CAPÍTULO 9
Una nueva aventura
Después de un montón de papeleo, por fin aprobaron mi visado.
A partir de ahí todo el proceso se aceleró.
En pocas semanas iremos a Seúl a ver apartamentos en alquiler, con la esperanza de encontrar el adecuado.
Desde que empezó este proceso hemos estado en contacto con una agencia inmobiliaria que nos está ayudando; nos la recomendó Kang Han Se —sí, lo llamé para contarle que me mudaría, y me pasó el contacto—.
Y aunque les dije que no sería necesario tener seguridad, nadie me hizo caso.
Por ahora planeo mudarme a inicios del próximo año.
Quiero pasar las fiestas con mi familia, y de paso no me vendrá mal ir a la playa con Claire antes de encontrarme con el invierno coreano.
Es bastante loco pasar del calor del verano australiano a la nieve del invierno coreano en cuestión de horas.
Pienso enviar unas cajas con mis libros y artículos grandes; el resto de las maletas las llevaremos mis padres y yo. Por ahora, para decidir dónde viviré, solo mamá viajará conmigo. Para el siguiente viaje, papá se unirá a nosotras.
Octubre
—¿Llevan sus pasaportes?
—Sí, papá. Estás más nervioso que nosotras.
Ambas reímos.
—Repíteme quién las va a buscar en el aeropuerto.
—Papá, tranquilo. Nos busca Kang Han Se; él cuidó de Claire y de mí cuando fuimos de vacaciones. No te preocupes. Te llamaremos en cuanto estemos instaladas en el hotel.
—No importa la hora. Esperaré su llamada.
—Jack, si ibas a estar tan nervioso, debiste venir con nosotras.
—Lo sé, pero el trabajo me retiene.
Nuestro plan es pasar una semana en Seúl viendo apartamentos.
Le prometí a mamá que la llevaría a conocer algunos lugares, aunque cuando volvamos con papá podremos recorrer la ciudad con más calma.
Por ahora, mañana nos reunimos con alguien de la agencia inmobiliaria para iniciar la búsqueda de mi nuevo hogar.
Aprovecho las horas de vuelo para leer un poco y seguir tomando notas para mi nueva novela. Estoy ansiosa por empezar a escribirla.
Al llegar al aeropuerto de Incheon hay, como la última vez, una multitud enorme. Cuando por fin cruzo las puertas de salida, ver un rostro conocido es un alivio.
—Annyeonghaseyo —digo frente a Kang Han Se, e inclino la cabeza.
—Annyeonghaseyo —responde, inclinándose también.
—Ella es mi madre, Erina Smith.
Mamá le extiende la mano. Él se la estrecha mientras se inclina de nuevo.
—Permítanme ayudarles con el equipaje.
Camino al hotel, mamá va pegada a la ventana del auto.
Es de noche y la ciudad brilla con miles de luces; la gente se mueve a un ritmo frenético, como si llegara tarde a todas partes.
Mientras ella observa todo alrededor, le cuento a Kang Han Se sobre mis clases de coreano.
Él me pregunta por mi novela y lo pongo al día con el progreso.
También le pregunto por Choi Jong In, y me dice que ahora mismo está fuera del país, en un viaje de negocios con el dueño de la empresa.
Llegamos al hotel de madrugada y, como prometimos, llamamos a papá para avisarle que estamos bien y que vamos a descansar.
—Esta ciudad es realmente impresionante.
Mamá está de pie frente a la ventana. Nos hospedamos en un hotel en el centro de Seúl.
—Espera a verla con luz de día.
Nuestro día empieza con el mejor de los desayunos y una dosis extra de café. Junto a Han Se nos dirigimos al lugar donde nos espera nuestra primera cita.
Visitamos unos apartamentos en Insadong; algunos lugares me resultan familiares de mi viaje con Claire. Mamá y yo nos tomamos el tiempo de revisarlo todo y hacer las preguntas necesarias. La mañana se nos va en un abrir y cerrar de ojos. Nos detenemos a comer algo antes de seguir hacia Hannam-dong.
Mi nivel de coreano no pasa de lo básico, así que agradezco tener a Kang Han Se con nosotras. Nos lleva a un restaurante en una de esas callecitas donde come la gente local, es ruidoso y agradable a la vez.
Mamá está fascinada con todo lo que ha visto, y creo que este viaje la ayudará a entender por qué elegí esta ciudad. Toma muchas fotos y se las envía a papá.
—Gracias por acompañarnos.
—Estamos aquí para eso.
—Lo sé, es parte de su trabajo. Pero agradezco que no me haga sentir vigilada.
—Haré lo posible para que se sienta cómoda con mi presencia.
Después de comer nos dirigimos a Hannam-dong. Han Se nos cuenta que es una zona lujosa donde vive mucha gente de la farándula.
—Este lugar es enorme, y mira la vista que tiene —dice mamá al ver el apartamento que nos muestran.
Estamos en el piso veinticinco. Hay tres habitaciones, y la vista del río Han es todo un espectáculo, como dice mamá. Al preguntar sobre la seguridad, descubrimos que tienen un sistema que parece de otro planeta; la tecnología en este país es una locura.
Recorremos otros dos lugares antes de dar por terminada la búsqueda del día.
A la hora de la cena estamos tan cansadas que pedimos servicio a la habitación, y mientras comemos llamamos a papá para contarle sobre los lugares que visitamos.
Mamá le envía la información de los apartamentos que más nos gustaron.
Después de tres días hemos visto suficientes lugares para descartar varios y quedarnos solo con los que nos interesan. Decidimos que los dos días que nos quedan en la ciudad los usaremos para visitar algunos sitios; quiero llevar a mamá a ver los palacios donde está ambientada mi novela.
Noviembre
La primavera en Australia está por terminar, pero su belleza siempre me deja maravillada.
Las calles florecen, sobre todo las jacarandas moradas, que llenan cada espacio.
Se siente una energía distinta cuando el verano está a la vuelta de la esquina y cambia la temperatura.
Cafés, terrazas y restaurantes se llenan de gente que sale a disfrutar del buen clima.
Yo ya estoy lista para volver a la playa.
Por eso, este año vamos a rentar una casa junto al mar y pasar unos días ahí, incluida la Navidad. Hemos invitado a Claire y a su familia. Volaremos a Byron Bay una semana antes de Navidad, y eso me tiene muy emocionada.
Estos días han sido tan tranquilos que hasta me he planteado quedarme en casa, retomar mi plan original de buscar trabajo en mi área y alquilar un lugar pequeño.
He empezado a ordenar ideas para una nueva novela, sigo con mis sesiones con la psicóloga y con las clases de coreano.
Mis días están siendo normales. Tal vez él ya se cansó de acosarme al notar que no va a lograr nada; incluso mis padres han bajado la guardia y ya no se ponen tan a la defensiva cuando salgo sola. Solo me piden que me cuide.
—Mamá, voy a encontrarme con Claire. Quiere que la acompañe a comprar ropa.
—Envidio su guardarropa —dice.
—Yo también.
—Ten cuidado —me advierte.
Me entrega las llaves de su auto y me abraza antes de empujarme con suavidad hacia la puerta.
Camino al lugar donde quedé con Claire y vuelvo a pensar en lo bien que se siente no cargar con la preocupación de un loco queriendo acercarse a mí.
Al llegar al centro comercial le aviso que ya estoy ahí y, mientras la espero, doy una vuelta. No pienso comprar nada; mi dinero está reservado para la mudanza.
Suena mi teléfono.
—Encuéntrame en la entrada de Zimmermann.
Es lo único que dice Claire antes de colgar. Seguro la encuentro con una bolsa en la mano.
Al acercarme a la tienda la veo, y como predije, lleva un par de bolsas con el logo de la marca.
—No puedo creer que otra vez te hayas gastado todo tu dinero aquí.
—No he gastado tanto. Mi jefe me regaló unos certificados que le dieron en un evento. Nos compré unos trajes de baño lindísimos para nuestra Navidad en la playa.
—No tenías que comprarme nada.
—Vamos, eres mi mejor amiga. ¿A quién más le compraría algo?
—A tus padres, o a tu hermano.
—Siempre les compro cosas a mis padres, y Roy ya está grandecito para comprarse sus propias cosas.
Su comentario me hace sonreír.
—Vamos a dar una vuelta —me sonríe y sé lo que significa.
—Yo no pienso comprar nada.
—Yo sí, y eso es lo que importa.
Me toma del brazo y caminamos hacia otra tienda. Nos probamos ropa juntas, aunque no vaya a comprar nada, y así se nos van un par de horas.
—Vamos a comer algo, Lani.
—Me parece buena idea.
Salimos del centro comercial en busca de un restaurante cercano. Nos decidimos por uno a dos calles. Al llegar, nos dan una mesa y la carta.
—Me encantan estas noches de primavera. Todo el mundo está en la calle. Antes de que te vayas a Corea tenemos que salir a divertirnos. Vayamos a un bar.
Sé que, igual que a mis padres, esta separación le está costando a Claire. Hemos pasado mucho tiempo juntas desde la escuela.
—Te prometo que voy a regresar.
—Más te vale. Hay muchas cosas que quiero que hagamos juntas.
—Lo sé. Igual puedes venir a visitarme.
—Y pensar que la que ama las series y la música soy yo, y al final la que se muda a Seúl eres tú.
—Irónico, ¿cierto?
—¿Cómo van tus clases de coreano? —Me pregunta, en coreano.
—Bien, aprendiendo —es lo único que logro responder.
—Vamos a practicar más.
Mientras comemos, hablamos de nuestra escapada a la playa. No le he dicho nada, pero de regalo de Navidad nos compré tablas de surf nuevas. Sé que le va a encantar; mandé pintar nuestros nombres y unos diseños de flores.
Cuando terminamos de comer, Claire me pide que la espere mientras va al baño. Deja el teléfono sobre la mesa, y de pronto empiezan a llegarle mensajes sin parar. La pantalla se ilumina; el número no está registrado. Parece que le están enviando fotos. Pienso que debe ser alguien del trabajo.
Cuando vuelve, le digo que revise el teléfono. Lo toma, desbloquea la pantalla y, al abrir el mensaje, su expresión cambia de inmediato. Levanta la mirada y empieza a mirar alrededor.
—Claire, ¿pasa algo?
—Vámonos.
Empieza a recoger todo, apresurada.
—Rápido, Leilani.
Prácticamente me arrastra fuera del centro comercial, y no entiendo qué pasa. En el camino a casa no dice una sola palabra; luce molesta y no deja de escribir mensajes. Al llegar a mi casa, ya no aguanto más.