Capítulo 8
Pasaron dos días sin apenas hablarse, cruzándose en el jardín con la educación forzada de dos desconocidos que comparten propiedad, y fue June, sorprendentemente, quien rompió el impasse a distancia, con una llamada a Talia que empezó sin ningún preámbulo.
Esos dos días fueron, para Talia, algunos de los más largos que recordaba en mucho tiempo.
Seguía yendo al cobertizo cada mañana, seguía preparando pruebas para la reunión con Marjorie que cada vez se acercaba más, pero todo lo hacía con una parte de la cabeza puesta constantemente en la casa grande, en la luz del taller que se encendía cada mañana antes de que ella se despertara y se apagaba cada noche mucho después de que ella se hubiera acostado, en el silencio pesado que se había instalado entre los dos como una tercera presencia incómoda en el jardín.
—Mi nieto lleva dos días sin tararear mientras trabaja —dijo, como si aquello fuera un diagnóstico médico incuestionable—. Eso solo pasa cuando algo va realmente mal. ¿Qué habéis hecho?
—¿Cómo sabe que...?
—Querida, tengo setenta y dos años y llevo viendo a ese chico desde que tenía ocho. No necesito estar en Alder Creek para saber cuándo algo se ha torcido. Cuéntame.
Se lo contó, todo, con la sensación aliviada de quien por fin puede soltar algo que llevaba dos días cargando sola, y June escuchó sin interrumpir hasta que Talia terminó.
—Es idiota —dijo June, con un cariño feroz que solo una abuela podía permitirse—, pero es idiota por una razón que entiendo.
Ivy no solo se llevó una banda y un futuro con ella cuando se fue.
Se llevó también la última prueba de que confiar en alguien merecía la pena.
Y ahora aparece una mujer con una tienda de chocolate y un ex que reaparece justo cuando las cosas empiezan a ir bien, y su cerebro, que no es tan listo como sus manos, decide que es más seguro asumir lo peor antes de que lo peor tenga oportunidad de pasar de verdad.
—Eso no le da derecho a tratarme como si yo fuera el problema.
—No, no se lo da. Y deberías decírselo exactamente así, sin suavizarlo.
Pero también deberías preguntarte, querida, si tú misma no llevas haciendo algo parecido desde que llegaste: guardarte la mitad de las cosas importantes por miedo a que, si las dices en voz alta, se vuelvan más reales y más fáciles de perder.
—¿Cuándo vuelve usted, June? Empiezo a pensar que necesito supervisión de verdad, no solo instrucciones para las plantas.
—Vuelvo cuando mi hermana se canse de mí, que a este paso será dentro de una semana, porque ya ha empezado a esconderme el mando de la televisión. Mientras tanto, arréglalo tú sola, querida. Es hora de que los dos aprendáis a hacerlo sin que yo tenga que estar ahí de árbitro.
—¿Y si no consigo arreglarlo?
—Entonces al menos lo habrás intentado con la verdad por delante, que es mucho más de lo que consiguió Ivy, y mucho más de lo que consiguió ese tal Grant, por lo que me has contado.
Ese chico se merece a alguien que se quede a pelear, Talia.
Y tú te mereces lo mismo. No dejes que el miedo de ninguno de los dos decida esto por vosotros.
Talia colgó con la sensación incómoda de que June, una vez más, había dado en un clavo que ella prefería no mirar de frente.
Pensó en el correo de Grant que no le había contado a tiempo, en las tres semanas que se habían convertido en dos meses sin que ella hubiera hablado nunca en voz alta de lo que quería que pasara después, en la manera en que se había pasado la vida entera protegiendo su corazón con la misma precisión con la que protegía la temperatura de un cazo de chocolate: por miedo, aunque lo llamara profesionalidad.
Llamó a Renata esa misma tarde, no tanto buscando consejo como buscando el valor que Renata siempre parecía tener de sobra para prestarle.
—Vas a ir a hablar con él —dijo Renata, sin que fuera del todo una pregunta—. Lo sé porque llevas cinco minutos dándome vueltas al mismo argumento sin decidirte a colgar el teléfono.
—¿Y si me equivoco? ¿Y si tiene razón y esto es exactamente el tipo de cosa que se rompe en cuanto la vida se complica un poco?
—Entonces te habrá dolido igual que si no lo intentas, solo que sin la parte en la que al menos lo intentaste. Ve, Talia. Por una vez en tu vida, no calcules tanto la temperatura antes de meter la mano.
Lo encontró esa tarde en el taller, encorvado sobre la guitarra de Nashville con una concentración que a Talia le pareció, por primera vez, menos dedicación y más huida.
—Necesitamos hablar —dijo, sin preámbulo, plantándose en la puerta con la determinación de quien ha ensayado la frase varias veces en el espejo.
Asher dejó la herramienta, pero no la miró de inmediato, como si necesitara un segundo más para prepararse.
—Lo sé.
—Voy a decir esto una vez y luego espero que tú digas algo, porque llevo dos días hablando sola en mi cabeza y estoy cansada.
Grant y yo terminamos ese café hace dos días.
No va a haber una segunda cita ni una reconciliación ni nada parecido, porque lo que sentía por él murió hace mucho y lo que siento por ti, aunque me aterra un poco decirlo en voz alta, no se parece en nada a lo que sentía por él ni siquiera en sus mejores días.
Asher levantó por fin la vista, con una expresión que Talia no supo leer del todo.
—Y sobre lo del contrato del hotel y las ciudades a las que podría irme —continuó ella, decidida a no dejar nada sin decir ahora que había empezado—, tienes razón en que no puedo prometerte que nunca vaya a irme a ningún sitio.
Nadie puede prometer eso. Pero tampoco puedes pasarte la vida asumiendo que todo el que te importa se va a ir, porque entonces te vas a asegurar de que sea verdad simplemente cerrando la puerta antes de que nadie tenga oportunidad de quedarse.
El silencio que siguió fue distinto a los de los últimos dos días: más suave, del tipo que precede a algo que se está a punto de admitir en voz alta por primera vez.
—Tienes razón —dijo Asher, finalmente, con la voz más baja de lo habitual—.
Te vi con él y en vez de preguntarte, decidí que ya sabía la respuesta, porque era más fácil que arriesgarme a escuchar una respuesta que no me gustara.
Llevo tres años haciendo exactamente eso con todo: decidir de antemano que las cosas van a salir mal para no tener que sentir la caída cuando de verdad salgan mal.
—Eso es agotador, Asher.
—Lo sé. —Se pasó una mano por la cara, en un gesto que a Talia le recordó, con una ternura repentina, lo cansado que debía de estar de cargar con aquello solo—. Y no es justo para ti. Lo siento.
—¿Y qué pasa la próxima vez que algo te dé miedo? —preguntó Talia, con más suavidad que antes, pero sin dejar que la pregunta se disolviera en la disculpa—. Porque va a haber una próxima vez, Asher. La vida no deja de complicarse solo porque hoy hayamos arreglado esto.
—Entonces la próxima vez intentaré recordar que cerrar la puerta nunca ha resuelto nada, por muy práctico que parezca en el momento. Y si se me olvida, tienes permiso para recordármelo a gritos si hace falta.
—Eso puedo hacerlo. Se me da bastante bien gritar cuando la ocasión lo merece.
—Lo he notado. La noche de la inundación se te oía desde el taller.
—Aquello fue una crisis legítima, Doyle.
—No digo que no lo fuera. Solo digo que tienes buenos pulmones.
—Menos mal que le parezco divertida en vez de insoportable, Doyle.
—Nunca he dicho que no sea las dos cosas a la vez. Son compatibles.
—Acepto la disculpa. Con una condición.
—¿Cuál?
—Que la próxima vez que algo te asuste, me lo digas a mí en vez de decidirlo tú solo en tu cabeza y castigarme por un crimen que no he cometido.
—Trato hecho —dijo él, y algo en su voz sonó, por fin, como el principio de una promesa de verdad, no como una frase corta dicha por costumbre.
—Para que quede constancia —añadió Talia, con una sonrisa que empezaba a asomar pese a los dos últimos días—, esta ha sido, con diferencia, la disculpa más larga que le he oído dar en dos meses.
—Tenía mucho que disculpar.
—Cierto. Pero no se acostumbre a hablar tanto. Voy a esperar que vuelva a las cinco palabras en cuanto se sienta cómodo otra vez.
—No prometo nada.
—Menos mal —dijo Talia, apoyando la frente contra la suya un momento, con los dos todavía riéndose bajito de la tensión que por fin empezaba a disolverse—. Empezaba a acostumbrarme a las cinco palabras. Sería una lástima perder esa parte de usted del todo.
Se quedaron un rato más en el taller, sentados sobre el banco de trabajo con las piernas colgando, hablando de nada en particular con la ligereza de quien acaba de dejar atrás un peso real, hasta que el frío de la noche los empujó de vuelta a la casa grande, donde Talia por fin se decidió a preparar la cena que llevaba dos días posponiendo, esta vez sin ninguna prisa por volver a la casita antes de que anocheciera del todo.
Cenaron despacio, sin el peso de los dos últimos días flotando sobre la mesa, hablando de la reunión con Marjorie, de la guitarra de Nashville que Asher tenía que enviar antes de fin de mes, de cosas pequeñas y cotidianas que, después de la tormenta emocional de la semana, sabían a algo parecido a la paz.
Fuera, el jardín se oscurecía poco a poco, y por primera vez desde que había llegado a Alder Creek, Talia no sintió ninguna prisa por que la noche terminara.
Se acercó a ella despacio, dándole tiempo de sobra para apartarse si quería, y cuando Talia no lo hizo, la besó con una suavidad distinta a la urgencia de la noche de la tormenta, un beso que pedía disculpas y prometía algo a la vez, lento y cierto, con las manos de Asher enredándose en su pelo como si llevara dos días conteniéndose de hacer exactamente eso.
—Para que conste —dijo Talia, cuando se separaron lo suficiente para hablar—, el bombón de lavanda sigue siendo mi favorito, y usted sigue sin merecer que se lo cuente gratis.
—Para que conste —respondió Asher, con algo peligrosamente parecido a una sonrisa completa, la primera que Talia le había visto sin ninguna reserva detrás—, pienso conseguir que me lo cuente de todos modos, aunque me lleve el resto del invierno.
El teléfono de Talia vibró esa misma noche, ya de vuelta en la casita, con las cosas entre los dos por fin en calma después de la tormenta que habían atravesado sin necesidad de lluvia esta vez.
Era Marjorie Feldman, con noticias que hicieron que se le cayera, literalmente, la cuchara con la que estaba removiendo el chocolate.
—Hemos hablado con la dirección general —dijo Marjorie, con un entusiasmo que no auguraba nada sencillo—.
Quieren ampliar la propuesta: no solo el hotel de Asheville, sino los tres hoteles hermanos de la cadena, incluido el de Charleston.
Necesitaríamos que pasaras dos semanas allí en enero formando al equipo de cocina, montando la línea de producción satélite.
Es una oportunidad enorme, Talia. El tipo de cosa que solo pasa una vez.
Talia colgó el teléfono despacio, con la vista clavada en la ventana de la cocina desde la que se veía, todavía encendida, la luz del taller de Asher al otro lado del jardín, y sintió, mezclada con la euforia profesional que cualquier chocolatera con sentido común habría sentido, una punzada de miedo mucho más precisa: la de saber que acababa de prometerle a un hombre que no pensaba irse a ningún sitio, y que la vida, con su sentido del humor particular, ya le estaba poniendo delante la primera prueba de esa promesa.
No le dijo nada esa noche. Se dijo a sí misma que era porque ya era tarde, porque él probablemente ya estaría dormido, porque no había necesidad de estropear una tarde tan buena con una conversación que podía esperar hasta la mañana.
Se dijo todas esas cosas sabiendo, en el fondo, que ninguna era del todo cierta, y que la verdadera razón era mucho más simple y mucho menos honorable: tenía miedo de ver otra vez esa expresión en la cara de Asher, la que había aparecido cuando la vio con Grant, multiplicada esta vez por algo que sonaba sospechosamente parecido a Nashville, a giras, a todo lo que le había arrebatado a Ivy sin que él tuviera ninguna oportunidad de decir que no.
Guardó el chocolate que se le había caído de la cuchara, apagó las luces de la cocina y se metió en la cama con la promesa a medio cumplir todavía pesándole en el pecho, decidida a encontrar, en algún momento de los días siguientes, la forma correcta de contárselo.
Fuera, la luz del taller de Asher se apagó por fin poco después de medianoche, y Talia, ya medio dormida, pensó que quizás las promesas más difíciles de cumplir no eran las que se le hacían a otra persona, sino las que una se hacía a sí misma sobre no volver a guardarse las cosas importantes por miedo.
Se durmió sin resolverlo del todo, con el teléfono todavía en la mano y el borrador de un mensaje a Asher escrito y sin enviar en la pantalla —"tengo que contarte algo, pero no ahora, mañana, cuando encuentre las palabras correctas"—, sin saber que mañana llegaría antes de lo que ella hubiera querido, y que las palabras correctas, al final, casi nunca se encuentran esperando el momento perfecto para decirlas, sino que hay que decirlas con las que se tienen a mano, imperfectas y todo, antes de que el silencio decida por una.
En algún lugar de Charleston, sin que ninguno de los dos pudiera saberlo todavía, alguien más estaba a punto de entrar en la historia de Alder Creek de una manera que ni Talia ni Asher habrían podido anticipar, y que convertiría enero, ese mes que a Talia le había parecido hacía apenas unas horas una simple formación de dos semanas, en algo bastante más complicado de lo que ninguno de los dos estaba preparado para afrontar.
Pero eso, todavía, quedaba semanas por delante, oculto detrás del calendario y de un puñado de decisiones que ninguno de los dos había tomado aún.
Por ahora, en Alder Creek, solo existía una casita con vistas al arroyo, un taller con la luz encendida hasta tarde, y dos personas que, después de dos meses de convivencia forzada, habían dejado de contar los días que les quedaban juntos para empezar, por fin, a planear los que vendrían después.
Fuera lo que fuera lo que se acercaba, todavía tenían tiempo de sobra antes de tener que enfrentarse a ello.