No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

—Buen punto. Ese comentario, para que conste, es la cosa más romántica que te he oído decir en los ocho meses que llevo conociéndote.

—No se lo cuentes a nadie. Tengo una reputación que mantener.

—Tu reputación de hombre gruñón lleva meses en franca decadencia, Doyle. Ya no engañas a nadie.

El vendedor de la joyería, un hombre mayor con acento sureño marcado y una paciencia infinita para las indecisiones de Asher, terminó ofreciéndole un descuento considerable, más por simpatía hacia un cliente evidentemente enamorado que por cualquier estrategia comercial calculada.

—Llevo cuarenta años vendiendo anillos de compromiso —le había dicho, envolviendo la cajita con un cuidado ceremonial—, y puedo asegurarle que los hombres que dudan tanto como usted suelen ser los que más seguros están, en el fondo, de que están haciendo lo correcto.

La duda no es sobre la decisión, es sobre si van a hacerlo bien.

—¿Y cómo se hace bien?

—Con sinceridad. Olvídese de discursos ensayados perfectos. Dígale lo que de verdad siente, con sus propias palabras, aunque le tiemble la voz. Eso es lo único que de verdad importa.

Aquel consejo se le quedó grabado a Asher durante las semanas siguientes, y terminó descartando, uno por uno, los borradores de discurso que había estado escribiendo y reescribiendo desde febrero, decidiendo finalmente que la canción diría todo lo que las palabras sueltas no conseguían capturar del todo, y que el resto, cuando llegara el momento, saldría solo, sin necesidad de ensayo.

Deacon, el amigo de la infancia de Asher que ocasionalmente lo ayudaba en el taller con encargos grandes, se enteró del plan por casualidad, al pasar por el taller un martes cualquiera y encontrar a Asher hablando solo, ensayando frases delante de un espejo improvisado con la superficie pulida de una guitarra terminada.

—¿Estás bien, tío? —le había preguntado, genuinamente preocupado por encontrar a su amigo hablándole a su propio reflejo distorsionado en una caja de resonancia.

—Voy a pedirle matrimonio a Talia el sábado.

—Por fin. Empezaba a pensar que ibas a tardar otro año más en decidirte.

—¿Tan obvio era?

—Doyle, llevas meses tarareando canciones de amor mientras trabajas. Todo el pueblo lo sabía menos ella.

—Necesito un favor —le dijo Asher, cambiando de tema con la brusquedad típica de quien se siente incómodo recibiendo tanta atención sobre sus propios sentimientos—.

Necesito que ayudes con las sillas y el equipo de sonido el sábado.

Renata tiene toda la logística controlada, pero necesita manos extra.

—Cuenta conmigo. Y Asher... me alegro mucho por ti. De verdad. Después de todo lo de Ivy, te mereces esto más que nadie que conozca.

—Gracias, Deacon. Significa mucho viniendo de ti.

El sábado por la mañana, con todo ya prácticamente listo, Asher se despertó antes que Talia, como llevaba haciendo toda la semana, y se quedó un buen rato contemplando el techo del dormitorio, repasando mentalmente cada detalle del plan de esa noche: la canción, el discurso improvisado que pensaba dejar salir sin ensayo excesivo, el anillo escondido en el bolsillo de la chaqueta que pensaba ponerse esa noche.

Todo estaba listo. Solo faltaban las horas.

Se levantó con cuidado de no despertarla, preparó café para los dos siguiendo la misma rutina de todas las mañanas, y se quedó un momento en la puerta del dormitorio observándola dormir, pensando en lo distinta que se sentía aquella mañana comparada con cualquier otra: la misma rutina de siempre, pero cargada de una expectación que le aceleraba el pulso de una manera que ningún encargo profesional, por muy importante que fuera, había conseguido nunca provocarle.

Renata llegó a media mañana con una lista de tareas finales que repasó con Asher punto por punto, con la meticulosidad de un general revisando un plan de batalla antes del asalto decisivo: confirmar que el equipo de sonido funcionaba correctamente, verificar que las sillas estuvieran colocadas en el ángulo exacto que permitiera a todos ver el pequeño escenario sin obstrucciones, y asegurarse, sobre todo, de que la madre de Talia y Dorothy llegaran con tiempo suficiente para acomodarse sin levantar sospechas.

—¿Todo listo por tu parte? —preguntó Renata, revisando su propia lista con satisfacción visible.

—Todo listo. La guitarra está afinada, el discurso lo tengo aquí —se señaló el pecho— y el anillo lleva en mi bolsillo desde esta mañana, quemándome literalmente a través de la tela cada vez que me muevo.

—Bienvenido al club de los nervios previos a una gran pregunta, Doyle. Vas a estar perfecto.

Mientras Renata terminaba de repasar la lista, Asher se permitió un momento de reflexión silenciosa, sentado en el banco de trabajo donde tantas veces había visto a Talia templando chocolate a su lado, pensando en el hombre que había sido hacía apenas un año: encerrado en su dolor por Ivy, incapaz de imaginar que alguna vez volvería a confiar en nadie lo suficiente como para arriesgarse de nuevo.

Aquel hombre, pensó con una mezcla de compasión y sorpresa, no habría reconocido al que estaba a punto de proponerle matrimonio a una mujer que había llegado a su vida por culpa de una tubería reventada.

—¿En qué piensas? —preguntó Renata, notando su expresión pensativa.

—En lo mucho que ha cambiado todo en un año. En lo que habría dicho el Asher de hace doce meses si alguien le hubiera contado que iba a estar aquí, hoy, a punto de hacer esto.

—Probablemente te habría dicho que estabas loco, y luego se habría metido en el taller a esconderse durante una semana entera.

—Probablemente tienes razón.

Deacon se marchó poco después, prometiendo llegar puntual al montaje de sillas, y Asher se quedó un rato más a solas en el taller, contemplando la guitarra terminada bajo la luz de la tarde, repasando mentalmente una última vez los versos de la canción que llevaba semanas ensayando en secreto, hasta que sintió que ya no necesitaba practicar más: las palabras, por fin, le salían solas, sin esfuerzo, como si llevaran ahí desde siempre esperando el momento correcto para ser dichas en voz alta.

Talia, sin saber nada de lo que se estaba planeando a apenas unos metros de distancia, pasó esa misma tarde de sábado terminando los últimos preparativos del cobertizo, ajena por completo a la conspiración que se estaba orquestando a su alrededor, y se sorprendió a sí misma tarareando, sin darse cuenta, la misma canción de Johnny Cash que Asher tarareaba siempre mientras trabajaba, una costumbre que había adquirido sin proponérselo, contagiada por meses de convivencia compartida.

June, que pasó por el cobertizo esa misma tarde con la excusa de "traer más servilletas para el evento", se detuvo un momento a escucharla tararear, con una sonrisa que Talia no supo interpretar del todo en su momento, y que solo tendría sentido completo unas horas después.

—Tienes buena voz, querida —le dijo June, dejando las servilletas sobre la mesa—. Deberías cantar más a menudo.

—Nunca he sido buena cantando. Se me da mejor hablarle al chocolate que cantarle.

—Aun así. Nunca se sabe cuándo puede hacer falta una buena canción.

Aquel comentario, tan aparentemente inocuo, se quedaría grabado en la memoria de Talia durante mucho tiempo, un pequeño indicio que en su momento no supo leer pero que, en retrospectiva, encajaba perfectamente con todo lo que estaba a punto de pasar esa misma noche.

Terminó de organizar las últimas bandejas de trufas justo cuando el sol empezaba a bajar detrás de los arces, sin sospechar que, en apenas unas horas, su vida entera estaría a punto de cambiar de nuevo, de la misma manera silenciosa e inesperada en que había cambiado un año atrás, cuando una tubería reventada la había llevado, sin planearlo, hasta la puerta de un taller de guitarras al final de un camino de grava.