No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

El sábado llegó con un cielo despejado poco habitual para abril, y Talia pasó la mañana entera en el cobertizo preparando la tanda especial de trufas que había decidido, sin saber por qué exactamente, dedicarle un cuidado extra a aquel concierto en particular, como si alguna parte de ella intuyera que la noche iba a ser distinta a las anteriores.

La mañana transcurrió, para Talia, con la rutina habitual de los sábados de concierto: templar chocolate, preparar las bandejas de degustación, revisar que el pequeño escenario estuviera listo para la actuación mensual de Asher, que en los últimos meses se había convertido en uno de los momentos más esperados de todo el calendario social de Alder Creek, con listas de espera que ya no se limitaban a los primeros meses de novedad sino que parecían consolidarse como una tradición fija del pueblo.

—Estás rara hoy —le dijo Renata, ayudándola a colocar las bandejas—. Más nerviosa de lo habitual para un concierto mensual que ya habéis hecho media docena de veces.

—No sé por qué. Tengo una sensación extraña, como si algo importante fuera a pasar.

Renata, que sabía exactamente lo que iba a pasar, se concentró con sospechosa intensidad en acomodar una bandeja de trufas que no necesitaba ningún ajuste adicional.

—Probablemente son solo nervios normales. O el café. Has tomado mucho café hoy.

—Probablemente.

Talia pasó el resto de la mañana intentando ignorar la sensación persistente de que algo importante flotaba en el aire, dedicándose con especial cuidado a una nueva variedad de trufa de chocolate con toque de naranja que llevaba semanas queriendo perfeccionar, sin sospechar que Renata, cada vez que ella se giraba para revisar el horno, intercambiaba miradas cómplices con Marcus, el aprendiz de Charleston que había llegado esa misma mañana con la excusa oficial de "visitar a su antigua mentora" y que en realidad formaba parte de la operación logística cuidadosamente orquestada por Renata desde semanas atrás.

—¿Qué haces tú aquí? —le había preguntado Talia a Marcus, genuinamente sorprendida de verlo en Alder Creek sin previo aviso.

—Tenía un fin de semana libre y quería ver cómo va todo por aquí —había respondido él, con una sonrisa que a Talia le pareció, en su momento, simplemente entusiasmo juvenil, sin sospechar el motivo real de su presencia.

Renata, mientras tanto, se había pasado buena parte de la tarde coordinando con discreción absoluta los últimos detalles con Asher, que había llegado al taller esa mañana con una calma exterior que escondía, mal, un torrente de nervios que solo Talia, si hubiera prestado más atención, habría podido detectar.

Se cambió de camisa tres veces antes de decidirse por una que ni Renata ni June consideraron mejor que las dos anteriores, y pasó los últimos minutos antes del concierto encerrado en el taller, repasando la canción una última vez con una intensidad que rozaba lo obsesivo.

—Vas a estar perfecto —le aseguró June, asomándose al taller minutos antes de que empezara el evento—. Respira. Y no olvides las palabras del final, que son las que de verdad importan.

—No las voy a olvidar. Las he practicado tantas veces que las digo hasta en sueños.

—Eso me han contado —dijo June, con una sonrisa cómplice—. Tu abuela oye más de lo que la gente cree a través de las paredes de esta casa.

A las ocho en punto, con el apartamento lleno hasta los topes y Talia sentada en su mesa habitual sin sospechar todavía nada fuera de lo normal, Renata subió al pequeño escenario para hacer una breve introducción, siguiendo el guion que había ensayado con Asher durante toda la semana.

—Buenas noches a todos, y gracias por venir a una edición muy especial de nuestras catas mensuales —dijo, con una sonrisa que apenas contenía la emoción de saber lo que estaba a punto de pasar—.

Esta noche, Asher va a compartir con nosotros algo que lleva meses preparando. Sin más preámbulos, os dejo con él.

Asher subió al escenario entre aplausos educados, con la guitarra en las manos y una expresión que Talia, desde su mesa, reconoció de inmediato como distinta a la tranquilidad habitual con la que solía presentarse ante el pequeño público mensual.

El público, sin sospechar todavía lo que estaba a punto de presenciar, se acomodó en un silencio expectante que era, en cualquier caso, habitual antes de cada actuación mensual de Asher, algo que se había convertido, con el tiempo, en una especie de ritual sagrado para los asistentes regulares de aquellas catas.

El apartamento se llenó esa noche con más gente de la habitual, algo que Talia atribuyó, sin sospechar nada, al buen tiempo primaveral, sin notar que entre el público había caras que no deberían estar ahí sin una razón específica: su madre, sentada en primera fila con una sonrisa que no conseguía disimular del todo la emoción contenida; Dorothy, la hermana de June, que Talia no recordaba haber invitado nunca a un concierto en Alder Creek; y June, radiante, con un vestido que Talia nunca le había visto y que parecía reservado para ocasiones mucho más importantes que una cata de chocolate mensual.

—Mamá —dijo Talia, sorprendida, acercándose a saludarla—. No sabía que venías este fin de semana.

—Sorpresa —dijo su madre, con una vaguedad sospechosa que Talia no tuvo tiempo de cuestionar más, porque en ese momento las luces del pequeño escenario se encendieron, y Asher subió con la guitarra en las manos, la misma que llevaba meses terminando en secreto, con un brillo en la madera que hablaba de horas incontables de trabajo cuidadoso.

Talia se sentó en su sitio habitual, en la mesa más cercana al escenario, sin sospechar todavía nada fuera de lo normal, aunque notó, con una curiosidad creciente, que Asher parecía más nervioso de lo habitual, con las manos ligeramente temblorosas mientras ajustaba las cuerdas antes de empezar.

—Esta noche voy a tocar algo distinto —dijo Asher, dirigiéndose al público con una voz que le temblaba solo un poco, lo justo para que Talia, que lo conocía mejor que nadie en aquella sala, notara que algo importante estaba a punto de pasar—.

Una canción que he estado escribiendo durante los últimos meses, para alguien muy concreto que espero que esté escuchando con atención.

Empezó a tocar, una melodía sencilla pero cuidadosamente construida, con acordes que Talia reconoció, con una punzada de emoción, como una variación de la canción de Johnny Cash que él tarareaba sin darse cuenta desde el primer día que se conocieron, meses atrás, en aquel mismo taller donde todo había empezado con una tubería reventada y una regla sobre no entrar sin avisar.

La letra, cuando llegó, hablaba de tormentas y de goteras, de manteles doblados con precisión innecesaria, de cinco palabras que se habían convertido, con el tiempo, en las palabras más importantes de toda una vida.

Talia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas mucho antes de entender del todo hacia dónde iba aquella canción, reconociendo en cada verso un fragmento de su propia historia con aquel hombre, contada con una ternura que nunca había esperado de alguien tan parco en palabras.

Reconoció, entre los versos, referencias tan específicas que solo alguien que hubiera vivido cada momento junto a ella podría haber escrito: la mención de una tubería reventada convertida en metáfora de comienzos inesperados, una estrofa entera dedicada al bombón de lavanda que se negaba a quitar del menú, y un verso final que hablaba de guitarras sin nombre que por fin habían encontrado el nombre correcto que llevar dentro.

Cada palabra parecía elegida no por su rima sino por su verdad, construida con la misma paciencia meticulosa con la que Asher construía cada instrumento que salía de su taller.

Cuando la canción terminó, en medio de un silencio expectante que llenaba toda la sala, Asher dejó la guitarra en su soporte con un cuidado deliberado, y por primera vez desde que había empezado a tocar, buscó la mirada de Talia directamente, sin ningún instrumento entre los dos que sirviera de escudo.

El resto de la sala pareció desvanecerse para Talia en ese momento, todos los rostros conocidos convertidos en un fondo borroso mientras Asher caminaba hacia ella, con el corazón latiéndole tan fuerte que estaba segura de que todo el mundo presente podía oírlo.

—Esta guitarra —dijo, señalándola— tiene un nombre grabado dentro. Lo escribí hace meses, la noche que volviste de Charleston la primera vez, y desde entonces no he vuelto a construir un instrumento sin pensar en la persona que le da sentido a todo lo que hago en este taller.

Bajó del escenario, caminó hacia la mesa de Talia entre un silencio que se podía cortar con un cuchillo, y se arrodilló frente a ella, sacando del bolsillo de la chaqueta una cajita pequeña que Talia reconoció, con el corazón latiéndole a una velocidad imposible, exactamente por lo que era.

Alrededor de ellos, el público entero contenía la respiración, con más de una persona ya con el teléfono en alto grabando el momento, y con Renata, en la última fila, apretando la mano de Marcus con una emoción que no intentaba disimular en absoluto.

—Talia Marsh —dijo Asher, con una voz que ya no temblaba, firme y clara como la primera vez que le había dicho que no entrara en su taller sin avisar—, llevo desde octubre intentando encontrar las palabras adecuadas para decirte lo que significas para mí, y he llegado a la conclusión de que ninguna palabra es suficiente, así que voy a hacer lo único que sé hacer bien cuando las palabras no alcanzan: voy a construirte algo, y esta vez, en vez de una guitarra, quiero construir una vida entera contigo. ¿Te casarías conmigo?

El tiempo pareció detenerse durante el segundo eterno que Talia tardó en procesar la pregunta, con las lágrimas ya corriéndole libremente por las mejillas y una sonrisa tan amplia que le dolían los músculos de la cara, antes de que la respuesta le saliera del pecho con una fuerza imposible de contener.

—Sí —dijo, sin ningún atisbo de duda, la palabra saliéndole casi antes de que Asher terminara de formular la pregunta completa—. Sí, sí, mil veces sí.

La sala entera estalló en aplausos y vítores, con Renata gritando algo ininteligible de pura emoción, con la madre de Talia llorando abiertamente sin ningún intento de disimulo, y con June, en su asiento privilegiado de primera fila, aplaudiendo con una sonrisa que llevaba meses guardándose para ese momento exacto.

Asher se levantó, con el anillo ya deslizado en el dedo de Talia y las manos todavía temblándole ligeramente, y la abrazó con una fuerza que decía mucho más que cualquier palabra adicional que pudiera haber añadido a la pregunta ya formulada, mientras el pequeño escenario y las mesas de degustación quedaban, por un momento, completamente olvidados en medio de la celebración espontánea que se desató entre los invitados presentes.