Capítulo 13 #2
Talia se acercó a la ventana, mirando la calle principal de Alder Creek iluminada por las farolas de febrero, y sintió, con una claridad que no esperaba, que aquel apartamento, con toda su historia y sus posibilidades, ya no era el sitio al que pertenecía su vida.
Su vida, decidió en ese momento con una certeza tranquila, estaba al final de un camino de grava flanqueado de arces, en una casita con vistas a un arroyo, o mejor todavía, en una casa grande con una abuela mandona y un taller con la luz siempre encendida hasta tarde.
—Sea lo que sea que hagamos con esto —dijo, girándose hacia él—, yo ya sé dónde quiero vivir. Y no es aquí.
Pasaron las semanas siguientes discutiendo, con el mismo entusiasmo con el que habían discutido sobre manteles meses atrás, las distintas posibilidades para el apartamento vacío.
Talia, con su ojo comercial afinado por años de gestionar Cacao Salvaje, se inclinaba cada vez más por la idea de convertirlo en un espacio de eventos: catas de chocolate privadas, talleres de repostería para pequeños grupos, quizás incluso alguna colaboración con Asher para catas combinadas de chocolate y música en vivo, aprovechando su talento con la guitarra que Talia sospechaba que él llevaba años sin explotar más allá del taller.
—¿Yo, tocando delante de gente? —había preguntado Asher, con una expresión de horror genuino que a Talia le pareció desproporcionada para un hombre que hacía instrumentos musicales para ganarse la vida.
—Construyes guitarras que otra gente toca en directo delante de miles de personas. No veo por qué tocar tú mismo delante de veinte personas en un evento íntimo debería darte tanto miedo.
—Es diferente. Construir es controlado, preciso, silencioso. Tocar en público es... —Se estremeció visiblemente—. Es exponerse de una manera que nunca me ha gustado.
—Podríamos empezar poco a poco. Un evento pequeño, solo para probar.
—Lo pensaré. No prometo nada.
—Con usted nunca prometen nada, Doyle. Es prácticamente su lema personal.
—Es un lema que me ha funcionado bastante bien hasta ahora, para que conste.
La reforma en sí, cuando por fin arrancó a principios de febrero, se convirtió en un proyecto compartido que ocupó buena parte de los fines de semana de ambos durante casi un mes.
Asher, con su ojo entrenado para el trabajo en madera, se encargó personalmente de restaurar los suelos originales del apartamento, que habían quedado ocultos bajo capas de linóleo barato instalado por algún inquilino anterior con poco gusto y menos presupuesto, mientras Talia se dedicaba a planificar la distribución del espacio con la misma meticulosidad con la que planeaba sus recetas.
—Este suelo es de roble macizo —había anunciado Asher, con la satisfacción de quien descubre un tesoro escondido, la primera vez que consiguió levantar una esquina del linóleo—. Alguien cometió un crimen tapando esto.
—¿Puedes restaurarlo?
—Puedo hacer algo mejor que restaurarlo. Puedo dejarlo mejor de lo que estaba originalmente.
Y lo hizo, con semanas de lijado paciente y barnizado cuidadoso que convirtieron el suelo del apartamento en una superficie cálida y brillante que parecía sacada de una revista de decoración, un trabajo que Talia observó con una fascinación silenciosa, descubriendo en el proceso una faceta de Asher que nunca había tenido ocasión de presenciar tan de cerca: la paciencia absoluta con la que trataba la madera, como si cada tabla mereciera el mismo respeto que un instrumento terminado.
—Te encanta esto, ¿verdad? —le preguntó una tarde, viéndolo aplicar la última capa de barniz con movimientos precisos y uniformes.
—Me encanta devolverle a algo la vida que tenía antes de que alguien decidiera taparlo con mal gusto. Supongo que es la misma razón por la que me gusta hacer guitarras: coger algo con potencial y sacarle lo mejor que tiene dentro.
—Eso último ha sonado sospechosamente poético para ser usted, Doyle.
—No se lo cuente a nadie. Tengo una reputación de hombre de pocas palabras que mantener.
Renata, por su parte, se había encargado de la decoración interior con un entusiasmo que sorprendió a todos, incluida ella misma, encontrando en tiendas de segunda mano de Asheville mesas antiguas y sillas desparejadas que, combinadas con buen gusto, le daban al espacio un aire acogedor y ecléctico que encajaba a la perfección con la estética de Cacao Salvaje.
—Esto tiene que quedar como si llevara aquí toda la vida —había insistido Renata, discutiendo con el vendedor de un mercadillo sobre el precio de una lámpara de araña de aspecto vagamente francés—, no como si lo hubiéramos comprado todo de golpe en un fin de semana con prisa.
Para finales de febrero, el apartamento estaba prácticamente terminado: paredes recién pintadas en un tono cálido de crema que Talia había elegido tras semanas de deliberación, el suelo de roble restaurado brillando bajo la luz de las lámparas nuevas, y una pequeña cocina de exhibición donde Talia planeaba dar demostraciones en directo durante los eventos.
Decidieron inaugurarlo con una cata privada para amigos cercanos, antes de abrirlo formalmente al público, y la noche resultó ser, para sorpresa de todos, uno de los momentos más felices que Talia recordaba haber vivido en Alder Creek.
—Es precioso, Talia —le dijo Renata, copa de vino en mano, contemplando el espacio terminado—. De verdad. Cuando pienso en que hace seis meses este mismo edificio tenía un techo goteando chocolate sobre calabazas...