No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Habían brindado los tres, y Talia había sentido, en ese momento exacto, una certeza tranquila sobre lo que quería que pasara después que todavía no se había atrevido a poner en palabras del todo.

Ahora, tres semanas después, con enero bien entrado y la noticia de Charleston pesándole todavía en el pecho, Talia se preguntaba si aquella certeza navideña iba a sobrevivir a las dos semanas de distancia que estaban a punto de ponerla a prueba.

June volvió de Charleston —de su propio viaje a Charleston, la ironía no se le escapó a ninguno de los dos cuando lo comentaron esa noche— el jueves siguiente, con la maleta todavía más pesada de vuelta que de ida, cargada de galletas de su hermana y de una energía renovada que llenó la casa grande de una manera que Talia no había notado que echaba de menos hasta que volvió a estar ahí.

—Bueno —dijo June, dejando la maleta en el vestíbulo y mirando a los dos con una expresión que dejaba claro que había atado cabos antes incluso de que nadie le contara nada—. Por las caras que tenéis, algo ha cambiado bastante desde que me fui.

—Un poco —admitió Talia, sin poder evitar sonreír.

—Más que un poco, por lo que veo. —June se acercó a Asher y le dio unas palmaditas en la mejilla con el cariño brusco que Talia ya conocía—. Ya era hora, jovencito. Empezaba a pensar que iba a tener que encerraros a los dos en el cobertizo hasta que espabilarais.

—June.

—No me hagas repetirlo. Ahora, contadme qué me he perdido, porque tres semanas de mi hermana hablando de su artritis me han dejado hambrienta de chismes de verdad.

Talia preparó esa noche una cena especial de bienvenida, con un postre de chocolate que llevaba semanas queriendo probar y que hasta entonces no había tenido ocasión de perfeccionar, mientras June se instalaba en su silla habitual del porche con la misma naturalidad de siempre, como si tres semanas fuera nunca hubieran interrumpido la rutina de aquella casa.

—Esta casa te sienta bien, querida —le dijo June, mientras Talia servía el postre—. Se nota en cómo te mueves por la cocina, como si llevaras aquí toda la vida y no solo unos meses.

—Es raro. A veces se me olvida que en algún momento voy a tener que decidir qué hacer con mi apartamento, con la reparación de la tienda ya casi terminada.

—¿Y qué te dice el instinto?

—Que no quiero irme. Pero también sé que es pronto para tomar según qué decisiones, y no quiero precipitarme solo porque las cosas van bien ahora mismo.

June la miró con esa mirada suya que veía más de lo que la gente le contaba en voz alta.

—El instinto rara vez se equivoca tanto como la gente joven cree, querida. A veces solo hace falta el valor de escucharlo sin buscarle peros.

Se lo contaron esa noche, entre risas y algún que otro detalle que Talia decidió omitir por decoro, mientras June escuchaba con la satisfacción de alguien que llevaba semanas viendo venir exactamente aquello y por fin podía disfrutar de la confirmación sin tener que fingir sorpresa.

—Hay una cosa más —dijo Talia, cuando el relato llegó a su fin—. Marjorie quiere que pase dos semanas en Charleston en enero, formando al equipo de los otros hoteles.

June se quedó callada un momento, con una expresión que a Talia le costó leer del todo.

—Charleston —repitió, más para sí misma que para las otras dos personas de la habitación—.

Bueno, es una ciudad bonita. Mi hermana vive cerca del casco histórico.

Deberías pedirle recomendaciones de sitios donde comer, tiene mejor gusto para el marisco que para las noticias que me cuenta por teléfono.

Fue un comentario tan casual, tan desprovisto de la reacción dramática que Talia medio esperaba de la mujer que la había estado emparejando con su nieto desde el primer café, que a Talia se le pasó por alto en su momento, aunque más adelante, cuando las cosas se complicaran, recordaría ese instante y se preguntaría si June ya sabía entonces algo que ninguno de los dos sospechaba todavía.

La noche antes de partir, Talia se encontró incapaz de decidir qué meter en la maleta, sacando y volviendo a meter la misma pila de ropa mientras Asher la observaba desde la cama con una diversión que no se molestaba en disimular.

—Son dos semanas, no dos años —dijo él, después de verla cambiar de opinión sobre un abrigo por tercera vez—. Charleston tiene tiendas, por si se te olvida algo.

—No es por lo que se me olvide. Es que no consigo concentrarme.

—¿Por qué no?

Talia se sentó en el borde de la cama, con un jersey todavía en las manos, y por fin dijo en voz alta lo que llevaba días rondándole sin querer admitirlo.

—Porque cada vez que meto algo en esta maleta, pienso en que me voy a alejar de esto, de ti, de la casita, del cobertizo, de June sirviéndome café sin preguntar, y una parte de mí tiene miedo de que dos semanas sean suficientes para que algo se rompa entre nosotros sin que ninguno de los dos lo quiera.

Asher se acercó, le quitó el jersey de las manos con cuidado y lo dobló él mismo, con la misma precisión con la que doblaba manteles meses atrás, antes de sentarse a su lado.

—Nada se va a romper —dijo, con una certeza tranquila que a Talia le resultó más reconfortante que cualquier promesa efusiva—.

Llevamos meses construyendo esto sobre inundaciones, tormentas, exprometidos y una abuela entrometida.

Dos semanas de trabajo en Charleston no van a ser lo que nos hunda, te lo prometo.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Porque he pasado tres años convencido de que todo lo bueno se va tarde o temprano, y contigo, por primera vez, no siento eso. Siento que esto es de las pocas cosas de las que puedo estar seguro sin necesidad de pruebas.

Se quedaron un rato más así, sentados en el borde de la cama con la maleta a medio hacer entre los dos, sin necesidad de decir nada más, hasta que el reloj les recordó que quedaban solo unas horas antes de que sonara la alarma que marcaría el inicio de la cuenta atrás.

La mañana de la partida llegó demasiado rápido, con una maleta hecha y deshecha tres veces por el nerviosismo de Talia y un Asher que insistió en llevarla él mismo al aeropuerto de Asheville, a pesar de que Renata se había ofrecido con más entusiasmo del necesario, alegando "motivos logísticos" que ninguno de los dos se creyó del todo.

—Dos semanas —dijo Talia, en la zona de embarque, con la maleta ya facturada y el corazón encogido de una manera que no esperaba sentir por un viaje de trabajo.

—Dos semanas —confirmó Asher, y la abrazó con una fuerza que decía más de lo que sus cinco palabras habituales habrían podido expresar—. Llámame en cuanto aterrices.

—Siempre lo hago.

—Lo sé. Pero dilo de todos modos, que me gusta oírtelo prometer.

Talia se rio contra su hombro, con los ojos escociéndole de una manera ridícula para ser solo dos semanas, y le dio un beso rápido antes de que el sistema de megafonía anunciara el embarque de su vuelo.

—Te quiero —dijo, casi sin pensarlo, con la sorpresa de quien se escucha a sí misma decir algo por primera vez sin haberlo planeado.

Asher se quedó un segundo callado, procesando las palabras con la misma atención con la que procesaba todo lo importante, antes de responder con una certeza que no dejaba lugar a dudas.

—Te quiero —repitió—. Ahora ve, que vas a perder el vuelo por mi culpa.

Talia se rio, recogió su bolso de mano del suelo y caminó hacia la puerta de embarque mirando hacia atrás una última vez, encontrándose con que Asher seguía ahí, exactamente donde lo había dejado, observándola con una expresión que llevaría consigo, como un talismán silencioso, durante las dos semanas siguientes cada vez que Charleston le pareciera demasiado lejos de casa.