No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2) Capítulo 1
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No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2)

No se aceptan visitas… ni bombones (Comedia romántica 2)

Por Ingrid Solver

© inepub.com

Capítulo 1

No se aceptan visitas… ni bombones

Ingrid Solver

A las seis y media de la mañana, cuando el resto de Alder Creek todavía dormía, Talia Marsh ya llevaba una hora despierta comprobando la temperatura de un cazo de chocolate al baño maría con la misma concentración que otras personas reservan para desactivar bombas.

Treinta y un grados. Ni uno más. Si se pasaba de treinta y dos, el chocolate perdía el brillo y aparecían esas vetas grisáceas que a ojos de cualquier cliente normal pasarían desapercibidas y que a ella le arruinarían la mañana entera.

Había abierto Cacao Salvaje hacía cuatro años, con los ahorros de una vida anterior en una pastelería de Charlotte donde nadie apreciaba el trabajo de verdad, y desde entonces había convertido cada bombón que salía de esa cocina en una especie de examen que se ponía a sí misma todos los días.

Aquella mañana tenía, además del pedido de Halloween para la escuela, el encargo de la tarta de bodas de los Whitfield —un pastel de tres pisos cubierto de flores de chocolate que llevaba dos semanas moldeando pétalo a pétalo— y una cita a las cuatro con un fotógrafo de la revista local que quería hacer un reportaje sobre "pequeños negocios con alma", una frase que a Talia le sonaba a que iban a fotografiarla sudando delante de un horno y hacerla parecer una santa en vez de una mujer que llevaba tres años sin vacaciones.

Todo eso estaba en su cabeza, ordenado en una lista mental con la precisión de un plano de vuelo, cuando oyó el primer goteo.

Al principio pensó que era la máquina de café, que llevaba semanas haciendo ruidos raros.

Luego pensó que era la lluvia de la noche anterior colándose por alguna rendija, cosa molesta pero manejable.

Solo cuando levantó la vista y vio la mancha extendiéndose por el techo como una nube de tormenta en cámara lenta entendió que aquello no era ni la cafetera ni la lluvia, sino algo bastante más serio, y que además estaba exactamente encima de la mesa donde tenía extendidas cuatrocientas calabazas de chocolate para el pedido de la escuela primaria.

—No —dijo en voz alta, como si el agua fuera a hacerle caso—. No, no, no.

El agua no le hizo caso. Siguió cayendo, ahora con más ganas, como si llevara toda la tarde esperando el permiso de Talia para arruinarle el día.

Cogió el cubo de fregar, lo puso debajo del chorro y se quedó mirando cómo el plástico azul se llenaba a una velocidad que no auguraba nada bueno.

Encima de su cabeza, en el apartamento que llevaba dos años alquilando sobre la tienda, algo llevaba goteando desde por la mañana.

Ahora ese algo había decidido que gotear era poco ambicioso y se había pasado directamente a las cataratas del Niágara.

—Renata —gritó hacia la trastienda—, ven a ver esto y dime que no es tan grave como parece.

Renata Sokol apareció con las manos llenas de virutas de coco y la cara de alguien que ya sabe que va a tener que mentir.

—Es exactamente tan grave como parece —dijo, mirando el techo—. Puede que un poco peor. Mira esa mancha, tiene forma de estado de Florida.

—No necesito un mapa, Renata. Necesito que esto pare.

—Yo solo informo.

Entre las dos consiguieron salvar la mayoría de las calabazas moviendo la mesa dos metros hacia la izquierda, aunque un tercio de ellas quedó con un brillo apagado que Talia sabía que nadie más notaría pero que a ella la perseguiría en sueños durante días.

Renata, mientras tanto, había cogido todas las toallas del cuarto de baño de la trastienda y las había dispuesto en el suelo formando una especie de dique improvisado que contenía el agua con una eficacia sorprendente para haber sido diseñado en menos de cuatro minutos.

—¿Y la tarta de los Whitfield? —preguntó Renata, ya con las manos en las caderas evaluando daños—. Está en la nevera grande, ¿verdad? Lejos de todo esto.

—Está a salvo. Es lo único que está a salvo. —Talia se sentó encima de la única silla que no tenía nada debajo goteando—. El fotógrafo de la revista viene a las cuatro. Le va a encantar el reportaje. "Pequeño negocio con alma y con inundación." Va a ser precioso.

—Podemos cancelarlo.

—No podemos cancelar nada, Renata, tenemos una boda el sábado. —Se pasó las manos por la cara—. Vale. Vale. Necesito que canceles al fotógrafo, que muevas todo lo que quede seco a la nevera grande y que reces a quien tú le reces para que el casero conteste el teléfono antes del mediodía.

—Yo le rezo a la cafeína, pero puedo intentarlo con algo más ambicioso.

Llamaron al casero, que llegó cuarenta minutos después con la misma cara de quien acaba de enterarse de que le ha tocado un problema y no un premio.

Diagnóstico: la tubería principal del baño de arriba, la del apartamento de Talia, se había reventado en algún punto de la pared, y el agua llevaba horas colándose entre los tablones hasta llegar a la tienda.

La reparación, dijo, con el optimismo de alguien que no iba a pagar la factura, llevaría entre dos y tres semanas.

"Como mucho", añadió, lo cual en el idioma de los caseros significaba entre un mes y nunca.

—Tres semanas —repitió Talia, sentada en un taburete de la cocina con el cubo ya lleno a su lado—.

Tres semanas sin apartamento y con la cocina de la tienda hecha un desastre justo cuando tengo que sacar el pedido de Halloween, el de la boda del sábado y, ah, sí, montar todo el puesto para la feria de Alder Creek.

Estupendo. Fenomenal. Voy a escribirle una carta de agradecimiento al universo.

—Podrías quedarte en mi casa —ofreció Renata—, pero mi sofá tiene resortes con opiniones propias y mi gato te odiaría en cuestión de horas.

—Tu gato me odia ya.

—Cierto. Pero ahora tendría motivos de peso.

Talia se frotó la cara con las dos manos.

Fuera, en la calle principal de Alder Creek, la gente pasaba con paraguas y bolsas de la panadería, ajena por completo a que su chocolatera de cabecera estaba teniendo una crisis existencial de dimensiones bíblicas.

Miró el reloj: las cinco de la tarde. Tenía cuatro días para reorganizar su vida entera y ningún sitio donde meter ni su cuerpo ni sus moldes de silicona.

Se quedó un rato más sola en la tienda después de que Renata se fuera a por más toallas limpias, mirando el letrero pintado a mano de CACAO SALVAJE que colgaba sobre el mostrador, el mismo que había pintado ella misma la primera semana de apertura, subida a una escalera prestada y con más ilusión que puntería.

Cuatro años de sábados sin descanso, de pedidos entregados a tiempo aunque fuera arrastrándose, de clientas que volvían solo por el bombón de lavanda que Talia se negaba a quitar del menú aunque casi nadie más lo pidiera.

Todo eso, pensó, no se iba a desmoronar por una tubería, por muy escandalosa que fuera la fuga.

Se lo repitió varias veces, como un mantra, hasta que casi se lo creyó del todo.

A media tarde, con la tienda ya oliendo más a humedad que a chocolate, Talia se encerró en la cámara frigorífica un momento solo para comprobar que la tarta de los Whitfield seguía intacta.

Las flores de chocolate blanco brillaban bajo la luz fría, perfectas, ajenas por completo al caos que las rodeaba, y por un segundo Talia sintió el impulso ridículo de hablarle a la tarta como si fuera una superviviente de guerra.

—Tú sí que vas a llegar entera al sábado —le dijo—. Ojalá pudiera decir lo mismo del resto de mi vida.

Salió de la cámara con la moral ligeramente reforzada y se topó con Renata, que sostenía el teléfono con la mano tapando el micrófono y una expresión de quien está a punto de dar una noticia que sabe que no va a gustar.

—Es el casero —susurró—. Dice que puede pasarse hoy a evaluarlo, pero que no puede prometer nada hasta mañana.

También ha preguntado, cito textualmente, "si el seguro de la tienda cubre daños de agua o si eso ya lo tenéis solucionado vosotras", lo cual me hace pensar que no tiene ni idea de si su propio seguro cubre nada.

—Genial. Absolutamente genial. Dile que venga, que lo espero con una calabaza de chocolate ligeramente deformada de bienvenida.

—¿Y lo del apartamento?

—Lo del apartamento —dijo Talia, sentándose por fin, con la energía de alguien que lleva ocho horas de pie sin haber comido nada más sólido que una trufa de prueba— es un problema que voy a resolver después de resolver este, porque si intento resolver los dos a la vez me va a dar algo.

Fue su madre quien encontró la solución, o más bien quien la impuso, con esa autoridad tranquila que solo tienen las madres cuando han decidido algo sin consultarlo.

—June tiene la casa de invitados vacía —dijo por teléfono, como si acabara de resolver la crisis del canal de Panamá—. Detrás del taller. Se la alquiló el año pasado a aquella pareja de artistas y ahora está libre. Le he preguntado y dice que encantada.

—¿June la de la tienda de lana?

—June Doyle. La del taller de guitarras, cariño, la que hace los conciertos de verano en el jardín. Vive con su nieto, aunque él está más en el taller que en la casa. Es un sitio precioso, con vistas al arroyo.

—¿Y el nieto no tendrá algo que decir?

—El nieto no paga el alquiler de la casa de invitados, así que no veo por qué tendría voto.

Talia no conocía a June Doyle más que de saludarla en el mercado de los sábados, pero conocía Alder Creek lo suficiente como para saber que un sitio bonito con vistas al arroyo, disponible en cuatro días y sin depósito de tres meses, no era algo que se pudiera rechazar por orgullo.

Del nieto no sabía nada, salvo que hacía guitarras y que, según el rumor general del pueblo, hablaba con la gente aproximadamente lo mismo que un poste de teléfono.

—Vale —dijo, rindiéndose—. Dile a June que sí. Dile que le llevaré una caja de bombones como agradecimiento y que prometo no quemar nada.

—Eso último no se lo prometas si no estás segura de poder cumplirlo.

—Mamá.