Capítulo 3 #2
Pero durante la primera hora de trabajo compartido, ninguno de los dos consiguió concentrarse del todo.
Talia notaba a Asher observando de reojo cómo templaba el chocolate sobre el mármol, moviéndolo en ochos con la espátula, y él, cuando ella se atrevió a mirar, fingía con muy poca convicción que estaba absorto en el lijado del mástil.
—¿Va a quedarse ahí mirando o piensa preguntarme qué hago? —dijo ella al fin, sin levantar la vista del mármol.
—No estoy mirando.
—Lleva cinco minutos con la misma zona lijada. O es la madera más difícil del mundo o está distraído.
—Es cedro. El cedro requiere paciencia.
—El cedro requiere paciencia, claro. Nada que ver conmigo.
—Nada que ver con usted —dijo Asher, aunque el modo en que volvió a concentrarse de golpe en la lija, con una intensidad sospechosa, sugería más bien lo contrario.
Aprendió cosas de él en esos ratos compartidos, retazos sueltos que Asher soltaba sin darse cuenta, como quien tiene una válvula de seguridad que se abre solo cuando las manos están ocupadas en otra cosa: que su abuelo le había enseñado el oficio en ese mismo taller, que había estudiado dos años de ingeniería antes de dejarlo para volver a Alder Creek, que odiaba el sonido de las sierras eléctricas pero las usaba de todos modos porque cortar a mano cuatro tablas de arce le llevaría un día entero que no tenía.
—¿Por qué dejó la ingeniería? —preguntó Talia, con cuidado, sabiendo que estaba pisando terreno parecido al de las guitarras con nombre.
—Porque construir puentes que nunca vería terminados me parecía más triste que construir guitarras que sí veo terminadas.
—Se encogió de hombros, como quitándole importancia a una decisión que probablemente le había costado una pelea familiar entera—.
Además, mi abuelo se estaba haciendo mayor y alguien tenía que quedarse con el taller.
—Eso es bonito, Doyle. Bajo toda esa fachada de poste de teléfono hay un corazón.
—No se lo diga a nadie. Tengo una reputación que mantener.
Pero durante los dos días siguientes, mientras Talia trabajaba en un extremo de la mesa templando chocolate y Asher trabajaba en el otro lijando el mástil de lo que él llamaba, con el mismo tono neutro que usaba para todo, "la guitarra de la feria", algo cambió de forma casi imperceptible.
Empezaron a compartir el silencio de una manera que no era incómoda.
Ella aprendió que él tarareaba sin darse cuenta cuando estaba concentrado, siempre la misma canción, algo de Johnny Cash que nunca terminaba de identificar.
Él aprendió que ella hablaba sola cuando el chocolate no cooperaba, insultos suaves dirigidos a termómetros y cacao en polvo, y que se mordía el labio inferior cuando estaba a punto de conseguir la textura que buscaba.
—¿Por qué le pone nombre a las guitarras? —preguntó ella el segundo día, señalando una etiqueta con las letras "IVY" escritas a lápiz en el interior de una caja de resonancia recién terminada.
El tarareo se detuvo. Asher no levantó la vista de la lija.
—No es un nombre. Es una inicial de encargo.
—Ya.
—Es verdad.
—No he dicho que no lo fuera.
Pero lo dijo con el tono equivocado, el tono de quien sabe que ha metido el dedo en una herida sin querer, y Asher se quedó tan callado el resto de la tarde que Talia entendió, sin que nadie se lo explicara, que en algún momento de la vida de aquel hombre había existido una Ivy que no era solo una inicial de encargo, y que las guitarras cerradas con ese nombre dentro no salían nunca a la venta.
No volvieron a hablar de ello esa tarde.
Talia terminó de templar su chocolate en un silencio respetuoso, y Asher volvió a tararear, un poco más bajo que de costumbre, la misma canción de siempre.
Pero cuando ella recogía sus cosas para volver a la casita, ya de noche, él le dijo, sin que viniera a cuento de nada:
—Gracias por no seguir preguntando.
—No es asunto mío.
—Eso no ha impedido nunca a nadie preguntar en este pueblo.
—Yo no soy de este pueblo, Doyle. Solo estoy de paso. Tres semanas, ¿recuerda?
—Lo recuerdo —dijo él, y algo en su voz, alguna nota que Talia no supo identificar del todo, hizo que aquellas tres semanas sonaran, por primera vez, como algo que a ninguno de los dos le apetecía especialmente que terminara.
Caminó de vuelta a la casita despacio, sin prisa por llegar, dejando que el aire fresco de la noche le enfriara las mejillas todavía calientes de la vergüenza dulce de haber compartido más de lo que había planeado.
Por la ventana iluminada del taller vio la silueta de Asher, todavía inclinado sobre su mesa de trabajo, y por primera vez desde que había llegado a Alder Creek sintió que aquella luz encendida al otro lado del jardín no era la de un vecino cualquiera, sino la de alguien cuya presencia, sin que ella lo hubiera decidido del todo, se había vuelto parte de la forma en que terminaba sus días.
Se acostó pensando en manteles, en guitarras sin nombre y en tubos reventados, y por primera vez en mucho tiempo, ninguno de esos tres pensamientos le pareció del todo un problema.
Al otro lado del jardín, Asher apagó por fin la luz del taller mucho después de medianoche, se quedó un momento mirando hacia la ventana oscura de la casita, y se sorprendió a sí mismo pensando que las tres semanas que le quedaban a Talia en Alder Creek le parecían, de pronto, un plazo escandalosamente corto.