No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 3
12%

Capítulo 3

Para el tercer día, Talia había establecido una rutina: se levantaba a las seis, cruzaba el jardín en pijama y botas de agua para robar café de la cocina de June —que había vuelto de su viaje a Charleston con una maleta llena de hilo de bordar y opiniones firmes sobre absolutamente todo— y luego se metía en la tienda a batallar con los restos de la inundación y el pedido de Halloween, que ya no eran cuatrocientas calabazas sino cuatrocientas veinte, porque la escuela había decidido, sin consultarla, que el pedido necesitaba una ampliación de última hora.

June resultó ser exactamente la clase de mujer que Talia esperaba de alguien que alquilaba casas sin avisar a su nieto: directa, curiosa hasta el descaro y completamente inmune a cualquier intento de mantener conversaciones superficiales.

—Así que tú eres la chocolatera —dijo la primera mañana, sirviéndole café sin preguntar cuánta azúcar quería—. Y mi nieto ya te ha soltado el discurso del taller, imagino.

—Una regla nada más. Nada de entrar sin avisar.

—Eso es porque perdió un violín entero el año pasado cuando alguien dejó la puerta abierta y entró humedad. Desde entonces trata ese taller como si fuera un hospital de neonatos.

—¿Y usted por qué no me avisó de que le alquilaba la casa antes de hacerlo?

June se rio, un sonido corto y satisfecho, como quien ha ganado una apuesta consigo misma.

—Porque si le pregunto, dice que no. Asher dice que no a todo lo primero que le preguntan. Es su estado natural. Hay que colocarle las cosas ya hechas delante y dejar que se acostumbre.

—Eso suena a manipulación, June.

—Suena a tener setenta y dos años y no tener paciencia para las negociaciones largas, querida. Tómate el café.

—¿Y qué hay de la tal Ivy? —preguntó Talia, con la curiosidad venciendo por un momento al sentido común—. Su nieto tiene una guitarra con ese nombre escrito dentro y una cara de póker que no es normal cuando se la menciona.

La sonrisa de June se apagó un grado, no del todo, pero lo suficiente para que Talia entendiera que había tocado algo que no le correspondía tocar todavía.

—Eso es una historia de Asher —dijo June, con una diplomacia que no encajaba con el resto de su personalidad—.

Si quiere contarla, la contará. Yo lo único que te digo es que ese chico llegó a esta casa hace tres años con dos maletas y sin ganas de hablar con nadie, y ahora tararea mientras trabaja.

Eso ya es un milagro considerable. No lo estropees preguntando antes de tiempo.

—No estoy intentando estropear nada. Solo voy a vivir aquí tres semanas.

—Ajá —dijo June, con el tono de quien ha visto ese mismo error cometido por generaciones enteras de gente joven—. Tres semanas. Claro.

—¿Y qué hay de ti? —preguntó June, cambiando de tema con la misma facilidad con la que cambiaba de aguja al tejer—. ¿Vienes de alguna historia de esas que dejan una guitarra sin nombre por dentro?

—Vengo de una boda cancelada cuatro meses antes de la fecha, si es a eso a lo que se refiere.

—Ah. Uno de esos.

—Uno de esos —confirmó Talia—. Grant decidió que necesitaba "encontrarse a sí mismo" en Portland. Yo decidí que necesitaba encontrarme a mí misma en una cocina sin él, así que en cierto modo los dos salimos ganando.

—Eso suena a algo que dices mucho para que deje de doler.

Talia se quedó callada un momento, sorprendida de que una mujer de setenta y dos años a la que conocía desde hacía menos de una semana hubiera dado, sin esfuerzo aparente, en el mismo clavo que Asher había dado el día anterior.

—Debe de ser cosa de familia —dijo por fin—, eso de decir la verdad incómoda sin que nadie se lo pida.

—Es lo único que se me da mejor que tejer, querida. Aprovéchalo mientras estés aquí. No dura para siempre.

June se levantó a rellenar la tetera, y desde la ventana de la cocina, Talia vio a Asher cruzar el jardín con una carretilla cargada de tablones, deteniéndose un segundo para enderezar una de las estacas del huerto de hierbas descuidado, un gesto pequeño que probablemente ni él mismo había notado hacer y que a Talia, sin embargo, se le quedó grabado con una claridad ridícula.

—Ese huerto lo plantó mi difunto marido —dijo June, siguiendo su mirada sin que Talia hubiera dicho nada—.

Asher lo mantiene con vida desde que murió, aunque él diría que solo lo hace porque le sale más barato que comprar romero en la tienda.

No le creas ni una palabra cuando diga que hace las cosas por razones prácticas.

Es la persona menos práctica que conozco, y hace veinte años que lo digo.

—¿Veinte años? Pensaba que llevaba solo tres viviendo aquí.

—Vivir aquí y ser de aquí son cosas distintas, querida. Ese chico ha sido de esta casa desde que tenía ocho años y su madre lo dejaba conmigo los veranos. Solo que tardó veinte en darse cuenta de que este era el sitio al que quería volver de verdad.

La frase se quedó flotando en la cocina más tiempo del que June, probablemente, había pretendido, y Talia entendió, sin que nadie tuviera que explicárselo con más detalle, que en aquella casa las historias se acumulaban en capas, unas encima de otras, y que ella, con su maleta y sus tres semanas de alquiler, apenas estaba empezando a rozar la primera.

Talia decidió no seguir por ahí, en parte porque no tenía ninguna respuesta digna que dar y en parte porque June ya se había levantado a buscar más azúcar con la actitud satisfecha de quien sabe que ha sembrado algo y puede permitirse esperar.

Talia se lo tomó, y durante los días siguientes descubrió que la afirmación de June sobre el estado natural de su nieto era, en líneas generales, correcta.

Asher decía que no a casi todo por defecto —a hablar más de dos frases seguidas, a las visitas sin previo aviso, aparentemente a la existencia del pequeño talk— pero una vez que algo ya estaba en marcha, lo aceptaba con una especie de resignación práctica que Talia empezaba a encontrar, contra su voluntad, bastante entrañable.

Entre el café de June y el desastre del jueves, se instaló entre los dos una rutina silenciosa que ninguno reconoció en voz alta.

Talia cruzaba el jardín cada mañana con las botas de agua puestas sobre el pijama, y casi siempre se cruzaba con Asher cargando tablas o cajas de herramientas hacia el taller, siempre con un gesto de la barbilla a modo de saludo que ella había empezado, sin admitirlo, a esperar.

Se fijó en cosas que no tenían ninguna importancia y que, sin embargo, se le quedaban grabadas: que se remangaba la camisa siempre hasta el mismo punto del antebrazo, que tenía una cicatriz fina cerca del pulgar izquierdo, resultado probablemente de alguna gubia mal sujetada, y que cuando algo le salía bien —una unión perfecta, un acabado sin marcas— dejaba escapar un asentimiento apenas perceptible, un gesto solo para sí mismo que ella empezaba a esperar ver.

—Está mirándome trabajar —dijo él un día, sin levantar la vista de una pieza de arce que estaba cepillando, la segunda tarde que ella se instaló en su rincón de la mesa con el pretexto de que hacía demasiado viento fuera.

—Estoy templando chocolate. Usted está en mi campo de visión. Son cosas distintas.

—Ajá.

—No se ponga interesante, Doyle. El mundo ya tiene suficientes hombres que se creen interesantes.

—Yo no he dicho que sea interesante.

—Lo ha insinuado con la ceja.

—Mi ceja no insinúa nada. Es una ceja.

—Su ceja es la parte más elocuente de todo su cuerpo, se lo aseguro.

El incidente del fondant ocurrió el jueves.

Talia, sin cocina propia todavía —la tienda seguía oliendo a humedad y el casero había vuelto a posponer la reparación— se había instalado en la cocina de la casa de invitados con dos hornillos portátiles, tres termómetros de precisión y la determinación de alguien que no piensa dejar que un desastre inmobiliario le arruine también su reputación profesional.

El problema fue que templar chocolate a la temperatura exacta requería una cocina sin corrientes de aire, y la casita, con sus techos de madera vista y sus ventanas centenarias, tenía más corrientes de aire que una cueva.

—No, no, no —dijo Talia por segunda vez en esa semana a un objeto inanimado, viendo cómo el chocolate perdía el temple y empezaba a formar esas vetas grises que arruinaban meses de reputación en segundos.

Salió al porche con el bol en las manos, buscando un lugar sin viento, y se topó de bruces —literalmente, con el bol chocando contra su pecho— con Asher, que llevaba una caja de herramientas y cara de estar a punto de decir algo sobre invasión de espacio.

—Perdón —dijo ella, apartándose antes de que él pudiera hablar—. Necesito un sitio sin corrientes de aire y esta casa parece diseñada específicamente para tenerlas todas.

Asher miró el bol, luego a ella, luego otra vez el bol, con la expresión de un hombre calculando estructuras.

—El taller no tiene corrientes —dijo—. Aislé las paredes yo mismo el año pasado. Por la madera.

—Su regla número uno es que no puedo entrar en el taller.

—Mi regla número uno es que no puede entrar sin avisar. —Hizo una pausa, como si la frase le costara admitirla—. Está avisando.

—Eso ha sido usted invitándome, técnicamente.

—No lo convierta en algo más complicado.

Talia sonrió, la primera sonrisa de verdad que le dedicaba desde que había llegado, y lo siguió hasta el taller.

Por dentro olía a barniz y a madera de cedro, un olor cálido que no tenía nada que ver con la humedad de su tienda, y en las paredes colgaban guitarras a distintas fases de terminación, algunas solo el esqueleto de la caja, otras ya pulidas y esperando cuerdas.

Asher despejó un rincón de la mesa de trabajo, alejado de las virutas, y le indicó con la barbilla que podía instalarse ahí.

—Gracias —dijo Talia, sorprendida de decirlo en serio.

—No se acostumbre.