No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Esto era su santuario —dijo, pasando la mano por una viga con un gesto que Talia empezaba a reconocer como el que hacía cada vez que hablaba de su abuelo—. Guardaba aquí todo lo que no cabía en el taller principal. Lleva cerrado desde que murió. Nadie ha vuelto a usarlo.

—¿Estás seguro de que quieres que lo llene de moldes de chocolate y azúcar glas?

—Estoy seguro de que a él le habría parecido un desperdicio dejarlo criando polvo cuando podría estar sirviendo para algo de verdad.

—Se giró hacia ella, con una sinceridad poco habitual en su tono—.

Y me gusta la idea de tenerte cerca mientras trabajo.

No se lo diga a nadie, que tengo una reputación que mantener.

Pasaron esa tarde entera limpiando el cobertizo entre los dos, sacando herramientas oxidadas, barriendo años de polvo, riéndose de telarañas del tamaño de manteles y de un nido de ratón que hizo gritar a Talia con una intensidad que Asher no dejaría de mencionar durante semanas.

Al final del día, con las manos sucias y la espalda dolorida, se sentaron en el suelo de cemento a compartir una cerveza que él había ido a buscar a la casa grande, contemplando el espacio vacío como si ya pudieran ver, superpuesta, la cocina en la que se convertiría.

—¿Qué vas a hacer con todas estas herramientas? —preguntó Talia, señalando una caja entera de cinceles oxidados que habían sacado de un rincón.

—Algunas se pueden restaurar. Mi abuelo tenía manía de comprar herramientas de calidad y cuidarlas durante décadas, así que debajo del óxido probablemente sigan siendo mejores que cualquier cosa que se venda hoy en día. Otras, sinceramente, están para tirar, pero me cuesta hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque tirarlas se siente como admitir que ya no va a volver a usarlas él mismo. Sé que es una tontería. Lleva tres años muerto, no van a resucitar las herramientas por guardarlas en un cobertizo.

—No es una tontería —dijo Talia, apoyando la cabeza en su hombro con una naturalidad que la sorprendió incluso a ella misma—. Yo todavía guardo el primer termómetro de repostería que me regaló mi abuela, y hace años que no funciona bien. Algunas cosas no se guardan por utilidad.

—No se acostumbre —dijo Asher, pero le pasó un brazo por los hombros de todos modos, y se quedaron así un buen rato, sin necesidad de decir nada más.

El viernes llegó una llamada que cambió, sin que Talia lo supiera todavía, el rumbo de las semanas siguientes.

Era Marjorie Feldman, la organizadora de eventos de un hotel boutique en Asheville, que había probado los bombones de Talia en la boda de los Whitfield y quería, según sus propias palabras, "hablar de una colaboración para las fiestas de fin de año que podría cambiarle la vida a su pequeño negocio".

—¿Cambiarme la vida? —repitió Talia por teléfono, con Asher sentado enfrente fingiendo no escuchar mientras lijaba, sin mucha convicción, un trozo de madera que ya estaba perfectamente liso—. Eso suena a mucha presión para una llamada de un martes.

—Es jueves —corrigió Marjorie—, y hablo en serio.

Queremos que Cacao Salvaje sea el proveedor exclusivo de amenities de chocolate para toda la temporada navideña.

Estamos hablando de cientos de pedidos semanales, posiblemente una línea permanente si funciona bien.

Nos gustaría reunirnos la semana que viene para hablar de números.

—¿Qué tipo de números estamos hablando?

—Del tipo que te va a hacer replantearte si necesitas contratar a alguien más solo para llevar la contabilidad —dijo Marjorie, con una risa que sonaba más a promesa que a broma—.

Mira, sé que es mucho de golpe. Tómate el fin de semana para pensarlo si quieres, pero no tardes demasiado, porque si no aceptas tú, tengo otras dos chocolaterías de Asheville pidiendo cita para presentarme sus catálogos.

Talia no necesitó el fin de semana entero. Llamó a Renata esa misma noche, con la cabeza todavía dando vueltas a la conversación, y encontró en su amiga la misma mezcla de entusiasmo y pragmatismo que llevaba cuatro años ayudándole a mantener los pies en el suelo.

—Vas a necesitar contratarme oficialmente si esto sale adelante —dijo Renata, sin ningún rodeo—. Nada de "ayudante informal que cobra en bombones". Sueldo de verdad, seguro médico, la cosa completa.

—Renata, todavía no hemos firmado nada.

—Lo vais a firmar. Lo sé porque tienes esa voz que pones cuando algo bueno te está pasando y todavía no te has permitido creértelo del todo. Fírmalo, contrátame como es debido, y deja que las dos nos hagamos ricas vendiendo bombones a turistas con dinero de sobra.

—Eres muy poco romántica con esto del chocolate artesanal.

—Alguien tiene que serlo, porque tú te dedicarías a regalarlo todo por pura pasión si yo no estuviera aquí para recordarte que también hay que pagar el alquiler.

Talia colgó con las manos temblando ligeramente, una mezcla de euforia y terror que no sentía desde que había firmado el contrato de alquiler de la tienda cuatro años atrás.

—¿Buenas noticias? —preguntó Asher, dejando por fin la lija.

—Buenísimas. Aterradoras. Las dos cosas a la vez, que es como me vienen siempre las cosas buenas, por lo visto.

—Cuéntame.

Se lo contó, con las manos moviéndose tanto como la voz, y Asher escuchó de la manera en que solo él sabía escuchar: sin interrumpir, sin apresurarse a opinar, dejando que ella llegara sola a sus propias conclusiones antes de decir nada.

Cuando terminó, él se quedó callado un momento, como sopesando algo.

—Vas a necesitar más espacio de cocina del que tienes aquí si esto sale adelante —dijo por fin—. Y más manos.

—Lo sé. No tengo ni idea de cómo voy a hacerlo todo.

—Yo tengo un generador que no uso desde el invierno pasado y un cobertizo que lleva vacío desde que mi abuelo murió. No es una cocina profesional, pero podría acondicionarse si hiciera falta.

Talia lo miró, sorprendida de la oferta, sorprendida sobre todo de lo natural que había sonado, como si ofrecerle medio taller a una mujer que llevaba dos semanas viviendo en su jardín fuera la cosa más razonable del mundo.

—¿Por qué haría eso por mí?

—Porque June me mataría si no lo hiciera —dijo él, encogiéndose de hombros, aunque el modo en que evitó mirarla directamente sugería que había algo más debajo de esa respuesta fácil—.

Y porque cocina usted mejor pasta improvisada que cualquier persona que haya conocido en años, así que supongo que le debo algo.

—Eso ha sido casi un cumplido, Doyle.

—No se acostumbre.

Esa noche, mientras recogían juntos los platos de la cena, Talia se descubrió pensando que la lista de cosas que sabía sobre Asher Doyle había crecido de una manera que no tenía nada que ver con las tres semanas de convivencia forzada que había imaginado al principio: sabía que fruncía el ceño de una manera específica cuando algo no le salía bien en la madera, distinta de cuando algo no le salía bien en una conversación; sabía que su abuelo le había dejado, entre otras cosas, una colección entera de discos de vinilo de country antiguo que escuchaba solo cuando creía que nadie lo oía; sabía que, a pesar de las cinco palabras y el gesto de la barbilla, era de los hombres que se acordaban de los detalles pequeños —qué le gustaba, qué no, cómo tomaba el café— sin que nadie tuviera que repetírselo dos veces.

—¿En qué piensas? —preguntó él, secando un plato con la misma concentración que dedicaba a lijar madera.

—En que llevo dos meses viviendo al lado de un hombre del que sabía, hasta hace poco, exactamente nada, y ahora sé más cosas de ti que de la mayoría de la gente que conozco desde hace años.

—¿Eso es bueno o malo?

—Todavía lo estoy decidiendo —dijo Talia, aunque la sonrisa que no pudo contener sugería que la decisión ya estaba bastante tomada.