No quiero pedir perdón CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Estar con Claire siempre me hace bien. Puedo hablarle de todo lo que pienso y siento. Y, aunque tenemos la misma edad y ella tiene un alma rebelde, siempre sabe darme los mejores consejos, hacerme ver las cosas con más claridad y ponerme de mejor ánimo.

Unos días después

Mis días están llenos de actividad. Estoy tramitando el visado para vivir en Corea; existe uno de entretenimiento al que puedo aplicar, ya que la literatura está incluida entre las artes que cubre.

También sigo viendo lugares para alquilar, y aunque mamá no está del todo convencida, me está ayudando a buscar.

Hemos llegado a un punto medio: yo busco un lugar espacioso y céntrico, y ella se enfoca en la seguridad de la zona.

Esto también me ha despejado la mente, y he comenzado a tomar notas para una nueva novela, algo que me tiene muy emocionada.

Sé que, aunque estoy escapando de la realidad, aunque alguien me ha orillado a tomar esta decisión, este viaje será el inicio de una aventura maravillosa.

Quiero conocer lugares nuevos, gente nueva, vivir nuevas experiencias.

Mi rutina ha cambiado por completo estos días, pero me siento agradecida de ocupar la mente en cada detalle del viaje.

Aun así, hay cosas que no pienso dejar de lado, como mis sesiones con Lesley.

Nuestras conversaciones me hacen mucho bien; con los ejercicios que me ha enseñado estoy aprendiendo a controlar la ansiedad que a veces se apodera de mí.

Estoy durmiendo mejor y mis días son más tranquilos.

No he recibido correos, y podría pensar que se ha cansado, pero en realidad es que mis padres los están interceptando antes de que yo pueda leerlos. Los escuché una noche, hablando.

—Jack, ella va a estar bien, ¿cierto?

—No lo dudes ni un momento, Erina. Leilani es joven, pero es capaz de esto y de mucho más. Ya había vivido fuera de casa cuando estaba cerca de la universidad.

—Pero es diferente. Estaba a solo unos minutos de nosotros. Ahora se va a mudar a otro país, a otro continente.

—Ella va a estar bien. Hemos sido unos padres sobreprotectores.

—Claro, es nuestra única hija.

—Que se vaya a vivir a otro país no significa que dejemos de protegerla.

—¿Han seguido llegando los correos?

—Sí, pero no te preocupes por eso. Yo me estoy encargando.

Hoy tengo una reunión con mis compañeros de las clases de coreano.

No le he contado a nadie fuera de mi círculo cercano sobre mis planes de mudanza.

En el fondo temo que la información llegue a oídos de alguien conectado con el chico que me acosa; que nos hayamos movido en el mismo entorno, por haber estudiado en la misma universidad, me aterra.

Por eso no le he dicho nada a nadie más.

Para mis compañeros de la academia, estudio el idioma solo porque me gusta la cultura y porque mi mejor amiga me introdujo en ella. Tampoco saben que soy escritora.

Nuestras clases son virtuales, pero al terminar el primer nivel decidimos que sería buena idea conocernos en persona los que vivimos en Sídney.

Vamos a ir a una barbacoa coreana, y esta reunión me tiene muy emocionada.

He comprado regalos para mis compañeros, incluyendo a los que no viven en Sídney, a quienes se los envié por correo.

Nuestra profesora también participará, lo cual me anima todavía más.

Es una chica coreana que se mudó a Australia hace unos años; vino de intercambio y, como en las novelas románticas, encontró el amor y se quedó.

Llego unos minutos tarde porque salir de casa fue toda una odisea.

Mamá no quería que saliera sola, y me negué rotundamente a sentirme como una adolescente a la que sus padres llevan de un lado a otro.

Tampoco acepté que alguien me cuidara, sería una locura aparecerme con un guardaespaldas en la reunión.

Al entrar al local localizo la mesa. Al acercarme, todos se levantan y las presentaciones se disuelven entre abrazos y risas. En la clase somos quince personas; hoy estamos diez, más nuestra profesora.

Yang San Park, así se llama el restaurante.

Aunque está muy concurrido, los meseros van de un lado a otro atendiendo a todos los comensales.

Es una buena oportunidad para practicar lo poco que sabemos del idioma con ellos, que son coreanos.

La profesora les pide que nos disculpen si pronunciamos algo mal.

—Hubieras invitado a tu amiga, Leilani —dice una de las chicas.

—Le dije, pero tenía un compromiso de trabajo. Tal vez para la próxima.

La barbacoa empieza a crujir sobre la parrilla, y la mesa se llena de platitos de banchan.

La profesora nos explica qué es cada uno: kimchi, ggakdugi —una variedad de kimchi hecha con rábano coreano cortado en cubos—, danmuji —rábano amarillo encurtido—, japchae —fideos de cristal salteados con verduras cortadas en tiras finas.

Todo se ve delicioso. Además, pedimos unas botellas de soju y cerveza.

Mientras comemos, hablamos de las dificultades que hemos tenido con las clases y de que deberíamos reunirnos más seguido. Es un grupo muy ameno, y me da un poco de tristeza pensar que, para el próximo fin de curso, tal vez ya no estaré en Australia.