No quiero pedir perdón CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El tiempo y Seúl

Enero

Anoche mamá y yo llegamos a Seúl y pasamos, de forma drástica, del soleado verano australiano a los menos veinte grados de Corea. El cambio de clima nos ha golpeado tanto que hoy no queremos salir del apartamento. Pero no hace falta hacerlo para disfrutar de una vista maravillosa de la ciudad.

Hannam-dong fue la zona elegida. El apartamento es enorme, y aunque al principio me sentí un poco intimidada por un espacio tan grande para mí sola, pronto ideas como decorarlo a mi gusto o elegir la habitación que sería mi oficina hicieron que esa duda se disipara.

Luego llegó el momento de ver precios, y otra vez di un paso atrás, hasta que llegué a un acuerdo con mis padres, dividiríamos todos los gastos a la mitad.

Al final decidí no aceptar la oferta de la editorial; sentir que les debía el lugar donde iba a vivir no me convencía.

Aún nos falta comprar algunos muebles, pero lo básico ya lo tenemos.

Poco a poco iremos llenando los espacios.

Invertí gran parte de mis ahorros de la publicación de mis libros, así que espero que mi próxima novela tenga buena acogida para recuperarme un poco.

Esta fue mi decisión, y debo hacerme responsable de mis actos.

Mientras me preparo un café, no puedo apartar la vista de los ventanales. La vista del río Han es impresionante.

—Buenos días, hija.

—Buenos días, mamá.

Miro el reloj, es pasado mediodía, pero necesitábamos descansar. Le sirvo una taza de café.

—¿Descansaste? —Le da un sorbo—. Sí, dormí de maravilla. Después de la llamada con papá, apenas puse la cabeza en la almohada.

—Yo también. Fue un viaje más cansado que el anterior.

—Yo lo sentí igual. Tal vez por las maletas de más, o por el clima.

—No puedo creer que estábamos bajo cero.

—Claire y mi profesora de coreano me lo advirtieron, pero no es lo mismo que te lo digan a vivirlo.

—Espero que este cambio tan drástico no nos enferme.

—Ni lo digas. Voy a preparar algo de desayuno, o más bien almuerzo. Deberíamos buscar cómo agradecerle a tu amigo por habernos ayudado.

—No sé si decir que es mi amigo sea lo más correcto. Yo soy, o era, su clienta. No sé cómo definirlo.

—Obviamente es mucho mayor que tú, pero creo que puedes considerarlo un amigo. Ahora mismo no está aquí para protegerte; no tenía que hacer nada de esto, y aun así nos ha ayudado mucho.

Mamá tiene razón. Kang Han Se no tenía por qué ayudarnos.

Esta vez decidimos que no era necesario contratar seguridad, pero aun así, él se ofreció a asegurarse de que llegáramos bien al apartamento.

Como estaba trabajando, envió a uno de sus amigos a buscarnos, y antes de nuestra llegada nos mandó toda la información de esa persona, foto, datos, todo.

Cuando llegamos, encontramos comida suficiente para varios días y algunas notas con información importante, como los días de reciclaje y las instrucciones detalladas de cómo hacerlo.

La última vez que estuvimos en Seúl nos pidió que, una vez eligiéramos el apartamento, lo dejáramos revisarlo. Traje algunos regalos para su hija, aunque sé que no es suficiente para agradecerle todo lo que ha hecho.

Los primeros días en Seúl han sido de adaptación. Mamá se quedará conmigo dos semanas más, y luego me tocará continuar sola.

He empezado a llevar una rutina para retomar la escritura.

Ya se anunció la fecha de publicación de mi nueva novela, así que entramos en una fase distinta, en la que la editorial bombardea con publicidad para generar anticipación.

En pocos días se revelará la portada, y ya se confirmaron fechas de eventos especiales en algunas ciudades de Australia.

Mi agente me escribió hace poco para contarme que, si todo sale bien, la novela también se publicará en español.

Esa noticia me sorprendió gratamente, saber que cada vez hay más gente leyendo mis historias, en lugares que jamás imaginé.

Por un momento pensé si sería buena idea dejar de ser una escritora fantasma y presentarme en los eventos, pero los recuerdos del acoso de los últimos meses me hicieron desechar la idea. No creo tener fuerzas para volver a pasar por lo mismo.

—Leilani, ¿estás lista para salir? El auto no tarda en llegar.

Saldremos a comprar algunas cosas para el apartamento, y quiero aprovechar para llevar a mamá a conocer un poco la ciudad.

La sensación de libertad que siento es difícil de describir, es poder salir de casa sin pensar que me están vigilando.

Recorremos varias tiendas, compramos algunos muebles y detalles de decoración.

Después vamos a comer. No estamos acostumbradas a lo picante, pero mamá quiere experimentar.

Todavía no me atrevo a hablar mucho el idioma, pero siempre encontramos la forma de comunicarnos, y eso también forma parte de la experiencia.

Febrero

Hace pocos días que mamá volvió a casa, y ya la extraño. Ahora sí se siente que he dejado mi ciudad y mi país por un lugar completamente distinto, con otra cultura, otras costumbres, y un idioma que todavía no domino.

Mis días empiezan con un rato de lectura para documentarme para la nueva novela; luego escribo un par de horas más.

Faltan pocos días para la publicación del libro, así que también dedico tiempo a reuniones con la editorial o con mi agente, y reviso las redes sociales, donde hay mucha expectativa por el lanzamiento.

Atardecer a la sombra de un cerezo es una novela que me tomó casi dos años escribir, y la que me trajo a Corea el año pasado.

Es una historia de viajes en el tiempo: mi protagonista sufre un accidente y todos la dan por muerta, hasta que salta al pasado y regresa a la antigua Seúl, en plena dinastía Joseon, donde conoce a un hombre que trabaja en el palacio, al servicio de uno de los príncipes. Ahí comienza su historia.

Por eso me tomó tanto tiempo, documentarme sobre datos históricos y tratarlos con respeto, siendo yo extranjera, fue todo un desafío.

Quisiera decir que me siento segura y confiada de mi trabajo, pero por más que sé todo lo que hice para que llegara de la mejor forma a mis lectores, siempre aparece un poco de inseguridad cerca de la fecha de publicación.

Hace poco me llegó una caja con los primeros ejemplares. Al abrirla, viví un momento difícil de explicar. Ver por fin el fruto de tanto trabajo entre mis manos fue mágico.

Estoy frente a la laptop, respondiendo unas preguntas para una entrevista escrita que se publicará en una de las revistas de mayor circulación en Australia, cuando me llega un mensaje de Claire.

Hablamos a diario. Minutos después llega otro mensaje, esta vez de Kang Han Se —pasar de Messenger a KakaoTalk me ha costado un poco—.

Me pregunta si estaré libre el fin de semana, porque hay alguien que quiere conocerme.

Eso me extraña, y le pregunto en broma si me está organizando una cita a ciegas.

Me responde que es la hermana de su jefe.

¿La hermana de su jefe? Me parece muy extraño. Su única explicación es que ella puede ser bastante insistente.

Han pasado unos días desde ese mensaje, y precisamente por eso estoy sentada en la sala de espera de una cafetería cerca de Myeongdong.

Quedamos de vernos aquí. Me siento un poco nerviosa; no sé nada de ella.

Llegué casi media hora antes, para los coreanos la puntualidad es muy importante, y no quiero dar mala impresión.

Además, todavía tengo que sentarme a estudiar las líneas del metro antes de moverme lejos del apartamento, así que prefiero llegar con tiempo de sobra y esperar.

Cinco minutos antes de la hora acordada, veo primero a Kang Han Se y, detrás de él, a ella. Ahora que la veo, recuerdo que nos cruzamos en aquel restaurante al que fuimos con Claire en una de nuestras últimas salidas.

—Annyeonghaseyo —dicen los dos, casi al unísono.

Me levanto y me inclino para devolver el saludo.

—Annyeonghaseyo.

—Hola, soy Hyun Jin Park.

Debo admitir que me sorprende lo poco marcado de su acento en inglés.

—Hola, soy Leilani Smith.

—Lo sé —me sonríe con amabilidad—. ¿Entramos?

Miro a Kang Han Se, y con la mirada me hace entender que solo seremos ella y yo.

—Vuelvo por usted más tarde —le dice él.

Ella asiente con la cabeza, y entramos al local.

Buscamos una mesa libre. Es una mujer realmente hermosa; lo confirmo al ver cómo varias personas se giran a mirarla a su paso.

Es un poco más alta que yo, de figura delgada y esbelta, con el cabello un poco más abajo de los hombros, en suaves ondas que le quedan perfectas.

Nos quitamos los abrigos y los dejamos en el respaldo de las sillas. Tomo asiento; ella se queda de pie.

—¿Qué quieres tomar? El café y los pasteles aquí son deliciosos. Yo invito.

—Un café está bien.

—Caliente, me imagino. Aquí tomamos mucho café frío, aunque esté bajo cero.

—Caliente, por favor.

Se acerca al mostrador y la observo desde mi lugar. Al rato vuelve y coloca una pequeña alarma sobre la mesa.

—Cuando esté listo, nos avisan.

Me siento un poco rara y no se me ocurre nada que decir.

—Me imagino que te preguntas por qué quería conocerte —asiento con la cabeza—. Hace unos días, almorzando, escuché a Kang Han Se contarle a mi hermano que ya te habías mudado, y pensé que sería bueno que conocieras nuevos amigos en Seúl. Ya sabes, gente de tu edad.

—No estaría mal.

—Genial.

La alarma vibra, y ella se levanta de inmediato a buscar la bandeja con las bebidas. Al volver, pone frente a mí una taza de café y un trozo de pastel; para ella, un café helado. No estaba bromeando.

—Podemos compartir el pastel. Estoy segura de que te va a gustar.

—Gracias.

—¿Cómo te ha tratado Seúl hasta ahora?

—Todavía me estoy adaptando. Tengo mucho que aprender.

—Me lo imagino. Viví muchos años en Estados Unidos, y cuando volví tuve que adaptarme de nuevo a la vida aquí.

—¿Viviste en Estados Unidos?

—Sí, en Boston, ocho años, con una tía. Volví a Corea hace dos.

—¿Tus padres te enviaron a estudiar? Debió ser difícil estar lejos de ellos.

Noto una sombra de tristeza cruzar por su mirada.