No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

El sí de Talia llegó antes de que ella misma tuviera tiempo de procesarlo del todo, saliendo de su boca con una certeza instintiva que no necesitaba ni un segundo de deliberación, seguido de un abrazo tan fuerte que estuvo a punto de tirar a Asher al suelo entre los aplausos y las lágrimas del pequeño público reunido, la mayoría de los cuales, según descubriría después, ya sabían exactamente lo que iba a pasar esa noche.

El anillo, cuando por fin tuvo ocasión de mirarlo con calma esa misma noche, resultó ser exactamente el tipo de pieza que Talia habría elegido para sí misma si alguna vez se hubiera atrevido a imaginarse eligiendo un anillo de compromiso: sencillo, de oro envejecido, con una pequeña piedra que no era un diamante convencional sino una amatista de un tono violeta suave que le recordaba, de manera inmediata, a las flores de lavanda de su bombón favorito.

—Es una amatista —le explicó Asher esa noche, cuando por fin consiguieron un momento a solas entre la avalancha de felicitaciones—.

Pensé en un diamante, como se supone que hay que hacer, pero me pareció demasiado predecible para alguien tan poco predecible como tú.

La amatista me recordó al bombón de lavanda desde el primer momento que la vi en la joyería, y supe que era la correcta.

—Es perfecta, Asher. Absolutamente perfecta.

Marcus, que había presenciado toda la escena desde una distancia prudente con Renata, se acercó por fin a felicitarlos, con la timidez propia de alguien que apenas lleva unos meses conociendo a los protagonistas de una historia tan grande.

—No puedo creer que haya tenido el privilegio de estar aquí para esto —dijo, con una sinceridad que enterneció a Talia—. Cuando Renata me llamó para pedirme que viniera con la excusa de la visita, no me imaginaba que iba a presenciar una pedida de mano en directo.

—Espero que hayas practicado guardar secretos, porque llevas semanas siendo cómplice de una conspiración a gran escala sin que yo tuviera ni la más mínima sospecha —dijo Talia, riendo entre lágrimas todavía frescas.

—Fue difícil, la verdad. Casi se me escapa dos veces durante la formación de la semana pasada.

—¿Lo sabíais todos? —preguntó Talia, todavía con el anillo brillándole en el dedo, mirando a su alrededor con una mezcla de incredulidad y cariño hacia aquel pueblo entero que se había conjurado para guardarle el secreto durante semanas.

—Todos menos tú, cariño —confirmó su madre, abrazándola con lágrimas genuinas en los ojos—. Renata me llamó hace tres semanas para coordinar mi vuelo. Estuve a punto de arruinarlo la semana pasada, cuando casi te comento por accidente que había reservado billete de avión.

—Yo lo até todo hace un mes, cuando vi a Asher comprando revistas de anillos de compromiso en la librería de Asheville con la sutileza de un elefante —añadió Renata, sin ningún atisbo de arrepentimiento por haber guardado el secreto con tanto entusiasmo conspirador.

—Y yo lo até cabos hace meses, cuando encontré la cajita en su cajón de calcetines —dijo June, con la satisfacción de quien lleva toda la vida siendo la más lista de la habitación—.

Aunque debo admitir que el discurso ha sido mejor de lo que esperaba.

Ese chico no habla mucho, pero cuando decide hablar, lo hace bien.

Asher, todavía arrodillado en el suelo con una sonrisa que no conseguía borrarse de su cara, se levantó por fin y tomó la mano de Talia con la misma reverencia con la que trataba cada pieza de madera antes de convertirla en algo terminado.

—¿Estás bien? —le preguntó, en voz baja, solo para ella, en medio del bullicio de felicitaciones que llenaba el apartamento.

—Más que bien. Estoy exactamente donde quiero estar.

Las semanas siguientes transcurrieron en un torbellino de planificación que a Talia le habría parecido, meses atrás, completamente ajeno a su personalidad metódica y controlada, pero que descubrió disfrutando con un entusiasmo que la sorprendió a ella misma: elegir el lugar de la ceremonia, que decidieron celebrar en el propio jardín de la propiedad de los Doyle, junto al arroyo y bajo los arces que habían sido testigos de tantos momentos importantes de su historia juntos; discutir con Renata sobre el menú, que por supuesto incluiría una versión ampliada de la tarta de chocolate que Talia llevaba años perfeccionando; y negociar con June, con la misma diplomacia paciente que había aprendido a usar con Asher, sobre cuántos parientes lejanos de la familia Doyle tenían derecho a una invitación.

—Son solo primos segundos, June —había protestado Talia, revisando una lista de invitados que crecía cada semana con nombres nuevos—. No hace falta invitar a todo el árbol genealógico.

—En esta familia, querida, los primos segundos son prácticamente hermanos. Además, la tía Dorothy nunca me perdonaría si no invito a su rama entera después de haber hecho el viaje desde Charleston para el compromiso.

—Está bien. Pero pongo el límite en los primos terceros.

—Los primos terceros ya no cuentan como familia de verdad, querida. Ese límite ya existía sin que lo pusieras tú.

La elección del vestido resultó ser, para sorpresa de Talia, uno de los procesos más emotivos de toda la planificación, no por la ropa en sí sino por el descubrimiento inesperado de que June guardaba, en un baúl del desván de la casa grande, el vestido de novia de su propia madre, una pieza de encaje antiguo de principios de siglo que había sobrevivido, milagrosamente, décadas de almacenamiento cuidadoso.

—No tienes que usarlo si no quieres —le había dicho June, mostrándole el vestido con una cautela que delataba cuánto significaba para ella el ofrecimiento—. Es solo una opción, y entendería perfectamente que prefirieras algo elegido por ti misma, sin el peso de la historia de otra familia encima.

Talia se había probado el vestido esa misma tarde, más por curiosidad que por intención real de usarlo, y se había quedado sin palabras al mirarse al espejo: el encaje, aunque antiguo, le sentaba con una naturalidad sorprendente, como si hubiera sido cosido pensando en ella específicamente en vez de en una mujer que había vivido y muerto generaciones atrás.

—Voy a llevarlo —había dicho, con la voz quebrada de emoción—. Con algunos arreglos, pero sí. Quiero llevarlo.

June había llorado entonces, sin ningún pudor, abrazando a Talia con una fuerza que decía más que cualquier palabra sobre lo mucho que aquella decisión significaba para toda la familia Doyle.

La discusión sobre dónde celebrar la ceremonia, en cambio, resultó ser sorprendentemente sencilla, casi automática, como si ninguno de los dos hubiera considerado nunca ninguna otra opción: el jardín de la propiedad, junto al arroyo, bajo los arces que habían presenciado tantos momentos importantes de su historia juntos, desde la primera discusión sobre manteles hasta la tarde entera limpiando el cobertizo lleno de telarañas.

—No tiene sentido buscar ningún otro sitio —había dicho Asher, cuando Talia le preguntó, casi por formalidad, si prefería considerar alguna otra opción más convencional, como un salón de eventos en Asheville o incluso la iglesia del pueblo—.

Todo lo importante que nos ha pasado ha pasado en ese jardín.

Sería raro casarnos en cualquier otro sitio.

—Estoy completamente de acuerdo. Solo quería asegurarme de que no lo decías por comodidad, sino porque de verdad lo sientes así.

—Lo siento así. Con la misma certeza con la que sentí que tenía que preguntarte que te casaras conmigo delante de todo el pueblo, en vez de hacerlo en privado como habría sido más sencillo.

—¿Por qué decidiste hacerlo en público, por cierto? Nunca te pregunté eso directamente.

—Porque quería que todo el pueblo que nos había ayudado a llegar hasta ahí fuera testigo del momento exacto en que dejábamos de ser dos personas conviviendo por casualidad y nos convertíamos en algo elegido a propósito.

Me pareció que se lo debíamos, después de todo lo que nos habían acompañado sin que se lo pidiéramos.

Grant, para sorpresa de Talia, envió una felicitación breve y sincera cuando se enteró de la noticia por un conocido común, deseándole lo mejor con una madurez que ella agradeció sin necesidad de responder más allá de un simple gracias.

Ivy, por su parte, le mandó a Asher un mensaje de felicitación desde algún lugar de su gira, con una foto de su propia pareja adjunta y la promesa de que, si algún día tocaban cerca de Alder Creek, le encantaría conocer en persona a la mujer que había conseguido que él escribiera una canción de amor, algo que, según sus propias palabras, "nunca creí que viviría para ver".

—¿Vas a responderle? —le preguntó Talia, viendo el mensaje por encima de su hombro.

—Ya lo he hecho. Le he dicho que está invitada a la boda, si le encaja con la gira.

—¿Estás seguro de eso?

—Completamente. Hace un año, la idea me habría parecido imposible. Ahora me parece, simplemente, el cierre correcto de una historia que ya no me pesa como antes.

Talia se sentó junto a él en el sofá de la casa grande, con el teléfono todavía en la mano, pensando en lo distinto que se sentía todo aquello comparado con la tensión de meses atrás, cuando la sola mención de Ivy había bastado para crear un silencio cargado entre los dos.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo—. Que ahora puedo pensar en Grant y en Ivy sin sentir absolutamente nada más que un cariño distante, como quien recuerda personajes de un libro que leyó hace años. No queda ni rastro del miedo que sentía antes.

—Eso es lo que pasa cuando encuentras el sitio correcto, supongo. Los fantasmas del pasado dejan de asustarte porque ya no tienen ningún poder real sobre el presente que estás viviendo.

—Eso ha sonado sospechosamente sabio para ser usted, Doyle.

—Estoy a punto de casarme. Se me permite un momento de sabiduría ocasional.