Capítulo 15 #2
—Estoy bien —había dicho él, con la misma facilidad con la que Talia le había mentido semanas atrás sobre su cansancio, y los dos habían vuelto a la cama sin decir nada más, cada uno cargando en silencio el peso de una conversación que sabían que tenían pendiente y que ninguno se atrevía todavía a empezar del todo.
El punto de inflexión llegó, de manera bastante prosaica, durante una cena familiar en casa de Renata, a la que Asher había sido invitado por primera vez desde que su relación con Talia se había hecho pública en el pueblo.
Renata, con la sutileza de un elefante en una cristalería, sacó el tema de Charleston delante de todos, sin saber que era precisamente el tema que los dos llevaban semanas evitando.
—¿Y cuándo os mudáis a Charleston? —preguntó, sirviendo más vino con total naturalidad—. Porque imagino que la reforma del apartamento habrá que replantearla si al final Talia acepta el puesto, ¿no?
El silencio que siguió fue tan denso que hasta el marido de Renata, que apenas conocía la situación, notó que algo no cuadraba en la mesa.
—Todavía no lo hemos decidido del todo —dijo Talia, con una voz cuidadosamente neutral que no engañó a nadie presente.
Asher no dijo nada en absoluto, y ese silencio, más que cualquier palabra, fue lo que convenció a Talia, de camino a casa esa noche, de que no podía seguir posponiendo la conversación ni un solo día más.
El trayecto de vuelta transcurrió en un silencio tenso, roto solo cuando Asher, ya casi llegando a la propiedad, habló con una voz apagada que a Talia le pareció, de alguna manera, más dolorosa que cualquier grito.
—No sabía que Renata sabía lo del puesto —dijo, mirando fijamente la carretera—. Pensaba que era algo entre nosotros dos, todavía sin resolver.
—Se lo conté hace semanas, cuando todavía estaba procesándolo yo misma. No pensé que se le fuera a escapar así, delante de todo el mundo.
—No es culpa de Renata. Es que llevamos semanas fingiendo que esto no está pasando, y al final la vida siempre encuentra la manera de sacarlo a la luz, quieras o no.
Llegaron a casa sin decir nada más, y Talia supo, viéndolo entrar directo al taller en vez de a la casa grande, que la conversación pendiente ya no podía esperar ni un día más.
June, por su parte, había notado el cambio en la casa con la misma perspicacia de siempre, y una tarde, mientras Talia fingía estar concentrada en unas cuentas que en realidad no estaba mirando, se sentó frente a ella en la cocina con dos tazas de té que nadie había pedido.
—Lleváis semanas caminando de puntillas el uno alrededor del otro —dijo, sin ningún preámbulo—. Y los dos sois demasiado educados y demasiado asustados para decir lo que de verdad pensáis. Eso no es cortesía, querida. Es cobardía disfrazada de generosidad.
—June.
—No te lo digo para que te sientas mal. Te lo digo porque llevo setenta y dos años viendo a la gente que quiero repetir los mismos errores por no decir en voz alta lo que temen perder, y no pienso quedarme callada viendo cómo vosotros dos hacéis lo mismo.
—¿Qué crees que debería hacer?
—Creo que deberías preguntarte, sin pensar en Asher, sin pensar en la tienda, sin pensar en nada más que en ti misma: ¿qué es lo que de verdad quieres, no lo que crees que deberías querer por ambición o por miedo a decepcionar a la versión de ti misma que soñaba con esto hace años?
—¿Y usted, June? ¿Alguna vez tuvo que elegir entre algo grande y quedarse en un sitio pequeño?
June se quedó callada un momento, con la mirada perdida en algún punto más allá de la ventana de la cocina, en un recuerdo que Talia no supo si le apetecía compartir del todo.
—Una vez —dijo finalmente—. Me ofrecieron un puesto de profesora de música en un conservatorio de Nueva York, hace más de cuarenta años, cuando todavía tocaba el violín antes de que la artritis me lo quitara. Era joven, ambiciosa, y durante dos semanas enteras estuve segura de que iba a aceptarlo.
—¿Qué pasó?
—Que conocí al abuelo de Asher esa misma primavera, en una feria de artesanía de este mismo pueblo, y descubrí que había cosas que quería más que Nueva York.
Rechacé el puesto, me quedé aquí, y nunca, ni un solo día en cuarenta años, me arrepentí de esa decisión, aunque hubo momentos, sobre todo al principio, en que me pregunté qué habría sido de mi vida si hubiera elegido distinto.
—¿Y cómo supo que estaba tomando la decisión correcta?
—No lo supe con certeza absoluta, querida. Nadie lo sabe nunca del todo. Pero supe que la elegía yo, con los ojos abiertos, no por miedo ni por presión de nadie, y eso, al final, es lo único que puedes controlar de verdad en este tipo de decisiones.
Talia se quedó callada un buen rato, con la taza de té enfriándose entre las manos, dejando que la pregunta se asentara de verdad en vez de responderla con la primera frase fácil que se le ocurriera.
—Quiero quedarme —dijo finalmente, con una certeza que la sorprendió a ella misma por lo simple que sonaba una vez que se permitía decirla sin adornos—.
No por miedo a Charleston, ni por conformismo, ni porque sea lo más fácil.
Quiero quedarme porque esta vida, la que tengo aquí, es la que de verdad quiero vivir, y el puesto de Marjorie, por muy grande que sea, no cambia eso.
—Entonces díselo a Asher. No como una decisión ya tomada de la que él no forma parte, sino como algo que quieres construir con él, sabiendo lo que estás dejando en la mesa para hacerlo.
Encontró a Asher esa misma noche en el taller, encorvado sobre la guitarra sin encargo que llevaba semanas construyendo, la misma en cuyo interior Talia todavía no sabía que él había escrito su nombre.
—Necesito que hablemos de verdad sobre lo de Charleston —dijo, plantándose en la puerta con la misma determinación que había usado meses atrás para forzar la conversación después de la pelea por Grant—.
Y necesito que esta vez me digas lo que de verdad piensas, no lo que crees que se supone que debes decir para parecer generoso.
Asher dejó la herramienta, con una lentitud que delataba cuánto le costaba lo que venía después.
—¿Qué quieres que te diga?
—Quiero que me digas si quieres que me quede. De verdad. Sin filtros, sin protegerme de tus propios miedos disfrazándolos de apoyo incondicional.