Capítulo 13
Febrero llegó a Alder Creek con los primeros brotes verdes asomando entre la escarcha residual, y con ellos llegó también una sensación de estabilidad en la vida de Talia que meses atrás le habría parecido casi sospechosa de puro tranquila.
Cacao Salvaje funcionaba a pleno rendimiento entre el cobertizo y el equipo cada vez más numeroso que Renata había ido reclutando, el contrato con el hotel seguía generando pedidos constantes, y las noches en la casa grande habían adquirido una rutina que Talia atesoraba con una intensidad que nunca había sentido por ninguna otra etapa de su vida adulta.
El plan de Asher, cuando por fin se decidió a plantearlo con la formalidad de quien lleva semanas ensayando cómo decirlo, resultó más ambicioso de lo que Talia había imaginado ninguna de las noches que se había quedado despierta especulando sobre ello.
—Quiero comprar el edificio —dijo, una tarde de finales de enero, sentados los dos a la mesa de la cocina con los papeles del banco extendidos entre ellos como si fueran un mapa del tesoro—.
El de tu tienda. Local y apartamento entero.
He estado hablando con el banco, tengo ahorros de años que no he tocado porque nunca supe bien para qué los quería, y esto, por fin, me parece que tiene sentido.
Había llegado a esa conversación después de días enteros dándole vueltas en silencio, algo que Talia solo descubrió después, cuando June le contó, con su franqueza habitual, que Asher había pasado casi una semana entera cerrado en el taller con calculadoras y llamadas al banco que nadie más sabía que estaba haciendo.
—Casi le da un ataque de nervios decidiéndose a contártelo —le confesó June más tarde, con una risa cómplice—. Nunca lo había visto tan nervioso planeando algo, ni siquiera cuando decidió dejar la ingeniería.
Talia se quedó mirando los papeles sin verlos del todo, con la cabeza dándole vueltas a una velocidad que no conseguía seguir del todo.
—Asher, eso es una barbaridad de dinero.
—Es dinero que tengo. Que no estoy usando en nada más importante que en dejarlo criar polvo en una cuenta.
—No es solo el dinero. Es lo que significa. Si compras tú el edificio, la tienda deja de ser mía del todo. Se convierte en algo que dependo de ti para tener, y llevo cuatro años construyendo Cacao Salvaje precisamente para no depender de nadie más que de mí misma.
Asher se quedó callado un momento, procesando la objeción con la misma seriedad con la que procesaba cualquier problema de carpintería complicado.
—No lo había pensado así —admitió—. Pensaba que te estaba dando seguridad. No se me había ocurrido que pudiera sentirse como quitarte algo.
—Aprecio la intención, de verdad que sí. Pero no quiero que lo primero grande que hagamos juntos como pareja sea que tú me regales mi propio negocio. Quiero que sea algo que construyamos entre los dos, no algo que tú me des.
—¿Y si lo hacemos como sociedad de verdad?
—propuso Asher, después de pensarlo un momento más—.
Compro el edificio, sí, pero con un contrato formal: tú pagas tu parte con el negocio, yo con mis ahorros, y los dos somos dueños al cincuenta por ciento, con todos los papeles legales que hagan falta para que quede claro que no es un regalo, sino una inversión conjunta.
Talia lo pensó, dándole vueltas al café que se le había quedado frío sobre la mesa.
—Eso me gusta más. Pero quiero que hablemos con un abogado de verdad, no solo con tu banco. Quiero que quede todo por escrito, claro y justo para los dos, sin que ninguno se sienta después que ha dado más de lo que ha recibido.
—Trato hecho. —Asher extendió la mano por encima de la mesa, con una formalidad medio en broma que a Talia le arrancó una sonrisa—. Socia.
—Socia —repitió ella, estrechándole la mano con la misma seriedad fingida—. Aunque esto no cambia el hecho de que sigue sin gustarme que tenga usted más ahorros que yo después de dedicarse toda la vida a un oficio que la gente cree que no da dinero.
—La gente se equivoca mucho sobre los luthiers, señorita Marsh. Cobramos caro y gastamos poco. Es la combinación perfecta para acumular ahorros sin darse cuenta.
Renata reaccionó a la noticia con una mezcla de asombro y satisfacción que no se molestó en disimular cuando Talia se lo contó al día siguiente en la tienda.
—Así que ahora eres copropietaria de un edificio entero con tu novio luthier —dijo, apoyándose en el mostrador con una sonrisa que no le cabía en la cara—. Hace seis meses vivías encima de una gotera. La vida da vueltas raras, ¿eh?
—Demasiado raras, a veces. Todavía me cuesta creer que esto sea mi vida real y no un sueño particularmente elaborado.
—Pues créetelo, porque el papeleo que hemos firmado esta mañana pesaba más que mi gato, y los gatos, como sabes, no son ligeros.
¿Estás segura de lo del contrato de sociedad?
Porque legalmente hablando, es un compromiso serio, casi tan serio como una boda, solo que con más cláusulas sobre reparaciones del tejado.
—Lo he pensado mucho, Renata. Y sí, estoy segura. Es diferente a que él simplemente me compre el edificio y me lo regale. Esto es algo que construimos juntos, con reglas claras para los dos.
—Me alegro. De verdad. Aunque tengo que decir que la idea de una boda con cláusulas sobre reparaciones del tejado tiene su encanto práctico.
El proyecto, una vez decidido, avanzó con una velocidad que sorprendió a los dos: el abogado de Asheville que contrataron entre ambos redactó los papeles en menos de dos semanas, el casero aceptó la oferta con un entusiasmo que dejaba claro cuánto le alegraba deshacerse de un edificio que le había dado más problemas que beneficios en los últimos años, y para mediados de febrero, Talia y Asher eran, oficialmente, copropietarios del local de Cacao Salvaje y del apartamento sobre él.
La reunión con el abogado, una mujer de mediana edad llamada Patricia con gafas de pasta y una paciencia infinita para explicar cláusulas legales a dos personas que claramente preferían discutir sobre el diseño del apartamento antes que sobre porcentajes de propiedad, resultó ser más cómica de lo que Talia había anticipado.
—Entonces, para que quede claro —dijo Patricia, revisando el borrador del contrato por tercera vez—, el señor Doyle aporta el sesenta por ciento del capital inicial, mientras que la señorita Marsh aporta el cuarenta por ciento restante mediante el traspaso del valor comercial de Cacao Salvaje como negocio establecido, con ambos como copropietarios al cincuenta por ciento del inmueble físico. ¿Es correcto?
—Es correcto —confirmaron los dos a la vez, con una sincronía que hizo reír a Patricia por primera vez en toda la reunión.
—Llevo veinte años redactando contratos de sociedad, y rara vez veo a una pareja tan de acuerdo en los números. Normalmente hay más discusión sobre quién paga qué.
—Somos gente civilizada —dijo Asher, con una seriedad que Talia sabía perfectamente que escondía una sonrisa—. Discutimos sobre manteles, no sobre porcentajes de capital.
—Eso, para que conste, sigue siendo mentira —añadió Talia—. Discutimos sobre manteles constantemente. Es nuestra forma de demostrarnos cariño.
Patricia terminó de repasar el resto del contrato con una precisión meticulosa: cláusulas sobre qué pasaría con la propiedad en caso de separación, algo que ninguno de los dos quiso pensar demasiado en el momento pero que ambos coincidieron en que era prudente incluir; disposiciones sobre reparaciones futuras y cómo se dividirían los costes; y una cláusula final, insistencia expresa de Asher, que garantizaba que Talia tendría derecho de compra preferente sobre su parte del edificio en caso de que él, por cualquier motivo, decidiera vender en el futuro.
—¿Por qué esa cláusula? —había preguntado Talia, revisando el papel con curiosidad.
—Porque quiero que sepas, en el papel además de en persona, que este negocio es tan tuyo como mío, pase lo que pase entre nosotros dos en el futuro. No quiero que nunca sientas que tu seguridad depende de que sigamos juntos.
Aquella cláusula, más que cualquier declaración romántica que Asher le hubiera podido hacer, fue lo que convenció a Talia de que aquel hombre, con toda su economía de palabras, entendía el amor de una manera mucho más profunda que la mayoría de la gente que conocía.
Firmaron los papeles finales un viernes por la tarde, en la pequeña oficina de Patricia, con June como testigo insistente que se había invitado a sí misma alegando que "alguien tenía que documentar el momento para la posteridad familiar", y que efectivamente sacó su teléfono para hacer una fotografía torpe del apretón de manos final entre Talia y el abogado del casero, una imagen borrosa que terminaría, meses después, enmarcada en un rincón discreto de la nueva sala de eventos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Talia, la noche que firmaron los últimos papeles, sentados en el apartamento vacío que llevaba dos meses sin que ella pusiera un pie ahí—. ¿Qué hacemos con esto?
Asher recorrió el espacio despacio, con esa mirada calculadora que Talia ya conocía de sus proyectos de carpintería, imaginando, seguramente, paredes tiradas y espacios reconfigurados con la misma facilidad con la que imaginaba una guitarra terminada dentro de un bloque de madera en bruto.
—Podríamos alquilarlo —dijo—. Sacarle rentabilidad como apartamento normal. O...
—¿O?
—O podríamos convertirlo en algo distinto. Un espacio de eventos para catas de chocolate, quizás, con la tienda abajo funcionando como siempre. O simplemente dejarlo como está, por si algún día alguno de los dos lo necesita.