No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

—Solo digo que la última vez que dijiste eso, el horno de tu abuela terminó con una capa de caramelo que tardamos un año en quitar.

—Aquello fue un incidente aislado.

—Aquello fue un martes cualquiera, cariño. Contigo todo es un incidente aislado.

—¿Puedes al menos decirme algo de este nieto antes de que me presente en su jardín con una maleta? —preguntó Talia, ya resignada—. ¿Es simpático? ¿Muerde?

—Dicen que es callado. Serio. Hace guitarras preciosas, según Marge, que le compró una a su marido por su aniversario y todavía no se la ha dado porque dice que es demasiado bonita para regalarla.

—Eso no responde a si muerde.

—Cariño, tienes veintinueve años y le vas a alquilar una casita a su abuela, no vas a casarte con él. Respira.

—Nadie ha hablado de casarse con nadie. Solo pregunto si voy a sobrevivir tres semanas de vecindario.

—Vas a sobrevivir. Lo que no sé es si él va a sobrevivir a ti, con esa manía tuya de hablar con los electrodomésticos como si te entendieran.

—Le hablo al chocolate, mamá, no a la tostadora. Hay una diferencia científica importante.

—Lo que tú digas, cariño. Avísame cuando llegues.

Colgó con la sensación de que su vida, que hacía un rato tenía forma de tienda de chocolate ordenada y previsible, se había convertido de golpe en una serie de decisiones tomadas por otras personas.

Miró el cubo, que ya iba por la tercera muda de agua marrón, y decidió que había cosas peores que dormir un mes en la casa de invitados de una señora que hacía punto y vivía al lado de un taller de guitarras.

Peores, por ejemplo, era quedarse sin techo.

O que su chocolate se echara a perder por la humedad.

O escuchar a su madre decir "te lo dije" durante los próximos veinte años.

El casero llegó a las siete, revisó el techo con una linterna y una expresión de quien preferiría estar en cualquier otro sitio del planeta, y confirmó lo que Talia ya sabía: la reparación llevaría semanas, no días, y hasta entonces la cocina de la tienda quedaría fuera de servicio para cualquier cosa que requiriera precisión térmica.

Le ofreció, como gesto de buena voluntad, descontarle el mes de alquiler, oferta que Talia aceptó con la misma cara de circunstancias con la que se acepta un regalo que no compensa ni de lejos el problema que lo ha causado.

—Al menos la tarta de los Whitfield está a salvo —dijo Renata, ya con el abrigo puesto y las llaves en la mano, cuando por fin se quedaron solas otra vez—. Eso hay que celebrarlo. O llorarlo. A estas alturas ya no distingo bien la diferencia.

—Vete a casa, Renata. Ya has hecho suficiente por hoy.

—¿Y tú? ¿Vas a quedarte aquí llorándole al techo?

—Voy a ir a dejar mis cosas a la casa de invitados de una desconocida que hace punto, conocer a su nieto huraño, y luego sí, probablemente le voy a llorar un poco al techo. Pero al mío, no al de la tienda, que ya ha sufrido bastante hoy.

Renata la abrazó, un abrazo rápido que olía a coco y a jornada larga, y se marchó dejando a Talia sola con el cubo, el silencio de la tienda a medio inundar, y la sensación incómoda de que su vida, tan cuidadosamente construida durante cuatro años, acababa de quedar en manos de un fontanero, una tubería centenaria y la generosidad imprevista de una desconocida.

Cerró la tienda esa noche con el cubo todavía goteando un ritmo constante, cogió las llaves de la casa de invitados que June le había dejado con el vecino de al lado —una mujer entusiasta de las plantas que insistió en explicarle la genealogía completa de sus geranios antes de soltar el manojo— y condujo hasta el otro extremo del pueblo, donde las calles dejaban de tener aceras y empezaban a tener grava.

Antes de arrancar el coche, se permitió un minuto entero sentada en el asiento del conductor, a oscuras, respirando despacio como le había enseñado una vez una clienta que resultó ser instructora de yoga y que pagó dos docenas de trufas con una clase gratuita que Talia nunca llegó a usar hasta ese preciso momento.

Cuatro días. Tenía cuatro días para reorganizar toda su vida, y aquella noche, con una maleta en el maletero y una dirección desconocida en el navegador, empezaba oficialmente la cuenta atrás.

El camino hasta la propiedad de los Doyle serpenteaba junto al arroyo que le daba nombre al pueblo, dejando atrás las últimas farolas y adentrándose en un tramo de grava flanqueado de arces que empezaban a teñirse de naranja.

Talia bajó la ventanilla un momento, dejando entrar el olor a hojas húmedas y a leña de alguna chimenea lejana, y por primera vez en todo el día sintió que el nudo del pecho se aflojaba un poco.

Fuera lo que fuera lo que la esperaba al final de aquel camino, al menos no goteaba.

El taller de los Doyle apareció al final del sendero, un edificio de madera oscura con un letrero descolorido que decía DOYLE — LUTHERÍA desde, calculó Talia, más o menos la fundación del pueblo.

Detrás, siguiendo un sendero de piedras, estaba la casa de invitados: pequeña, de tejado a dos aguas, con una luz encendida en la ventana de la cocina que no debería estar encendida si el sitio llevaba meses vacío.

Llamó a la puerta principal, la de la casa grande, porque le pareció de mala educación entrar en la casita sin avisar a nadie primero. Nadie respondió. Del taller, sin embargo, salía luz y un sonido rítmico, como alguien lijando algo con paciencia infinita.

Se acercó. La puerta del taller estaba entreabierta.

—¿Hola? —dijo, asomando la cabeza—. ¿June?

El lijado se detuvo. Una voz al otro lado de una hilera de guitarras colgadas del techo, grave y con la textura de quien no ha hablado en varias horas, respondió:

—June no está.

—Ah. Perdón, soy Talia, la de la tienda de chocolate. Su... su abuela, supongo, me ha alquilado la casa de invitados por unas semanas. Iba a dejar mis cosas esta noche si no hay problema.

Silencio. Un silencio largo, del tipo que en la ciudad se consideraría maleducado y en Alder Creek se consideraba simplemente carácter.

—Hay problema —dijo por fin la voz, y un hombre salió de detrás de las guitarras limpiándose las manos con un trapo que ya había dejado de ser útil para limpiar nada—. El problema es que a mí nadie me ha dicho nada.