Capítulo 5
Dos meses tenían una forma distinta de instalarse en la cabeza que tres semanas.
Tres semanas eran una acampada; dos meses eran, quisiera Talia admitirlo o no, casi una mudanza.
Se dio cuenta de la diferencia el lunes siguiente a la feria, cuando fue a la tienda a rescatar sus tres batidoras de mano, su set completo de moldes de policarbonato y la cafetera italiana que se negaba a dejar en cualquier cocina que no fuera la suya, y se encontró a sí misma calculando, sin querer, si cabrían en la encimera diminuta de la casita de invitados.
El fontanero había confirmado, con el mismo tono neutro con el que se anuncian las malas noticias que a uno no le van a arruinar el día personalmente, que la instalación completa del edificio necesitaba rehacerse desde los cimientos del baño hasta la última tubería de la cocina, un trabajo que implicaba levantar suelos, replantear el cuadro eléctrico adyacente y esperar turno con al menos otros tres proyectos de la misma envergadura antes que el suyo.
Talia había pasado la reunión entera con el casero asintiendo en los momentos apropiados mientras por dentro hacía cálculos de cuántos meses de alquiler perdido podía permitirse antes de que la cosa dejara de ser una inconveniencia y empezara a ser una crisis existencial de proporciones bíblicas, otra vez.
—Vas a vivir aquí más tiempo del que has vivido en ningún sitio en los últimos cuatro años —observó Renata, ayudándola a cargar cajas en el coche—, y estás contando cuántos moldes de silicona te caben en una cocina de treinta metros cuadrados en vez de plantearte alquilar un apartamento de verdad en el centro.
—He mirado los apartamentos del centro. Cuestan lo mismo que mi hipoteca imaginaria en una vida en la que tuviera hipoteca.
—Ese no es el único motivo y las dos lo sabemos.
—Renata.
—Solo digo que hay opciones, y que la que has elegido tiene un taller de guitarras al lado y un vecino con antebrazos de escándalo. Es información relevante para el archivo.
Talia cerró el maletero con más fuerza de la necesaria, en parte porque Renata no se equivocaba del todo y en parte porque llevaba dos días evitando pensar demasiado en la conversación de la noche de la feria, en la sidra caliente y en el hombro de Asher pegado al suyo en el escalón estrecho de la furgoneta de June.
Había decidido, de la forma poco científica en que ella tomaba ese tipo de decisiones, que lo mejor era no darle más vueltas de las estrictamente necesarias.
June se marchó el miércoles a Charleston a pasar tres semanas con su hermana, con una maleta que pesaba más que ella y una lista de instrucciones para las plantas que Talia sospechó, por la longitud, que era menos sobre las plantas y más sobre asegurarse de que alguien vigilara a Asher.
—Riega los geranios cada dos días, no cada día, que se ahogan —dijo June, tendiéndole una hoja escrita a mano con una letra apretada que ocupaba las dos caras del papel—.
El helecho del porche solo con agua de lluvia, nunca del grifo, tiene mal carácter con el cloro.
Y si ves que Asher empieza a comer de pie delante del fregadero en vez de sentarse a la mesa, es la primera señal de que algo le preocupa. No se lo digas que te lo he contado.
—June, esto parece un manual de instrucciones para desactivar una bomba, no una lista de riego.
—Las dos cosas requieren precisión, querida. Solo cambia lo que puede explotar.
—No dejes que se olvide de comer —le dijo June en la puerta, con el mismo tono con el que le había dado instrucciones sobre las tazas de cristal soplado la primera noche—.
Cuando se mete en un proyecto, se le olvida el mundo entero.
Y no le dejes trabajar de noche sin cenar, que luego se pone de un humor insoportable.
—June, no soy su niñera.
—No he dicho que lo seas. He dicho que estás aquí, y que la comida no se va a hacer sola.
—Eso suena sospechosamente a una tarea que me está delegando.
June sonrió con la satisfacción de quien ha conseguido exactamente lo que quería sin tener que pedirlo directamente, subió al coche de su vecina que la llevaría al aeropuerto, y dejó a Talia y a Asher, por primera vez desde la inundación, completamente solos en la propiedad.
Antes de cerrar la puerta del coche, se asomó una última vez por la ventanilla con una sonrisa que a Talia le pareció, ya entonces, sospechosamente cómplice.
—Cuídense el uno al otro —dijo, sin especificar a cuál de los dos se dirigía exactamente—. Y no dejéis que las cosas buenas se estropeen solo por miedo a decirlas en voz alta. La vida es demasiado corta para esa clase de tontería.
La ausencia de June se notó de inmediato, no porque hablara mucho —hablaba lo justo, con esa mezcla de curiosidad y frontalidad que Talia ya echaba de menos al segundo día— sino porque su presencia había funcionado, sin que nadie lo dijera en voz alta, como una especie de acompañante involuntaria que hacía que la cercanía entre Talia y Asher pareciera menos cargada de lo que en realidad estaba empezando a ser.
Talia se descubrió, además, echando de menos las pequeñas rutinas que June había instalado sin que nadie se las pidiera: el café servido sin preguntar cuánta azúcar quería, los comentarios directos sobre cualquier tema que se le ocurriera, la manera en que se sentaba en el porche cada tarde con su labor de punto mientras el sol se ponía detrás de los arces, como si aquel ritual llevara sucediendo desde siempre y fuera a seguir sucediendo por siempre también.
Le envió un mensaje el viernes, casi sin pensarlo, preguntándole si los geranios estaban sobreviviendo a su cuidado, y la respuesta de June —una foto borrosa de un plato de galletas de su hermana con el pie de foto "Mejor que las tuyas, no se lo digas a nadie"— la hizo reír sola en la cocina como una tonta.
—¿Vas a sobrevivir sin supervisión? —le preguntó Talia el jueves, encontrándolo en la cocina de la casa grande a las nueve de la noche, todavía con la ropa de trabajo puesta y sin ningún indicio de haber cenado.
—He sobrevivido treinta y dos años sin supervisión.
—June no opina lo mismo. Tengo instrucciones explícitas de asegurarme de que comes.
—Como.
—Como un adulto que se acuerda de que existe la comida, sí. Como alguien que se mete en el taller a las siete de la mañana y no vuelve a levantar la cabeza hasta que su abuela le grita desde la ventana, no tanto.
Asher la miró con esa expresión suya, mitad exasperación y mitad algo que Talia todavía no sabía nombrar del todo, y se sentó a la mesa de la cocina sin discutir, lo cual, viniendo de él, era casi una rendición formal.
—Hay pasta —dijo Talia, sirviendo dos platos de algo que había improvisado con lo que quedaba en la nevera de June—. No es gourmet. Es supervivencia.
—Después de una semana de café solo y galletas de la gasolinera, la supervivencia me suena a alta cocina.
—Eso explica muchas cosas sobre su carácter, Doyle. Un hombre malnutrido es un hombre gruñón.
—Mi carácter no tiene nada que ver con la nutrición.
—Cómase la pasta y hablamos.
Se sentaron a cenar entre bromas sobre las dotes culinarias improvisadas de Talia y las excusas cada vez menos convincentes de Asher sobre por qué no había comido nada desde el desayuno, y en algún momento de esa primera cena compartida, mientras él le contaba sin que ella preguntara los detalles de una reparación complicada en el cuello de una guitarra vintage, Talia se dio cuenta de que llevaba diez minutos enteros sin pensar en la tubería, en el fontanero, ni en ninguno de los desastres que la habían llevado hasta esa cocina en primer lugar.
Era, pensó, una sensación extraña y bastante agradable, la de estar completamente presente en un lugar sin estar calculando al mismo tiempo cómo escapar de él.
Cenaron juntos esa noche, y la siguiente, y la que vino después, con una naturalidad que ninguno de los dos comentó en voz alta, como si reconocerlo fuera a romper algo frágil que todavía no tenía nombre ni necesitaba tenerlo.
Hablaban de trabajo, sobre todo: ella le contaba el drama diario de sustituir el género perdido en la inundación, él le explicaba con un entusiasmo poco habitual en él los detalles técnicos de una guitarra que estaba construyendo por encargo para un músico de Nashville, un tipo de conversación que a Talia, para su propia sorpresa, empezaba a interesarle genuinamente más allá de la curiosidad educada.
Cenaron juntos esa noche, y la siguiente, y la que vino después, con una naturalidad que ninguno de los dos comentó en voz alta, como si reconocerlo fuera a romper algo frágil que todavía no tenía nombre ni necesitaba tenerlo.
Hablaban de trabajo, sobre todo: ella le contaba el drama diario de sustituir el género perdido en la inundación, él le explicaba con un entusiasmo poco habitual en él los detalles técnicos de una guitarra que estaba construyendo por encargo para un músico de Nashville, un tipo de conversación que a Talia, para su propia sorpresa, empezaba a interesarle genuinamente más allá de la curiosidad educada.
El sábado, Asher apareció en la puerta de la casita con una caja de herramientas y una expresión decidida que Talia había aprendido a asociar con sus proyectos más ambiciosos.
—El cobertizo de mi abuelo —anunció, sin preámbulo alguno—. Si va en serio lo del hotel, va a necesitar más espacio del que tiene aquí. Vamos a verlo.
El cobertizo resultó ser más grande de lo que Talia había imaginado, con vigas de madera vista y un suelo de cemento que llevaba años acumulando polvo y herramientas oxidadas de un hombre que ya no estaba para usarlas.
Asher se movió por el espacio con una familiaridad reverente, señalando dónde podría ir una mesa de trabajo, dónde el fregadero, dónde una nevera si conseguía convencer al proveedor de que le vendiera una a buen precio.