No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

La discusión sobre el menú de la boda, en cambio, resultó ser la parte del proceso que más disfrutó Talia, con Renata como cómplice entusiasta en la creación de una carta que combinara lo mejor de la tradición sureña de Alder Creek con las especialidades de chocolate que habían hecho famosa a Cacao Salvaje en toda la región.

—Necesitamos una tarta que sea, literalmente, la mejor tarta que hayas hecho en tu vida —había declarado Renata, con la seriedad de quien entiende perfectamente las prioridades correctas para un evento de esa magnitud—. No hay margen para el término medio en el día de tu propia boda.

—Sin presión, entonces.

—Toda la presión del mundo. Pero confío en ti. Llevas años preparándote para este momento sin saberlo.

Talia pasó semanas enteras perfeccionando la receta final: una tarta de cinco pisos que combinaba chocolate negro intenso con capas de mantequilla ahumada —la misma receta que había cautivado a los directivos del hotel en Charleston meses atrás— y decoraciones de flores de azúcar hechas a mano que imitaban, con una precisión casi obsesiva, las flores silvestres del jardín donde se celebraría la ceremonia.

Renata insistió también en organizar una despedida de soltera, aunque a menor escala de lo que su entusiasmo inicial había sugerido, después de que Talia dejara claro que prefería algo íntimo antes que una fiesta multitudinaria en Asheville con desconocidos disfrazados de temática cuestionable.

—Solo nosotras, June, mi madre, y Dorothy si consigue venir a tiempo —había negociado Talia—. Una cena tranquila, quizás algo de vino, nada de estríperes disfrazados de bombero, por favor.

—Eso le quita toda la gracia a una despedida de soltera tradicional, mujer.

—Prefiero recordar mi despedida de soltera sin tener que fingir después que nunca pasó.

—Está bien, está bien. Cena tranquila. Pero voy a comprar coronas de flores para todas de todos modos. Eso no es negociable.

Asher, por su parte, tuvo su propia versión de despedida de soltero organizada por Deacon: una noche de pesca en el arroyo con un grupo reducido de amigos del pueblo, cerveza artesanal comprada en la única microcervecería de Alder Creek, y una hoguera que se extendió mucho más allá de la hora prevista, con historias sobre los primeros años de Asher en el taller que Deacon insistió en contar con lujo de detalles vergonzosos que Asher habría preferido mantener enterrados.

—Cuéntales lo de la vez que intentaste hacer un banjo antes de aprender a hacer guitarras como Dios manda —había insistido Deacon, entre risas, ante el grupo reunido alrededor del fuego.

—Eso fue hace quince años, Deacon. Era un adolescente sin ninguna formación.

—Y sonaba como un gato siendo estrangulado. Nunca voy a olvidar ese sonido.

La noche terminó tarde, con Asher volviendo a casa oliendo a humo de leña y con una sonrisa que no conseguía borrarse, pensando en lo afortunado que era de tener, además de a Talia, un grupo de amigos que llevaban años a su lado, dispuestos a acompañarlo en cada etapa importante de su vida.

La madre de Talia y June, para sorpresa de nadie que las conociera, congeniaron desde el primer encuentro con una facilidad que facilitó enormemente la planificación conjunta de los últimos detalles, encontrando en la organización de la boda un terreno común que las convirtió, en cuestión de semanas, en algo parecido a viejas amigas que se llamaban por teléfono para discutir arreglos florales y opciones de catering con un entusiasmo compartido que a Talia y Asher les resultaba, a partes iguales, entrañable y ligeramente aterrador.

—Tu madre tiene un gusto excelente para la decoración —le comentó June a Talia, después de una de sus llamadas semanales de planificación—. Deberíamos haberla involucrado desde el principio.

—Cuidado, June. Si sigues alabándola tanto, va a mudarse a Alder Creek permanentemente.

—Peores cosas podrían pasar, querida. Esta casa siempre tiene sitio para más familia.

En las noches tranquilas de aquellas semanas de planificación, Talia se sorprendía a menudo pensando en la distancia recorrida desde aquella noche de octubre en que había llegado a la propiedad de los Doyle con una maleta y ningún plan más allá de sobrevivir a una emergencia temporal.

Todo lo que había construido desde entonces —el negocio ampliado, la casa que ahora compartía de verdad con Asher, la familia extendida que incluía a June, a Renata, incluso a Marcus y Louise en Charleston— le parecía, visto en retrospectiva, demasiado bueno para haber surgido de un simple desastre de fontanería.

—A veces pienso que debería enviarle una carta de agradecimiento a esa tubería reventada —le comentó a Asher una noche, medio en broma, mientras repasaban juntos la lista final de invitados.

—Eso sería un gesto extraño incluso para nuestros estándares.

—Puede ser. Pero sin ella, nunca habría llamado a tu puerta aquella noche.

—Cierto. Aunque prefiero pensar que, de una manera u otra, el universo habría encontrado la forma de ponernos en el mismo sitio. Algunas cosas están destinadas a pasar, con o sin tuberías reventadas de por medio.

La semana antes de la boda transcurrió con una mezcla de nervios y emoción contenida que ninguno de los dos había experimentado nunca en la misma medida, con los últimos detalles cayendo en su sitio uno tras otro: la confirmación final del catering, el ensayo de la ceremonia con el oficiante que June había insistido en contratar —un viejo amigo de la familia que llevaba décadas casando parejas en todo el condado—, y una última prueba del vestido que dejó a Talia sin palabras al verse reflejada en el espejo, vestida con el encaje de la abuela de Asher, lista para convertirse en parte oficial de aquella familia que la había acogido sin condiciones desde el primer día.

El ensayo general, celebrado el jueves antes de la boda bajo un atardecer suave que teñía el arroyo de tonos dorados, resultó ser una mezcla de solemnidad y comedia involuntaria, con el oficiante confundiendo dos veces el orden de los votos, con Renata cronometrando cada movimiento con una precisión que rozaba lo absurdo, y con Asher tropezando, para diversión general, con la misma piedra del camino de piedras en la que ya se había tropezado meses atrás durante la limpieza del cobertizo.

—Esa piedra tiene una vendetta personal contra ti, Doyle —había bromeado Talia, ayudándolo a levantarse entre risas—. Deberíamos moverla antes del sábado, por si acaso.

—O podría convertirse en una tradición familiar. El novio se tropieza en el mismo sitio cada vez que hay un evento importante en esta familia.

—Eso suena a una tradición que preferiría no continuar, la verdad.

—June dice que mi abuelo también se tropezaba en las bodas familiares. Por lo visto es hereditario, junto con la torpeza para las flores.

—Entonces espero que nuestros hijos hereden mejor puntería que ustedes dos.

—Eso —dijo Asher, deteniéndose un momento con una expresión que Talia no supo del todo interpretar— es una conversación que me encantaría tener con más calma, después de la boda.

—¿Estás insinuando algo, Doyle?

—Solo digo que esta casa tiene mucho jardín y muchas habitaciones vacías que podrían llenarse algún día, si el destino y la genética cooperan un poco mejor que con las flores de gasolinera.

—Eso ha sido, de lejos, la declaración más romántica y menos directa que me has hecho en el año que llevamos juntos.

—Prefiero pensar que es consistente con mi estilo. Cinco palabras a la vez, poco a poco.