No quiero pedir perdón CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

—Claire, tienes que decirme qué está pasando.

—No pasa nada. Un problema del trabajo.

—No te creo. Si fuera solo eso, me lo hubieras dicho desde el principio, y no estarías comportándote así.

Mis padres se acercan al oírme perder la paciencia y alzar la voz.

—¿Qué está pasando, Leilani?

—Mejor pregúntale a ella, mamá. Me ha traído a rastras desde el centro comercial. De repente tuvo una urgencia por irse.

Sin esperarlo, Claire rompe a llorar y, entre lágrimas, le pasa el teléfono a papá. Mamá se acerca a mirar y se cubre la boca con la mano.

—¿Me van a decir qué está pasando?

Le quito el teléfono a papá sin avisar, y lo que veo me contrae el cuerpo entero. Hay una serie de fotos de Claire y yo en el restaurante, y un solo mensaje:

Leilani se ve tan hermosa.

Yo debería estar ahí con ella.

Pierdo toda la fuerza y me derrumbo al suelo. El teléfono de Claire también se estrella contra el piso. Eso saca a todos del trance en el que están, y tratan de hacerme reaccionar.

«¿Era mucho pedir que esto terminara? ¿Que me dejara en paz, que se olvidara de mi existencia y me dejara seguir con mi vida?».

Claire me visitó unos días después, y lloramos juntas mientras me contaba que aquel día lo único que quería era protegerme, pero que a la vez deseaba encontrarse con ese tipo y golpearlo.

Que cuando llegamos a casa lloraba de rabia e impotencia, porque lo único que pudo hacer fue sacarme de ahí para que él no me viera.

Diciembre

Estamos en el avión, a punto de despegar rumbo a Byron Bay. Me siento agotada. Después del asunto de las fotos, pasé varios días encerrada en casa; pensar que él estuvo tan cerca disparó mi ansiedad.

Mamá, sentada a mi lado, parece notarlo y me toma las manos mientras el avión despega.

Una hora después, aterrizamos. Papá alquiló un auto para ir hasta la casa que rentamos. Claire y sus padres llegan mañana; su hermano decidió quedarse a pasar las fiestas con su novia.

Al llegar recorremos la casa entera:,cuatro habitaciones, espacios abiertos, ventanales enormes, pero lo más impresionante es la vista al mar. Estamos a unos pasos del agua, y eso me da una paz enorme. La casa está dentro de un complejo privado, y lo más lejos que pienso llegar es hasta la playa.

También nos alegra que el dueño haya puesto un árbol de Navidad en la sala; no necesitamos más. Que Claire llegue mañana también juega a mi favor con su regalo, cargar las dos tablas en el aeropuerto fue toda una odisea.

—Vamos a descansar un rato antes de preparar la cena.

Papá me saca de mis pensamientos y me ayuda a llevar mi equipaje a la habitación. Claire y yo íbamos a compartir cuarto, pero como su hermano no viene, ella podrá usar la habitación que era para él.

En mi cuarto, abro la maleta y busco ropa cómoda. El baño es amplio, con una ventana que abro un poco para escuchar el mar. Después de una ducha, me visto y me acuesto. Una siesta no me hará daño.

Me despierta el sonido del teléfono. Todavía medio dormida, lo busco hasta encontrarlo. Es Claire preguntando si la casa es igual a las fotos que vimos, así que cambio a vídeollamada y le muestro el lugar.

A la hora de la cena nos sentamos en la terraza a disfrutar de la vista.

Traje mi computadora, pero quiero aprovechar estos días y, si me queda tiempo, seguir avanzando con la nueva novela.

En poco más de un mes tomaré un avión a Seúl, y quiero guardar todos estos recuerdos para cuando esté sola y sienta nostalgia de casa.

Sé que será difícil, no solo estar lejos de mis padres y de Claire, sino también enfrentar un choque cultural enorme.

No es lo mismo ir de vacaciones unos días que vivir allá.

Pero estoy abierta a aprender. También he estado pensando en cómo, a través de la literatura, puedo contribuir de algún modo al país que me va a abrir sus puertas.

Mi plan es vivir ahí el próximo año, seguir escribiendo —porque no importa en qué parte del mundo esté, siempre puedo hacerlo—, aprender y sumar nuevas experiencias.

Eso me repito para no pensar demasiado en que fue un acosador quien me empujó a tomar esta decisión drástica.

Tal vez pude mudarme dentro de Australia, pero en mi mente siempre estaría la idea de que él podría encontrarme, como lo hizo hace unos meses en Melbourne.

Poner mar y tierra de por medio es lo que me va a dar paz.

Anoche, antes de dormir, dejé la ventana entreabierta, y el sonido del mar me despertó esta mañana. Es, sin duda, la mejor manera de empezar el día. Si esto pasara cada mañana, sería feliz.

Reviso el teléfono, tengo un mensaje de Claire diciendo que pronto saldrán rumbo al aeropuerto. En unas horas estará aquí.

Me estiro todo lo que puedo en la cama, doy un par de vueltas y por fin tomo impulso para levantarme.

Hacía días que no me sentía tan descansada.

Me doy una ducha y cambio el pijama por una camiseta y unos shorts.

La casa está en silencio. Voy directo a la cocina por una taza de café, y desde ahí veo a papá en el jardín, mirando hacia la playa. Salgo y me acerco a él.

—Hola, papá, buenos días.

—Buenos días, hija. ¿Dormiste bien?

—Sí, me siento muy descansada.

—Samuel me llamó temprano; me avisará cuando estén por despegar, así calculo el tiempo para ir a buscarlos.

—Genial. Claire también me escribió.

Nos quedamos un rato en silencio, y entonces veo a mamá caminando por la orilla. Sé que para ellos toda esta situación —desde el acoso hasta mi mudanza— está siendo difícil.

—Voy a preparar algo de comer.

Papá me abraza antes de entrar a cocinar. Respiro hondo; el aroma salado del mar se cuela con fuerza y el sonido de las olas me calma. Pienso disfrutar al máximo estos días.

El sol empieza a calentar, y veo a mamá volviendo. La saludo desde donde estoy, y ella levanta los brazos igual.

Un rato después estamos sentados en la terraza, como anoche, y cuarenta minutos más tarde, papá sale rumbo al aeropuerto a buscar a Claire y a sus padres.

Mientras espero, trato de imaginar la cara que pondrá Claire con su regalo. Me cuesta resistir las ganas de correr al agua, pero le prometí que no lo haría hasta que ella llegara.

La playa se va llenando de gente, y las olas se ven perfectas.

Miro el reloj, deben estar por llegar; papá avisó cuando salían del aeropuerto. Mamá me mira y sonríe.

—Seguro Claire está tan ansiosa como tú. Ya casi llega.

—Espero que le guste su regalo.

—Estoy segura de que le va a encantar.

—Cuando lleguemos a Corea el próximo mes, todavía será invierno allá.

—Será un cambio drástico para todos.

—Yo creo que será divertido. Mientras aquí es verano, allá está nevando.

Mamá y yo nos acercamos a la puerta al escuchar voces afuera. Claire es la primera en bajar del auto y prácticamente se lanza sobre mí.

—Parece que tuvieras siglos sin verme.

—Eres una tonta, y lo sabes, Lani.

—Hija, toma tu maleta —le dice su madre, sosteniéndosela.

Me acerco y la abrazo. A diferencia de Claire, a quien vi hace unos días, a sus padres tenía rato sin verlos.

Samuel y Hannah Johnson, los padres de Claire, son parte de nuestra familia. Puede que yo no los vea tan seguido, pero mis padres sí; se reúnen varias veces al mes para cenar o tomar algo. Los llamo tíos desde el primer momento que los conocí.

Le muestro la casa entera a Claire antes de llevarla al jardín, desde donde se ve la playa.

—Este lugar es mejor que en las fotos. Tenías toda la razón.

—No sabes lo difícil que fue esta mañana no correr hacia la playa. Temprano casi no había nadie y las olas estaban perfectas.

—Se ven muy bien ahora. Voy a cambiarme y vamos.

—¿No quieres comer algo antes?

—Podemos comer después.

La veo correr hacia la casa y espero el grito. Le había pedido a papá que, cuando saliéramos al jardín, dejara las dos tablas en su habitación.

Unos segundos después, oigo un grito adentro, y luego la veo venir corriendo hacia mí. Se estrella contra mi cuerpo con tanta fuerza que ambas terminamos en el suelo.

—¡Te adoro! Eres la mejor amiga que se puede tener.

Rio mientras me abraza y me llena de besos, diciendo tonterías. Cuando por fin nos levantamos, vamos juntas a la habitación. Le muestro los detalles de las tablas, nuestros nombres y las flores de frangipani, parte de mi herencia polinesia.

Respira hondo varias veces antes de hablar de nuevo.

—Ahora sí voy a cambiarme, y vamos a la playa.

—No pensarás surfear a esta hora, ¿verdad?

—Aunque quisiera, ya es tarde. Pero mañana temprano nos desquitamos, y estas bebés van a deslizarse sobre las olas.

Y así pasan los días siguientes. Nuestra piel va tomando un hermoso tono dorado.