No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 10
47%

Capítulo 10

Charleston recibió a Talia con un calor húmedo poco propio de enero, calles empedradas flanqueadas de casas de colores pastel y un olor a mar que le resultaba tan ajeno después de dos meses de arces y arroyo que durante los primeros días se sorprendió a sí misma echando de menos, con una intensidad ridícula, el sonido específico de la sierra de Asher arrancando por las mañanas.

La hermana de June, una mujer de setenta y tantos años llamada Dorothy que compartía con su hermana la misma frontalidad sin filtros, insistió en invitarla a cenar la primera noche, con la excusa de que "cualquier persona que va a domar a mi sobrino nieto merece al menos una buena cena de bienvenida".

—Así que tú eres la chocolatera —dijo Dorothy, sirviéndole un vino que Talia no había pedido con la misma autoridad tranquila que su hermana empleaba para todo—.

June me ha hablado tanto de ti que ya siento que te conozco de toda la vida.

Dice que has conseguido que Asher tararee otra vez.

Eso, en esta familia, es prácticamente un milagro bíblico.

—Solo he cocinado mucha pasta y le he hecho compañía. El mérito no es todo mío.

—El mérito nunca es de una sola persona, querida, pero alguien tiene que empezar. Y por lo que cuentan, tú empezaste hace meses y no has dejado de insistir desde entonces.

Talia se rio, con la sensación cálida de estar siendo adoptada por una familia que técnicamente no era suya, y pasó el resto de la cena escuchando anécdotas de la infancia de Asher que June nunca le había contado: que a los ocho años se había construido su primer instrumento con una caja de cigarros y bandas elásticas, que había llorado durante una semana entera cuando su primer perro murió, que había sido, contra todo pronóstico dado lo callado que era de adulto, el niño más hablador del vecindario hasta que su padre murió y algo en él decidió, sin que nadie se lo pidiera, que hablar menos dolía menos.

El hotel la había alojado en una habitación con vistas al puerto, elegante y completamente impersonal, del tipo que a Talia le recordaba constantemente que estaba de paso, que aquello no era su vida sino una versión temporal de ella, prestada por dos semanas con fecha de devolución marcada.

Las jornadas eran largas: formación de personal por las mañanas, pruebas de producción por las tardes, cenas de trabajo con directivos que hablaban de expansión y de números con el mismo entusiasmo con el que Talia hablaba de temperados de chocolate, y noches que terminaba, invariablemente, con una videollamada a Alder Creek que se había convertido, en menos de una semana, en el punto fijo alrededor del cual organizaba el resto del día.

El chef ejecutivo del hotel, un hombre llamado Desmond con más energía que un adolescente y una obsesión declarada por el bourbon local, se convirtió en su aliado más entusiasta desde el primer día, acribillándola a preguntas técnicas sobre temperado y cristalización que a Talia le recordaron, con cariño, sus propios primeros años de aprendizaje.

—Tienes que enseñarme ese truco de la mantequilla ahumada —le dijo el tercer día, probando por cuarta vez una muestra que Talia ya había dado por perdida—. Podríamos meterlo en el menú del restaurante del hotel, no solo en los amenities.

—Eso requeriría negociar otro contrato, Desmond.

—Todo en esta vida requiere negociar otro contrato, cariño. Al menos esto sabe bien mientras se negocia.

El equipo de cocina que Talia tenía que formar resultó ser un grupo variopinto de ocho personas, desde una repostera veterana con más experiencia que la propia Talia hasta un chico de diecinueve años recién salido de la escuela culinaria que preguntaba tantas cosas que Desmond había empezado a llamarlo, con cariño, "el interrogatorio con delantal".

Talia disfrutaba enseñando más de lo que esperaba, descubriendo en el proceso que le gustaba tanto el trabajo de formar a otros como el de crear ella misma, una faceta de su oficio que la tienda pequeña de Alder Creek nunca le había dado ocasión de explorar del todo.

—Tienes un don para esto —le dijo la repostera veterana, una mujer llamada Louise con manos tan seguras como las de Asher trabajando la madera—. La mayoría de la gente que sabe hacer algo bien no sabe explicar cómo lo hace. Tú sí.

—Supongo que llevo cuatro años explicándole a Renata por qué el chocolate se comporta como se comporta. Se me ha pegado la costumbre.

—Pues no la pierdas. Es un talento tan raro como el de hacer un buen temperado.

El chico de diecinueve años, que se llamaba Marcus y que preguntaba con la misma intensidad con la que Asher lijaba madera, se convirtió en el favorito silencioso de Talia entre todo el equipo, no porque fuera el más hábil —todavía le costaba mantener la temperatura estable en el baño maría— sino porque le recordaba, con una punzada de ternura, a la propia Talia de hacía años, la que había llegado a su primer trabajo de pastelería en Charlotte sin saber nada y con más entusiasmo que técnica.

—¿Cómo sabes cuándo está listo el chocolate sin usar el termómetro? —le preguntó Marcus el noveno día, viéndola trabajar de memoria una tanda entera.

—No lo sé sin el termómetro, la verdad. Lo que pasa es que después de miles de tandas, el termómetro ya vive en mis manos. Tú también llegarás ahí, pero vas a necesitar arruinar unas cuantas tandas más antes.

—Eso no suena muy alentador.

—Es la verdad más alentadora que te van a decir en esta cocina. Arruinar tandas es cómo se aprende. Yo he arruinado más de las que puedo contar.

Al final de la segunda semana, Marcus consiguió por fin una tanda perfecta sin necesidad de que Talia interviniera, y la celebración espontánea que montó el resto del equipo, con aplausos y una ronda de café para todos, le recordó a Talia, con una calidez inesperada, las primeras veces que ella misma había conseguido algo parecido en su propia cocina, sola, sin nadie que aplaudiera excepto ella misma frente al espejo del baño.

Entre sesión y sesión de formación, Talia se encontró comparando constantemente Charleston con Alder Creek, un ejercicio que no se había propuesto hacer conscientemente pero que su cabeza insistía en repetir a cada paso: el bullicio de las calles turísticas frente al silencio del camino de grava flanqueado de arces; la elegancia impersonal del hotel frente al desorden cálido y lleno de vida de la casa grande de June; la comida exquisita pero anónima de los restaurantes de la ciudad frente a la pasta improvisada que Asher y ella cenaban casi cada noche en su pequeña cocina compartida.

No era que Charleston no le gustara —le gustaba, y mucho, con su historia y su encanto sureño— pero cada comparación terminaba, invariablemente, inclinándose hacia el mismo lado, el de un pueblo pequeño con un taller de guitarras y un arroyo que nunca había pensado que pudiera llegar a sentir tan profundamente como suyo.

—¿Cómo va la conquista del sur? —le preguntó Asher la cuarta noche, con la cámara enfocando el taller detrás de él, la misma luz cálida que Talia empezaba a echar de menos con una intensidad que la sorprendía.

—Va bien. El equipo de aquí es bueno, aprenden rápido, y el chef ejecutivo tiene una obsesión con el bourbon que probablemente termine colándose en alguna receta antes de que me vaya. ¿Cómo va la vida sin mí robándote el café?

—Sorprendentemente silenciosa. June ha llenado el vacío hablando el doble de lo habitual, así que en términos de ruido ambiental no ha cambiado mucho.

—¿Me echas de menos?

—Un poco —dijo él, con esa economía suya que a Talia ya no le parecía fría sino, simplemente, su manera particular de decir las cosas—. Puede que más de un poco. La cama es más grande de lo que recordaba sin nadie más ocupando la mitad.

—Eso ha sido casi poesía, Doyle. Va a tener que dejar de decir cosas así o voy a empezar a sospechar que me echa de menos de verdad.

—No se acostumbre.

Se rieron los dos, con esa complicidad que la distancia, en vez de debilitar, parecía haber vuelto más evidente, y colgaron con la promesa de hablar al día siguiente, una promesa que ninguno de los dos había roto ni una sola noche desde que Talia había llegado.

Las videollamadas se habían convertido, en apenas una semana, en un ritual con su propia coreografía particular: Asher siempre llamaba desde el taller, con la luz cálida de las lámparas de trabajo iluminándolo desde un ángulo que a Talia le parecía, sin poder explicarlo del todo, el más favorecedor que había visto nunca en él; Talia, por su parte, solía llamar desde la cama del hotel, todavía con la ropa de trabajo puesta la mayoría de las veces, demasiado cansada para cambiarse antes de necesitar oír su voz.

El primer fin de semana, con la formación en pausa hasta el lunes, Talia se dedicó a explorar la ciudad con la excusa profesional de "investigar la competencia local" que en realidad escondía, sobre todo, ganas de no pasarse dos días enteros encerrada en la habitación del hotel echando de menos Alder Creek.

Paseó por el mercado histórico, probó suficiente marisco como para justificar el comentario de June sobre el gusto de su hermana, y se sorprendió comprando, en una tienda de artesanía del casco antiguo, una pequeña talla de madera con forma de arce que le recordó, con una punzada inesperada de nostalgia, los árboles del camino de grava que llevaba hasta la propiedad de los Doyle.

—Es para ti —le dijo por videollamada esa noche, mostrándole la talla a la cámara—. Sé que es una tontería comprarle un árbol de madera a un hombre que literalmente trabaja con madera todo el día, pero me recordó a casa y no pude resistirme.

—No es una tontería —dijo Asher, con una expresión que Talia no supo del todo si era ternura o algo más profundo—. Es exactamente el tipo de cosa que guardaría toda la vida.