Capítulo 14
Marzo trajo consigo el deshielo definitivo del invierno y, con una puntualidad casi cruel, el tipo de complicación que Talia había empezado a asociar, con cierto humor negro, a cualquier momento en que su vida parecía haber encontrado por fin un equilibrio estable.
La reforma del apartamento sobre la tienda avanzaba a buen ritmo —habían decidido, tras mucho debatir, convertirlo en un pequeño espacio de eventos y catas privadas que complementara el negocio principal— y Talia se sentía, por primera vez en años, completamente satisfecha con la dirección que estaba tomando su vida profesional.
Fue entonces, con la ironía particular que parecía gobernar su suerte, cuando llegó la llamada que lo pondría todo en duda otra vez.
La llamada de Marjorie Feldman llegó un martes de marzo, con una propuesta que superaba, de largo, cualquier cosa que Talia hubiera anticipado cuando había firmado el contrato original apenas unos meses atrás.
—Queremos ofrecerte un puesto permanente —dijo Marjorie, con el mismo entusiasmo desbordante de siempre, aunque esta vez cargado de una seriedad que a Talia le hizo sentarse más recta en la silla del cobertizo—.
Directora de Innovación Pastelera para todo el grupo hotelero.
No solo los tres hoteles con los que ya trabajas, sino los doce que la cadena tiene repartidos entre Carolina del Sur, Georgia y Florida.
Supervisarías todos los programas de pastelería y amenities, con un equipo a tu cargo y un presupuesto que no habrías soñado tener en Alder Creek.
—Eso es... —Talia se quedó sin palabras un momento, calculando mentalmente las implicaciones de lo que acababa de oír—. Es enorme, Marjorie.
—Lo es. Y viene con una condición que imagino que ya estás anticipando: el puesto se basa en Charleston. No tienes que mudarte inmediatamente, podríamos hablar de un periodo de transición, pero a largo plazo, el trabajo requiere presencia física regular en la sede central.
—¿Qué tipo de salario estamos hablando? —preguntó Talia, más por necesidad de tener toda la información delante que por interés real en el número en sí.
Marjorie mencionó una cifra que hizo que Talia tuviera que sujetar el teléfono con más firmeza de la necesaria, una cifra que triplicaba, holgadamente, cualquier cosa que hubiera ganado en sus mejores años con Cacao Salvaje.
—Es una oferta seria, Talia. No te la haría si no creyera de verdad en lo que puedes aportar a esta cadena. Tómate el tiempo que necesites, pero no demasiado, porque si no aceptas tú, el consejo va a empezar a mirar otras opciones, y sinceramente, ninguna de ellas me convence ni la mitad que tú.
—¿Cuánto tiempo tengo exactamente?
—Un mes, quizás mes y medio como máximo. Sé que no es mucho para una decisión de esta envergadura, pero el consejo quiere resolver esto antes del verano, cuando arranca la temporada alta en todos los hoteles.
Un mes. Talia colgó con esa cifra resonándole en la cabeza con la misma insistencia que la cifra del salario, consciente de que el plazo, corto como era, iba a obligarla a tomar una decisión sin el lujo del tiempo indefinido que había esperado tener para procesarlo todo con calma.
Talia colgó el teléfono con la cabeza dándole vueltas de una manera que no había sentido desde la noche de la inundación, casi seis meses atrás, cuando toda su vida había cambiado de rumbo sin que ella lo planeara.
Se quedó sentada en el cobertizo, rodeada de moldes de silicona y el olor familiar a cacao, procesando una oferta que representaba, en términos profesionales, exactamente el tipo de reconocimiento con el que había soñado desde que abrió Cacao Salvaje cuatro años atrás.
Se sirvió una taza de chocolate caliente que no tenía ninguna gana de beber, solo para tener algo que hacer con las manos mientras pensaba, y se sorprendió a sí misma haciendo una lista mental de pros y contras con la misma metodología con la que abordaba cualquier decisión profesional importante: por un lado, el reconocimiento, el salario, la posibilidad de construir algo a una escala que nunca había imaginado posible desde una tienda pequeña de pueblo; por otro lado, una lista mucho más difícil de cuantificar que incluía arces, un arroyo, una abuela mandona, y un hombre que tarareaba sin darse cuenta mientras trabajaba.
Llamó a su madre esa misma tarde, más por necesidad de oír una voz familiar que por esperar un consejo concreto, y se encontró, para su sorpresa, con una reacción mucho más matizada de la que había anticipado.
—Cariño, sabes que siempre he querido que triunfaras a lo grande —dijo su madre, con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo las madres consiguen combinar con tanta naturalidad—.
Pero también te he visto estas navidades, y no te había visto así de feliz desde que tenías veinte años y todo te parecía posible.
No sé si ese puesto te haría más feliz o solo más ocupada.
Son cosas distintas, aunque a veces se parecen.
—¿Cómo sé la diferencia?
—Preguntándote qué es lo que echarías de menos si lo perdieras. No lo que ganarías si lo consiguieras. Lo que echarías de menos.
Aquella pregunta, simple y directa como solo las preguntas de una madre saben serlo, se le quedó a Talia rondando la cabeza durante días, mucho más persistente que cualquier hoja de cálculo con proyecciones salariales que Marjorie le hubiera podido enviar.
Pasó una tarde entera sola en el cobertizo, con la excusa oficial de "poner al día el inventario" que en realidad escondía la necesidad de pensar sin interrupciones, repasando mentalmente los últimos cuatro años de Cacao Salvaje: las noches en vela perfeccionando recetas, la satisfacción de ver a un cliente cerrar los ojos al probar algo que ella había creado con sus propias manos, la comunidad que había construido en Alder Creek sin proponérselo del todo, empezando por Renata y terminando, de manera bastante inesperada, con una familia entera de luthiers que ni siquiera sabía que necesitaba hasta que una tubería reventada la había puesto en su camino.
Se preguntó, con la honestidad brutal que solo se permitía consigo misma en los momentos de verdadera introspección, si el puesto de Marjorie representaba de verdad una versión mejor de su carrera, o simplemente una versión más grande, más reconocida, más impresionante en una conversación de cóctel, pero no necesariamente más satisfactoria en el día a día real de vivirla.
La distinción, se dio cuenta con una claridad que la sorprendió, no era pequeña en absoluto.
No se lo contó a Asher esa noche. Se dijo a sí misma que necesitaba tiempo para pensarlo con la cabeza fría, para entender lo que realmente quería antes de involucrar la reacción de nadie más en su proceso, pero en el fondo, mientras cenaban juntos hablando de cosas sin importancia, supo que se estaba repitiendo, con una variación distinta, el mismo error que había cometido con el correo de Grant meses atrás: guardarse algo importante por miedo a la conversación que vendría después.
Esa cena en particular, recordaría después Talia, había sido extrañamente silenciosa por su parte, con Asher contándole los detalles de un encargo nuevo para un coleccionista de Nashville mientras ella asentía en los momentos apropiados sin escuchar del todo, con la cifra que Marjorie le había mencionado rondándole la cabeza como una melodía que no conseguía sacarse de encima.
—Estás distraída —había dicho Asher, hacia el final de la cena, con esa perspicacia suya que rara vez fallaba—. ¿Todo bien en la tienda?
—Todo bien —había mentido ella, con una facilidad que la sorprendió y la avergonzó a partes iguales—. Solo cansada. Ha sido una semana larga.
Se había ido a la cama esa noche sintiéndose peor consigo misma que en cualquier otro momento desde que había llegado a Alder Creek, consciente de que la mentira, por pequeña que pareciera, era exactamente el tipo de grieta que podía convertirse, si la dejaba crecer, en algo mucho más grande de lo que ella quería para los dos.
Se lo contó dos días después, incapaz de sostener el peso del secreto por más tiempo, encontrándolo en el taller una tarde tranquila de domingo.
—Marjorie me ha ofrecido un puesto permanente —dijo, sin preámbulos, sentándose en su rincón habitual de la mesa de trabajo—. Directora de Innovación para todo el grupo. Doce hoteles, un equipo a mi cargo, un presupuesto que no había soñado tener nunca.
Asher dejó la herramienta que tenía en las manos, con el mismo cuidado deliberado que Talia había aprendido a reconocer como su manera de ganar tiempo antes de reaccionar a algo que le pesaba.
—Basado en Charleston.
—Basado en Charleston —confirmó ella—. Con un periodo de transición, pero a largo plazo, sí. Tendría que vivir allí, o al menos pasar allí la mayor parte del tiempo.
Le contó los detalles con precisión clínica, casi como si estuviera describiendo el contrato de otra persona: el salario, el equipo, las responsabilidades, todo lo que había estado dándole vueltas durante días sin encontrar la manera de organizarlo en una conversación coherente hasta ese momento.
El silencio que siguió no fue hostil, pero sí denso, cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir todavía en voz alta.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó Asher finalmente, con una calma que a Talia le pareció, de alguna manera, más preocupante que cualquier reacción dramática que hubiera podido temer.
—No lo sé. Es la primera vez en meses que no sé lo que quiero, y eso me aterra casi tanto como la oferta en sí.
—¿Por qué te aterra?
—Porque hace seis meses, esta oferta habría sido fácil de aceptar. Habría hecho las maletas sin pensarlo dos veces. Y ahora... —Se detuvo, buscando las palabras exactas—. Ahora tengo una vida aquí que no sé si estoy dispuesta a dejar, ni siquiera por algo tan grande como esto.
Asher asintió despacio, con una expresión que Talia no supo leer del todo, y por primera vez desde que se conocían, fue él quien evitó su mirada, concentrándose de golpe en un punto indefinido de la mesa de trabajo como si contuviera respuestas que no encontraba en ningún otro sitio.
—Es curioso —dijo finalmente, con una voz que sonaba más lejana de lo habitual—.
Llevo meses pensando que la mayor amenaza a esto que tenemos sería algo dramático: un accidente, una traición, algo que llegara de golpe y lo rompiera todo de una vez.
Nunca se me ocurrió que la amenaza real fuera algo tan razonable, tan merecido, tan difícil de estar en contra sin sonar egoísta.
—Creo que deberías tomarte el tiempo que necesites para decidir —dijo, con una voz cuidadosamente neutral que a Talia le sonó, de alguna manera, más distante que cualquier frase corta de las que solía usar al principio, cuando apenas eran vecinos obligados a compartir jardín—. Es tu carrera, Talia. Tu decisión.
—Es nuestra decisión, Asher. No pienso tomar esto sin hablarlo contigo de verdad, con todo lo que implica.
—Lo sé. Pero al final, la que tiene que vivir con las consecuencias de rechazar algo así eres tú, no yo. No quiero ser la razón por la que dejas pasar la oportunidad de tu vida.
—¿Y qué pasa con lo que tú quieres? ¿No cuenta eso también en esta ecuación?
Asher se quedó callado un momento demasiado largo, y esa vacilación, más que cualquier respuesta que pudiera haber dado, le confirmó a Talia que algo en él se estaba cerrando de la misma manera protectora con la que se había cerrado tantas veces antes de conocerla.
—Lo que yo quiera no debería ser un factor en tu decisión profesional —dijo finalmente, con una diplomacia que a Talia le sonó forzada, poco natural en un hombre que normalmente decía las cosas con una economía brutal de palabras—. Eso sería egoísta por mi parte.
—Eso es la excusa más elaborada que te he oído decir nunca para no responder a una pregunta directa, Doyle.
—Puede ser. Pero no por eso deja de ser lo que pienso que debería hacer.
—Pues yo creo que "lo que deberías hacer" y "lo que de verdad sientes" son dos cosas distintas, y llevas semanas confundiéndolas cada vez que hablamos de esto.
Asher no respondió de inmediato, y ese silencio, cargado de todo lo que no estaba dispuesto todavía a admitir, marcó el resto de aquella conversación con una tensión que ninguno de los dos consiguió disolver del todo antes de que Talia se marchara del taller esa noche, dejando el tema abierto de una manera que a ambos les pesaría durante las semanas siguientes.
Talia sintió, con una punzada incómoda, que aquella frase sonaba peligrosamente parecida a la generosidad de alguien que se está preparando, con toda su buena voluntad por delante, para no pelear por lo que quiere.
Se quedó despierta esa noche mucho después de que Asher se durmiera a su lado, mirando el techo de la habitación que ya había empezado a considerar suya tanto como de él, y pensando en lo fácil que sería, en teoría, tomar la decisión: aceptar la oferta, mudarse a Charleston, construir la carrera con la que siempre había soñado.
Y en lo imposible que le resultaba, en la práctica, imaginar una vida entera lejos de aquel jardín, de aquella luz de taller encendida hasta tarde, de un hombre que ahora respiraba tranquilo a su lado pero que, ella lo sabía, llevaba semanas conteniendo un miedo que no se atrevía a nombrar del todo.