Capítulo 4
La Feria de Otoño del Distrito de Alder Creek ocurría el mismo fin de semana todos los años desde que Talia tenía memoria: dos días de puestos de artesanía, música en directo junto al arroyo y suficiente sidra caliente como para hidratar a medio estado.
Este año, además, ocurría exactamente seis días después de la reventón de tubería, lo cual significaba que Talia tenía que sacar adelante un puesto entero de chocolate artesanal sin cocina propia, sin ayudante fija —Renata se había torcido el tobillo bajando las escaleras de su apartamento, un incidente que había descrito por teléfono con un nivel de indignación que sugería que las escaleras lo habían hecho a propósito— y con cuatrocientas veinte calabazas de chocolate todavía por rematar.
—Vas a tener que ayudarme con el puesto —le dijo a Asher el martes, sentada en su rincón habitual de la mesa del taller, en el tono de quien no está pidiendo permiso tanto como informando de un hecho consumado.
Asher levantó la vista de la guitarra que estaba encordando, la misma que llevaba semanas llamando "la de la feria", con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y la resignación que June había descrito como su estado natural.
La feria era, según había averiguado Talia hablando con medio pueblo, la cita comercial más importante del año para cualquier artesano de Alder Creek: dos días de puestos alineados junto al arroyo, turistas de las ciudades cercanas dispuestos a pagar precios de ciudad por objetos hechos a mano, y un ambiente de competencia amistosa que, según Renata, escondía rivalidades de años entre los vendedores de mermelada.
Para Talia representaba, además, la posibilidad de recuperar buena parte de los ingresos perdidos por la inundación.
Para Asher, sospechaba, representaba algo parecido: la guitarra que llevaba meses construyendo no era un encargo, sino una pieza para vender directamente en el puesto, la primera que hacía así en mucho tiempo, sin nombre grabado dentro y sin destino fijado de antemano.
—Yo también tengo puesto en la feria.
—Lo sé. Están uno al lado del otro. Lo he visto en el plano.
—¿Ha mirado el plano de la feria?
—He mirado el plano de la feria porque necesito saber dónde enchufar el hornillo sin electrocutar a nadie, no porque esté planeando nuestro futuro juntos, tranquilo.
Algo parecido a una risa, corta y sorprendida, escapó de Asher antes de que pudiera contenerla, y por un momento pareció tan desconcertado por el sonido como Talia.
—No he dicho eso.
—Lo ha pensado. Se le nota en la cara.
—Mi cara no piensa nada. Es una cara.
—Su cara acaba de reírse, Asher. Estoy presenciando un milagro. Debería anotar la fecha.
—Vete a la mierda —dijo él, pero sin veneno, con algo parecido al principio de una sonrisa todavía enganchado en la comisura de la boca, y siguió encordando la guitarra como si aquello zanjara la conversación.
—Eso ha sonado casi cariñoso —dijo Talia, sin poder resistirse.
—No se acostumbre.
No la zanjó. El miércoles, cargando cajas hacia la furgoneta de June que Asher había accedido a prestarle para transportar las mesas plegables del puesto, Talia descubrió que discutir con él sobre la mejor forma de doblar un mantel podía ocupar, fácilmente, quince minutos de una tarde entera.
—Se dobla por la mitad y ya está —dijo Asher, viendo cómo ella intentaba, sin éxito, conseguir que las esquinas del mantel de su puesto coincidieran.
—Se dobla por la mitad si no te importa que parezca que lo ha doblado un tornado. Yo tengo estándares.
—Tiene un mantel.
—Tengo una marca, Doyle. Cacao Salvaje no sale a la calle con las esquinas torcidas.
—Cacao Salvaje va a salir a la calle con las esquinas torcidas de todos modos, porque lleva usted quince minutos con el mismo mantel y la feria es dentro de dos días.
Talia le lanzó el mantel a la cara, con más suavidad de la que fingió, y él lo atrapó sin esfuerzo con una mano, sin ni siquiera mirar, como quien lleva media vida atrapando cosas que otros lanzan sin pensar.
Lo dobló en cuatro movimientos exactos, perfectos, y se lo devolvió doblado con una expresión que no llegaba a ser sonrisa pero se le acercaba peligrosamente.
—Presuma todo lo que quiera —dijo ella, cogiendo el mantel—, pero esto no compensa lo del taller.
—¿Qué tiene el taller?
—Que nunca me deja tocar sus herramientas y usted acaba de doblar mi mantel sin pedir permiso.
—Un mantel no es una gubia de cuarenta dólares, señorita Marsh.
—Todo es una cuestión de principios, señor Doyle.
Aquella misma tarde, cuando ya habían montado ambos puestos y el sol empezaba a esconderse detrás de los arces, Renata se pasó a hacer una inspección con la pierna todavía vendada y una muleta que manejaba con una soltura sospechosa para llevar solo cuatro días de lesión.
—Bonito puesto —dijo, apoyándose en la mesa de Talia y mirando de reojo hacia el de al lado, donde Asher terminaba de colgar la última guitarra—. Bonito vecino, también. ¿Cuándo pensabas contarme que las cosas habían avanzado tanto que ya os prestáis mantas dobladas?
—No nos prestamos nada. Doblamos manteles en paralelo. Es logística.
—Talia, llevo veinte minutos viéndoos discutir sobre esquinas de tela como si fuera el asunto más importante del mundo, y los dos sonreís todo el rato. Eso no es logística. Eso es coqueteo con vocabulario de ferretería.
—Cállate y ayúdame a colocar las cajas de calabazas antes de que se me acumule todo para el sábado.
—Lo que tú digas. Pero para que conste, pienso decir "os lo dije" en la boda.
—No va a haber ninguna boda, Renata.
—Eso díselo a la cara que se te ha puesto ahora mismo, que no es precisamente la cara de "no va a haber ninguna boda".
Los tres días siguientes, mientras Talia terminaba las calabazas en el taller y Asher pulía el barniz final de su guitarra, la conversación entre los dos fue creciendo en territorio, palabra a palabra, como quien negocia una frontera sin firmar ningún tratado.
Ella le contó, sin que él preguntara directamente, la historia de Grant, el exprometido que había decidido cuatro meses antes de la boda que en realidad quería "encontrarse a sí mismo" en Portland, dejándola con un vestido a medio arreglar y una lista de invitados que tuvo que desmontar llamada por llamada.
Se lo contó con humor, con la distancia que dan dos años, pero Asher, que no era tonto aunque hablara como si lo fuera, notó el filo debajo de las bromas.
—¿Por eso no confía en la gente que se va? —preguntó él, sin levantar la vista del barniz.
—No he dicho que no confíe en nadie.
—No hacía falta que lo dijera.
Talia se quedó con el bol de chocolate a medio remover, sorprendida de que aquel hombre de frases cortas hubiera acertado con una precisión que ni Renata, después de dos años de terapia improvisada con vino barato, había conseguido.
—Puede que tenga razón —admitió, más para sí misma que para él—. Puede que llevo dos años sin confiar del todo en nadie que no sea Renata, y un poco menos en Renata desde que se torció el tobillo por unas escaleras que, según ella, lo hicieron a propósito.
—Las escaleras nunca lo hacen a propósito.
—Eso es justo lo que diría una escalera culpable.
Asher soltó otra vez esa risa corta que parecía sorprenderlo a él más que a nadie, y por un momento el taller se llenó de un tipo de silencio distinto a los anteriores, más ligero, del tipo que se instala entre dos personas que acaban de decidir, sin decirlo en voz alta, que se caen bien de verdad y no solo por circunstancias forzadas de vivienda.
—¿Sabe lo que más me molesta de todo esto?
—dijo Talia, retomando el chocolate—. Que Grant tenía razón en una cosa.
Decía que yo prefería controlar la temperatura de un cazo antes que hablar de lo que sentía.
Y aquí estoy, tres años después, discutiendo con usted sobre manteles para no tener que admitir que esta semana ha sido la primera en mucho tiempo en la que no he pensado ni una sola vez en si estoy sola o no.
Lo dijo casi sin querer, con la misma ligereza con la que hablaba de casi todo, pero notó cómo Asher dejaba la lija quieta un segundo de más antes de responder.
—Puede que Grant tuviera razón en eso —dijo él, despacio—, y puede que también sea la primera semana en tres años en la que yo no he mirado el calendario contando cuánto falta para el aniversario de que Ivy se fuera.
Ninguno de los dos supo qué decir después de eso, así que no dijeron nada, y dejaron que el silencio hiciera el trabajo que ninguna palabra habría hecho mejor.
—¿Y usted? —preguntó, devolviéndole el golpe—. ¿Por eso no vende las guitarras con nombre de mujer?
El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Más largo, más pesado, del tipo que anuncia que se ha llegado al límite de lo que alguien está dispuesto a compartir por hoy.
—Ivy tocaba en una banda que giraba por todo el país —dijo por fin, con la voz plana de quien ha contado la historia pocas veces y prefiere que siga siendo así—. Le hice una guitarra para su cumpleaños. Se fue de gira dos semanas después y no volvió. Ni la guitarra ni ella.
—Lo siento.
—No hace falta. Fue hace tres años. —Dejó la lija sobre la mesa, con un gesto que quería parecer casual y no lo conseguía del todo—. Pero desde entonces no le pongo el nombre de nadie a un instrumento que no vaya a quedarse en un sitio fijo. Es más fácil.
—Eso no suena a fácil. Suena a que ha decidido no volver a arriesgarse.
—Viniendo de la mujer que lleva seis días fingiendo que no le importa que su exprometido esté en Portland "encontrándose a sí mismo", esa frase suena un poco a proyectar, señorita Marsh.
Talia abrió la boca para replicar, no encontró nada lo bastante afilado, y terminó riéndose, una risa genuina que sorprendió a los dos por igual y que quedó flotando en el taller como algo nuevo, algo que ninguno de los dos supo muy bien dónde guardar.