Capítulo 15
Las semanas siguientes transcurrieron con una tensión sutil que ninguno de los dos nombraba en voz alta pero que los dos sentían, como una corriente de fondo bajo la normalidad aparente de sus rutinas compartidas.
Talia viajó a Charleston dos veces más, para reuniones que se suponía debían ayudarla a decidir y que, en la práctica, solo conseguían dejarla más confundida cada vez que volvía.
Cada uno de esos viajes seguía el mismo patrón desalentador: Talia se marchaba con la determinación de aclarar sus ideas, pasaba dos o tres días reunida con directivos entusiastas que le pintaban un futuro profesional brillante, y volvía a Alder Creek más segura que nunca de que aquel futuro brillante no era, en realidad, el que ella quería vivir, pero sin encontrar todavía el valor de decirlo en voz alta con la claridad que la decisión merecía.
En el segundo de esos viajes, Desmond, el chef ejecutivo con quien había trabajado en enero, la invitó a comer aparte del resto de reuniones oficiales, con la excusa de "ponerse al día como amigos" que escondía, Talia lo notó enseguida, una curiosidad genuina sobre cómo estaba procesando la oferta.
—Todo el mundo en la oficina habla de ti como si ya hubieras firmado —le dijo, mientras compartían un plato de ostras que Talia apenas tocó—. Pero tú no pareces la persona más emocionada del edificio con esta oferta, y eso me tiene intrigado.
—Es complicado, Desmond.
—Siempre lo es, cuando el trabajo de tus sueños llega en el momento equivocado de tu vida personal.
Lo he visto pasar antes. La pregunta que te haría, si me permites la indiscreción, es si esto es de verdad el trabajo de tus sueños, o si solo lo era antes de que tu vida cambiara y todavía no has actualizado la definición.
Aquella pregunta se le quedó grabada a Talia durante todo el vuelo de vuelta, dándole vueltas con una insistencia que no conseguía apagar ni con la música del avión ni con el libro que había llevado sin llegar a abrir ni una sola página.
El tercer viaje, el que sería el último antes de la conversación decisiva con Asher, incluyó una visita formal a las oficinas centrales de la cadena, donde Talia conoció al que sería, en teoría, su equipo directo si aceptaba el puesto: ocho personas entusiastas, ambiciosas, todas con currículums impresionantes que hablaban de hoteles de lujo en ciudades que Talia apenas conocía.
Eran buena gente, capaces, y en cualquier otro momento de su vida, Talia se habría sentido honrada de liderarlos.
—Este sería tu despacho —le dijo Marjorie, mostrándole una oficina con vistas al puerto que cualquier profesional ambicioso habría matado por tener—. Y esta sería tu asistente ejecutiva, Priya, que lleva cinco años con la cadena y conoce el funcionamiento interno mejor que nadie.
Priya, una mujer de sonrisa cálida y evidente eficiencia, le estrechó la mano con entusiasmo genuino.
—Llevo semanas esperando conocerte. Marjorie no ha parado de hablar de tus creaciones. Va a ser un placer trabajar contigo.
Louise, la repostera veterana que había conocido en enero, se acercó también a saludarla durante aquella visita, con la misma calidez de siempre pero también con una mirada perspicaz que no se le escapó a Talia.
—Se te nota en la cara que ya has decidido —le dijo Louise, en voz baja, mientras el resto del grupo seguía la visita guiada por las oficinas—.
No hace falta que me lo confirmes. Solo quiero que sepas que, decidas lo que decidas, has sido un placer formar.
La cocina necesita más gente como tú, dispuesta a enseñar sin guardarse los secretos por miedo a la competencia.
—Gracias, Louise. Eso significa mucho, viniendo de alguien con tu experiencia.
—La experiencia no es más que tiempo acumulado cometiendo errores con elegancia, querida. Tú ya vas por buen camino.
Talia sonrió, dio las gracias, y sintió, con una claridad que ya no podía seguir ignorando, que todo aquello —el despacho con vistas, la asistente entusiasta, el equipo capaz— le parecía, en el fondo, la vida de otra persona.
Una persona que en algún momento había querido ser, quizás, pero que ya no coincidía del todo con la que era ahora.
Aquella noche, sola en la habitación del hotel por última vez —se prometió a sí misma que sería la última, decidiera lo que decidiera— llamó a Desmond para agradecerle la comida y la pregunta incómoda que le había hecho semanas atrás.
—¿Y bien? —preguntó él, con la curiosidad de quien lleva tiempo esperando el desenlace de una historia—. ¿Has actualizado ya la definición?
—Creo que sí. Creo que llevo meses queriendo algo distinto a lo que quería hace cuatro años, y he estado tan ocupada intentando encajar en el sueño antiguo que no me había dado cuenta de que ya no me quedaba bien del todo.
—Eso suena a una buena señal, Talia. Las mejores decisiones suelen sentirse así, como quitarse un zapato que llevaba tiempo apretando sin que uno se diera cuenta del todo.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Renata, la tarde que Talia se presentó en la tienda con una cara que delataba noches enteras sin dormir bien.
—Mal. No sé qué hacer, Renata. Cada vez que pienso en aceptar, siento que estoy traicionando algo que he construido aquí en cinco meses y que me da más miedo perder que cualquier ascenso profesional que haya soñado en mi vida.
Y cada vez que pienso en rechazarlo, siento que estoy traicionando a la Talia que llevaba años queriendo exactamente este tipo de reconocimiento.
—¿Y qué dice Asher de todo esto?
—Dice que es mi decisión. Que quiere lo mejor para mí, sea lo que sea. Que no quiere ser la razón por la que rechace algo tan grande.
Renata la miró con la expresión de alguien que ha oído esa frase antes y sabe exactamente lo poco que suele significar de bueno.
—Eso suena precioso en teoría, Talia, pero en la práctica suena a un hombre que se está preparando para perderte sin pelear por ti, porque le da demasiado miedo repetir lo que le pasó con Ivy.
—Eso es exactamente lo que pienso yo también, pero no sé cómo decírselo sin que suene a que le estoy pidiendo que me convenza de quedarme en contra de mi propio juicio.
—No es lo mismo pedirle que te convenza que pedirle que sea sincero contigo. Hay una diferencia enorme entre esas dos cosas, aunque a veces cueste verla cuando estás en medio de la tormenta.
—¿Cuándo te volviste tan sabia con estas cosas, Renata? Hace un año tu mejor consejo sobre relaciones era "míralo a los ojos y decide si te da mala espina".
—Sigo pensando que ese consejo es válido para las primeras citas. Para esto de la convivencia forzada convertida en amor de verdad, hace falta un repertorio más amplio. He estado tomando apuntes viéndote a ti estos meses, para que lo sepas.
Talia observó, durante aquellas semanas de tensión, pequeños cambios en Asher que en cualquier otro momento no habría notado: dejó de tararear mientras trabajaba, algo que June habría reconocido de inmediato como la señal de alarma que era; empezó a quedarse en el taller hasta más tarde de lo habitual, con la excusa de encargos pendientes que Talia sospechaba que eran, en realidad, una forma de evitar conversaciones que no sabía cómo empezar; y en las pocas ocasiones en que ella mencionaba Charleston, aunque fuera de pasada, él cambiaba de tema con una rapidez que delataba más de lo que pretendía ocultar.
Llamó a su madre de nuevo a mitad de aquellas semanas de tensión, buscando otra dosis de la claridad directa que solo ella parecía capaz de ofrecerle.
—¿Y cómo está Asher con todo esto? —preguntó su madre, después de escuchar el resumen completo de la situación.
—Dice que quiere lo mejor para mí. Que es mi decisión. Que no quiere ser la razón por la que rechace algo grande.
Su madre soltó una risa corta, del tipo que solo se permite alguien con suficiente experiencia vital como para reconocer un patrón conocido cuando lo oye.
—Cariño, eso es exactamente lo que decía tu padre cuando no quería admitir que algo le dolía de verdad.
"Haz lo que tú quieras, yo estaré bien", decía, y luego se pasaba semanas de mal humor sin que nadie entendiera por qué.
Los hombres de esa generación, y por lo visto los de la generación de Asher tampoco se libran del todo, tienen una habilidad especial para convertir el miedo en generosidad forzada.
—¿Y qué hacía tú cuando papá hacía eso?
—Le decía que dejara de ser tan condenadamente noble y me dijera la verdad. Funcionaba, la mayoría de las veces. Prueba tú lo mismo.
Colgó el teléfono con la determinación renovada de tener, por fin, la conversación que llevaba semanas posponiendo, y se pasó el resto de la tarde ensayando mentalmente las palabras exactas, sin encontrar nunca la versión perfecta que buscaba, hasta que entendió, finalmente, que no existía tal versión, y que lo único que podía hacer era presentarse ante Asher con la verdad, imperfecta y directa, tal y como era.
—Pídeselo directamente, entonces. No hay manera elegante de tener esta conversación, así que mejor tenerla sin rodeos.
La distancia entre Talia y Asher, mientras tanto, se había ido instalando de una manera tan gradual que ninguno de los dos podía señalar un momento exacto en que hubiera empezado: cenas más silenciosas de lo habitual, conversaciones que se desviaban con demasiada facilidad hacia temas seguros —el tiempo, la reforma del apartamento, las guitarras pendientes de entrega— cada vez que alguno de los dos amagaba con mencionar Charleston.
Una noche, Talia se despertó a las tres de la madrugada y descubrió que Asher no estaba en la cama, y lo encontró en el taller, sentado a oscuras sin trabajar en nada, simplemente sentado con la cabeza entre las manos.
—¿Estás bien? —le había preguntado, encendiendo la luz con cuidado.