CAPÍTULO 33 #2
—Ella es muy observadora. Debería contratarla como guardaespaldas. —Ambos sonreímos—. Por eso no debió sorprenderme que, cuando le dije que me gustaba, lo tomó con mucha calma y me dijo que ya lo sabía.
Comienzo a toser, casi me ahogo con el soju.
—¿Cuándo se lo dijiste? —Mi voz sale un poco apagada mientras intento recuperar el aire.
—Antes de regresar. Creo que era justo, para que supiera por qué te estabas comportando como un idiota. —Me señala.
—No me dijo nada.
—No tenía por qué hacerlo. Escúchame bien, Ahn Ji Soo, hemos sido amigos durante demasiado tiempo. En todos estos años hemos estado en los momentos buenos y malos, y que por tu cabeza pasara, por un instante, la idea de que me podría meter en el medio es algo que jamás pensé.
En ese momento me levanto de mi silla, me acerco a su lado de la mesa y me arrodillo.
—¿Qué haces?
—Pedir perdón. Fue más que tonto sentir celos y comportarme de esa manera.
Él se voltea hacia mí y pone una de sus manos sobre mi hombro.
—Esto no te va a salvar de la paliza que te voy a dar. —Me da unas palmaditas en la mejilla—. Levántate.
Son casi las once de la noche y el restaurante está por cerrar cuando Tae Yang paga la cuenta y salimos al fresco ambiente de la noche. No estamos borrachos, pero se puede decir que un par de botellas más y no podríamos regresar a casa solos.
Nos despedimos en la calle y cada uno toma su camino. La brisa fresca ayudará a despejar un poco mi mente mientras regreso con calma a casa.
Llevo toda la mañana viendo lugares de hospedaje en la isla Jeju. Un hotel no es la mejor opción, por lo que busco alguna casa o villa. Todavía no he hablado con ella. Quiero tenerlo todo planeado, y además tengo que avisar a la agencia que voy a estar fuera.
Esta tarde tengo mi primer ensayo después de la lesión. Vamos a hacer algunos ajustes para que no tenga que forzar la rodilla. Yo me siento bastante bien, pero el médico y el fisioterapeuta hicieron la recomendación.
Los miembros aún están fuera por la gira, por lo que estaré solo en la sala de práctica.
Antes de salir de casa, le envío un mensaje a Sarang preguntándole si en las fechas que le estoy enviando estaría libre para hacer un viaje corto.
Mi plan es que podamos pasar por lo menos tres noches juntos en Jeju.
Tal vez viaje antes para pasar un par de días con mis abuelos.
Eso significa que estaré fuera de la ciudad una semana.
Y todo debo hacerlo antes de embarcarme en la gira nuevamente.
Espero que ella pueda tener el tiempo, porque si no, tendré que cambiar de planes.
Mi mánager pasa a buscarme, y camino a la agencia hablamos de lo primero que se nos viene a la mente. A él le gusta el fútbol y podemos hablar todo el camino sobre los partidos.
Ya en la sala hay un par de personas del equipo y también uno de los coreógrafos.
—¡Hey, ahí está R.E.D.! Estoy listo para ti.
Nos saludamos mientras hago movimientos fuera de ritmo.
—¿Cómo sigue tu rodilla?
—Estoy bien. Ya estoy haciendo ejercicios de agilidad y resistencia.
—Eso es genial. Vamos a hacer estiramiento y luego vamos a comenzar con una de las rutinas de menos dificultad. No vamos a exagerar hoy.
—Menos dificultad, dices. Tengo que ver eso.
—Más bien bailarlo. Memoria muscular le llaman al poder recordar cada paso después de varios meses de no ensayar.
Entre risas y baile se me pasa el tiempo volando. Tomo una botella de agua y reviso mi teléfono. Sarang me respondió, y parece que iremos a Jeju.
Isla Jeju, unos días después
Llegué ayer por la mañana en uno de los primeros vuelos.
Mi tía fue a buscarme al aeropuerto. Mis abuelos me recibieron con muchos abrazos.
Me preguntaban cómo estaba. Me hicieron mostrarles la cicatriz de la cirugía, y mi abuela me regañó por no dejarla ir a cuidarme.
Comida deliciosa y sentirme consentido es lo único importante.
Aunque creo que no les ha gustado la idea de que me vaya a quedar en otro lado a partir de mañana. En especial a mi abuela.
—Abuela, no es que no me quiera quedar con ustedes, pero ya les conté que mañana va a llegar la chica que es mi novia, y pues queremos pasar tiempo juntos.
—Pueden quedarse aquí, la casa es grande.
Sé que la casa es grande; yo mismo se las compré.
Es una casa de una sola planta porque me preocupaba que, con la edad que tienen, se cayeran por las escaleras.
Una de mis tías ya vivía en la isla y me ayudó a encontrar este lugar.
Con una hermosa vista al mar y un gran jardín donde pueden salir a tomar el sol o hacer alguna actividad.
A mi abuela le gusta plantar flores y el espacio es lo suficientemente grande para hacerlo.
—Tú puedes dormir en tu habitación, y ella puede ocupar la de invitados.
Me da un ataque de risa, tanto que se me salen las lágrimas, y ella no entiende qué está pasando.
Pero tampoco soy capaz de decirle a mi abuela que lo que quiero es dormir abrazado a Sarang todas las noches.
Ella llegará mañana antes del mediodía. Esta tarde voy a alquilar un auto para poder ir mañana por ella al aeropuerto.
Nos toma alrededor de cuarenta y cinco minutos desde el aeropuerto hasta la casa que renté por las tres noches que vamos a pasar en la isla.
—Puedes pedir que te regresen el dinero y se quedan aquí con nosotros.
—Abuela, la voy a traer para que la conozcas. Te lo prometo.
Le doy un beso sobre el cabello antes de salir de la cocina.
A través de los ventanales, veo a mi abuelo en el jardín. A él le gusta ir a caminar cerca de la playa cada tarde, y por la forma en la que está mirando hacia allá, sé que está listo para su caminata. Abro una de las ventanas y el ruido hace que se voltee hacia mí.
—Abuelo, ¿te acompaño?
Él asiente. Voy rápido a mi habitación por un suéter y un gorro.
El clima está muy agradable. Al unirme a él en el jardín, salimos a la acera y caminamos en silencio durante un largo rato.
Es increíble la paz y tranquilidad que siento estando aquí.
No solo porque Seúl es una ciudad enorme y donde todo se mueve a una velocidad vertiginosa, también porque aquí me siento seguro.
No tengo que intentar ocultar quién soy o evitar hacer contacto visual con la gente a mi alrededor.
La zona donde viven mis abuelos es tranquila.
Lejos del centro de la ciudad. Es el lugar perfecto.
—Tu abuela no está contenta porque te vas a quedar en otro lugar.
—Lo sé, pero creo que para Sarang sería incómodo.
—¿Te vas a casar con ella?
—Abuelo, es muy pronto para hablar de matrimonio.
—Tus padres hicieron un buen trabajo criándolos, aunque a veces tienen ideas muy occidentales.
El comentario me hace sonreír. Ji Hoon y yo éramos pequeños cuando nos mudamos a Estados Unidos, y Ji Woo nació allá, por lo que nuestra educación fue diferente.
Para nosotros, que vivimos en Corea durante nuestros primeros años, fue un choque cultural bastante fuerte, pero nuestros padres trabajaron mucho para hacernos sentir bien.
Crecimos en una comunidad donde hay muchas familias coreanas, y eso nos hizo mantener el idioma, la cultura y la identidad.
En casa se seguía comiendo la misma comida y nadie podía entrar con los zapatos puestos.
Pero también íbamos a la escuela con chicos que no eran parte de nuestra comunidad, y eso nos dio acceso a conocer mucho de la cultura occidental.
—Tu abuela y yo nos casamos jóvenes, y aquí estamos juntos todavía. Cuando tenía tu edad, ya tenía a mis hijos.
—Los tiempos han cambiado, abuelo.
—Tener hijos fuera del matrimonio no está bien, Ahn Ji Soo.
—¿Qué estás pensando, abuelo?
Se detiene de golpe y yo doy unos pasos más antes de voltearme hacia él.
—¿Crees que no sé por qué te quieres quedar a solas con tu novia?
—¡Por Dios! Mejor sigamos caminando.
El vuelo de Sarang llegó hace pocos minutos. Estoy en el estacionamiento esperando a que me avise que ya ha salido, para pasar por ella. Han transcurrido alrededor de treinta minutos cuando mi teléfono comienza a sonar.
—Hola, ya estoy donde me indicaste.
—Hola, voy para allá. No cierres la llamada, por si necesito que te muevas un poco.
—Está bien.
—¿Cómo estuvo el vuelo? —pregunto mientras comienzo a moverme hacia el área donde me espera—. ¿Comiste?
—Estuvo tranquilo. Es un vuelo corto. Comí bastante bien antes de salir de casa. Tal vez algo ligero ahora, y más tarde podemos ir a comer heuk-dwaeji-gui (barbacoa de cerdo negro).
—Conozco el lugar perfecto para ir a cenar.
Mientras me acerco, la veo parada en la acera. Está hermosa, como siempre, y me digo que soy afortunado de haberla conocido. Quiero que todo sea perfecto para ella, aunque en ocasiones mi mundo no lo es.
—Ya estoy aquí.
Me detengo frente a ella y bajo solo un poco la ventanilla del lado del pasajero.
Ella me regala una sonrisa. Me acomodo los lentes de sol y la gorra para bajar rápido y ayudarla con su pequeña maleta.
Al salir del área del aeropuerto, la tomo de la mano y beso sus nudillos, para luego entrelazar mis dedos con los de ella.
—Te extrañé.
—Yo también. Luces muy bien. ¿Tu pierna está bien? ¿Quieres que conduzca?
—Estoy bien. He estado haciendo ejercicios moderados. Me siento bien. Creo que he subido un par de kilos en estos días. Mi abuela no acepta un “estoy a dieta” por respuesta. Siempre dice que estoy muy delgado.
Ella pone su otra mano sobre las que ya tenemos entrelazadas y, con suavidad, acaricia mis nudillos.
—Cuando salgamos del centro, podremos bajar las ventanillas. Nos va a tomar unos cuarenta y cinco minutos, pero la vista hará que ni siquiera te percates de la distancia.
—No tenemos prisa.
—Te va a encantar la casa donde nos vamos a quedar. Fui esta mañana y es muy acogedora.
—¿Las fotos que vimos le hacen justicia?
—Es mucho más, y está muy cerca de la playa. Podemos ir a caminar.
—Acabo de llegar y no me quiero ir. ¿Nos podemos quedar un poco más?