No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

El hombre medía, calculó Talia, más o menos lo mismo que la puerta del taller, y tenía el tipo de antebrazos que solo se consiguen tras años de sujetar madera contra una prensa.

Llevaba el pelo oscuro un poco largo, como quien no tiene tiempo ni ganas de pensar en cortárselo, y la miraba con la expresión de alguien que acaba de descubrir una gotera en el techo de su propia vida.

—Soy Asher —dijo, aunque sonó más a advertencia que a presentación—. Y mi abuela tiene la costumbre de alquilar cosas sin decírmelo.

—Bueno, técnicamente es su casa.

—Técnicamente. —Se cruzó de brazos—. También es técnicamente mi problema cuando aparece gente desconocida en mitad de la noche con llaves que yo no le he dado.

—Son las ocho, no medianoche. Y no soy gente desconocida, soy la de la tienda de chocolate de la calle principal. Puede preguntarle a media Alder Creek.

—No conozco a media Alder Creek. Conozco madera.

—Vaya. Qué vida tan plena.

—Es una vida tranquila.

—Nadie ha dicho lo contrario. Solo he dicho que es plena. De madera.

Algo parecido a media sonrisa cruzó la cara de Asher antes de que la aplastara con la misma eficacia con la que aplastaría un mosquito.

—¿Siempre habla así con los desconocidos que le complican la noche?

—Solo con los que me reciben acusándome de conspirar con su abuela. En circunstancias normales soy encantadora. Pregúntele a mis clientes.

—No conozco a sus clientes.

—No conoce a nadie, por lo visto. Solo madera.

—Mire —dijo Talia, cambiando el peso de una pierna a otra porque llevaba dos horas de pie y no pensaba disculparse por existir en un sitio donde su madre le había dicho que era bienvenida—, se me ha reventado una tubería, tengo la cocina de la tienda inundada, un pedido de cuatrocientas calabazas de chocolate que entregar en tres días y ningún sitio donde dormir.

Su abuela me ha ofrecido la casa de invitados.

Si tiene un problema con eso, hable con ella.

Yo solo necesito un sitio donde dejar una maleta esta noche.

Asher la miró un momento más de lo estrictamente necesario, como si estuviera calculando si merecía la pena seguir discutiendo o si era más eficiente rendirse.

Debió de concluir que era más eficiente rendirse, porque suspiró de esa manera particular con la que los hombres altos suspiran cuando algo les resulta inevitable.

—Tres semanas —dijo.

—Eso me han dicho.

—La casa tiene calefactor propio, así que no tiene que venir a la casa grande a por nada. El wifi es el mismo para las dos casas, la contraseña está pegada dentro del armario de la cocina, no me pregunte por qué ahí. Y hay una regla.

—Solo una. Qué generoso.

—No entre en el taller sin avisar. Tengo instrumentos ahí que llevan meses secándose y una vibración de más los puede echar a perder.

—No pensaba entrar en su taller, señor Doyle. Tengo mis propios problemas de humedad de los que preocuparme.

Eso pareció sorprenderlo lo suficiente como para no responder de inmediato.

Talia aprovechó el silencio para coger su maleta del coche, seguir el sendero de piedras hasta la casita y, con una sensación de alivio que no esperaba, cerrar la puerta detrás de ella dejando fuera al hombre, el taller, la conversación entera y, con suerte, cualquier otro incidente por esa noche.

La casa era, tenía que admitirlo, más bonita de lo que había imaginado: techos de madera vista, una chimenea pequeña, una cocina diminuta pero funcional y una ventana sobre el fregadero desde la que se veía el arroyo, negro y brillante bajo la luna.

En una estantería junto a la chimenea encontró una hilera de fotos antiguas en marcos desiguales —una boda en blanco y negro, un niño con una guitarra más grande que él, June de joven con un vestido de flores— y entendió que aquella casita, antes de ser un alquiler de tres semanas para una chocolatera en crisis, había sido un hogar de verdad para gente de verdad, lo cual, por alguna razón que no supo explicarse, la hizo sentir un poco menos intrusa.

Dejó la maleta en el dormitorio, se sentó en el borde de la cama y por primera vez en todo el día se permitió pensar en la palabra que llevaba horas evitando: desastre.

Sacó el teléfono, hizo una lista de las tareas del día siguiente —llamar otra vez al casero, rescatar lo que quedara de género en la tienda, empezar de cero con las calabazas dañadas— y, cuando ya no le quedó nada más que organizar, se permitió por fin llorar un poco, en silencio, con la cara hundida en una almohada que olía a detergente de lavanda y a casa de otra persona.

Se le pasó rápido. Siempre se le pasaba rápido.

Era una de las pocas cosas de las que estaba orgullosa de sí misma: la capacidad de derrumbarse durante exactamente los minutos necesarios y luego levantarse a seguir funcionando, como si el cuerpo tuviera un temporizador incorporado para la autocompasión.

Su teléfono vibró. Renata.

«¿Sobreviviste al encuentro con el luthier gruñón del pueblo?»

«Vivo. Apenas. Se llama Asher y tiene una sola regla, que por supuesto es sobre su preciado taller.»

«¿Está tan bueno como dicen?»

«No he venido a evaluar a nadie, Renata. He venido a dormir y a salvar cuatrocientas calabazas de chocolate.»

«Eso no es un no.»

Talia dejó el teléfono boca abajo sobre la mesilla, decidida a no darle a Renata la satisfacción de una respuesta, y decidida también, con menos éxito, a no pensar en los antebrazos del vecino ni en la forma en que había dicho "técnicamente" como si la palabra le costara un esfuerzo físico.

Antes de eso, sin embargo, aprovechó la primera hora de luz para explorar un poco los alrededores de la casita, con una taza de té de hierbas caducado en la mano y la excusa, más para sí misma que para nadie, de que necesitaba "conocer el terreno".

El jardín trasero bajaba en pendiente suave hasta el arroyo, bordeado de un huerto de hierbas descuidado que alguien había plantado con cariño hacía años y que nadie había tenido tiempo de mantener desde entonces.

Encontró un cobertizo pequeño lleno de herramientas de jardinería oxidadas, un columpio colgado de la rama más gruesa de un roble centenario, y, junto al arroyo, una piedra plana lo bastante grande como para sentarse que alguien, en algún momento, había usado tanto que la superficie estaba pulida como el mármol de su propia mesa de trabajo.

Se sentó ahí un momento, escuchando el agua —que por primera vez en dos días le pareció un sonido agradable en vez de una amenaza— y pensó que quizás, si conseguía sobrevivir a las tres semanas siguientes sin quemar nada ni ofender demasiado al vecino gruñón, aquel podría ser un sitio al que echar de menos cuando todo volviera a la normalidad.

A eso de las tres de la madrugada, Talia se despertó de golpe convencida de que algo goteaba en algún lugar de la casita, el corazón latiéndole con la fuerza de quien acaba de revivir el peor momento del día anterior en sueños.

Tardó un minuto entero, sentada en la oscuridad con la respiración todavía acelerada, en darse cuenta de que el goteo era real, pero venía de fuera: la lluvia había empezado otra vez, suave esta vez, golpeando el tejado de la casita con un ritmo que no tenía nada que ver con tuberías reventadas.

Se rio de sí misma, en voz baja, por lo absurdo de haber desarrollado en veinticuatro horas una especie de trauma agudo hacia cualquier sonido de agua, y volvió a dormirse pensando que si aquella semana la dejaba con secuelas permanentes, al menos tendría una buena anécdota que contar en las cenas.

A la mañana siguiente se despertó del todo con el sol entrando de lleno por una ventana que no había pensado en cerrar con cortina, y con el sonido, otra vez, de algo siendo lijado con paciencia infinita.

Se vistió, calculó mentalmente cuántas calabazas de chocolate le quedaban por terminar, y salió a la cocina de la casita a preparar café, solo para descubrir que no había cafetera, ni café, ni absolutamente nada en los armarios salvo un bote de miel y una caja de té de hierbas que llevaba, a juzgar por la fecha, más tiempo en ese armario que ella con vida.

—Genial —murmuró—. Perfecto. Voy a sobrevivir tres semanas a base de té caducado y fuerza de voluntad.

Salió al porche con la intención de ir directa al coche y comprar café en el pueblo, pero se topó con Asher, que cruzaba el jardín con una tabla de madera bajo el brazo y una taza humeante en la otra mano.

Se detuvo al verla, con esa misma expresión de quien preferiría estar en cualquier otro sitio.

—Buenos días —dijo Talia, con el tono más amable que pudo reunir, que no era mucho antes del café.

—Hay una cafetera en la casa grande —dijo él, sin ningún preámbulo—. Mi abuela vuelve mañana. Hasta entonces, la cocina es suya si la necesita.

—¿Eso es una regla número dos o una tregua?

—Es café —dijo Asher, ya alejándose hacia el taller—. No lo convierta en algo más complicado.

—Todo lo que dice suena a advertencia. ¿Le han dicho alguna vez que parece la señal de un cruce ferroviario? Pare, mire, escuche, no lo convierta en algo más complicado.

Eso le arrancó, por segunda vez en doce horas, algo parecido a una sonrisa, aunque Asher la disimuló agachando la cabeza hacia la tabla de madera como si de repente le interesara mucho el veteado.

—La cafetera está a la izquierda del fregadero. Las tazas, en el armario de arriba. No las de cristal soplado, esas son de mi abuela y tiene sentimientos muy específicos sobre quién las usa.

—¿Sentimientos específicos sobre tazas? Empiezo a entender de dónde saca usted el encanto familiar.

—Buenos días, señorita Marsh.

—Buenos días, señor "no lo convierta en algo más complicado".

—Tiene un problema serio con los apodos, señorita Marsh.

—Tengo un problema serio con la gente que responde con cinco palabras cuando se le hace una pregunta sencilla. Los apodos son mi forma de compensarlo.

Se quedó un momento más en el porche después de que él desapareciera, con la taza vacía todavía en la mano, escuchando el sonido lejano de la sierra arrancando dentro del taller y el canto de algún pájaro que no supo identificar entre los arces.

Por primera vez desde que había llegado a Alder Creek, el silencio del lugar no le pareció incómodo ni impuesto, sino el tipo de silencio que una elige quedarse a escuchar un rato más de lo estrictamente necesario.

Talia se quedó mirando cómo desaparecía por la puerta del taller, con la tabla de madera bajo el brazo como si fuera lo más natural del mundo, y pensó que, de todas las versiones posibles de aquel desastre de tubería reventada, aquella —con café gratis y un vecino que hablaba en frases de cinco palabras— probablemente no era la peor.

Esa noche, ya en la casita, con una taza de té de hierbas caducado que resultó ser bastante más soportable de lo que había temido, Talia llamó a Renata para hacer balance del día.

—Cuéntame algo bueno —dijo Renata, que sonaba como si tuviera el pie en alto y una copa de vino en la mano, probablemente las dos cosas—. Necesito algo bueno. Llevo todo el día limpiando moho de las baldas.

—El casero dice que la reparación empieza el lunes. Tres semanas, como mucho.

—Eso no es lo bueno que estaba buscando. Cuéntame del luthier.

—No hay nada que contar del luthier.

—Talia.

—Renata.

—Llevas contándome cosas del luthier desde que has abierto la boca. "El luthier dijo esto", "el luthier me miró así", "el luthier tiene una regla sobre la puerta del taller". Eso es contenido, amiga mía, y mucho.

—Es información logística. Vivo al lado de su taller. Es relevante saber sus normas.

—Ajá. ¿Y es relevante saber si tiene los brazos tan bien como dicen las malas lenguas del mercado de los sábados?

—No pienso responder a eso.

—Eso tampoco es un no.

Talia colgó riéndose, negando con la cabeza a la oscuridad de la habitación, y se metió en la cama pensando que Renata tenía un don particular para señalar exactamente las cosas de las que Talia prefería no darse cuenta.