CAPÍTULO 11
Mi tiempo
Nueve meses después
Regreso a casa
Pongo la última pieza de ropa dentro de la maleta y me aseguro de llevarlo todo antes de cerrarla.
Me distraigo un momento viendo el pronóstico del clima para mañana.
La temperatura ha bajado tanto... hoy estamos a menos diez grados, y mañana empeorará pues descenderá cinco grados más.
Cierro la maleta. Mañana a esta hora estaré en casa, en pleno verano australiano.
Winter insistió tanto en llevarme al aeropuerto que no pude negarme, aunque mi idea era pedir un taxi.
Miro el reloj; es mejor que me apresure si no quiero llegar tarde.
A pesar de que le pedí que no hiciera nada hoy, vamos a encontrarnos para cenar.
Nos veremos mañana también, así que no entiendo por qué una cena de despedida. Al menos iremos a un lugar cercano.
Este año ha estado lleno de aprendizaje, y soy cada vez más consciente de todo lo que ha cambiado en mi vida.
No simplemente mudarme sola a otro país, también mi crecimiento como persona.
Aunque ya había vivido sola en la universidad, no es lo mismo.
En ese entonces, si quería llevarle la ropa sucia a mamá para que la lavara, solo tenía que hacerlo.
Este año me enseñó a ser totalmente independiente; llevarle la ropa a mi madre ya no era una opción. He aprendido mucho de mí misma.
Mi coreano ha mejorado tanto que ya puedo sostener una conversación.
Puedo valerme y eso me motiva a darme unas palmaditas en la espalda cada vez que logro algo pequeño.
Sigo con mis sesiones de terapia. Cuando se cumplió un año de apoyo psicológico, mi terapeuta me preguntó si quería continuar o seguir sola; decidí continuar.
Mis temores sobre el acoso han disminuido lo suficiente como para llevar una vida mejor, pero quiero seguir trabajando en otros aspectos que ayuden a mantener mi salud mental.
He hecho nuevos amigos gracias a Winter, que me ha ayudado a no quedarme encerrada en casa solo escribiendo.
En verano me llevó a su casa en Busan, y fue uno de los mejores veranos que he tenido.
Claire quería venir, pero el trabajo se lo impidió.
No nos vemos en persona desde que me mudé; hablamos casi a diario y hacemos vídeollamadas, pero la extraño, y tengo muchas ganas de pasar tiempo con ella contándole todo lo que me ha pasado este año.
Mañana regreso a casa. Con la maleta llena de recuerdos y de regalos para todos.
Llevo también las hojas impresas de mi próxima novela, que estoy corrigiendo antes de que llegue a manos de mi editora.
Mi última novela ha sido una locura, y pronto se traducirá a otros idiomas.
No puedo esperar a que más gente conozca mis historias.
Aeropuerto de Incheon, Corea del Sur
—¿Tienes todo?
—Sí, el pasaporte y el pase de abordar. Y aquí está lo de mi maleta.
—Bien. Diviértete mucho en casa. Dales un abrazo a tus padres de mi parte, y a Claire también. Espero que les gusten los regalos que les envié.
—Seguro les van a encantar.
—Llámame cuando llegues.
—Cuando me hablas así, por un momento olvido que eres menor que yo. Deberías guardarme un poco más de respeto —bromeo.
—Lo siento, unnie, se me olvidó por un momento —hace una reverencia.
Ambas reímos y nos abrazamos.
—Es hora de que te vayas. Vas a perder tu vuelo si seguimos así. Te voy a extrañar mucho.
—Yo también.
—Estaré aquí para recogerte cuando vuelvas.
2 años después de mi llegada a Seúl
Fama
No sé si tomé la mejor decisión, pero ahora debo afrontar todo lo que esto implica.
Mis últimas dos novelas han sido éxitos de ventas, y mi nombre se ha hecho cada vez más popular dentro de la comunidad lectora.
La presión a nivel profesional me llevó a una decisión trascendental: dar la cara y dejar que la gente conociera quién soy.
Antes de dar el paso lo hablé mucho con mi psicóloga.
No quería que esta decisión despertara de nuevo el temor que viví hace unos años con el acoso.
Hubo un momento en que mi mente volvió a llenarse de pensamientos que reavivaban ese miedo a sentirme vigilada, atrapada en casa otra vez.
Tuvimos que trabajar varios meses antes de que pudiera dar el paso.
Empecé a recibir invitaciones a ferias y convenciones de novela romántica, y el entusiasmo se mezclaba con el miedo a que invadieran mi espacio y mi vida privada. Lo hablé con mis padres, con mi agente y con la editorial, y agradezco haber recibido de su parte todo el apoyo que necesitaba.
Mi foto ahora aparece en las solapas de mis libros, junto a una breve biografía con datos generales como que nací en Sídney, que estudié literatura.
No dice nada personal, como que no vivo en mi país, que disfruto escribir varios días a la semana en una cafetería distinta de la hermosa Seúl, o que doy asesorías a estudiantes extranjeros.
Al final, aunque a veces me pregunto si tomé la mejor decisión, confirmo que sí.
Por eso ahora mismo estoy sentada en un avión rumbo a Madrid.
Me invitaron a una convención y estoy muy emocionada.
A mi lado, Kang Han Se lee un libro mientras yo intento hacer lo mismo.
Él es mi espacio seguro; saber que está junto a mí me da tranquilidad.
Por eso decidí que, cada vez que salga de Corea, iré acompañada.
3 años después
Sarang
—Hay una cafetería que acaba de abrir y sé que te va a encantar. Quizá te dé inspiración para una nueva novela.
Mientras vamos hacia Seongsu, Winter me cuenta sobre el lugar. Es un café pequeño en una de las calles del barrio. Intento escuchar su descripción, pero estoy distraída viendo cómo la ciudad se va tiñendo de los colores de la primavera, con los primeros cerezos floreciendo.
—Leilani, no me estás prestando atención.
—Sí, lo hago.
Sabe que no es verdad, así que le pide al chofer que ponga algo de música.
Él va cambiando las emisoras hasta que ella le pide que se detenga en una.
La canción capta mi atención de inmediato, habla de una ruptura amorosa, de cómo él se imagina que ella vuelve aunque sabe que no es real, de cómo no pudo protegerla, de cómo las risas se transformaron en lágrimas, de que antes eran uno y ahora son extraños.
Sarang, amor. La palabra se me queda atascada en la cabeza. Le pido a Winter el nombre de la canción, no sin antes sacar la libreta que siempre llevo conmigo para mis notas. Escribo el título.
Han pasado un par de semanas desde la primera vez que vine a esta cafetería con Winter.
Ahora es mi lugar favorito. Me he adueñado de una mesa junto a la ventana, desde donde puedo ver pasar a la gente, pero lo que de verdad me trae aquí son unos árboles en la acera que vi florecer justo frente a mis ojos: hermosas flores de cerezo.
Abro la laptop y saco del bolso el estuche de mis audífonos —unos nuevos que me regaló Claire en la última Navidad—.
Son enormes, y me encantan porque puedo poner la música que quiera y aislarme del ruido sin molestar a nadie.
Pido un café antes de sumergirme en el trabajo; cuando llega, lo pongo frente a mí, humeante, para no olvidarme de que está ahí.
Tomo el teléfono para conectarlo a los audífonos y llega un mensaje de Winter:
Sarang, espero que sea productiva
tu tarde de escritura.
Me hace reír. Me pongo los audífonos, y la canción que empieza a sonar es la misma que llevo en repetición desde aquella tarde en el auto —la misma que ha hecho que Winter ahora me llame Sarang—.
No puedo dejar de escucharla ni de tararearla.
Y ahora, gracias a ella, estoy escribiendo una nueva novela.
4 años después
Familia adquirida
Mis padres llegaron hace unos días para pasar sus vacaciones conmigo. Es verano aquí, pero a diferencia de Australia, aquí llueve. Aun así, hemos reservado unos días en la isla de Jeju. Claire llega mañana, y Winter también viene con nosotros.
Anoche cenamos con el padre de Winter, en un restaurante de comida tradicional coreana; la pasamos muy bien. El presidente Park es un hombre muy agradable; al principio, cuando lo conocí, me intimidaba un poco, pero esa sensación se fue disipando.
Claire está entusiasmadísima con este viaje, no solo por pasar tiempo juntas, sino porque ella y Winter irán a un concierto.
Ambas han intentado convencerme de acompañarlas, pero prefiero quedarme con mis padres.
Han intentado que me guste el k-pop tanto como a ellas, sin éxito.
No digo que no lo escuche —sería mentira—, pero no siento que sea lo mío; no tengo las ganas suficientes de sumergirme en ese mundo.
Claire lleva varios años siguiendo a un grupo cada vez más popular, y como si las estrellas se hubieran alineado a su favor, la empresa del padre de Winter es la que brinda seguridad al grupo, y uno de sus integrantes es amigo de infancia de Tae Yang.
Todavía recuerdo la escena cuando Hyun Jin le pidió a su hermano que le consiguiera unos boletos.
Yo había ido de visita a su casa, y estábamos en la cocina buscando algo de tomar cuando llegó su hermano.
Tae Yang no vive con su hermana y su padre, pero pasa varias veces por semana a comer con ellos o a reunirse con su padre por trabajo. Esa noche iba a cenar con ellos.
—Oppa —dijo Hyun Jin en cuanto lo vio, con un tono tan tierno que no pude aguantar la risa.
Usaba ese tono cuando quería conseguir algo. Su hermano es un poco más difícil de convencer que su padre.
—La respuesta es no. Hola, Sarang.
Tae Yang y yo dejamos las formalidades hace tiempo. A él le costó un poco, pero ya logré que me llame por mi nombre o por mi apodo.
—Pero si ni siquiera sabes qué te voy a pedir.
—Me lo puedo imaginar, y la respuesta es no.
—Oppaaaa, no lo hagas por mí. Hazlo por Sarang.
—Espera, ¿qué tengo que ver yo en esto?
—Quiero llevar a Claire.
—Entonces es algo entre Claire y tú; yo ni siquiera voy a ir.
—Park Hyun Jin, ¿por qué la metes en tus enredos?
—¡Por favor, solo serían tres entradas!
—¿Tres?
—Sí, Claire, Da-Mi y yo.
—Claro, cómo olvidar a tu otra mitad.
—Oppa, por favor.
—Basta de llamarme oppa.
—¡Por favor, por favor!
Se colgó de su brazo, y vi cómo el rostro de su hermano empezaba a cambiar hasta que, al final, cedió ante los deseos de su hermana.
5 años en Seúl
Rutina
Meto en el bolso la libreta, la laptop y el estuche de los audífonos, además de un par de bolígrafos de colores y unos post-its. Nunca están de más.
Mientras espero el taxi, reviso mis mensajes.
Winter está en Estados Unidos con su padre por trabajo, y están aprovechando para visitar a Morgan.
Por lo poco que me ha contado, vive en un pueblo a las afueras de Georgia, pero lo que más me tiene alerta es que conoció a un chico... un familiar de Morgan.
Llega el taxi y me dirijo a Seongsu, a mi cafetería favorita. Los árboles se han teñido de los tonos ocres tan típicos del otoño. El clima es agradable, el mejor momento para sentarme a darle el impulso final a la novela que estoy terminando.
Al llegar saludo a la barista. Llevo tanto tiempo viniendo aquí que ya ni siquiera me preguntan qué voy a pedir. Me ubico en mi mesa junto a la ventana, la misma que ocupo desde la primera vez que vine. El café no tarda en llegar, y mi rutina empieza. Laptop, audífonos, música.
Estoy tan inmersa en el trabajo que me desconecto de todo a mi alrededor, y no es hasta que necesito otro café que noto el alboroto en el lugar.
Por la puerta entra un grupo de chicas que ocupa algunas mesas, y segundos después entra un grupo más numeroso de chicos y chicas vestidos con ropa deportiva.
Se sientan en una mesa en diagonal a la mía.
Me levanto para pedir otro café y me cruzo en el camino de un hombre vestido igual que el resto, pero con gorra y el rostro cubierto con una mascarilla. Me parece raro; hoy no hay alerta de contaminación.
Me inclino para disculparme, y él hace el mismo gesto. Camino hasta el mostrador entre suspiros y conversaciones apagadas.
De vuelta en mi mesa, vuelvo a mirar hacia el grupo y no entiendo tanto alboroto. Afuera del café también se ha reunido gente; el lugar está lleno. Me cruzo con la mirada del hombre con el que tropecé, y él aparta los ojos con un movimiento tan natural que parece que estuviera mirando a otro lado.
Vuelvo a ponerme los audífonos y miro hacia la calle, donde se acumula cada vez más gente en la acera.
En ese momento, un auto se estaciona frente a la cafetería, y de él bajan un par de hombres que me resultan familiares.
Los observo con atención hasta que entran:,reconozco a uno de ellos, lo he visto junto al padre de Hyun Jin. Son guardaespaldas.
Trato de no prestarles atención, pero la situación dentro de esta pequeña cafetería se ha vuelto un poco absurda.
«¿Qué hacen aquí estos guardaespaldas?».
Logro concentrarme de nuevo en mi trabajo, y solo me desconecto cuando los de la mesa del hombre encubierto se levantan, junto con el resto de las mesas llenas de chicas.
Los guardaespaldas se acercan directo a ese hombre y lo escoltan afuera.
Veo a todos sacar sus teléfonos y empezar a grabar.
Supongo que es alguien famoso, pero no conozco bien la farándula local así que no sé quién es.
Cuando por fin la gente se dispersa, le pregunto a una de las chicas que limpia las mesas a qué se debió el alboroto.
—En la calle de atrás hay un estudio de baile que a veces usan los idols para practicar. El grupo que viste entrar son bailarines.
—Deben de ser muy famosos.
—Las chicas estaban aquí por el que iba con ellos. Es miembro de un grupo muy popular, y hace pocos meses terminó su servicio militar.
—¡Oh!
Unos días después
Estoy lista para empezar a escribir cuando la barista se acerca poniéndose el delantal; acaba de entrar a su turno. Me saluda con una inclinación y me entrega un sobre.
—Lo dejaron ayer para usted.
Al oír eso, todas mis alarmas se encienden y empiezo a mirar a mi alrededor.
—¿Quién lo dejó?
—Un hombre pasó y pidió que se lo entregáramos.
Lo tomo y lo dejo sobre la mesa. Quiero saber qué contiene, y al mismo tiempo temo lo que pueda encontrar. No logro concentrarme para escribir, así que termino abriendo el sobre.
«¿Qué es esto?».