No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

El café con Grant, para ser justos con la versión que Talia le contaría más tarde, había sido de lo más anticlimático.

Grant había llegado diez minutos tarde, con el mismo peinado cuidado y la misma costumbre de mirar el teléfono cada dos minutos que Talia recordaba de sus peores discusiones, y se había pasado los primeros quince minutos hablando de su nuevo trabajo en una consultora de Portland con un entusiasmo que dejaba claro que la disculpa era, en el fondo, secundaria frente a la necesidad de demostrarle a su exprometida que le había ido bien sin ella.

La disculpa, cuando por fin llegó, fue breve y bien ensayada, del tipo que suena a que se ha practicado delante de un espejo, y Talia la aceptó con la misma cortesía distante con la que se acepta la disculpa de alguien a quien ya no se le tiene ninguna cuenta pendiente real.

—¿Eres feliz? —le había preguntado Grant, al final, con una curiosidad que a Talia le pareció más morbosa que sincera.

—Mucho —había respondido ella, y se había sorprendido a sí misma de lo verdadero que sonaba, incluso sin necesidad de fingir nada para impresionarlo—. Más de lo que fui contigo, si eso es lo que estás preguntando en realidad.

No dijo nada. Ese fue, quizás, el primer error: en vez de acercarse, en vez de preguntar, Asher hizo exactamente lo que había hecho durante tres años con cualquier cosa que le doliera, que era cerrar la puerta y no volver a abrirla hasta que el dolor se hiciera manejable a solas.

Talia no se enteró de que la había visto hasta esa noche, cuando llegó a la casa grande con la intención de contarle, por fin, la conversación completa con Grant —una conversación que había sido, para su propia sorpresa, casi anticlimática: un café de cuarenta minutos en el que Grant se disculpó, ella aceptó la disculpa sin sentir la necesidad de darle nada más, y los dos se despidieron con la clase de cierre tranquilo que llevaba tres años sin conseguir por carta— y se encontró con un Asher distinto al que había dejado esa mañana: cortante, ocupado, con las respuestas reducidas de nuevo a las cinco palabras de las primeras semanas.

—¿Va todo bien? —preguntó ella, notando el cambio de inmediato.

—Todo bien. Tengo trabajo atrasado.

—Asher.

—¿Qué?

—Llevas hablándome como si fuera la casera desde que he entrado. ¿Qué ha pasado?

Él dejó la herramienta que tenía en las manos con más fuerza de la necesaria, un gesto pequeño que en él equivalía a un grito en cualquier otra persona.

—Te he visto en el centro. Con un tipo. Riéndote como no te he visto reírte en semanas.

Talia tardó un segundo en entender de qué hablaba, y cuando lo entendió, sintió una mezcla de alivio —al menos ya sabía qué le pasaba— y frustración, porque la explicación completa iba a sonar, se dio cuenta, sospechosamente parecida a una excusa aunque fuera, de principio a fin, la verdad.

—Era Grant.

El silencio que siguió fue del tipo que Talia ya había aprendido a temer en las últimas semanas, el que precedía a las peores conversaciones.

—El prometido de Portland.

—El exprometido, sí. Me escribió el jueves pidiendo hablar. Quedamos hoy. No te lo conté antes porque no encontré el momento, no porque tuviera nada que esconder, y desde luego no porque planeara volver con él, si es lo que estás pensando.

—No he dicho que pensara eso.

—No hacía falta que lo dijeras, Asher. Se te nota en la cara exactamente igual que se me nota a mí, y ya hemos hablado de eso antes, ¿recuerdas? Usted me lo enseñó.

—Esto es distinto.

—¿Por qué es distinto? Explícamelo, porque desde donde estoy yo parece exactamente el mismo miedo con un nombre nuevo delante.

Asher se quedó callado un momento, con la mandíbula tensa de quien libra una batalla interna que no tiene intención de perder en voz alta, hasta que algo en él pareció ceder de golpe.

Eso pareció descolocarlo un momento, lo justo para que su siguiente frase saliera con menos rabia y más cansancio real.

—No es solo lo de hoy —dijo, sentándose por fin, como si el peso de admitirlo fuera literal—.

Es que llevo tres años construyendo algo aquí, algo pequeño y tranquilo, precisamente porque no quiero volver a sentir lo que sentí cuando Ivy se fue.

Y entonces apareces tú, con tus tres semanas que ya son dos meses, con un ex que puede aparecer cualquier día a pedirte que vuelvas, con un contrato de hotel que podría llevarte a cualquier ciudad si sale bien, y me doy cuenta de que otra vez estoy construyendo algo con alguien que tiene todas las razones del mundo para, en algún momento, irse.

—Eso no es justo —dijo Talia, con la voz más afilada de lo que pretendía—.

Yo no soy Ivy. Y desde luego no soy la clase de persona que se sienta a tomar café con un ex para planear una reconciliación, así que si eso es lo que has estado pensando toda la tarde, has estado perdiendo el tiempo con la persona equivocada.

—No he dicho que pensara eso exactamente.

—Lo has insinuado con cada palabra que has dicho desde que he entrado por esa puerta.

Se quedaron los dos en silencio, cada uno atrincherado en su propia versión de la herida, con la cena que Talia había estado a punto de proponer enfriándose en su cabeza junto con cualquier otra cosa buena que hubiera planeado decir esa noche.

—Voy a dormir en la casita —dijo ella finalmente, con la voz más tranquila de lo que sentía—. Los dos necesitamos pensar en esto sin gritarnos.

Asher no la detuvo, y ese silencio, quizás más que cualquier palabra que hubiera dicho, fue lo que más le dolió a Talia mientras cruzaba el jardín oscuro de vuelta a la casita, con la sensación incómoda de que la primera pelea de verdad que tenían no era sobre Grant ni sobre el café, sino sobre algo mucho más antiguo que ninguno de los dos había terminado de resolver antes de empezar aquello.

Se tumbó en la cama de la casita sin quitarse siquiera los zapatos, mirando el techo de madera vista que dos meses atrás le había parecido bonito y que esa noche le pareció, simplemente, un techo que no era el de la casa a la que se había acostumbrado a llamar, sin darse cuenta, algo parecido a un hogar.

Por la ventana, la luz del taller seguía encendida al otro lado del jardín, y Talia se preguntó, con una punzada que no supo si era rabia o tristeza, cuántas noches más iba a pasar aquel hombre encerrándose con la madera en vez de con las personas que intentaban quedarse.

Llamó a Renata a medianoche, sin importarle la hora, y su amiga contestó al segundo tono con la voz pastosa de alguien recién despertado pero dispuesto, de todos modos, a escuchar.

—Cuéntamelo todo —dijo Renata, sin ni siquiera un saludo previo—, y despacio, que a estas horas mi cerebro necesita las cosas explicadas como si tuviera cinco años.

Se lo contó todo, con la voz quebrándose en algunos puntos que no había anticipado, y Renata escuchó sin interrumpir, algo poco habitual en ella, hasta que Talia terminó.

—Los dos sois idiotas —dijo Renata, con el cariño brusco que solo ella sabía transmitir en insultos—, pero tú eres la idiota con más posibilidades de arreglarlo, porque al menos tú sabes lo que quieres.

Duerme. Mañana lo vemos con la cabeza fría, y si sigue siendo un cabezota, iré yo misma a decirle un par de cosas con la muleta en la mano.