No seas tan estirado, señor Fajardo
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Capítulo 1
Nerea
Mi nombre es Nerea Luján y trabajo desde hace unos tres años en un gimnasio, concretamente como instructora de baile deportivo.
Estoy graduada en Ciencias del Deporte y, si bien mi primera intención era dar clases en un instituto, lo cierto es que no he tenido esa suerte, algo que no es raro en mi vida.
Veréis, cuando nací, mi madrecita María del Carmen decidió que era muy complicado para ella cuidar de un bebé y seguir con su vida de fiestera.
Por eso, no tuvo ningún reparo en dejarme en casa de mi vecina, una mujer soltera, sin hijos ni familia, que me cuidó hasta que falleció, hacía ya un par de años.
Mi padre todavía lo hizo peor que mi madre, porque en cuanto se enteró de que yo venía en camino, cogió las de Villadiego y todavía lo están buscando.
Vamos, que no tenía ni puñetera idea de quién era, pues mi madre se encargó de que nadie conociera la identidad del hombre que la había dejado embarazada.
Las malas lenguas del barrio decían que era un hombre casado; otros argumentaban que era un adinerado que, en cuanto su familia se enteró de que andaba enredado con mi madre, se lo llevaron al extranjero para que estudiara.
El caso es que, fuera como fuese, yo no tenía familia; lo que sí tenía eran dos amigas que valían su peso en oro.
En ellas me había apoyado cuando falleció la única persona que conocía como tal, aunque Manuela, a quien yo llamaba abuela, desde el primer momento, me hizo partícipe de mi situación real, que para mí no era más que un cuento chino, pues para mí era, es y será siempre mi abuela.
Mis amigas, Daniela e Inés, tal y como os he contado antes, eran mis hermanas, sin compartir sangre ni ADN. Nos conocimos en primero de primaria y nos hicimos tan amigas que nos compenetramos tan bien que no nos habíamos vuelto a separar.
Ellas habían estudiado filología inglesa y trabajaban en una academia de inglés, impartiendo clases a niños de ocho a diez años y, si ellas se partían con las cosas que les contaba de mi trabajo, no os podéis imaginar lo mucho que yo me reía con las suyas.
Hoy tenía clases de siete a nueve de la noche; eran las que menos me gustaban, sobre todo porque era el horario que teníamos los viernes, y estaba deseando terminar para cambiarme, irme a cenar y salir de fiesta con mis amigas, ya que los sábados y los domingos descansaba del trabajo.
Esas clases, por otro lado, eran las mejores, al igual que las de los lunes y miércoles a la misma hora, porque las formaban las mujeres de una asociación cercana cuyas edades iban de los sesenta a los ochenta años, pero que tenían más marcha que veinte como yo.
—Venga, chicas, hoy vamos a darlo todo, para prepararnos para el fin de semana —les dije a mis alumnas.
—Eso mismo, bonita, que cuando salgamos nos vamos a poner guapas y nos vamos a ir a cenar y a bailar a la asociación —me dijo Crisilda, una señora de setenta años.
—Crisilda, querrás decir que os vais a poner más guapas todavía, ¿no?
—Ay, hija, no me llames por mi nombre completo, que parece que estamos en una telenovela de esas mexicanas, y me toca ser la criada. Llámame Crisi, como todo el mundo.
—Siempre se me olvida, lo siento.
—Pues a esta bien que le dices Nandi, y no Rosa Fernanda.
—Oye, chica, a mí no me metas en tus movidas, que yo estoy muy tranquilita para que te acuerdes de mi nombre completo —le respondió la otra.
Me partía de la risa con estas mujeres, de verdad que sí.
La mayoría de ellas llevaba una carga a cuestas que no muchas de las mujeres de hoy en día serían capaces de soportar.
En el caso de Crisi, por ejemplo, era madre de diez hijos, se quedó viuda cuando el pequeño tenía cinco meses, y los había sacado a todos adelante ella sola.
Ahora, con setenta y muchos años, seguía siendo la mamá gallina de su familia y tenía a su cargo, además de sus dos hijas pequeñas, también a sus nietos e incluso a un bisnieto, y ninguno carecía de nada de lo que se podría considerar indispensable.
Con ellas tenía clases de siete a ocho, y luego llegaba otro grupo de mujeres, porque sí, no entendía el motivo por el que los hombres eran tan reacios a dar este tipo de clases.
Las siguientes eran casi todas ejecutivas, de esas que llegaban con ropa deportiva de firma y las uñas perfectamente arregladas, además de maquilladas como si, en vez de ir a hacer deporte, fueran a una cena de negocios.
Esa clase solo venía los viernes y los martes, lo justo para que, junto a la hoja de lechuga que se comían a diario, las ayudaran a mantenerse en esa talla menos veintidós que utilizaban.
Verás que estoy completamente a favor de llevar una vida sana, de comer de todo, pero sin pasarse, lo que toda la vida se llamó una alimentación equilibrada, pero sin tener que convivir con el hambre por condena, como les pasaba a ellas.
Sabía que tenía que ser igual de amable con el resto de mis alumnas, pero con la mayoría de ellas me costaba serlo, porque tenían la mala costumbre de mirar por encima del hombro a los demás.
Sobre todo, una de ellas, Natalie, que se llamaba Natalia, era tan tonta que decía su nombre en otro idioma porque creía que sonaba mejor.
Terminé medio agotada porque la idiota esta no paraba de interrumpir y me estaba acabando la paciencia. De la mejor manera que pude, la corté varias veces, sin ser descortés y tratando de no parecer demasiado antipática.
—Nerea, chica, se nota que estamos a viernes; hoy la clase está de lo más flojita.
—Mira, bonita, he hecho los mismos ejercicios del martes; solo he cambiado la música. Así que no creo que esté flojita; quizás es que tú te has pasado hoy con el café. ¿Has comido algo o solo te has alimentado hoy de cafeína?
—Pues claro que he comido, una ensalada al mediodía…
—Entonces, salvo que seas un canario, no creo que te haya cundido mucho.
—Claro, eso lo dices tú, que lo mismo y te has comido hoy un chuletón. Pero a la larga tendrás que tener cuidado, porque las calorías, conforme se cumplen años, se van acumulando en el culete.
Me mordí la lengua para no decirle cuatro cosas. Lo cierto era que yo, por genética, o por la cantidad de horas que me pasaba bailando y haciendo deporte, tenía un cuerpo de lo más tonificado, con curvas donde tenía que tenerlas. Vamos, que no era un insecto palo como ella, la verdad.
Terminé la clase y me marché al vestuario de los empleados, donde me di una ducha y me cambié de ropa.
De ahí, me iba directamente al restaurante en el que había quedado con mis amigas.
Este fin de semana lo pasábamos en mi casa, bueno, como casi todos, a no ser que a cualquiera de nosotras le saliera un plan, en cuyo caso cambiábamos de ruta.
Mi casa era mía; quiero decir que no tenía que pagar alquiler ni hipoteca, a diferencia de Inés, que vivía de alquiler, ya que Daniela seguía viviendo con su padre, viudo y solo. A mí me la dejó mi abuela en herencia, al igual que el dinero que tenía en el banco y sus joyas.
Con el dinero que heredé, hice una reforma y la puse como a mí me gustaba, ya que, aunque grande y preciosa, no dejaba de ser un tanto anticuada en cuanto a la decoración.
Estaba en una de las mejores zonas de la ciudad, porque mi madre no era tonta y no eligió un mal barrio para vivir, aunque fuera alquilado.
Muchas veces me paraba a pensar en lo que decía la gente: que mi padre tenía que ser un hombre casado y con posibilidades, porque era él quien pagaba el alquiler.
Cuando salí del vestuario, ya vestida para salir, mis compañeros empezaron a decirme cosas, en especial, Luca, con el que me había acostado alguna que otra vez, pero con el que no tenía nada serio, la verdad.
—Ole las mujeres guapas. ¿Dónde nos vemos, preciosa? —me dijo, delante de todos.
—En tus sueños, Luquita, porque hoy me voy de marcha con mis amigas.
—No me hagas esto, no me puedes dejar así, compuesto y sin novia —bromeó.
—Así llevas toda la vida, chaval, eso no es nada nuevo, te lo aseguro.
Por supuesto que sabía que estábamos de bromas, pues fue lo primero que le dije cuando nos liamos la primera vez. Eso era lo que era, sexo, muy bueno, pero solo sexo, nada más. Ni yo estaba preparada para una nueva relación, ni él quería nada serio.