por mi experiencia en el gimnasio.

—Ya estoy aquí con las copas —les dije, dándole una copa a cada una de ellas.

—Hola, somos Damián y David. ¿Te importa que nos hayamos sentado aquí, con vosotras? —me dijo uno de ellos, el que se llamaba David.

—Técnicamente os habéis sentado con ellas, que eran las que estaban aquí, pero no, no me importa. Realmente, creo que voy a estar sentada poco tiempo, lo suficiente como para tomarme la copa, y ya.

—¿Te vas a marchar por nuestra presencia? De verdad que no queremos incomodarte.

—No, cariño, no te pienses el ombliguito del mundo. Si no me quedo, es porque he venido a bailar; es lo único que me desestresa y, precisamente hoy, es lo que más necesito.

—Ah, vale, si es por eso, me quedo más tranquilo —me respondió, con toda la ironía del mundo.

Lo cierto es que no eran nada de lo que parecían por su ropa y su aspecto. Eran dos chicos de lo más divertidos, pero no me quedé mucho tiempo, pues se veía a leguas que estaban interesados en mis amigas y por eso me largué a la pista a bailar.

Como un par de horas después, y cuando ya no podía ni con mi cuerpo, fui a buscar a mis amigas, que seguían en el mismo lugar donde las había dejado, y con los mismos chicos, entre bromas y risas que me sacaron una sonrisa.

Ellas se merecían esto: encontrar a un hombre que las entendiera, que las hiciera reír, y yo sobraba en esta ecuación. No es que yo no me lo mereciera; simplemente no lo necesitaba ni lo quería en este momento de mi vida.

—Chicas, me marcho a casa —les dije.

—¿Ya? ¿Por qué no te quedas un ratito más? —me preguntó Inés, que se la veía de lo más a gusto.

—Quedaros vosotras, no pasa nada. Si queréis, os dejo una llave de mi casa. Podéis llegar cuando queráis; no hay problema.

—No, si nos quedamos, pues nos iremos a dormir a mi casa; no vamos a despertarte cuando lleguemos. Te llamamos mañana, ¿vale? —Me contestó Inés.

—Claro, sin problema.

—Envíanos un mensaje cuando llegues a casa, por favor —me pidió Daniela.

Les dejé un beso en la mejilla a ambas y me despedí de los chicos con dos besos, antes de salir de allí y volver a mi casa. Por suerte, había una parada de taxis en la misma esquina, así que no tuve que buscar la manera de volver a casa y no tardé ni quince minutos en llegar.

Muchas veces me sentía sola; llegar a tu hogar y no tener con quién compartir cómo te había ido el día o contarle lo que te inquietara provocaba esa sensación, y este era uno de esos momentos. Me quité el maquillaje, me recogí el pelo en una coleta alta y me metí en la ducha.

Al día siguiente no tenía que trabajar, así que aprovecharía para ir a correr por la playa en cuanto que me levantara. La sensación del frío mientras me daba el sol me encantaba, y me daba una fuerza y una energía que no entendía de dónde salían, la verdad.

Me metí en la cama, tan solo con las bragas puestas, pues me resultaba de lo más incómodo dormir con cualquier prenda puesta. Sentir el calorcito de mis sábanas de coralina y de mi edredón era lo que más me gustaba del mundo: caer en el sueño más profundo, sintiéndome protegida.

No sé qué hora era cuando me quedé dormida, pero cuando me desperté, eran casi las dos de la tarde. A esa hora, no me apetecía ir a practicar deporte en la playa, por lo que lo dejaría para el domingo por la mañana, ya que esta noche no pensaba salir.

Viendo la hora que era, ni siquiera me planteé desayunar, sino que me puse a preparar la comida para ese día. Cuando llegué anoche a mi casa, saqué filetes de la nevera, que me los prepararía hoy en salsa, y preparé una ensalada, mientras quitaba las sábanas de la cama y me ponía a limpiar la casa.

No os vayáis a pensar que no les envié el mensaje que me solicitaron mis amigas, porque lo hice nada más entrar por la puerta de mi casa, y estaba esperando a que ellas me llamaran y me contaran cómo les había ido la noche.

Me senté a comer y encendí la televisión para que alguien me hablara, aunque fuera de fondo, aunque no me hablara directamente. Los fines de semana me gustaban porque podía descansar, pero también me hacían sentir más sola que nunca.

Echaba tantísimo de menos a mi abuela: cómo me cuidaba, sus besos por la mañana, sus caricias cuando pasaba por mi lado mientras estudiaba o hacía cualquier cosa.

No pude evitar que unas lágrimas cayeran por mi rostro. Sin ninguna duda, hoy me había levantado especialmente sensible, y los días en que me despertaba así, lo único que me ponía de pie era la música, así que cogí mi teléfono, lo conecté al altavoz y puse una de mis canciones favoritas.