Capítulo 11
La segunda semana de Talia en Charleston había empezado con una rutina ya bien asentada: formación por las mañanas, producción por las tardes, y esa sensación extraña de estar viviendo dos vidas en paralelo, una en el hotel con vistas al puerto y otra, la de verdad, que seguía sucediendo sin ella a cientos de kilómetros de distancia, resumida cada noche en una videollamada de veinte minutos que nunca le parecían suficientes.
La llamada llegó un martes por la tarde, mientras Asher terminaba de encordar la guitarra de Nashville en el taller, con un número que no reconoció en la pantalla y un prefijo que tampoco le sonaba de nada en particular.
La habría ignorado, como ignoraba la mayoría de las llamadas de números desconocidos, si no fuera porque algo —una corazonada que no supo explicar hasta después— lo empujó a contestar.
—¿Diga?
Hubo un silencio al otro lado, breve pero cargado, del tipo que precede a las conversaciones que uno lleva mucho tiempo posponiendo sin saberlo.
—Asher. Soy Ivy.
El nombre le cayó encima con el peso exacto que recordaba, tres años después, aunque no de la manera catastrófica que habría imaginado si alguien le hubiera preguntado, antes de esa llamada, cómo reaccionaría al volver a oír esa voz.
Fue más bien una sorpresa contenida, manejable, la de alguien que descubre que una vieja herida ya no duele exactamente igual que antes.
—Ivy.
Se le vino a la cabeza, en la fracción de segundo antes de que ella siguiera hablando, la última imagen que tenía de ella: de espaldas, subiendo a la furgoneta de la banda con la misma guitarra que él le había construido colgada al hombro, sin mirar atrás ni una sola vez.
Había pasado tres años imaginando cómo se sentiría si algún día volvía a oír su voz, y la realidad, descubrió ahora, no se parecía en nada a lo que había imaginado: no había vértigo, no había rabia acumulada esperando salir.
Solo una curiosidad tranquila, casi distante, como quien mira una fotografía antigua de sí mismo y reconoce la cara sin sentir ya nada urgente por ella.
—Sé que esto es raro. Llevo el número de tu abuela desde hace años, por si alguna vez...
bueno, por si alguna vez pasaba algo así.
Estamos de gira, tocamos en Charleston este fin de semana, y me enteré por una amiga común de que sigues en Alder Creek, con el taller, y quería...
no sé, quería saber cómo estás. Cerrar cosas, supongo. Suena cursi dicho en voz alta.
—Estoy bien —dijo Asher, y notó, con cierta sorpresa, que era verdad—. El taller va bien. La abuela sigue igual de mandona que siempre.
—Me alegro. De verdad. —Una pausa, incómoda pero no hostil—.
Escucha, sé que no tengo ningún derecho a pedirte nada después de cómo me fui, pero estaré en Charleston hasta el domingo.
Si quisieras, no sé, tomar un café, hablar de verdad de lo que pasó, entendería que no quieras, pero pensé que merecía la pena preguntar.
Asher se apoyó contra el banco de trabajo, dejando que la petición se asentara antes de responder.
Hacía un año, se dio cuenta, la respuesta habría sido automática: un no seco, una negativa protectora que le habría ahorrado la incomodidad de revisitar algo doloroso, aunque le hubiera dejado, como tantas otras cosas, sin resolver del todo.
Pero no estaba en el mismo sitio que hacía un año, y la diferencia le pareció, en ese instante, casi física, como si algo en su interior hubiera cambiado de forma sin que él terminara de notarlo hasta que la vida se lo puso delante para comprobarlo.
Asher se quedó callado un momento, con la lija todavía en la mano, pensando en la promesa que le había hecho a Talia semanas atrás, la de contarle las cosas enteras en vez de guardárselas por miedo a la reacción.
—Dame un segundo —dijo, y antes de que Ivy pudiera responder, marcó a Talia por otra línea, con el corazón latiéndole más rápido de lo que le habría gustado admitir.
Talia contestó al segundo tono, con la voz animada de media tarde de trabajo.
—¿Todo bien?
—Todo bien, aunque acabo de recibir una llamada un poco inesperada. Es Ivy. Está de gira, toca en Charleston este fin de semana, quiere quedar para hablar y cerrar cosas.
Se hizo un silencio breve al otro lado de la línea, y Asher esperó, tenso, preguntándose si había hecho bien en llamar de inmediato o si acababa de estropear la tarde de Talia con una noticia que podría haber esperado a la noche.
—¿Cómo te sientes con eso? —preguntó Talia finalmente, con una voz que sonaba genuinamente curiosa más que a la defensiva, un tono que a Asher le recordó, con alivio, lo distinta que era aquella mujer de todos los fantasmas que él llevaba tres años arrastrando.
—No lo sé del todo. Sorprendido. Pero no como esperaba sentirme si esto hubiera pasado hace un año. No siento que necesite verla para estar bien. Pero tampoco siento que verla vaya a hacerme ningún daño, si eso tiene sentido.
—Tiene sentido. ¿Y qué quieres hacer?
—Quiero contártelo antes de decidir nada, que es lo que estoy haciendo ahora mismo, y quiero preguntarte qué opinas, porque resulta que ella está en tu misma ciudad esta semana, lo cual es una casualidad que ni siquiera sé cómo procesar todavía.
Talia se rio, una risa sorprendida que aligeró de inmediato la tensión de la llamada.
—Charleston tiene más de cien mil habitantes, Asher.
No es tan raro que dos personas de tu pasado coincidan aquí en la misma semana.
—Hizo una pausa, más seria—. Creo que deberías verla, si es algo que necesitas para cerrar de verdad.
No como amenaza, no como algo que tengas que ocultarme, sino como alguien que se merece decirle lo que sea que tengas que decirle a la cara, en vez de dejarlo colgado durante otros tres años.
—¿No te molesta?
—Me habría molestado que no me lo hubieras contado. Esto, en cambio, me parece exactamente lo que prometimos hacer los dos: contarnos las cosas asustados en vez de decidirlas solos.
Asher sintió que algo se le aflojaba en el pecho, un nudo que no había notado del todo hasta que empezó a deshacerse.
—Gracias —dijo—. Por esto. Por no convertirlo en una crisis.
—No te acostumbres —dijo Talia, robándole la frase con una sonrisa que él pudo oír perfectamente a través del teléfono—, aunque, para que conste, si vuelve a llamarte con intención de algo más que cerrar cosas, sí que vamos a tener una conversación distinta.
—Trato hecho.
Colgó con Talia con la sensación clara de que algo importante acababa de pasar entre los dos, algo que no tenía tanto que ver con Ivy como con la confirmación silenciosa de que el trato que habían hecho tras la pelea por Grant no era solo palabras bonitas dichas en un momento de reconciliación, sino un compromiso de verdad que los dos estaban dispuestos a mantener incluso cuando resultaba incómodo, incluso cuando habría sido más fácil callarse y gestionarlo solo.
Colgó con Talia y volvió a marcar el número de Ivy, con una claridad que no había sentido en toda la conversación anterior.
—Puedo quedar el sábado por la tarde —dijo, sin preámbulos—. Un café. Nada más.
—Nada más —confirmó Ivy, con algo parecido al alivio en la voz—. Gracias, Asher. De verdad.
Colgó y se quedó un momento sentado en el banco de trabajo, con la lija todavía en la mano y una sensación extraña recorriéndole el cuerpo, la de alguien que acaba de cruzar una puerta que llevaba tres años esperando a que alguien la abriera, sin saber hasta ese momento cuánto pesaba tenerla cerrada.
June entró en el taller minutos después, con la excusa de traerle un té que él no había pedido, y se sentó a su lado sin decir nada, con esa paciencia suya que sabía exactamente cuándo el silencio compartido valía más que cualquier pregunta.
—Era Ivy —dijo Asher finalmente, sin que ella se lo preguntara—. Está en Charleston. Quiere quedar el sábado.
June asintió despacio, sin sorpresa aparente, como si llevara tres años esperando también aquella llamada.
—¿Y qué le has dicho?
—Que sí. Se lo he contado a Talia antes de decidir nada, y ella me ha dicho que debería ir, que me lo merezco.
—Esa chica tiene más sensatez que la mitad de la gente que conozco con el doble de edad —dijo June, con una satisfacción evidente—.
Ve, Asher. Cierra lo que tengas que cerrar.
Pero hazlo sabiendo que lo que tienes esperándote aquí no tiene nada que ver con lo que dejaste ir hace tres años.
Son cosas distintas, y mereces vivirlas sin que una le haga sombra a la otra.
—Lo sé, June. Creo que por primera vez en tres años lo sé de verdad, no solo de palabra.
Su abuela le dio una palmadita en la rodilla, con el mismo cariño brusco de siempre, y se levantó para volver a la cocina, dejándolo solo con sus pensamientos y con una taza de té que se enfriaba lentamente sobre el banco de trabajo.
En Charleston, Talia colgó el teléfono y se quedó un rato mirando por la ventana del hotel hacia el puerto, procesando la conversación con una calma que la sorprendió incluso a ella misma.
No sentía celos, no exactamente; sentía, más bien, una curiosidad extraña por aquella mujer que había dejado una huella tan profunda en Asher que él seguía sin ponerle nombre a sus guitarras tres años después, y una gratitud silenciosa hacia sí misma por haber sido, esta vez, capaz de escuchar sin que el miedo tomara el control de la conversación.
Se sentó en el borde de la cama, con el teléfono todavía caliente en la mano, y se permitió, por un momento, imaginar cómo habría reaccionado la Talia de hacía cinco meses ante una llamada así: probablemente con pánico, con preguntas defensivas, con la necesidad urgente de controlar una situación que en realidad no le pertenecía controlar.
La diferencia entre esa versión de sí misma y la que acababa de colgar el teléfono con una tranquilidad genuina le pareció, de repente, la prueba más clara de todo lo que había cambiado desde que una tubería reventada la había llevado, sin planearlo, hasta la puerta de un taller de guitarras en Alder Creek.
Se enteró del resto de la coincidencia esa misma noche, cuando su compañera de reuniones del hotel le mencionó, de pasada, el nombre de la banda que tocaba el fin de semana en el club cercano.
—Wildfire Junction —repitió Talia, con el estómago encogiéndosele ligeramente—. ¿La bajista se llama Ivy, por casualidad?
—Creo que sí. ¿La conoces?
—Digamos que conozco a alguien que la conoce bastante bien —dijo Talia, con una risa que sonó más genuina de lo que ella misma esperaba, entendiendo por fin la coincidencia completa que la vida les había puesto delante a los dos, cada uno en su propia ciudad, con el mismo fantasma acercándose desde direcciones distintas.
Llamó a Renata esa noche, más por necesidad de procesarlo en voz alta con alguien que la conociera de toda la vida que por necesidad real de consejo.
—Así que la ex viene a Charleston justo cuando tú estás en Charleston —repitió Renata, con la voz que ponía cuando algo le parecía digno de una serie de televisión—. Eso no te lo inventas ni queriendo.
—Lo sé. Es surrealista.
—¿Y estás bien con todo esto? Porque puedo tomarme un vuelo si necesitas refuerzos morales.
—Estoy bien, Renata. De verdad. Es raro, pero no me da miedo. Creo que es la primera vez en mi vida que algo así no me da miedo del todo.
—Eso, amiga mía, es lo que se llama crecimiento personal. Deberías anotarlo en un diario o algo, para presumir luego.
—Prefiero presumir contándotelo a ti. Es más barato que un diario.
Colgó con Renata y se quedó un rato más despierta, pensando en la diferencia entre la Talia que había discutido con Asher por lo de Grant, tan asustada de perderlo que había reaccionado a la defensiva antes incluso de escuchar toda la historia, y la Talia que ahora, a cientos de kilómetros de distancia, podía procesar la noticia de que el hombre que quería iba a reencontrarse con su exnovia sin sentir que el suelo se le movía bajo los pies.
No sabía exactamente cuándo había ocurrido el cambio, si había sido gradual o si se había producido de golpe en algún momento concreto de los últimos meses, pero fuera como fuera, se sintió agradecida por él, y agradecida también, de una manera que no esperaba, hacia el propio Asher, por haber sido paciente con ella mientras aprendía a confiar de una manera que llevaba años sin practicar.