No quiero pedir perdón CAPÍTULO 33 #3
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CAPÍTULO 33 #3

Ella sabe que no puedo. Debo regresar para seguir con mis ensayos. Fue un milagro lograr tener esta semana libre.

—Cuando termine la gira, vamos a tomar un descanso un poco más largo, y podremos irnos de vacaciones juntos.

—No me malinterpretes. Sé que no nos podemos quedar más tiempo. He tenido mucho trabajo estas últimas semanas, entre la universidad y mi siguiente libro. Estoy agotada.

Bajo las ventanillas un poco para sentir la brisa fresca mientras vamos camino a la que será nuestra casa por los siguientes tres días.

Sarang me cuenta cómo han sido sus días. Sobre sus estudiantes en la universidad y sus compañeros de trabajo. También sobre lo bloqueada que se siente con su nueva novela, y que espera que estos días lejos de su computadora le ayuden a que su mente encuentre claridad para seguir escribiendo.

Nos detenemos un rato en un mirador que hay en el camino.

No hay nadie más, por lo que, al bajar del auto, me atrevo a tomarla de la mano y abrazarla mientras observamos juntos el mar azul que bordea la isla.

Le comparto algunas historias que mis abuelos todavía me cuentan, a pesar de haberlas escuchado infinidad de veces.

Antes de llegar a la casa, nos detenemos en un supermercado para que ella compre algunos snacks. Terminamos comprando también cerveza y soju.

Debemos pasar cerca de la casa de mis abuelos para llegar a nuestro destino, por lo que, al pasar frente a donde viven, le señalo la casa a Sarang.

La casa que alquilé es una villa privada, ubicada casi al final del pueblo. Tiene espacios abiertos y ventanales de techo a piso, con una vista al mar impresionante.

Hallim-eup es un lugar vacacional, pero bastante tranquilo. Hemos venido a mitad de semana para encontrar menos gente, ya que, con la pronta llegada del verano y lo fácil que es tomar un vuelo, mucha gente viene a pasar los fines de semana.

Cuando le mostré a Sarang las fotos de la casa, me dijo que era demasiado grande para solo nosotros dos, y tenía razón, pero al final decidí alquilarla.

Desde afuera es impresionante, pero al abrir la puerta principal veo la cara de asombro de ella. Se quita los zapatos en la entrada y comienza a recorrerla, mientras yo llevo las compras a la cocina y también voy por su maleta, que se quedó en el auto.

—Hay una tina enorme en la habitación y tiene vista al mar —menciona.

—Ven.

Le extiendo la mano y ella la toma. La acerco a mí, rodeo su cintura y, sin mucho preámbulo, me apodero de sus labios.

Quiero darle todos los besos que pueda durante estos días en los que puedo compartir con ella sin reservas.

Ella se aferra a mis brazos y luego me acaricia la espalda con movimientos suaves, y nos besamos de la misma forma.

Despacio, sin prisa, disfrutando de este momento juntos.

Con unos besos suaves, me separo lentamente. Si no me detengo ahora, no podré soltarla.

—Ve a ponerte cómoda mientras yo acomodo lo que compramos. Traje vino, ¿quieres una copa?

—Estaría bien. —Me da un beso rápido en los labios—. Ya regreso.

La veo subir las escaleras y tengo una mezcla de sentimientos que no creo haber sentido antes.

Termino de arreglar todo y sirvo dos copas de vino.

Mientras la espero, me siento en uno de los sofás y observo el mar calmado.

Hace mucho tiempo que no me sentía tan tranquilo.

En ocasiones pienso en cómo será cuando llegue el momento de retirarme de los escenarios.

Son muy pocos los grupos que han resistido el paso del tiempo, luego de que sus miembros lleguen a cierta edad.

Tal vez me queden unos diez o quince años más.

¿Cómo será mi vida en ese momento? He dedicado la mitad de mi vida al mundo del espectáculo.

¿Me habré casado? ¿Tendré hijos? Anhelo ambos, pero, ¿seré capaz de cuidarlos y protegerlos como se merecen?

Un sonido me alerta. Sarang está en los últimos escalones de la escalera, con su celular en la mano, en dirección hacia mí, y le sonrío.

—Te ves tan tranquilo.

—Así me siento ahora mismo.

La invito a sentarse junto a mí. Cuando lo hace, la abrazo, y ella se pega a mi costado; siento su respiración en mi cuello. Nos quedamos en silencio durante un largo rato. Solos los dos, disfrutando de la calma.

—Voy por el vino.

Me levanto y voy a la cocina por las copas que ya tengo servidas. Al regresar, le entrego una y me vuelvo a sentar a su lado. Hacemos un pequeño brindis y bebemos.

—¿Tus abuelos siempre han vivido aquí?

—No, vivían a las afueras de Seúl. Cuando regresé a Corea para ser trainee, viví con ellos.

Mis padres estaban en Estados Unidos. Cuando comencé a trabajar, me dijeron que ya habían terminado su labor.

Bastante ardua, diría yo, porque, luego de criar a sus hijos y que ya todos estuvieran casados y con hijos, les tocaba terminar de criar a un adolescente que quería ser cantante.

—Hicieron un buen trabajo. —Sonríe.

—Al principio no entendían qué era todo eso de ser parte de un grupo y entrenar por años. Pero la primera vez que me vieron en la televisión, creo que todos los vecinos se enteraron.

Ambos reímos.

—A mi abuela le gusta que le cante canciones de trot.

—¿En serio? No logro imaginarlo. —Coloca la copa en una mesita que hay al lado del sofá.

Comienzo a cantar una de las canciones de Na Hoon-a que a mi abuela le gusta tanto. Sarang para de reír y comienza a aplaudir de lado a lado. Al terminar, aplaude con entusiasmo. Le canto un verso de una canción de Joo Hyun-mi que me gusta a mí. Un gusto adquirido de la abuela.

—Tu abuela debe disfrutar mucho cuando le cantas.

—Yo también lo hago. Soy consciente de que un día ya no estarán, y son los momentos como estos los que se quedarán siempre en mi memoria.

—Es una manera única de recordar a tus seres queridos.

—Ya te he contado algo que muy pocos saben. Ahora es tu turno.

Lo piensa durante unos segundos y toma su celular.

La observo mientras busca en su galería.

Al cabo de unos segundos me muestra un vídeo.

En él hay un grupo de chicas bailando lo que parece una danza tradicional, pero no logro identificar de dónde.

Me sorprende la capacidad que tienen de disociar su cuerpo.

Mueven las caderas a una velocidad vertiginosa mientras su tronco se mantiene inmóvil.

Sarang se levanta entonces del sillón y se para frente a mí, a una distancia prudente. Lleva puestos unos pantalones como los que se usan para hacer yoga y un suéter de lana oversized. Se lo quita; debajo lleva una camiseta que le marca la figura.

—Tú eres bailarín, sabes que no debería hacer esto sin calentar, pero ¿puedes subir el volumen del vídeo un poco?

Cuando lo hago, ella comienza a moverse como las chicas del vídeo.

Estoy embobado viéndola, y la mandíbula se me va al piso cuando disocia su cuerpo.

Cuando se da la vuelta, puedo ver un tatuaje en su hombro derecho.

El vídeo termina y ella hace una reverencia, como lo hacen los bailarines al final de sus presentaciones. Toma su suéter y se lo pone de nuevo.

—Mi madre es profesora de danza. Se especializa en danza polinesia y maorí. Mi bisabuelo era de Nueva Zelanda y mi madre bailaba desde pequeña. Lo mismo pasó conmigo. Es más...

Coloca el vídeo nuevamente y lo pausa en una parte.

—Esta de aquí soy yo.

Le da a continuar. Luce distinta; tiene el cabello mucho más largo que ahora, y por eso no la reconocí.

—¿Tienes un tatuaje en el hombro?

Ella asiente y lo descubre para que pueda verlo. Es una muñequita sobre una tabla de surf.

—Claire tiene uno igual en el hombro izquierdo. Lo hicimos antes de que me mudara a Seúl.

—Yo tengo este. —Le muestro mi costado izquierdo.

En letras verticales dice: solo respira—.

Me lo hice en una época en la que pensé que no lo lograría.

—Me levanto el pantalón para enseñarle mi tobillo—.

Se Rim y yo tenemos este igual, es un yin yang.

Y finalmente, en la parte interna de mi antebrazo izquierdo, tengo unos guantes de boxeo. Este lo hice con Tae Yang.

Veo cómo sus ojos se abren por la sorpresa.

—¿Park Tae Yang tiene un tatuaje?

—Sí, pero no te diré dónde. —Sonrío—. Cuando estábamos en el colegio, peleamos muchas veces por mi culpa. Y luego, de adultos, puede que resolvamos algunos problemas con unos buenos golpes.

Luego de todas esas revelaciones, pasamos el resto de la tarde hablando de nuestras familias, lugares favoritos, todo lo que se nos venga a la mente, y nos damos cuenta de que tenemos cosas en común y otras en las que somos polos totalmente opuestos.

La noche comienza a caer cuando la invito a que demos un paseo por la playa y luego vayamos a cenar. El restaurante al que quiero llevarla está a una distancia corta caminando.

Un movimiento un poco brusco hace que me despierte.

Por unos segundos me siento desorientado, pero luego soy consciente de dónde estoy y con quién.

El movimiento proviene del cuerpo cálido y suave al cual estoy abrazado.

Su espalda está pegada a mi pecho y su cabeza sobre mi brazo.

Anoche, cuando regresamos de cenar, nos quedamos hasta muy tarde hablando, igual que lo hicimos en la tarde.

Al momento de irnos a dormir, me acordé del comentario de mi abuela y me dio un ataque de risa.

—¿Qué te causa tanta risa?

—Mi abuela estaba enojada cuando le dije que había alquilado una casa para quedarme contigo. —Cuando por fin pude parar de reír, le conté—. Y me dijo que podíamos quedarnos en su casa. Que yo podía dormir en mi habitación y tú en la de invitados.

—¿Es que no vas a dormir en la otra habitación?

Me miró de forma tan seria que sentí pánico de inmediato. Estábamos sentados en la cama y comencé a levantarme. Entonces fue ella la que comenzó a reír de forma descontrolada.

—¿Adónde vas?

—A dormir a la otra habitación.

—Era solo una broma.

Fue entonces cuando nos acomodamos en el centro de la cama y nos abrazamos.