No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 20
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Capítulo 20

El día de la boda llegó a mediados de junio, con Alder Creek en su mejor momento del año: los arces cargados de hojas verdes intensas, el arroyo corriendo con fuerza tras las lluvias de primavera, y un cielo despejado que Renata, como organizadora no oficial pero absolutamente indispensable de todo el evento, había estado consultando obsesivamente en cinco aplicaciones distintas del tiempo durante toda la semana anterior.

Los meses de planificación previa habían transcurrido con una intensidad que Talia no había anticipado del todo cuando, la noche del compromiso, había imaginado ingenuamente que organizar una boda sería tan sencillo como decidir un menú y reservar un sitio bonito.

Renata, convertida en organizadora de facto con una dedicación que rozaba lo profesional, había gestionado desde el catering hasta la lista de música, pasando por innumerables discusiones diplomáticas con June sobre cuántos primos segundos de la familia Doyle merecían asiento en primera fila.

—Ni una nube —anunció, con el alivio de quien ha estado cargando sobre sus hombros la responsabilidad personal del clima—. He rezado a todos los dioses meteorológicos que conozco.

—Creo que el mérito es más de la suerte que de tus rezos, Renata —dijo Talia, mirándose en el espejo de la habitación de invitados de la casa grande, donde se estaba vistiendo con la ayuda de su madre y de June, que se había autoproclamado, con total naturalidad, "directora de últimos retoques".

—No le quites mérito a mis rezos. Llevo semanas negociando con el universo.

La casa grande se había convertido, esa mañana, en un centro de operaciones bullicioso, con June dirigiendo el tráfico de floristas y catering con la misma autoridad tranquila con la que dirigía cualquier otro aspecto de la vida familiar, y Renata coordinando por teléfono los últimos detalles con el grupo de música que Asher había contratado para amenizar la recepción después de su propia actuación ceremonial.

—¿Todo bajo control? —preguntó Talia, asomándose desde la habitación de invitados con el pelo ya medio recogido por la peluquera que había venido desde Asheville.

—Todo bajo un control absoluto y ligeramente obsesivo —confirmó Renata—. Vuelve a tu habitación y deja que las profesionales nos encarguemos de todo. Tu único trabajo hoy es estar preciosa y no llorar antes de que empiece la ceremonia de verdad.

—Esa segunda parte va a ser complicada.

—Lo sé. Por eso he comprado máscara de pestañas resistente al agua para todo el mundo. Estamos preparadas.

Talia volvió a su habitación, donde su madre la esperaba con una copa de champán y una mirada que combinaba orgullo y nostalgia de una manera que solo las madres consiguen transmitir tan claramente sin necesidad de palabras.

—¿Nerviosa? —preguntó su madre, ayudándola a ajustarse el velo de encaje que había pertenecido a la propia madre de June.

—Un poco. Pero es un nervio bueno, del tipo que no quiero que se me pase del todo.

—Ese es el mejor tipo de nervio que existe, cariño. Disfrútalo. Solo se siente así una vez.

Su madre se quedó callada un momento, con los ojos brillantes, antes de añadir algo que Talia guardaría en la memoria durante el resto de su vida.

—Tu padre habría adorado a Asher, ¿sabes? Le habría gustado ese silencio suyo, esa manera de decir mucho con pocas palabras. Tu padre era igual, antes de que yo lo convenciera de que hablar de vez en cuando también tenía su mérito.

—Gracias por decirme eso, mamá. Necesitaba oírlo hoy.

Cuando por fin llegó el momento de bajar al jardín, con la música de cuerda que Asher había organizado en secreto sonando ya entre los arces, Talia sintió que las piernas le temblaban ligeramente, no de miedo sino de una anticipación tan intensa que apenas podía contenerla.

Su madre la tomó del brazo para acompañarla por el camino de piedras que llevaba hasta el arco de ramas junto al arroyo, con June caminando justo detrás, sujetando la cola del vestido con el mismo cuidado con el que trataría cualquier reliquia familiar.

El camino hasta el arco parecía, en la memoria posterior de Talia, mucho más largo de lo que en realidad había sido, cada paso cargado de una sensación de expectación tan intensa que apenas registró las caras sonrientes de los invitados a ambos lados del pasillo improvisado entre las sillas, ni el sonido de la música de cuerda, ni siquiera el aroma de las flores silvestres que decoraban cada asiento.

Todo lo que existía, en aquel momento, era el camino hacia adelante, hacia el hombre que la esperaba con una sonrisa que combinaba nerviosismo y felicidad absoluta.

Entre los invitados, dispersos en las sillas blancas colocadas sobre el césped recién cortado, Talia distinguió caras que representaban cada capítulo de su historia en Alder Creek: Marge, la vecina de los geranios, secándose lágrimas discretas con un pañuelo bordado; el casero original de la tienda, que había hecho el esfuerzo de asistir a pesar de ya no tener ninguna relación comercial con ellos desde la compra del edificio; Desmond, el chef ejecutivo de Charleston, que había volado expresamente para la ocasión con una botella de bourbon como regalo que insistió en entregar personalmente; y Louise, la repostera veterana, sentada junto a Marcus con una expresión orgullosa que recordaba a la de una madre viendo graduarse a su hija.

El vestido, sencillo pero elegante, con un toque de encaje antiguo que había pertenecido a la madre de June —un regalo que Talia había recibido con una emoción que le costó contener— se ajustaba perfectamente gracias a los arreglos de una modista de Asheville que había trabajado con una paciencia infinita durante las últimas semanas.

—Estás preciosa, cariño —dijo su madre, con la voz quebrada de emoción contenida—. Tu padre estaría tan orgulloso si pudiera verte hoy.

—Lo sé, mamá. Estoy segura de que lo está viendo de todos modos.

June se acercó con un pequeño ramo de flores silvestres cortadas esa misma mañana en el jardín de la propiedad, arces incluidos entre las ramas como un guiño discreto a la historia de los dos.

—Asher me ha pedido que te dé esto —dijo, con los ojos brillantes de una emoción que rara vez dejaba mostrar tan abiertamente—.

Dice que quería que llevaras algo cortado por él mismo, aunque haya tenido que pedirme ayuda para que no quedara tan torcido como las flores de gasolinera de aquella vez que fue a buscarte al aeropuerto.

Talia se rio, con lágrimas asomando a los ojos, recordando aquel ramo torcido comprado con prisas que había sido, sin saberlo entonces, el primer indicio real de todo lo que estaba por llegar.

La ceremonia, celebrada junto al arroyo bajo un arco improvisado de ramas de arce que el propio Asher había construido con sus manos durante las semanas previas, reunió a poco más de sesenta personas: la familia Doyle al completo, incluida la tía Dorothy que había hecho el viaje desde Charleston con una alegría desbordante; Renata, con el brazo entrelazado con el de un acompañante nuevo que había conocido, según ella misma explicó, "gracias a que este pueblo entero se ha vuelto insoportablemente romántico este último año"; el equipo completo de Cacao Salvaje, desde los ayudantes de temporada hasta Marcus, el aprendiz de Charleston, que había hecho el viaje expresamente para la ocasión; y en las últimas filas, para sorpresa genuina de Talia, Ivy, que había conseguido reorganizar su gira para llegar a tiempo, sentada junto a su pareja con una sonrisa sincera que no dejaba lugar a dudas de que su presencia ahí era, de verdad, un gesto de cierre y no de nostalgia.

Asher esperaba al final del pasillo improvisado entre las sillas, con un traje que le sentaba mejor de lo que Talia había imaginado nunca en un hombre que vivía casi siempre con ropa de trabajo cubierta de virutas de madera, y con una expresión que combinaba nerviosismo y felicidad absoluta de una manera que a Talia le pareció el resumen perfecto de todo lo que aquel hombre había aprendido a permitirse sentir en el último año.

—Hola, extraña —dijo él, cuando Talia por fin llegó a su lado, usando la misma broma que se habían dicho mil veces durante el último año, cada vez con menos ironía y más ternura.

—Hola, Doyle.

La ceremonia fue breve, sencilla, con votos que ambos habían escrito por su cuenta y que reflejaban, cada uno a su manera, todo el camino recorrido desde aquella noche de octubre en que una tubería reventada había cambiado el rumbo de las dos vidas para siempre.

Asher, fiel a su naturaleza, mantuvo sus votos cortos pero cargados de un significado que hizo llorar a la mitad del público presente; Talia, con la locuacidad que la caracterizaba, habló un poco más, arrancando risas y lágrimas a partes iguales con anécdotas sobre manteles doblados y reglas sobre no entrar en talleres sin avisar.

—Cuando llegué a este pueblo hace casi un año —había empezado Talia, con la voz firme a pesar de las lágrimas que ya se le escapaban—, lo único que quería era un sitio donde dormir mientras arreglaban una tubería.

No esperaba encontrar una familia entera, un negocio nuevo, y sobre todo, no esperaba encontrarte a ti, con tu regla absurda sobre no entrar en el taller sin avisar y tus cinco palabras que resultaron esconder, debajo, al hombre más generoso que he conocido en mi vida.

—Prometo seguir hablando sola con el chocolate cada vez que algo no me sale bien —dijo, hacia el final de sus votos—, y prometo, sobre todo, no volver a guardarme nunca las cosas importantes por miedo a cómo vayas a reaccionar. Aprendí esa lección de la manera difícil, y no pienso olvidarla.

—Prometo tararear cuando trabajo, aunque me digas que desafino —respondió Asher, con una sonrisa que le llegaba hasta los ojos—, y prometo, sobre todo, no volver a cerrar ninguna puerta antes de darte la oportunidad de quedarte.

Eso también lo aprendí de la manera difícil, y tampoco pienso olvidarlo.