No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Enero llegó a Alder Creek con una escarcha fina que cubría los arces desnudos cada mañana y un frío distinto al de las tormentas de otoño, más quieto, más propio de la clase de días en que uno se plantea decisiones importantes con la cabeza despejada.

Talia llevaba desde diciembre trabajando sin descanso en los pedidos navideños del hotel —que habían resultado ser, según las palabras de Marjorie, "el lanzamiento más exitoso que hemos tenido en amenities en cinco años"— y el cobertizo de los Doyle se había convertido, sin que nadie lo planeara del todo, en una pequeña fábrica de chocolate que empleaba ya, además de a Talia y Renata, a dos ayudantes contratadas expresamente para el pico de producción.

Las semanas previas a la Navidad habían sido, para Talia, un torbellino de moldes, cajas de embalaje y madrugadas que empezaban antes de que saliera el sol, con Asher entrando y saliendo del cobertizo para ayudar con lo que hiciera falta —cargar cajas, montar estanterías, incluso, en un momento de desesperación colectiva un martes especialmente caótico, ayudar a envolver quinientas cajas de bombones con un cuidado que sorprendió a todo el equipo, dado que sus manos, acostumbradas a la precisión milimétrica de la lutería, resultaron ser sorprendentemente hábiles también con lazos y papel de seda.

—Tiene usted un futuro brillante en el envoltorio de regalos, Doyle —le había dicho Talia una de esas noches, viéndolo terminar un lazo perfecto en tiempo récord.

—No se lo cuente a nadie. Tengo una reputación de hombre serio que mantener.

—Su reputación de hombre serio se fue por la ventana el día que le vi llorar viendo un documental de perros rescatados.

—Eso fue un incidente aislado provocado por la falta de sueño.

—Claro que sí, Doyle. Lo que usted diga.

Renata había pasado buena parte de diciembre quejándose, con cariño, de que el cobertizo se había convertido en "la sala de urgencias del chocolate", con moldes esterilizándose en todas las superficies disponibles y una lista de pedidos pegada en la pared que crecía cada día.

Pero incluso en medio del caos, Talia notaba algo que no había sentido en los cuatro años anteriores dirigiendo Cacao Salvaje sola: la sensación de que aquello, por primera vez, era un negocio de verdad, con un equipo de verdad, y no solo ella sosteniendo todo el peso sobre sus propios hombros.

—Deberíamos brindar por esto —había dicho Renata, la última noche antes de Nochebuena, levantando una taza de chocolate caliente en vez de champán porque estaban demasiado cansadas para conducir a comprar nada más elaborado—.

Por el mejor año que ha tenido esta tienda, y eso que empezó con una inundación.

—Por las inundaciones que resultan traer cosas buenas —había brindado Talia, chocando su taza contra la de Renata, sin saber todavía cuánto más iba a cambiar su vida en las semanas siguientes.

Aquellas semanas de diciembre, con toda su locura de pedidos y madrugadas, habían tenido también su propio encanto silencioso: las tardes en que Asher aparecía en el cobertizo sin que nadie se lo pidiera, cargando cajas o simplemente haciéndole compañía mientras ella terminaba una tanda tardía, y las noches en que los dos caían rendidos en la cama sin fuerzas ni para hablar, pero con las manos buscándose de todos modos bajo las mantas, como si el cuerpo necesitara confirmar, incluso dormido, que el otro seguía ahí.

Talia se lo contó al día siguiente, después de dos noches enteras ensayando frases en su cabeza que sonaban, todas, sospechosamente parecidas a excusas.

Lo encontró en el cobertizo, revisando con ella los últimos detalles del contrato firmado con Marjorie Feldman, y esperó a que él terminara de leer la cláusula sobre plazos de entrega antes de soltarlo de una vez, sin darse más tiempo para acobardarse.

—Hay algo que no te conté el otro día, cuando arreglamos las cosas —dijo, con las manos entrelazadas sobre la mesa para que no se le notara el temblor—.

La ampliación del contrato no es solo el hotel de Asheville.

Marjorie quiere que forme al equipo de cocina de los tres hoteles hermanos, y eso significa que en enero voy a tener que pasar dos semanas en Charleston.

Asher dejó el contrato sobre la mesa despacio, con un cuidado que a Talia le pareció más significativo que cualquier reacción dramática que hubiera podido temer.

—¿Cuándo lo supiste?

—La misma noche que discutimos por lo de Grant. Marjorie me llamó justo después de que hiciéramos las paces, y no supe cómo contártelo sin que sonara a que había estado esperando el momento oportuno para anunciar que me iba a alguna parte.

—¿Y por qué no me lo dijiste entonces?

—Porque tenía miedo —admitió ella, sin suavizarlo—.

Miedo de ver otra vez esa cara que pusiste con lo de Grant, multiplicada por diez, porque esta vez no se trataba de un café de cuarenta minutos sino de dos semanas enteras en otra ciudad.

Y sé que eso es exactamente lo que te prometí que no volvería a hacer, guardarme las cosas por miedo, así que aquí estoy, contándotelo tarde pero contándotelo antes de que te enteres de otra manera.

El silencio que siguió no fue el silencio afilado de la pelea anterior. Fue más largo, más pensativo, del tipo que Talia había aprendido a asociar con Asher procesando algo antes de decidir qué hacer con ello.

—Dos semanas —repitió finalmente, con la voz tranquila—. En enero.

—En enero. Volveré el día catorce, si todo va según lo planeado.

—¿Y si no vuelves?

La pregunta la pilló desprevenida, no por lo que decía sino por el tono en que la había dicho: sin acusación, sin la rabia que Talia había esperado, solo una vulnerabilidad genuina que Asher rara vez dejaba ver tan abiertamente.

—Voy a volver, Asher. No es una prueba, no es un ensayo para ver si prefiero Charleston a Alder Creek.

Es un trabajo de dos semanas, con fecha de fin marcada en el calendario, y al final de esas dos semanas hay una casita con vistas al arroyo y un hombre que hace guitarras al que no pienso dejar tirado por una ciudad con más humedad que encanto, te lo aseguro.

Eso le arrancó, por fin, algo parecido a una sonrisa real.

—Charleston tiene su encanto.

—Charleston tiene cangrejos de río y un calor insoportable en verano. Alder Creek tiene arces, un arroyo, y a ti. La comparación no es tan reñida como crees.

—Aun así —dijo Asher, con una seriedad que se coló por debajo de la broma—, dos semanas es tiempo suficiente para que alguien en tu posición reciba ofertas.

Marjorie ya ha hablado de expandirse a otros hoteles.

¿Qué pasa si en Charleston te ofrecen algo que no puedas rechazar? ¿Un puesto fijo, una posición mejor?

—Entonces lo hablaríamos, igual que estamos hablando esto ahora. No firmaría nada a tus espaldas, Asher, igual que tú no cerraste el café con Ivy sin decírmelo primero. Ese es el trato, ¿recuerdas? Nada de decisiones importantes tomadas solos.

—Lo recuerdo. Solo necesitaba oírtelo decir en voz alta, supongo.

—Pues ya está dicho. Y pienso repetirlo las veces que haga falta, aunque me lleve el resto del invierno convencerte del todo.

Asher se acercó y le puso las manos en la cintura, con una naturalidad que dos meses atrás habría sido impensable entre los dos y que ahora parecía la cosa más lógica del mundo.

—Gracias por contármelo —dijo—. Aunque haya sido tarde. Prefiero tarde que nunca, y desde luego prefiero tarde que enterarme por otra vía.

—¿Vas a estar bien, dos semanas solo?

—He estado solo la mayor parte de mi vida adulta, Talia.

Voy a sobrevivir dos semanas. —Hizo una pausa, con una honestidad que le costaba un esfuerzo visible—.

Lo que no sé si voy a sobrevivir bien es la casa sin ti dando vueltas por ella, hablando sola con el chocolate y robándome el café por las mañanas.

Eso va a ser más difícil de lo que estoy dispuesto a admitir en voz alta más de una vez.

—Ya lo has admitido dos veces en la misma frase, para que conste.

—No se acostumbre.

Habían pasado la Nochebuena los tres —Talia, Asher y June— en la cocina de la casa grande, con un pavo que Talia había insistido en cocinar a pesar de las protestas de June de que "nadie en esta familia sabe hacer un pavo decente, mejor pedimos uno hecho", y que había resultado, para sorpresa de todos, sorprendentemente comestible.

Asher le había regalado, envuelto en un papel que delataba las mismas manos torpes con el papel de regalo que con las flores de la gasolinera, una caja de madera tallada a mano, del tamaño exacto para guardar los moldes de silicona más delicados de Talia, con su nombre grabado en la tapa con una letra cuidadosa que debía de haberle llevado horas perfeccionar.

—Es precioso, Asher.

—Es práctico. Necesitabas algo donde guardar esos moldes sin que se te rayaran en el fondo de un cajón.

—Es las dos cosas a la vez, y lo sabes.

—Puede ser.

Talia, por su parte, le había regalado un disco de vinilo original de Johnny Cash que había encontrado en una tienda de segunda mano de Asheville, después de semanas de pesquisas discretas sobre qué canción exacta era la que él tarareaba sin darse cuenta mientras trabajaba.

La cara de Asher al abrirlo, una mezcla de sorpresa genuina y algo mucho más tierno que no llegó a nombrar en voz alta, fue, decidió Talia esa noche, uno de los mejores regalos que había recibido ella misma en mucho tiempo, aunque técnicamente fuera al revés.

June había pasado buena parte de la cena observándolos con la satisfacción tranquila de quien ha ganado una apuesta que llevaba meses jugando en silencio, y había levantado su copa hacia el final de la noche con un brindis que sonó más a profecía que a felicitación navideña.

—Por las cosas que llegan cuando menos se las espera —dijo—, y por la gente lo bastante valiente como para quedarse cuando llegan.