Capítulo 12
Asher pasó la mañana del sábado más nervioso de lo que quería admitir, dando vueltas por el taller sin conseguir concentrarse en nada, hasta que June, que lo observaba desde la puerta con los brazos cruzados y una taza de té en la mano, decidió intervenir con su franqueza habitual.
—Vas a desgastar el suelo de tanto caminar en círculos —dijo—. Es un café, Asher, no un juicio. Ve, escúchala, di lo que tengas que decir, y vuelve a casa. No es más complicado que eso.
—¿Y si vuelvo a sentir algo que no debería sentir?
—Entonces lo sentirás, lo reconocerás, y seguirás adelante de todos modos, porque los sentimientos pasajeros no definen las decisiones que importan.
Lo sé porque tengo setenta y dos años y he sentido cosas que no debería haber sentido en más ocasiones de las que pienso admitirte.
Lo importante nunca es lo que sientes en el momento. Es lo que decides hacer con ello.
El café con Ivy tuvo lugar el sábado por la tarde en una cafetería cerca del club donde tocaría esa noche, y resultó, para sorpresa de Asher, mucho menos cargado de lo que había temido durante toda la semana.
Ivy llegó con el pelo más corto de lo que él recordaba y una seguridad tranquila que no tenía tres años atrás, cuando se había ido de Alder Creek con una maleta y una promesa de volver que ninguno de los dos había creído del todo, ni siquiera entonces.
—Estás bien —dijo ella, sentándose frente a él con una sonrisa cautelosa—. Se te nota. Alder Creek te sienta bien, siempre te sentó bien, aunque yo tardé años en admitir que a mí no me sentaba de la misma manera.
—Tú también estás bien. La gira parece irte de maravilla.
—Va bien. Hemos firmado con un sello independiente el año pasado, estamos grabando el segundo disco.
—Hizo una pausa, jugando con la cucharilla del café—.
Escucha, no he venido a reabrir nada, quiero que quede claro desde el principio.
Tengo pareja, llevamos año y medio, es baterista de otra banda con la que compartimos gira a veces.
Vine porque llevo tres años sintiéndome culpable por cómo me fui, sin una conversación de verdad, solo una nota y una maleta, y me pareció que merecías algo mejor que eso, aunque llegue con tres años de retraso.
—¿Por qué te fuiste así? —preguntó Asher, sin rencor, con la curiosidad genuina de alguien que por fin se siente listo para escuchar la respuesta completa—. Podrías haberme dicho la verdad a la cara. Habría dolido igual, pero al menos habría sido limpio.
Ivy suspiró, con la expresión de quien lleva tiempo ensayando también esta parte de la conversación.
—Porque tenía miedo de que me convencieras de quedarme, y una parte de mí sabía que si me convencías, iba a terminar resentida contigo por ello dentro de unos años. Era más fácil irme como una cobarde que quedarme y arriesgarme a odiarte por algo que no era tu culpa.
—Eso tiene más sentido del que me habría gustado admitir en su momento.
—Lo sé. Y lo siento de todos modos, aunque tenga sentido. Merecías una despedida de verdad, no una nota pegada en la nevera.
Asher sintió que algo se le aflojaba en el pecho, algo que llevaba tanto tiempo tenso que ni siquiera había notado el peso hasta que empezó a desaparecer.
—Te agradezco que hayas venido a decir esto.
En su momento me dolió más la forma en que te fuiste que el hecho de que te fueras.
Pero han pasado tres años, y he tenido tiempo de entender que tú necesitabas algo que yo no podía darte, y que eso no te hace mala persona ni a mí insuficiente.
Solo nos hace personas que querían cosas distintas.
—Eso es más generoso de lo que merezco.
—Puede ser. Pero también es verdad. —Se permitió, por primera vez en la conversación, una sonrisa real—. Además, hay alguien más ahora. Alguien que ha hecho que entienda mejor lo que pasó entre nosotros que en todos estos tres años pensándolo solo.
Ivy sonrió, con un alivio genuino que le suavizó toda la expresión.
—Me alegro mucho, Asher. De verdad. ¿Cómo se llama?
—Talia. Tiene una tienda de chocolate en el pueblo. Es la persona más terca que he conocido en mi vida, y también la más valiente, aunque ella no se lo cree del todo todavía.
—Suena a alguien que te conviene.
—Creo que sí.
Terminaron el café hablando de cosas más ligeras, de la gira, del taller, de las guitarras que Asher seguía haciendo con la misma paciencia de siempre, y se despidieron en la puerta de la cafetería con un abrazo breve que, por primera vez en tres años, no le dolió a Asher en absoluto.
—¿Vendrás al concierto esta noche? —preguntó Ivy, ya en la puerta, con una esperanza cautelosa en la voz—. Me encantaría que vieras en qué se ha convertido todo esto. Sé que es raro pedírtelo, pero significaría mucho.
Asher lo pensó un momento, sorprendido de que la pregunta no le provocara ninguna incomodidad real.
—No puedo esta noche —dijo, con sinceridad—. Pero me alegra que me lo hayas pedido. Espero que os vaya de maravilla.
—Gracias, Asher. Por todo. Por el café, por escuchar, por no odiarme más de lo que ya me odiaba yo misma estos tres años.
—Nunca te odié, Ivy. Ni siquiera en los peores días. Eso es lo que más tardé en entender.
Caminó de vuelta al coche despacio, dejando que el aire fresco de la tarde le asentara los pensamientos, y se sorprendió deteniéndose frente al escaparate de una floristería sin haberlo planeado del todo, calculando mentalmente cuánto tardaría en llegar a Charleston si decidiera, de repente, sorprender a Talia con una visita que ninguno de los dos había mencionado.
Descartó la idea casi tan rápido como la había tenido —quedaban solo cinco días, y presentarse sin avisar en medio de su semana de trabajo más intensa parecía más una interrupción que una sorpresa bienvenida— pero el impulso en sí mismo le pareció revelador: llevaba tres años evitando exactamente ese tipo de gestos espontáneos, precisamente por miedo a que le costaran demasiado si algo salía mal, y ahí estaba, calculando rutas de carretera por una mujer que llevaba solo cuatro meses en su vida.
Llamó a Talia esa misma tarde, todavía con el sabor del café en la boca y una ligereza en el pecho que no recordaba haber sentido en mucho tiempo.
—¿Cómo fue? —preguntó ella, sin rodeos.
—Bien. De verdad bien. Cerramos cosas de verdad, sin dramas, sin que nadie llorara ni gritara.
Tiene pareja, está feliz, y yo... —hizo una pausa, buscando las palabras exactas— también lo estoy.
Creo que por primera vez en tres años puedo decir eso sin que suene a mentira que me digo para sentirme mejor.
—Me alegro mucho, Asher. De verdad.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? Que en algún momento del café me di cuenta de que no estaba pensando en ella. Estaba pensando en ti, en lo que te iba a contar esta noche, en cuántos días te quedan en Charleston antes de volver.
—Cinco —dijo Talia, sin necesidad de comprobarlo—. Los he estado contando.
—Yo también.
Los cinco días pasaron, para los dos, con la lentitud particular de la última cuenta atrás antes de algo esperado con ganas, y cuando Talia por fin aterrizó de vuelta en Asheville el día catorce de enero, encontró a Asher esperándola en la puerta de llegadas con un ramo de flores silvestres claramente cortadas de camino, torcido y desordenado de una manera que sugería que las manos que sabían tallar guitarras perfectas no tenían la misma paciencia con la floristería.
—Son un desastre —dijo él, tendiéndoselas de todos modos, con una vulnerabilidad poco habitual en su cara—.
Las compré en la gasolinera de camino aquí porque no encontré ninguna floristería abierta a esta hora, y luego me pareció que llegar con las manos vacías después de dos semanas sería peor que llegar con flores mal cortadas.
Talia dejó caer la maleta al suelo del aeropuerto y lo abrazó con una fuerza que sorprendió a los dos, hundiendo la cara en su cuello y respirando el olor a madera y barniz que llevaba dos semanas echando de menos con una intensidad que no había sabido nombrar hasta ese momento exacto.
—Son perfectas —dijo, con la voz amortiguada contra su hombro—. Absolutamente perfectas.
—Mentirosa.
—Un poco. Pero las flores no son lo que estaba echando de menos, así que da igual cómo estén cortadas.
Se separaron lo justo para mirarse, ninguno de los dos con demasiada prisa por soltar al otro del todo, y Asher le apartó un mechón de pelo de la cara con un gesto que llevaba dos semanas sin poder hacer y que, descubrió ahora, había echado de menos con una especificidad que no había sabido nombrar hasta tenerla delante otra vez.
—Hueles distinto —dijo él, frunciendo el ceño levemente—. A mar.
—Es Charleston. Se te pega hasta en el pelo, por lo visto.
—No sé si me gusta.
—Se te va a pasar en cuanto lleguemos a Alder Creek. Te lo prometo.
—Más te vale.
Volvieron a Alder Creek con las ventanillas bajadas a pesar del frío de enero, hablando sin parar de todo lo que se habían dejado sin contar por teléfono, y cuando por fin llegaron al camino de grava flanqueado de arces, ahora desnudos de hojas pero igual de familiares, Talia sintió una oleada de alivio tan intensa que tuvo que parpadear varias veces para que no se le notara en la cara.
—Bienvenida a casa —dijo Asher, apagando el motor delante de la casa grande.
Talia se quedó un momento callada, con la palabra "casa" resonándole de una manera que no había esperado, y se dio cuenta, con una claridad repentina, de que llevaba semanas usando esa misma palabra para referirse a aquel lugar sin haberlo decidido conscientemente ni una sola vez.
—Casa —repitió, probando la palabra en voz alta—. Sí. Supongo que sí lo es.