No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

En Alder Creek, Renata llevaba las riendas de Cacao Salvaje con una eficiencia que sorprendió a la propia Talia cuando hablaban por teléfono cada dos días para repasar pedidos.

Había contratado, por su cuenta y con la bendición a distancia de Talia, a una estudiante de repostería de la universidad cercana para cubrir el turno de tardes, y había reorganizado el escaparate de la tienda con un gusto que Talia tuvo que admitir, aunque le costara el orgullo, superaba al suyo propio.

—Vas a volver y no vas a reconocer el sitio —le advirtió Renata por teléfono, con un entusiasmo que sonaba genuino—. En el buen sentido. Creo.

—Eso último no suena muy tranquilizador, Renata.

—Confía en mí. O no confíes, y ya verás la sorpresa cuando vuelvas. De cualquier manera, gano yo.

June también llamaba, cada tres o cuatro días, con la excusa oficial de "contarle cómo estaba Asher" que escondía, mal disimulada, las ganas genuinas de saber cómo le iba a Talia en la ciudad de su hermana.

—Dorothy dice que te has portado de maravilla en la cena —le contó June la segunda semana—.

Que has comido hasta el último cangrejo sin quejarte, lo cual, según ella, te convierte automáticamente en persona de confianza.

Mi hermana tiene criterios muy específicos para juzgar el carácter de la gente.

—Me alegra haber pasado la prueba, entonces.

—Todos la pasáis, tarde o temprano, si os quedáis el tiempo suficiente para que os invite a cenar dos veces. Es su método. Bastante eficaz, para ser sincera.

Talia colgaba esas llamadas con una calidez creciente hacia aquella familia que se había ido convirtiendo, sin que ella lo planeara del todo, en algo mucho más parecido a la suya propia que a la de unos simples caseros temporales, y con cada día que pasaba en Charleston sentía con más claridad que la pregunta que la tienda reparada le plantearía a su vuelta ya tenía, en el fondo, una respuesta que solo necesitaba el valor de admitir en voz alta.

Fue el séptimo día, a mitad de su estancia, cuando Talia vio el cartel por primera vez: un póster pegado en la ventana de un club de música cerca del hotel, anunciando un concierto para el fin de semana siguiente de una banda llamada Wildfire Junction, con una fotografía de cuatro músicos en actitud de rock desgastado.

No le habría prestado ninguna atención especial de no ser porque, al pasar por delante de camino a una reunión, oyó a dos empleadas del hotel comentando el cartel con entusiasmo.

—Llevan girando por toda la costa este —decía una de ellas—. La bajista es una locura en directo, deberíamos ir.

Talia no pensó nada más en ello. No tenía ninguna razón para hacerlo: era un cartel de un concierto en una ciudad que no era la suya, de una banda que no conocía, y tenía una reunión de producción a la que llegar.

Siguió caminando, sin saber que aquel nombre —Wildfire Junction— y aquella bajista de la que hablaban las empleadas del hotel con tanto entusiasmo iban a resultar, en menos de una semana, mucho más relevantes de lo que cualquier cartel de calle tenía derecho a ser.

En Alder Creek, mientras tanto, Asher se había refugiado en el trabajo con la misma intensidad de siempre, aunque June no dejaba de comentar, con esa perspicacia suya que no daba tregua, que la casa se sentía distinta sin Talia dando vueltas por la cocina.

—Tararea menos —le dijo a Talia por teléfono, en una de las llamadas que la abuela había empezado a hacerle directamente, sin pasar por Asher, con la excusa oficial de "asegurarse de que Charleston la trataba bien"—. Y come de pie delante del fregadero otra vez. Ya sabes lo que significa eso.

—June, llevo una semana fuera. Es normal que le cueste un poco.

—No estoy diciendo que sea grave, querida. Estoy diciendo que se nota, y que más vale que vuelvas pronto, porque un Asher que tararea es mucho más soportable que uno que no lo hace.

Talia colgó con una sonrisa y una punzada de nostalgia que no había anticipado sentir con tanta fuerza, y esa noche, tumbada en la cama impersonal del hotel, se sorprendió a sí misma haciendo cuentas de cuántos días le quedaban antes de volver, contando no las jornadas de trabajo que tenía por delante sino, específicamente, las noches que le faltaban para dormir de nuevo en la casita con vistas al arroyo, o mejor todavía, en la cama más grande de la casa grande, junto a un hombre que decía echarla de menos con la misma economía de palabras con la que decía todo lo demás.

El décimo día, con la nostalgia ya instalada de forma permanente en algún lugar del pecho, Talia decidió que necesitaba un cambio de aires y se dio un paseo largo por el paseo marítimo al atardecer, con el móvil en la mano por si Asher llamaba antes de lo habitual.

El sol se ponía sobre el puerto con una luz naranja que le recordó, de manera inesperada, a los atardeceres desde el porche de la casa de invitados, y se descubrió a sí misma sacando fotos que no pensaba enseñarle a nadie, solo para tener algo tangible que llevarse de aquella ciudad además de un contrato firmado y un equipo de cocina bien entrenado.

Se sentó en un banco frente al agua, dejando que el ruido de las gaviotas y el tráfico lejano llenara el silencio, y pensó, con una claridad que solo la distancia parecía capaz de darle, en lo mucho que había cambiado su vida en apenas cinco meses: de una chocolatera soltera con una tienda inundada a una mujer que contaba los días para volver a una casa que no era técnicamente suya pero que ya sentía como si lo fuera, junto a un hombre que había pasado de responderle con cinco palabras a decirle que la quería en la puerta de embarque de un aeropuerto.

Un mensaje de Asher interrumpió sus pensamientos, una fotografía sin ningún texto que lo acompañara: el jardín cubierto de una fina capa de escarcha, con la luz del amanecer tiñéndolo todo de un naranja pálido, y en primer plano, apenas visible en el borde de la imagen, la piedra plana junto al arroyo donde se habían sentado juntos aquella primera tarde de limpieza del cobertizo.

No hacía falta ningún texto. Talia entendió el mensaje perfectamente: estaba pensando en ella, en ese lugar exacto, en ese momento exacto del día, sin necesidad de decirlo con palabras que a él tanto trabajo le costaban.

Le respondió con un corazón y ninguna palabra tampoco, porque algunas cosas, había aprendido en los últimos meses, se entendían mejor en silencio que en cualquier explicación que pudiera dar.