CAPÍTULO 24 #3
—Así es que ahora luzco normal. Creo que nunca me habían dicho algo así.
—No lo tomes a mal. No quise ofenderte.
—No lo hiciste. Quiero que conozcas a esta persona normal. Mucho gusto, me llamo Ahn Ji Soo.
Extiende su mano frente a mí.
—El gusto es mío, soy Leilani Smith.
Estrecho su mano.
—¿Qué edad tienes?
—Soy del 94.
—Yo del 96. Tienes la misma edad que Tae Yang.
—Sí, fuimos juntos a la secundaria.
—Hyun Jin me comentó que son mejores amigos.
—Él fue mi único amigo fuera de mi hermano y los miembros. Cuando regresé a Corea no conocía a nadie.
—¿Cuándo regresaste?
—Mi familia emigró a Estados Unidos cuando yo tenía ocho años. Regresé después de pasar una audición y vine como aprendiz. Mis padres y mis hermanos se quedaron en Boston, y yo vine a perseguir mi sueño.
—Oh, Hyun Jin vivió en Boston.
—Sí, una serie de coincidencias, diría yo. Y tú, ¿de dónde eres? —me pregunta ahora en inglés.
—Australia. Nací y crecí en Sídney.
—Oh, no lograba identificar tu acento.
La conversación entre los dos fluye de tal manera que, a pesar de que nos hacemos preguntas, no se siente invasiva ni extraña. Hablamos sobre muchos temas, pero más que nada de nuestros gustos. De nuestras familias. Pasatiempos. Estoy conociendo un poco a Ji Soo, no al cantante.
Compartimos el pastel que pedí, y mientras hablamos, el café va desapareciendo.
Me percato de que toma la cuchara con la mano izquierda y luego la taza con la misma mano.
Tiene una sonrisa cálida. Habla con mucha pasión sobre su familia, y es algo que tenemos en común.
Extrañar a nuestros padres. Yo no tengo hermanos de sangre, pero Claire es como una hermana para mí, y la extraño demasiado.
—Mañana salimos de gira y estaremos fuera un mes.
En el tiempo que llevamos hablando, es la primera vez que mencionamos algo sobre su trabajo. Porque, al final, es eso: un trabajo. Su trabajo es entretener a la gente que los sigue. Brindarles momentos felices.
—Estaremos en un horario totalmente diferente, pero podemos mantenernos comunicados. Cuando los conciertos terminen allá, será de día aquí.
—Deben terminar cansados.
—No sé cómo explicarlo. Es tanta la energía que hay en un concierto, la que los fans transmiten, que muchas veces, a pesar de estar cansados y adoloridos, bajarle a esa energía nos toma un poco de tiempo.
Y también el zumbido en los oídos está ahí, por lo menos, por una hora —señala mientras se toca los oídos.
—Debe ser molesto.
—Sí, lo es, pero es parte del trabajo.
—Si demoro en contestar es que estoy trabajando.
—No me has dicho a qué te dedicas.
—Doy clases sobre literatura en una universidad.
Por el momento prefiero no decirle a qué me dedico realmente. Aunque no le estoy mintiendo, sigo dando clases en la universidad. Solo estoy omitiendo la parte de que soy escritora.
—Lo tendré presente. Igual puedes contestarme cuando puedas. Puedes escribirme cuando quieras.
Nos quedamos en silencio y nos percatamos de la hora.
El café está por cerrar. Recogemos las tazas y los abrigos.
Él toma la bandeja y me indica que baje primero.
Se acerca al mostrador y se despide. La dueña sale de detrás de la caja y le da un abrazo.
Tienen un intercambio de palabras que no logro escuchar.
Al final, ella le toma el rostro con ambas manos.
—Vamos, te llevaré a tu casa.
—Puedo tomar un taxi.
—No voy a dejar que eso pase. Lo único es que tenemos que caminar un poco hasta el complejo de apartamentos donde vive mi hermano. Mi auto está allí.
—¿Está bien si caminas en medio de la gente así?
—No pasa nada.
Del bolsillo de su abrigo saca dos paquetes que contienen mascarillas desechables. Me entrega uno, abre el otro y se lo coloca. Yo hago lo mismo.
—Nadie nos va a prestar atención. Hace frío, y la gente estará más pendiente de llegar a casa o a algún lugar caliente que de notar nuestra presencia.
Caminamos un par de cuadras y, como me dijo, nadie nos presta atención. Somos un par de personas más caminando por las calles de Jongno-gu. Llegamos a un complejo de apartamentos y, en la entrada, saluda a la persona de seguridad. Nos dirigimos al estacionamiento.
—Mi hermano vive aquí con su familia. Se puede decir que es un espacio seguro. La cafetería a la que fuimos es de una amiga de mi madre. Se conocen desde niñas.
Eso explica por qué la llamó “tía”. Le doy mi dirección y la ingresa en el GPS. En el camino a casa casi no hablamos, pero no es necesario.
Ya frente a mi edificio, se estaciona en la entrada. El aire dentro del auto se carga de una energía diferente. La piel se me eriza y no sé por qué.
—Gracias por aceptar mi invitación. Disculpa por tardar tanto.
—No tienes que disculparte. La pasé muy bien.
—Cuando termine la gira en Estados Unidos, regresaremos para descansar unos días antes de seguir. Espero que podamos vernos.
—Claro que sí. Espero que les vaya muy bien en la gira.
No sé qué más decir. Nos miramos durante unos segundos directo a los ojos y el aire se carga aún más.
—Buenas noches, Leilani.
—Buenas noches, Ji Soo.