No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

El viernes por la noche, con los puestos ya montados uno al lado del otro bajo las luces de la feria y las últimas calabazas envueltas en celofán, Talia se quedó un momento apoyada en la mesa de Asher, viendo cómo él colocaba la guitarra terminada —sin ningún nombre escrito dentro, comprobó, aunque no dijo nada— sobre un soporte iluminado.

—¿Nerviosa por mañana? —preguntó él, sin mirarla, ajustando una cuerda que no necesitaba ajuste.

—Aterrorizada. Es el pedido más grande que he sacado sola en dos años.

—No está sola.

Lo dijo con la misma economía de siempre, sin dramatismo, mirando la guitarra y no a ella, pero algo en el tono hizo que Talia se quedara callada un segundo de más, sintiendo el calor de la lámpara del puesto y la cercanía del brazo de Asher, apenas a un palmo del suyo sobre la mesa, y pensando que tres semanas, de repente, le parecían un plazo peligrosamente corto.

El sábado por la mañana, la feria de Alder Creek desplegó todo su ritual anual: puestos de madera con toldos a rayas, el olor a sidra caliente mezclándose con el de las hojas quemadas, y una multitud que empezó a llegar antes incluso de que Talia hubiera terminado de colocar la última bandeja de calabazas de chocolate.

Su puesto, decorado con manteles de cuadros y una pizarra donde Renata había insistido en escribir "CACAO SALVAJE — HECHO CON AMOR Y ALGO DE PÁNICO" a modo de broma que Talia no tuvo tiempo de borrar antes de que llegaran los primeros clientes, se llenó de gente en cuestión de minutos.

Al lado, el puesto de Asher atraía un tipo de público distinto: hombres de mediana edad que pasaban los dedos por el barniz de las guitarras expuestas con la reverencia de quien toca una reliquia, y más de una mujer que fingía interesarse por el instrumento cuando en realidad miraba al luthier.

Talia lo notó, y notó también, con una satisfacción que no debería haber sentido, que Asher respondía a esas mujeres con la misma economía de palabras que le dedicaba a todo el mundo, sin el más mínimo interés añadido.

—Vendida —anunció él a media tarde, sujetando un billete que un hombre mayor le había puesto en la mano por una de las guitarras pequeñas, y Talia, desde su puesto, levantó el puño en un gesto de victoria compartida que le salió antes de poder pensárselo.

—Eso ha sido casi entusiasmo, Doyle. Voy a tener que sentarme.

—No se acostumbre.

—Ya me lo ha dicho antes. Empiezo a pensar que es su frase favorita.

—Es efectiva. La repito porque funciona.

Entre clientes, los dos encontraron minutos sueltos para intercambiarse muestras —ella le pasaba trufas de más cuando nadie miraba, él le guardaba la silla de su puesto cuando ella necesitaba ir corriendo a rellenar bandejas— y para esa hora de la tarde, cuando el sol empezaba a bajar detrás de los arces y las luces de las casetas se encendían una a una, algo entre ellos se había asentado en un territorio nuevo, más cómodo, del tipo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar en voz alta.

Ya de noche, con el último cliente despidiéndose y las luces de las casetas vecinas apagándose una a una, Talia se sentó un momento en el escalón de la furgoneta de June, agotada de un cansancio satisfecho que no sentía desde hacía meses, y Asher se sentó a su lado sin que nadie se lo pidiera, con dos vasos de sidra caliente que había comprado sin que ella lo viera.

—Por sobrevivir a la feria —dijo él, levantando su vaso con la solemnidad de quien brinda por algo mucho más importante que sidra.

—Por sobrevivir a la feria —repitió ella, chocando el vaso contra el suyo, y por un momento, con el vapor de la sidra subiéndole a la cara y el hombro de Asher pegado al suyo en el escalón estrecho de la furgoneta, todo lo demás —la tubería, el casero, las tres semanas que se le acababan encima— le pareció, absurdamente, un problema de otra persona.

Fue en ese momento, con el silencio a punto de convertirse en algo que ninguno de los dos había planeado, cuando el teléfono de Talia vibró sobre la mesa con la insistencia particular de las llamadas que traen malas noticias. Era el casero.

—Dime que es para confirmarme que mañana ya tengo cocina —dijo ella a modo de saludo, apartándose un paso de Asher sin saber muy bien por qué le costaba tanto hacerlo.

Hubo un silencio al otro lado, del tipo que Talia ya había aprendido a temer esa semana.

—Sobre eso —dijo el casero—. Hemos abierto la pared y hay más daño del que pensábamos. El fontanero dice que hay que rehacer toda la instalación del baño de arriba, no solo el tramo reventado. Estamos hablando de dos meses, Talia. Puede que dos meses y medio.

Talia se quedó mirando el teléfono un momento después de colgar, con la sensación de que el suelo, que ya le parecía bastante inestable esa semana, acababa de moverse otro poco más.

—¿Todo bien? —preguntó Asher, que había dejado de fingir que ajustaba la cuerda y la miraba directamente por primera vez en varios minutos.

—Dos meses —dijo ella, todavía procesándolo—. Van a ser dos meses sin apartamento, no tres semanas.

Vio cómo la noticia le llegaba a él también, cómo algo cruzaba su cara antes de que la aplastara, como aplastaba todo, con esa calma trabajada de quien lleva años practicando no reaccionar a nada.

Pero no dijo que no. No dijo la palabra que Talia esperaba, la que él decía por defecto a casi todo, la que su abuela le había advertido que sería lo primero que saldría de su boca.

—Entonces supongo —dijo Asher, muy despacio, como si cada palabra le costara un peaje— que va a hacer falta más de un mantel doblado.

Talia se rio, una risa nerviosa que no supo si nacía del alivio o del pánico, y por encima del hombro de Asher, entre las luces de los puestos vecinos que ya empezaban a apagarse tras el último día de feria, le pareció ver a June observándolos desde la distancia con los brazos cruzados y la expresión satisfecha de quien acaba de ganar una apuesta que nadie más sabía que existía.

Dos meses. La palabra le rondó en la cabeza durante todo el camino de vuelta a la casita, mezclada con el sabor de la sidra y el calor todavía presente del hombro de Asher contra el suyo.

Dos meses ya no eran una emergencia pasajera que resolver con una maleta y buena voluntad: eran una temporada entera, suficiente tiempo para que las cosas cambiaran de verdad, para bien o para mal, entre dos personas que ya habían empezado, sin planearlo, a dejar espacio la una para la otra en sus rutinas.

Talia se metió en la cama esa noche sin saber muy bien si la noticia del casero era la peor cosa que le había pasado esa semana o, en secreto, la mejor.

Fuera, en el jardín, la luz del taller de Asher seguía encendida mucho después de que ella hubiera cerrado los ojos, como llevaba encendida cada noche desde que había llegado, y como seguiría estándolo, sospechaba ya sin sorpresa, durante bastante más de tres semanas.

Al otro lado del jardín, Asher se quedó un rato más de lo necesario terminando de guardar las herramientas, con la cabeza todavía puesta en la llamada del casero y en la cara que había puesto Talia al colgar, esa mezcla de pánico y algo parecido al alivio que él conocía demasiado bien de sus propias noches sin dormir.

Pensó en Ivy, brevemente, por primera vez en semanas sin que le doliera del todo, y pensó también, con una claridad que le resultó casi incómoda, que la diferencia entre Ivy y Talia no estaba en las maletas ni en las giras, sino en que una se había ido sin mirar atrás y la otra, por lo que él había visto hasta ahora, era de las que se quedaban a pelear incluso cuando todo se complicaba.

Apagó la última luz del taller pensando que quizás, después de tres años evitando precisamente ese tipo de pensamientos, no le vendría mal dejar entrar uno más.

June, que llevaba media hora observando la escena desde la ventana de su cocina con una taza de té frío entre las manos y la satisfacción tranquila de quien ha sembrado algo hace tiempo y por fin empieza a ver los brotes, apagó también su luz sin decir nada a nadie.

Algunas cosas, había aprendido en setenta y dos años de vida, era mejor dejarlas crecer solas.

Cerró las cortinas de su cocina, apagó la lámpara del pasillo, y subió las escaleras de su casa pensando, con la misma certeza tranquila con la que tejía sus bufandas, que aquella iba a ser una temporada larga, interesante, y con toda probabilidad, memorable para los tres.