Capítulo 17
Abril llegó a Alder Creek con los arces ya completamente verdes y el arroyo crecido por las lluvias primaverales, y con él llegó también, para Asher, la fecha límite que se había impuesto a sí mismo semanas atrás sin decírselo a nadie: la guitarra tenía que estar terminada antes de que se cumpliera un año exacto desde la noche de la tormenta, la noche del primer beso entre virutas de madera y congeladores de emergencia.
El proceso de construcción de aquella guitarra en particular había sido, para Asher, distinto a cualquier otro instrumento que hubiera hecho antes, incluidas las decenas de encargos profesionales que habían pasado por sus manos a lo largo de los años.
Había elegido la madera con un cuidado obsesivo, descartando tres piezas de arce antes de encontrar una con el veteado exacto que buscaba, algo que solo él parecía capaz de distinguir del resto; había tallado el mástil durante semanas enteras de noches trabajando después de que Talia se durmiera, con la excusa oficial de "encargos pendientes" que no era del todo mentira pero que tampoco contaba la historia completa; y había guardado, en el fondo del cajón donde nadie más que June parecía tener acceso, una cajita pequeña que llevaba comprada desde febrero, esperando el momento correcto.
—¿Cuánto le falta a esa guitarra misteriosa? —le preguntó June una tarde, encontrándolo en el taller con la lija en la mano y una concentración que ella reconocía como la de los proyectos que de verdad le importaban.
—Poco. Una semana, quizás menos.
—¿Y el anillo?
Asher levantó la vista, sorprendido de que su abuela hubiera atado cabos sin que él le hubiera contado nada explícitamente.
—¿Cómo sabes lo del anillo?
—Porque llevas meses actuando como un hombre con un secreto, y porque encontré la cajita en el cajón de tus calcetines cuando te lavé la ropa la semana pasada. No es difícil de deducir, querido. Soy vieja, no ciega.
—Se suponía que era un secreto, June.
—Y lo sigue siendo, para todos menos para mí, que soy la única persona con acceso legítimo a tu cajón de calcetines. Tu secreto está a salvo.
—¿Qué te parece? El anillo, quiero decir.
June se sentó en el taburete que Talia solía ocupar, con una expresión que se suavizó de golpe, perdiendo toda la ironía habitual.
—Me parece que es exactamente lo que ella habría elegido si hubiera podido elegirlo ella misma. Y me parece, sobre todo, que ya era hora, Asher. Llevo meses viendo a esa chica mirarte como si fueras la mejor decisión que ha tomado en su vida, y a ti mirarla igual. No hacía falta esperar tanto.
—Quería estar seguro. Después de Ivy, después de todo, quería estar completamente seguro antes de dar este paso.
—¿Y lo estás?
—Más seguro de lo que he estado de nada en mi vida.
—Entonces deja de perder el tiempo puliendo un instrumento que ya suena perfecto y ve a preguntarle antes de que a mí se me escape el secreto sin querer en una de nuestras cenas familiares.
Asher se rio, con una ligereza que llevaba semanas sin sentir del todo, aplastada bajo el peso de la planificación meticulosa que había dedicado a cada detalle de aquel momento.
—Tengo un plan. La noche del sábado, después del concierto mensual. Le voy a tocar una canción con esta guitarra, la que lleva su nombre grabado dentro desde enero, y al final, cuando termine, se lo voy a preguntar delante de todo el pueblo.
—Eso es peligrosamente romántico para ser usted, jovencito.
—Aprendí de la mejor —dijo Asher, con una sonrisa que dejaba claro a quién se refería, y June, por primera vez en mucho tiempo, se quedó sin palabras para replicar, conmovida de una manera que no se molestó en disimular.
—¿Y cómo piensas conseguir que no se dé cuenta de nada hasta el último momento? —preguntó June, recuperando la compostura—. Esa chica es más perspicaz que la mayoría de la gente que conozco. Si nota algo raro en tu comportamiento, va a atarlo cabos antes de que llegues a tocar la primera nota.
—Por eso necesito que todo el mundo actúe con normalidad. Incluida tú, June, que tienes tendencia a sonreír de manera sospechosa cuando sabes algo que los demás no saben.
—Yo siempre sonrío de manera sospechosa. Es parte de mi encanto natural.
—Precisamente por eso me preocupa.
—Tranquilo, jovencito. He guardado secretos más grandes que este durante más años de los que tú llevas vivo. Tu compromiso está a salvo conmigo.
El resto de la semana transcurrió para Asher entre los últimos retoques de la guitarra y una serie de conspiraciones silenciosas con Renata, que se había ofrecido a ayudar con la logística del sábado con un entusiasmo que rozaba lo militar: reservó las primeras filas del pequeño escenario improvisado en el apartamento reformado, avisó discretamente a la madre de Talia para que hiciera el viaje desde Charlotte sin levantar sospechas, y coordinó con Dorothy, la hermana de June en Charleston, para que llegara también, con la excusa oficial de "visitar a la familia".
—Esto se está convirtiendo en una operación de logística militar —le dijo Asher a Renata, el jueves antes del gran día, viendo la hoja de cálculo que ella había preparado con horarios y responsabilidades—. ¿Tienes un plan B por si algo sale mal?
—Siempre tengo un plan B, Doyle. Es lo que me hace buena en mi trabajo. Pero no te preocupes, nada va a salir mal. He organizado bodas enteras con menos anticipación que esto.
—Esto no es una boda. Todavía.
—Todavía —repitió Renata, con una sonrisa cómplice que prometía que aquella palabra, en su cabeza, ya tenía fecha de caducidad.
El viernes antes del gran día, con la guitarra ya completamente terminada y guardada con cuidado en el rincón más apartado del taller, Asher se sorprendió a sí mismo incapaz de dormir, repasando mentalmente cada detalle del plan una y otra vez hasta que los primeros rayos de sol empezaron a colarse por la ventana del dormitorio.
Talia, a su lado, dormía tranquila, ajena por completo a la tormenta de nervios que agitaba a su futuro prometido, y Asher se quedó un buen rato observándola, memorizando la forma en que respiraba, el gesto relajado de su cara dormida, preguntándose cómo era posible que una tubería reventada hubiera cambiado tanto el curso de su vida en apenas un año.
Se levantó antes del amanecer, con la excusa silenciosa de "trabajo pendiente", y pasó las primeras horas de la mañana repasando la canción una última vez en el taller, ajustando pequeños detalles que solo él podía notar, hasta que el sonido de pasos en la cocina de la casa grande le indicó que June ya estaba despierta y probablemente esperándolo con café y consejos no solicitados.
—Pareces un hombre que no ha dormido nada —observó June, sirviéndole una taza sin preguntar—. ¿Nervioso?
—Aterrorizado, para ser sincero.
—Es normal. Yo estuve igual la noche antes de casarme con tu abuelo, y eso que técnicamente era yo la que iba a decir que sí, no la que iba a preguntar. El miedo no distingue entre quién pregunta y quién responde, al parecer.
—¿Cómo lo superaste?
—No lo superé del todo. Simplemente decidí que el miedo no era lo bastante importante como para dejar que arruinara el día más importante de mi vida. Tú deberías hacer lo mismo.
June se sentó a su lado en la mesa de la cocina, con la misma paciencia con la que había escuchado tantas otras confesiones de su nieto a lo largo de los años, y le contó, por primera vez con todo detalle, la historia de cómo había conocido a su marido: una feria de artesanía muy parecida a la de Alder Creek, un violín que ella tocaba en un pequeño grupo de música folk, y un joven carpintero tímido que se había acercado, después del concierto, con las manos sudorosas y un ramo de flores silvestres cortadas de camino, casi idéntico, notó Asher con una sonrisa, al que él mismo le había llevado a Talia en el aeropuerto meses atrás sin saber que estaba repitiendo, sin saberlo, un gesto que llevaba generaciones en la familia.
—Algunas cosas se heredan sin que nadie te las enseñe explícitamente —dijo June, con una ternura poco habitual en su tono—. Supongo que la torpeza con las flores es una de ellas.
El resto de la mañana del viernes, Asher lo pasó terminando los últimos detalles de la guitarra: pulió el barniz una última vez, ajustó la afinación con la misma precisión meticulosa que aplicaba a cualquier instrumento antes de una entrega, y grabó, en una esquina discreta del interior de la caja de resonancia, junto al nombre de Talia que llevaba meses escrito ahí, la fecha exacta de aquella noche de octubre en que se habían conocido, un detalle que solo ellos dos sabrían nunca que existía.
—Es la mejor guitarra que he hecho nunca —le dijo a June, contemplando el instrumento terminado con una mezcla de orgullo y nerviosismo—.
Y no lo digo por la calidad técnica, aunque también es de lo mejor que he construido.
Lo digo porque es la primera vez que hago algo pensando exclusivamente en la felicidad de otra persona, sin ningún cálculo comercial de por medio.
—Eso, querido, es exactamente lo que se supone que debe sentirse al hacer las cosas por amor. Bienvenido al club.
La elección del anillo, según le confesó Asher a Renata semanas después de que todo hubiera terminado bien, había sido, con diferencia, la parte más aterradora de todo el proceso, mucho más que la propia pregunta.
Había pasado tres sábados enteros recorriendo joyerías de Asheville con Renata como consejera improvisada, descartando docenas de opciones que le parecían demasiado convencionales, demasiado ostentosas, o simplemente equivocadas de una manera que no sabía explicar del todo.
—Esto no es un diamante —había observado Renata, la tarde que Asher por fin se detuvo frente a un anillo con una piedra violeta en el escaparate de una pequeña joyería artesanal del centro de Asheville—. ¿Estás seguro de que quieres algo tan poco tradicional?
—Talia no es tradicional. ¿Por qué debería serlo su anillo?