No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—No me lo recuerdes. Todavía tengo pesadillas ocasionales con ese techo.

—Pues deberías enmarcar una foto del desastre original y colgarla en algún rincón discreto. Como recordatorio de lo lejos que has llegado.

—Eso es una idea horrible y maravillosa a la vez, Renata. Exactamente tu estilo.

June, invitada de honor de la velada, se paseó por el espacio terminado con la misma mirada evaluadora con la que inspeccionaba cualquier cosa nueva en su vida, deteniéndose especialmente en una pequeña estantería que Asher había construido expresamente para exhibir, junto a los bombones, dos de sus guitarras más pequeñas, como una especie de declaración silenciosa de que aquel espacio pertenecía a los dos por igual.

—Esto es precioso, queridos —dijo, con una sinceridad que no daba lugar a dudas—. Y mucho más inteligente de lo que esperaba. Un espacio de chocolate y música, justo en el corazón del pueblo. Vais a tener turistas haciendo cola en la puerta antes de que acabe la primavera.

—Esperamos que no sea una exageración —dijo Talia, aunque la idea, viniendo de June, le pareció de repente mucho más plausible de lo que se había atrevido a imaginar.

—Nunca exagero sobre negocios, querida. Solo sobre la calidad del pastel que yo misma cocino, que es un tema completamente distinto.

La apertura formal al público, programada para el primer sábado de marzo, resultó ser un éxito que superó cualquier expectativa razonable: Talia había anunciado la primera cata de chocolate y música en la página de Facebook de la tienda, sin mucha esperanza de que la idea calara más allá de un puñado de curiosos locales, y se encontró, para su sorpresa absoluta, con una lista de espera de más de cuarenta personas para las veinte plazas disponibles.

—Vamos a tener que hacer esto mensualmente —dijo Renata, revisando la lista de espera con los ojos como platos—. Puede que hasta quincenalmente, si la demanda sigue así.

—Eso implicaría convencer a Asher de tocar la guitarra en público de forma regular, y ya sabes lo que opina él de exponerse así.

—Pues convéncelo. Tiene buenas razones para hacerlo, aparte del dinero: la gente que vino a la primera cata no paraba de preguntar por sus guitarras. Podría vender más instrumentos en un mes de catas que en un año entero de boca a boca por el pueblo.

Talia se lo planteó a Asher esa misma noche, con la ventaja añadida de las cifras de la lista de espera como argumento comercial, y aunque él seguía visiblemente incómodo con la idea de tocar delante de desconocidos, accedió, después de mucha negociación, a hacerlo una vez al mes, con la condición expresa de que Talia estuviera siempre presente en la sala durante su actuación.

—¿Por qué esa condición? —había preguntado ella, genuinamente curiosa.

—Porque toco mejor cuando sé que hay alguien en la sala a quien no le importa si me equivoco.

Renata propuso, medio en broma, que rebautizaran el espacio combinado con un nombre que reflejara la sociedad entre los dos, y después de descartar sugerencias cada vez más absurdas —"Cuerdas y Cacao", que sonaba a tienda de instrumentos musicales con complejo de identidad; "El Taller Dulce", que a Asher le pareció "vergonzosamente cursi"— terminaron decidiéndose, con el visto bueno entusiasta de June, por un nombre simple que capturaba, sin pretensiones, la esencia de lo que habían construido juntos: "Cacao Salvaje, con música los sábados", un subtítulo que Talia mandó pintar en letra pequeña bajo el letrero original de la tienda.

—Es el subtítulo más largo y menos pegadizo que he visto en marketing en mi vida —había comentado Renata, revisando el diseño final—, y aun así, de alguna manera, funciona perfectamente.

La primera actuación de Asher, programada para el segundo sábado de marzo, lo tuvo nervioso durante toda la semana previa de una manera que Talia encontró entrañable y un poco divertida a partes iguales, viendo a un hombre capaz de manejar sierras eléctricas sin pestañear ponerse pálido ante la idea de tocar tres canciones delante de veinte desconocidos.

—Vas a estar bien —le aseguró Talia, la tarde antes del evento, viéndolo repasar los acordes por décima vez en el taller—. Y si te equivocas, nadie se va a dar cuenta, porque todos van a estar demasiado ocupados comiendo trufas de mantequilla ahumada.

—Eso no es tan reconfortante como pretendes que sea.

—Era mi mejor intento. Tómalo o déjalo.

El sábado llegó, y con él, para sorpresa de todos incluido el propio Asher, una actuación que salió mejor de lo que ninguno de los dos había anticipado: tres canciones sencillas, tocadas con la misma precisión meticulosa que aplicaba a la construcción de sus instrumentos, y una ovación cerrada del pequeño público que lo dejó, por primera vez desde que Talia lo conocía, visiblemente abrumado por el cariño de un grupo de desconocidos.

—¿Ves? —le dijo ella después, mientras recogían las últimas copas de la velada—. Te dije que estarías bien.

—Puede que hasta me haya gustado un poco.

—Eso, viniendo de usted, es prácticamente un discurso de agradecimiento en los Grammy.