No seas tan estirado, señor Fajardo Capítulo 2
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Capítulo 2

Felipe

Acaba de salir de una reunión de lo más tediosa e improductiva, ya que no habíamos llegado a ningún acuerdo. Eso me recordó que anotara en mi agenda no hacer nunca más acuerdos con esta empresa, porque no era la primera vez que me hacía lo mismo.

—¿Qué te parece si nos tomamos una cervecita? —Me dijo Damián, mi mejor amigo, junto a David.

—Siempre que sea en la terraza de mi casa, no tengo ningún problema.

—Joder, tío, que en tu casa no hay mujeres —me recriminó David.

—Pues, cuando te tomes la cerveza, te vas a tomar…

—No me vayas a mandar a tomar por culo, hazme el favor.

—No, no te iba a enviar allí, sino a tomar algo a una discoteca, y así podrías ligar.

—Pues mira, ese plan me gusta, pero me gustaría más si te apuntaras a este plan.

—Estoy agotado, te lo prometo. No puedo ni con mi cuerpo. Llevo toda la semana en tensión y, encima, mañana me toca ir a comer con mi familia; mi hermano dice que tiene algo que contarnos.

—Pues, viniendo de tu hermano, te puedes esperar cualquier cosa.

—Por eso mismo, sé que mañana tendré otro dolor de cabeza, porque no las piensa, de verdad que no.

En mi familia éramos cuatro: mis padres, Isabel e Ignacio, que eran cirujanos plásticos, y Nacho, mi hermano pequeño, que tenía una pequeña clínica dental.

Sí, como podéis comprobar, yo no tenía nada que ver con ellos, pues me había licenciado en Derecho y Dirección de Empresas para continuar con la empresa que fundó mi abuelo y que se quedaba sin sucesor.

No vayáis a pensar que lo hice porque me sentí obligado, porque no era así. Si estudié eso fue porque quise, porque me fascinaba el tema administrativo y porque lo aprendí de mi abuelo, que me llevaba allí desde que tenía catorce o quince años, porque yo se lo pedía.

Me acabo de dar cuenta de que ni siquiera os he dicho mi nombre, cuando ya os he contado media vida. Mi nombre es Felipe Fajardo y, tal y como os he contado antes, dirijo la empresa que me legó mi abuelo y que se dedicaba a la fabricación de cervezas artesanales.

Como os iba contando, mi hermano era todo lo contrario a mí, tanto física como psicológicamente. Mientras que yo, desde bastante pequeño, tenía un sentido de la responsabilidad muy acusado, demasiado, la mayoría de las veces, Nacho vivía por y para la fiesta.

Estudió odontología porque mi padre le prometió que, si se sacaba la carrera, le montaría una clínica para él solo.

No es que trabajara mucho en ella, pues iba tan solo un día o dos a la semana, nada más para supervisar cómo iba todo.

Contaba con un equipo muy bueno, que en realidad era el que trabajaba por él.

Salimos de la empresa y, tal y como habíamos pensado, nos fuimos hasta mi casa, pero paramos antes en un restaurante italiano para pedir un par de pizzas y alguna que otra delicia para picar, como palitos de mozzarella o pan de ajo, que nos gustaba muchísimo a los tres.

En cuanto que entramos por mi casa, que era un chalé con un jardín precioso y una piscina, que disfrutábamos en el verano, en la que hacía algunas fiestas con mis amigos, con la típica barbacoa y demás.

Hacía frío, por lo que cambiamos el jardín por el salón, junto a la chimenea, pero mientras que mis amigos ponían la mesa y demás, yo fui a darme una ducha y a ponerme cómodo, pues no me gustaba andar con el traje de chaqueta cuando llegaba del trabajo.

—Venga, no te vayas a llevar ahora una hora en la ducha, que nos conocemos y tengo hambre —me dijo Damián.

—Eres un cabrón, ¿lo sabes? Si el que tarda una eternidad en ducharse y vestirse eres tú…

—Claro que lo sé, pero tú llevas mucho tiempo sin desfogar, y no nos gustaría escuchar cómo te desahogas desde aquí —añadió mi amigo.

—Dejaros ya de cháchara. Cuanta más charla le des, más tarde vamos a cenar, y hoy, casi ni he comido —nos regañó David.

Entré en mi habitación, negando con la cabeza, porque, aunque a veces me sacaban de quicio, eran mis mejores amigos y habían estado conmigo en mis peores momentos, como cuando falleció mi abuelo.

Además de eso, llevaban toda la vida conmigo y, cuando me hice cargo de la empresa y les propuse que dejaran su trabajo actual para venir conmigo, no dudaron ni un segundo; dejaron todo para seguirme.

Nos conocimos siendo niños. A pesar de que veníamos de clases sociales distintas, estudiamos en el mismo colegio privado; eso sí, ellos con becas. Eran mellizos, tan diferentes en lo físico, pero tan iguales en la forma de ser, que a veces me volvían loco.

Mis padres nunca fueron de esos que miraban por encima del hombro a los demás por tener más dinero que ellos. Mi abuelo sí que era de esos, pero por suerte nunca me dijo que dejara de frecuentar a mis amigos, y yo tampoco había sido nunca de esos.

Eso sí, con el tema de las mujeres no pensaba de la misma manera, pero no os vayáis a pensar que era por clasismo ni mucho menos. Si lo hacía, era porque ya me había encontrado con un par de ellas que lo único que buscaban era una vida cómoda junto a mí, gracias al dinero que tenía.

Y no, no me partía los cuernos, como se suele decir, a diario, para que viniera una que me engatusara y, en un divorcio, me sacara hasta los higadillos. Era por eso por lo que las mujeres con las que me solía acostar eran de clase alta, o ejecutivas de alto rango, como era el caso de Natalie.

Salí de la ducha y mis amigos ya lo habían preparado todo, así que solo tuve que sentarme a cenar y charlar con ellos.

—No te dará a ti vergüenza sentarte a cenar con el pijama, mientras que nosotros estamos aquí, con la ropa del trabajo —me increpó David, de broma, por supuesto.

—Ya sabes, ahí tienes una ducha, una bañera y un vestidor repleto de ropa para estar por casa. Si no te has cambiado antes de cenar, es porque no te ha dado la gana.

—Si me ducho y me pongo un pijama, no me mueven de aquí ni con agua caliente. Y quiero darle un poquito de alegría a mi cuerpo —me contestó.

—Entonces, ¿por qué cojones me estás increpando?

—Porque, si no lo hiciera, no sería yo.

Solté una carcajada, porque tenía ese efecto en mí, el de hacerme reír, por muy cansado o enfadado que estuviera. Estuvimos un buen rato charlando de todo menos del trabajo, porque eso sí que lo tuvimos claro desde el primer momento.

Salvo que fuera algo urgente y que no tuviéramos más remedio que llevarnos a casa, en cuanto que poníamos un pie fuera de la empresa, no se hablaba de nada de eso. Hasta ahora, lo habíamos cumplido sin dilación, lo que viene siendo a rajatabla.

—¿Vas a llamar a Natalie mañana?

—Mañana, lo dudo, pero bueno, todo dependerá de cómo se dé lo de mi hermano, y de la bomba que nos vaya a soltar.

—Uf, es verdad, de Nachito podemos esperar, desde que vende la clínica y se va al Nepal, hasta que se ha puesto un pendiente en la punta de la polla —dijo David, haciendo que soltara una carcajada.

Lo cierto es que, a pesar de que nos reíamos, lo que había dicho era absolutamente cierto; de mi hermano podíamos esperar cualquier cosa.

A eso de las doce de la noche, mis amigos se marcharon de mi casa.

Habían quedado con dos chicas que conocieron la semana anterior y con las que pensaban divertirse de lo lindo.

Yo, por el contrario, me iba del tirón a la cama. No iba a encender ni la televisión, porque tenía un dolor de cabeza que parecía que me iba a reventar. Me tomé una pastilla con un vaso de leche caliente, y me metí bajo mis sábanas de algodón y mi edredón de plumas.

Ni dos minutos tardó la pastilla en hacerme efecto, tras lo cual caí rendido. Tenía la inquietud de lo que pudiera pasar al día siguiente con mi hermano, pero, al fin y al cabo, nada de eso tenía que ver conmigo, o al menos no esperaba que me salpicara a mí.

En cuanto me levanté, me encontré con varios mensajes de mis amigos contándome que, al final, no habían pasado la noche con las chicas con las que habían quedado, pues llegaron tarde y ya se habían marchado, pero que, sin embargo, habían conocido a tres bellezas que, seguro que me encantaban, y no pude evitar reírme.