No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

June los recibió en la puerta con un abrazo que dejó claro cuánto había echado de menos a Talia también, y esa noche, cenando los tres juntos en la cocina de la casa grande con una normalidad que dos meses atrás habría sido impensable, Talia pensó que la tienda, con su reparación ya casi terminada según la última llamada del casero, iba a plantearle en las semanas siguientes una pregunta que llevaba evitando desde que había llegado a Alder Creek: qué hacer, ahora que tenía la opción de volver a su antiguo apartamento, con un sitio que ya no sentía como un alquiler temporal sino como algo mucho más parecido a un hogar del que no tenía ninguna prisa por marcharse.

El casero llamó dos días después, con la noticia que Talia llevaba dos meses esperando y que, de forma extraña, no le provocó ninguna de las ganas de celebrar que había anticipado: la tubería estaba arreglada, el suelo nuevo instalado, la cocina lista para volver a funcionar en cuanto ella quisiera.

Le dio las gracias, colgó, y se quedó mirando el teléfono un buen rato, sentada en el porche de la casita con vistas al arroyo, sin saber muy bien qué hacer con una noticia que llevaba semanas deseando y que ahora, en su mano, pesaba mucho más de lo que había imaginado.

—Ya está arreglada —le dijo a Asher esa noche, cuando lo encontró en el taller cerrando por el día—. Puedo volver a mi apartamento cuando quiera.

Asher dejó lo que tenía entre manos y la miró con una expresión que intentaba, sin mucho éxito, disimular la tensión detrás de la pregunta que vino después.

—¿Y qué vas a hacer?

Talia no tenía todavía una respuesta clara, no una que pudiera poner en palabras esa misma noche, pero supo, mirándolo a los ojos bajo la luz cálida del taller, que fuera cual fuera la respuesta, no iba a tomarla sola ni en silencio, como había hecho con tantas otras cosas importantes en su vida antes de llegar a Alder Creek.

—Todavía no lo sé del todo —dijo, con sinceridad—. Pero quiero que lo pensemos juntos, sea lo que sea. Eso sí lo sé seguro.

Se sentaron juntos en el banco de trabajo del taller, con la luz de la tarde entrando oblicua por la ventana, y Talia se descubrió pensando en voz alta, algo que hacía cada vez con más naturalidad delante de él desde que había vuelto de Charleston.

—Si vuelvo al apartamento, va a ser raro. Llevo dos meses viviendo aquí, en esta propiedad, contigo y con June, y ese apartamento ya no me parece mi vida. Me parece la vida de otra persona, una que dejé de ser en algún momento sin darme cuenta.

—¿Y si no vuelves al apartamento? —preguntó Asher, con una cautela que dejaba claro cuánto le importaba la respuesta—. ¿Qué pasaría entonces?

—Entonces tendría que admitir en voz alta algo que llevo semanas sabiendo pero sin decir, por miedo a que sonara demasiado rápido, demasiado precipitado para cinco meses de relación.

—¿Y qué es?

Talia respiró hondo, con el corazón latiéndole con la misma intensidad nerviosa de la mañana en el aeropuerto de Asheville, meses atrás, cuando todo aquello había empezado con una tubería reventada y un hombre que le exigía que avisara antes de entrar en su taller.

—Que quiero quedarme. No por la casita, no por el cobertizo, no siquiera solo por ti, aunque tú seas la razón más grande. Quiero quedarme porque este sitio, en cinco meses, se ha convertido en el primer lugar en años en el que no me siento de paso.

Asher no dijo nada durante un segundo que se estiró lo suficiente como para que Talia empezara a preguntarse si había dicho demasiado, demasiado rápido, hasta que él le tomó la mano con una firmeza que respondió antes que cualquier palabra.

—Me alegra oírtelo decir —dijo finalmente—, porque llevo semanas pensando exactamente lo mismo sin saber cómo sacarlo sin sonar como si estuviera presionándote a quedarte por mí.

—No estás presionándome. Estoy decidiendo esto yo sola, aunque sea contigo al lado.

—Entonces decídelo. Y cuando lo hagas, dímelo, porque tengo una idea de lo que podríamos hacer con el apartamento de arriba de tu tienda que llevo semanas dándole vueltas y no he sabido cómo plantear sin sonar demasiado adelantado a los acontecimientos.

—¿Qué idea?

—Eso —dijo Asher, con una sonrisa que prometía más de lo que estaba dispuesto a revelar esa noche— es una conversación para otro día. Uno en el que hayas dormido bien y no estés todavía descolocada por el vuelo.

June los encontró así, sentados en el taller con las manos entrelazadas y la conversación a medio terminar, y se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados y esa sonrisa suya que llevaba meses guardándose una satisfacción que ya no se molestaba en disimular del todo.

—Espero que estéis hablando de cosas importantes ahí dentro —dijo—, porque la cena se está enfriando y no pienso recalentarla dos veces por una pareja que no sabe salir del taller a tiempo.

—Estamos hablando de cosas importantes, June —dijo Talia, levantándose y arrastrando a Asher con ella hacia la puerta—. Se lo prometo.

—Me alegro. Llevo meses esperando a que las habléis. Ahora venid a cenar antes de que se me acabe la paciencia, que ya he esperado bastante.

Cenaron los tres esa noche con la ligereza propia de quien acaba de dejar atrás semanas de tensión acumulada, hablando de Charleston, de Ivy, del hotel, de todo lo que había pasado en las últimas dos semanas como si fuera ya, de alguna manera extraña, parte de la historia compartida de aquella casa.

Talia observó a Asher servir el vino, reír con algo que había dicho June, y pensó, con una certeza tranquila que no necesitaba de más pruebas, que fuera cual fuera la forma exacta que tomara su decisión sobre el apartamento, ya sabía en el fondo dónde quería que estuviera su vida a partir de entonces.

Lo que ninguno de los tres podía saber esa noche, mientras la cena se enfriaba un poco más de lo que a June le habría gustado admitir, era que la idea que Asher llevaba semanas guardándose sobre el apartamento de arriba de la tienda iba a convertirse, en las semanas siguientes, en algo mucho más grande de lo que ninguno de los dos había planeado, y que la primavera que se acercaba a Alder Creek traería consigo decisiones que ni Talia ni Asher estaban todavía preparados para nombrar en voz alta.

Por ahora, sin embargo, había vino, había risas, y había una mesa llena de gente que, sin planearlo del todo, se había convertido en la familia que ninguno de los dos sabía que necesitaba hasta que la encontró.

Y eso, para una noche cualquiera de un enero cualquiera en Alder Creek, era más que suficiente.

Fuera, la escarcha seguía cubriendo los arces desnudos bajo la luna, el arroyo seguía su curso tranquilo de siempre, y en algún lugar entre la casa grande y el cobertizo, dos personas que habían empezado como desconocidos forzados a compartir un jardín se preparaban, sin saberlo todavía del todo, para la siguiente parte de una historia que apenas estaba comenzando.

Talia se quedó despierta esa noche más tiempo del habitual, repasando mentalmente los últimos cinco meses como quien hojea un álbum de fotografías: la tubería reventada, el primer encuentro tenso con Asher en la puerta del taller, la tormenta que los había unido, la pelea por Grant, el beso en el cobertizo entre virutas de madera, Charleston, Ivy, y ahora esto, esta cena tranquila con vino y risas que hacía apenas cinco meses le habría parecido tan improbable como ganar la lotería.

Pensó en su madre, que llevaba semanas preguntándole por teléfono cuándo pensaba llevar a "ese chico de las guitarras" a conocerla en persona, y en Renata, que ya había empezado a hacer planes en voz alta para el que ella insistía en llamar "el evento inevitable", con una seguridad que a Talia todavía le costaba compartir del todo en voz alta, aunque en el fondo, cada día un poco menos.

Asher, en el taller, guardaba las herramientas del día con el mismo cuidado de siempre, pero se detuvo un momento frente a la guitarra que llevaba semanas construyendo sin encargo de nadie, solo por el placer de hacerla, y por primera vez en tres años, sin dudarlo, sin el peso del miedo que llevaba arrastrando desde que Ivy se fue, cogió un lápiz y escribió, en el interior de la caja de resonancia, un nombre que no era el suyo ni el de nadie que hubiera querido antes de aquel otoño con lluvia y tubería reventada.

Cerró la tapa de la guitarra con cuidado, apagó la luz del taller, y caminó de vuelta a la casa grande bajo un cielo cuajado de estrellas, con la certeza tranquila de que, fuera lo que fuera lo que trajera la primavera, estaba listo para afrontarlo sin miedo, y sobre todo, sin volver a hacerlo solo.