No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

El martes había amanecido pesado, con un cielo del color del plomo que Talia reconoció, por experiencia de tres inviernos en Alder Creek, como el preludio seguro de algo importante.

Pasó la mañana entera en el cobertizo terminando pruebas de sabor para la reunión con Marjorie —una trufa de mantequilla ahumada que le había costado cuatro intentos y todavía no la convencía del todo, y una tableta de chocolate con nueces de pacana tostadas que Asher, en un descanso, había robado tres veces seguidas de la mesa con la excusa poco convincente de que "necesitaba verificar la calidad"—, mientras el cielo se oscurecía cada vez más fuera de las ventanas nuevas del cobertizo.

—Va a caer una buena —dijo Asher a media tarde, asomándose desde el taller con las manos llenas de barniz—. Deberíamos asegurar las guitarras que están secándose junto a la ventana, por si acaso.

—¿Tienes generador para la propiedad entera o solo para el taller?

—Para el taller y la casa grande. El cobertizo todavía no está en la línea, así que si se va la luz, vas a tener que rezar por ese congelador.

—Genial. Justo lo que necesitaba para relajarme antes de la reunión más importante de mi carrera.

Renata había llamado esa misma tarde para desearle suerte con las pruebas, y de paso para sonsacarle, sin mucho disimulo, cómo iban las cosas con "el vecino de los antebrazos", una pregunta que Talia había esquivado con la misma habilidad con la que esquivaba las preguntas de su madre sobre planes de boda desde que tenía memoria.

No porque no tuviera nada que contar, sino porque contarlo en voz alta, se daba cuenta, lo volvería más real de lo que se sentía preparada para admitir todavía, ni siquiera a sí misma.

La tormenta llegó un martes por la noche sin previo aviso, de las que en Alder Creek llamaban "tormentas de las que se acuerda la gente mayor", con rayos que iluminaban el jardín entero durante fracciones de segundo y un viento que hacía crujir los arces como si fueran a partirse por la mitad.

Talia estaba en el cobertizo que Asher había empezado a acondicionar para ella —con una mesa de trabajo nueva, un fregadero instalado esa misma semana y una promesa de nevera industrial que llegaría "cuando el proveedor se decidiera a contestar el teléfono"— terminando una tanda de pruebas para la reunión con Marjorie Feldman, cuando las luces parpadearon dos veces y se apagaron del todo.

—Genial —dijo a la oscuridad, con la misma familiaridad exasperada con la que le había hablado al agua dos meses atrás—. Absolutamente genial.

Encontró el camino hasta la puerta a tientas, guiándose por los relámpagos, y cruzó el jardín empapándose en los pocos metros que separaban el cobertizo de la casa grande, donde vio una luz de vela moviéndose detrás de las ventanas.

Asher abrió antes de que llamara, con una linterna en una mano y una expresión que oscilaba entre la preocupación y algo que se parecía sospechosamente a un alivio de verla llegar entera.

—Se ha ido la luz en toda la propiedad —dijo, dejándola pasar—. Probablemente en todo el condado, a juzgar por lo oscuro que está esto.

—¿Cuánto va a durar?

—Con esta compañía eléctrica, podría ser una hora o podría ser hasta mañana. No hay forma de saberlo.

Encendieron velas por toda la cocina, más por costumbre familiar de Asher —que sabía exactamente en qué cajón estaban guardadas, prueba de que aquello no era la primera vez que la tormenta les jugaba una mala pasada a los Doyle— que por necesidad real, y se sentaron a la mesa con una botella de vino que Asher sacó de un armario alto con la excusa de que "con esto no hay mucho más que hacer".

—¿Tiene miedo a las tormentas? —preguntó él, sirviendo dos copas con una generosidad que sugería que no esperaba que la luz volviera pronto.

—No a las tormentas. A que se estropeen cuatro días de trabajo en el congelador si esto dura demasiado.

—El generador debería aguantar el congelador un par de horas más. Después de eso, ya veremos.

—Es usted un pozo de optimismo, Doyle.

—Soy realista. Hay una diferencia.

—¿Sabes qué hacía mi abuela en las tormentas? —preguntó Talia, girando la copa entre los dedos, dejando que la luz de la vela se reflejara en el vino—. Contaba historias. Decía que si llenabas el silencio de la tormenta con tus propias palabras, dejaba de dar tanto miedo.

—¿Y funcionaba?

—No lo sé. Nunca até cabos hasta ahora, pero puede que sea la razón por la que no dejo de hablar cuando estoy nerviosa.

—He notado eso. Habla más rápido cuando algo la altera. Y se muerde el labio de una manera específica cuando el chocolate no le sale como quiere.

—¿Me ha estado estudiando, Doyle?

—Es difícil no hacerlo, compartiendo mesa de trabajo con usted seis días a la semana.

—Eso suena a excusa de alguien que ha estado mirando más de lo que admite.

—Puede ser las dos cosas a la vez.

Hablaron durante horas, de las que no llevaban cuenta ni ganas de llevarla, mientras la tormenta seguía descargando fuera y las velas se iban consumiendo poco a poco.

Talia le contó cosas que no le había contado a nadie desde hacía tiempo, cosas pequeñas que se le escapaban con más facilidad en la oscuridad que a plena luz del día: que había abierto la tienda en parte por rabia, después de que un jefe en Charlotte le dijera que su chocolate "nunca sería lo bastante interesante para una carta de verdad"; que todavía guardaba, en el fondo de un cajón, la invitación de boda que nunca llegó a enviar porque Grant se fue antes de que las imprimieran; que el bombón de lavanda del menú, el que casi nadie pedía, era el primero que había aprendido a hacer bien, y que se negaba a quitarlo aunque no fuera rentable porque era, de alguna manera estúpida, la prueba de que había empezado desde algún sitio.

Asher, por su parte, habló más de lo que Talia lo había oído hablar en las cinco semanas que llevaban de vecinos: de su abuelo, que le había enseñado el oficio con una paciencia que él todavía intentaba igualar; de los dos años de ingeniería que había dejado sin decírselo a sus padres hasta que ya era demasiado tarde para que lo convencieran de volver; de Ivy, esta vez con más detalle del que había dado nunca, no como una herida abierta sino como una cicatriz que por fin podía tocar sin que le doliera del todo: que se habían conocido en un bar de Asheville, que ella tocaba el bajo en una banda que empezaba a tener éxito, que él había construido la guitarra pensando que sería el principio de algo y había resultado ser, en cambio, el final.

—¿Cómo eran tus padres? —preguntó Talia, animada por la sinceridad poco habitual de la noche—. Nunca los mencionas.

—Mi padre murió cuando yo tenía quince años, un infarto en mitad de una reunión de trabajo, así, sin avisar a nadie.

Mi madre se volvió a casar tres años después y se mudó a Florida con su nuevo marido.

Nos llevamos bien, hablamos por teléfono cada dos semanas, pero Alder Creek dejó de ser su sitio hace mucho tiempo, mucho antes de que dejara de ser el mío.

—Lo siento. Lo de tu padre, quiero decir.

—Fue hace mucho. —Se encogió de hombros, aunque el gesto llegó un segundo más tarde de lo habitual, como si la naturalidad le costara un poco más con ese tema—.

Fue entonces cuando empecé a pasar más tiempo en el taller con mi abuelo.

Supongo que necesitaba algo que se pudiera arreglar con las manos, ya que había cosas que no se podían arreglar de ninguna otra manera.

Talia extendió la mano por encima de la mesa, sin decir nada, y él se la sostuvo un momento más de lo que habría sido estrictamente necesario para un gesto de consuelo entre vecinos.

—No me dejó por otra persona —dijo, mirando la vela consumirse—.

Me dejó por la carretera. Por los escenarios.

Por una vida que yo nunca iba a poder darle desde un taller en Alder Creek.

Y lo peor no fue que se fuera. Fue darme cuenta de que llevaba razón: que yo no era capaz de irme con ella, ni siquiera lo intenté, y que en el fondo prefería quedarme aquí, con la madera y el arroyo, antes que perseguir lo que ella quería.

—Eso no te hace menos que ella, Asher. Solo os hace distintos.

Era la primera vez que lo llamaba por su nombre sin el apellido delante, y los dos lo notaron, aunque ninguno lo dijo en voz alta.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Grant se fue por la carretera o por algo más aburrido?

—Por Portland y por una crisis de los treinta que decidió tener a los veintiocho. Dijo que necesitaba "encontrarse", como si yo fuera el mapa que le impedía perderse correctamente.

—Eso es una frase asquerosamente elaborada para justificar ser un cobarde.

—Gracias. Llevo tres años intentando decir exactamente eso sin sonar amargada.

—No suena amargada. Suena a alguien que tiene razón.

—¿Nunca has pensado en irte de aquí? —preguntó Talia, cambiando ligeramente de tema, con la vela más cercana proyectando sombras largas sobre la mesa—. Con lo bueno que eres, podrías montar un taller en cualquier ciudad grande y cobrar el triple.

—Lo pensé, hace un par de años, después de que Ivy se fuera.

Llegué a mirar locales en Asheville, incluso en Nashville.

—Se encogió de hombros, con ese gesto suyo que quitaba peso a las decisiones más importantes de su vida—.

Pero cada vez que me imaginaba haciendo guitarras en un local sin vistas al arroyo, sin el ruido de los grillos por la noche, sin mi abuela cruzando el jardín a las siete de la mañana para robarme café, la idea perdía todo el sentido.

Hay gente que necesita la ciudad para sentirse viva. Yo necesito esto.

—Eso no es poca cosa, saber lo que necesitas.

—Tampoco es que tenga mucho mérito. Simplemente dejé de fingir que quería otra cosa.

El generador falló poco después de medianoche, con un chisporroteo final que apagó la única luz eléctrica que quedaba en la casa y los dejó solo con las velas, cada vez más cortas.

Talia se levantó a comprobar el congelador del cobertizo, envuelta en una manta que Asher le había pasado sin que ella se lo pidiera, y él la siguió con la linterna, más por costumbre de vigilar la propiedad que por necesidad real.

El cobertizo, sin electricidad, tenía una quietud distinta, iluminado solo por el haz estrecho de la linterna y los relámpagos que todavía cruzaban el cielo de vez en cuando.

Talia comprobó el congelador —todavía frío, por suerte, gracias al aislamiento reciente que Asher había instalado— y se giró para decírselo, encontrándose con que él estaba mucho más cerca de lo que había calculado, con la linterna apuntando al suelo y la cara medio en sombra.

—Está bien —dijo ella, con la voz un poco más baja de lo que pretendía—. El congelador. Sigue frío.

—Bien —dijo Asher, sin moverse.

Ninguno de los dos se movió durante un segundo que se estiró más de lo razonable, con la lluvia golpeando el tejado del cobertizo y el olor a madera recién cortada llenando el espacio entre los dos.

Fue Talia quien acortó la distancia, o quizás fue Asher, o quizás fueron los dos a la vez, de esa manera en que nadie recuerda después quién empezó realmente algo así: sus labios se encontraron con una torpeza breve, casi tímida, que duró apenas un segundo antes de que él le pusiera una mano en la mejilla, fría de la lluvia, y profundizara el beso con una certeza que no dejaba lugar a dudas de que no había sido un accidente.

Sabía a vino y a algo más difícil de nombrar, algo cálido que a Talia le recorrió el cuerpo entero como si llevara semanas esperando exactamente eso sin admitírselo ni a sí misma.

Se separaron despacio, sin prisa, con las frentes todavía casi tocándose y la respiración un poco más agitada de lo que ninguno de los dos quiso reconocer en voz alta.

—Esto —dijo Asher, con la voz más ronca de lo habitual— complica bastante lo de la cocina compartida.

—Un poco —admitió Talia, sin apartarse—. Aunque no puedo decir que me arrepienta de las complicaciones.

—Yo tampoco.

Volvieron a besarse, esta vez sin la torpeza del primero, y la tormenta siguió descargando fuera, indiferente por completo al hecho de que dentro del cobertizo, entre moldes de silicona y virutas de madera, dos personas que se habían pasado semanas fingiendo que solo eran vecinos acababan de dejar de fingir.

Volvieron a la casa grande mucho después, empapados otra vez por la carrera entre los dos edificios, riéndose como adolescentes de la absurdidad de haberse besado por primera vez rodeados de congeladores y virutas de madera, y esa noche, con las velas todavía encendidas y la lluvia amainando poco a poco sobre el tejado, ninguno de los dos volvió a mencionar en voz alta lo que había pasado en el cobertizo, no porque hiciera falta explicarlo, sino porque algunas cosas, había aprendido Talia esa noche, se sostienen mejor en el silencio compartido que en cualquier palabra que se pudiera encontrar para nombrarlas.

La luz eléctrica volvió pasadas las cuatro de la madrugada, con un zumbido de electrodomésticos reactivándose por toda la casa que los despertó a los dos, todavía vestidos, enredados en el sofá bajo la misma manta que Talia se había llevado del cobertizo.

Asher se levantó a apagar las lámparas que se habían encendido solas, murmurando algo sobre la factura de la luz, y cuando volvió a sentarse a su lado, en vez de mantener la distancia prudente que habían guardado durante toda la cena, se acomodó con la cabeza apoyada en su hombro con una naturalidad que no dejaba lugar a dudas de que algo, efectivamente, había cambiado entre los dos de forma permanente.

—¿Vamos a hablar de esto por la mañana o vamos a fingir que ha sido un sueño colectivo provocado por el vino? —preguntó Talia, medio dormida, con la voz amortiguada contra su hombro.

—No bebimos tanto vino.

—Bebimos suficiente para que sea una pregunta legítima.

—Vamos a hablar de esto por la mañana —dijo Asher, y le dio un beso breve en la sien, tan natural que a ninguno de los dos les pareció necesario comentarlo más—. Ahora duerme. Mañana hay que ir a comprar una nevera industrial antes de que este congelador decida rendirse de verdad.

—Qué manera tan poco romántica de terminar la noche más romántica que he tenido en años.

—Soy un hombre práctico, señorita Marsh. Hasta en los momentos románticos.