No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

La luz volvió a las seis de la mañana, y con ella volvió también, para Talia, una versión ligeramente aterrorizada de sí misma que se preguntaba qué demonios se suponía que tenía que hacer ahora.

No era una adolescente. Tenía veintinueve años, una tienda que sacar adelante y un contrato con un hotel boutique que negociar, y sin embargo llevaba toda la mañana comportándose, para su propia vergüenza, como alguien que no sabía dónde poner las manos cada vez que se cruzaba con Asher en el jardín.

—Buenos días —le dijo él, con la misma economía de siempre, aunque algo en su forma de mirarla, un segundo más de lo estrictamente necesario, dejaba claro que la noche anterior seguía muy presente para los dos.

—Buenos días —respondió ella, y se sorprendió sonriendo como una idiota antes de que pudiera evitarlo.

Pasó buena parte de esa primera mañana reprendiéndose mentalmente por comportarse como una colegiala, mientras seguía, al mismo tiempo, buscando cualquier excusa para cruzar el jardín una vez más de las estrictamente necesarias: que si necesitaba una herramienta del taller, que si el café de la casa grande sabía mejor que el suyo, que si le parecía buena idea consultarle el color del papel para las cajas de regalo del hotel aunque Asher no tuviera ninguna opinión formada sobre papel de regalo ni ganas de fingir que la tenía.

—Podrías simplemente decir que quieres verme —le dijo él el tercer día, con una media sonrisa que dejaba claro que había calado la estrategia desde el principio—, en vez de inventarte una excusa distinta cada dos horas.

—No sé de qué hablas. Esto es sobre el color del papel de regalo.

—El papel de regalo no necesita mi opinión. Necesita la tuya, que es la que entiende de estas cosas.

—Entonces admites que sabes exactamente por qué estoy aquí.

—Llevo sabiéndolo desde la primera excusa. Solo esperaba a ver hasta dónde llegabas antes de decirlo.

La primera semana de lo que fuera aquello —ninguno de los dos había usado todavía la palabra "novios", aunque los dos actuaban ya como si lo fueran— transcurrió con una facilidad que a Talia le pareció casi sospechosa después de tanto tiempo acostumbrada a que las cosas buenas vinieran siempre acompañadas de una letra pequeña desagradable.

Asher seguía siendo un hombre de pocas palabras, pero las pocas que decía habían empezado a incluir, cada vez con más frecuencia, cosas que Talia sospechaba que no le decía a nadie más: que le gustaba el sonido que hacía al tararear mientras trabajaba, que había empezado a dejar la luz del porche encendida para cuando ella volvía tarde de la tienda, que el bombón de lavanda, después de probarlo por fin sin la excusa de "verificar la calidad", le parecía sinceramente el mejor de todo el catálogo.

No hablaron de lo que había pasado, no exactamente, pero tampoco hizo falta: los desayunos compartidos se volvieron más largos, las cenas se alargaban hasta que las velas —encendidas ya sin necesidad de apagón, solo porque a Talia le gustaba la luz que daban— se consumían del todo, y en algún momento indefinido de la semana empezaron a acabar la noche en la misma cama, sin que ninguno de los dos hubiera decidido formalmente que aquello era lo que estaba pasando.

Renata lo dedujo por teléfono antes de que Talia le contara nada, con la precisión forense de alguien que llevaba años estudiando los cambios de tono en la voz de su mejor amiga.

—Suenas distinta —dijo, sin preámbulo—. Suenas a persona que ha besado a alguien y no a persona que discute sobre manteles.

—No sé de qué hablas.

—Talia. Llevas cinco minutos hablando de la reunión con Marjorie Feldman sin mencionar ni una sola vez al hombre que vive a diez metros de tu cocina. Eso es sospechoso a niveles forenses.

La reunión, celebrada esa misma mañana en el vestíbulo elegante del hotel boutique, había resultado tan intensa como Talia había temido y tan prometedora como Marjorie había prometido por teléfono.

Se habían sentado en una sala con vistas a los jardines del hotel, rodeadas de bandejas con las pruebas que Talia había pasado el fin de semana entero perfeccionando, mientras Marjorie y dos representantes de la dirección general probaban cada pieza con la seriedad de un jurado de repostería profesional.

—Esta trufa de mantequilla ahumada —había dicho uno de los directivos, un hombre de mediana edad con gafas de pasta que a Talia le había caído bien de inmediato— es lo mejor que he probado en años. ¿De dónde saca la idea de ahumar la mantequilla?

—De un accidente, si le soy sincera. Se me quemó una tanda entera hace dos años y en vez de tirarla, la probé, y resultó que el sabor ahumado funcionaba mejor de lo que había planeado nunca a propósito.

—Los mejores descubrimientos suelen ser así —había dicho Marjorie, sonriendo—.

Bueno, Talia, no voy a hacerte esperar: queremos seguir adelante.

Los números que hablamos por teléfono se mantienen, y nos gustaría cerrar el contrato antes de que termine el mes para empezar la producción de cara a diciembre.

Talia había firmado los primeros documentos preliminares esa misma mañana, con las manos temblando de una emoción que no sabía si clasificar como euforia o vértigo, y había conducido de vuelta a Alder Creek con la radio puesta y una sonrisa que no consiguió borrarse de la cara en todo el trayecto, ni siquiera cuando pensó, de pasada, en la mención casual que Marjorie había hecho al despedirse sobre "posiblemente ampliar la propuesta a los hoteles hermanos más adelante", una frase que en ese momento le había parecido demasiado lejana como para preocuparse por ella.

—Vale. Puede que haya pasado algo. Durante la tormenta.

—LO SABÍA. —El grito le llegó tan fuerte que Talia tuvo que apartarse el teléfono de la oreja—. Sabía que ese mantel doblado no era logística.

Talia se rio, admitió lo justo para satisfacer a Renata sin entrar en detalles que consideraba propios, y colgó con la sensación cálida de alguien que, por primera vez en mucho tiempo, tenía una buena noticia que dar en vez de un desastre que gestionar.

Renata se pasó por el cobertizo el miércoles con la excusa oficial de "comprobar el nuevo espacio de trabajo" y la excusa real, que ambas conocían perfectamente, de sonsacarle más detalles sobre la tormenta.

—Así que esto es el imperio del chocolate 2.0 —dijo, paseándose por el cobertizo con una admiración genuina que hizo que a Talia se le hinchara un poco el pecho de orgullo—. Muy superior a la cocina goteante de la tienda, hay que decirlo.

—Todavía falta la nevera industrial, pero sí, va tomando forma.

—¿Y el luthier? ¿También va tomando forma la cosa con él, o vas a seguir fingiendo que solo compartís cobertizo?

—Renata.

—Es una pregunta legítima. Llevo semanas escuchando indirectas y quiero nombres, fechas, detalles relevantes.

—No hay nada que contar que no te haya contado ya.

—Talia, tienes una sonrisa en la cara que no te había visto desde antes de Grant. Esa sonrisa cuenta una historia entera ella sola.

Talia no pudo evitar sonreír todavía más, lo cual, por supuesto, solo le dio a Renata más munición para el resto de la visita, entre risas y una segunda ronda de café que se alargó más de lo previsto.

La buena racha duró hasta el jueves, cuando un correo electrónico apareció en la bandeja de entrada de Talia con un remitente que no veía desde hacía tres años y que reconoció, aun así, con una punzada instantánea en el estómago: Grant.

El correo era breve, cuidadosamente neutro, del tipo que alguien redacta y borra varias veces antes de enviarlo: estaba en Asheville por trabajo, había oído por casualidad —de una prima común que Talia no sabía que seguía en contacto con él— que su tienda había tenido problemas con una inundación, y le gustaría, si ella estaba de acuerdo, tomar un café para "cerrar cosas que quedaron abiertas de mala manera".

Talia leyó el correo tres veces, cada vez con una reacción distinta: primero rabia, luego una curiosidad incómoda que no le gustó sentir, y finalmente una especie de cansancio resignado, el de alguien que ya ha pasado suficiente tiempo enfadada con la misma persona y no le apetece seguir invirtiendo energía en ello.

Se pasó la noche entera dándole vueltas antes de contestar, escribiendo y borrando frases que sonaban unas veces demasiado frías y otras demasiado dispuestas a perdonar, hasta que terminó enviando algo breve y neutro que reflejaba, con bastante precisión, cómo se sentía de verdad: que aceptaba el café, que no esperaba que aquello cambiara nada entre ellos, y que agradecería que fuera rápido, porque tenía una tienda que reconstruir y una vida que ya no incluía esperar explicaciones de nadie.

No le contó a Asher del correo de inmediato, no porque tuviera nada que ocultar sino porque no encontró el momento adecuado en medio de la preparación de la reunión con Marjorie, y esa omisión, pequeña e inocente en su cabeza, terminó pesando más de lo que debería cuando Asher se enteró de la peor manera posible: viéndola, el sábado por la tarde, sentada en una mesa de la cafetería del centro con un hombre que él no conocía, riéndose de algo que el hombre acababa de decir, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra en ese tipo de cercanía que desde fuera podía interpretarse de muchas maneras y que, desde donde estaba Asher, con una entrega de madera en los brazos y sin ningún contexto, solo se interpretaba de una.