No quiero pedir perdón CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

El apartamento es pequeño, pero muy cómodo, y me encanta la luz que entra durante el día.

Recuerdo cuando fuimos a comprar los muebles; su hermano la ayudó con los gastos porque ella quería un lugar acogedor.

Compramos un sofá blanco y una manta color crema que luego usábamos para cubrirnos mientras veíamos películas los fines de semana.

La paleta va del blanco al crema, pasando por tonos tierra, con algunas plantas aquí y allá.

Su habitación tiene el mismo ambiente de calma, aunque en lugar de plantas tiene velas.

Lo que rompe con esa paz es la pequeña habitación que convirtió en su lugar de trabajo.

Ahí guarda toda la mercancía de k-pop que uno se pueda imaginar.

Es una habitación ruidosa, así la llamo yo.

Y aunque en este momento quisiera encender una de esas velas aromáticas y acurrucarme en su cama, entro directo a la habitación ruidosa.

En el piso hay algunos álbumes; me imagino que los acaba de comprar.

Recorro el pequeño espacio y las estanterías con los discos.

Regreso al punto de partida, me siento en el piso y tomo una de las cajas.

Tiene un logo plateado y el nombre del grupo: BEATS.

Es el grupo que vimos en el aeropuerto el día que regresamos de Corea.

Abro la caja por pura curiosidad; mi amiga se pone eufórica cada vez que compra un álbum nuevo.

Ha intentado que me interese tanto como a ella, pero no lo ha logrado; se me hace complicado entenderlo.

Tienen su propio idioma, y cada grupo puede tener tantos integrantes que admiro la capacidad de Claire para aprenderse todos los nombres.

Dentro de la caja, lo primero que encuentro es un libro con fotos de los integrantes.

Me tomo mi tiempo para ver cada una; son fotos preciosas, y aprecio la belleza de cada uno.

Es impresionante lo atractivos que son. Me detengo en las fotos de uno en particular: lleva el cabello teñido de rojo, y la fotografía está llena de fuerza.

En la última página aparecen todos juntos.

Los cuento, son nueve. Mis ojos vuelven a caer sobre el del cabello rojo. Es muy atractivo.

Dentro de la caja también hay unos stickers con el nombre del grupo y algunos símbolos, el CD, y las fotos individuales que Claire siempre dice que son lo más importante al abrir las cajas saber si te tocó la foto del integrante que más te gusta.

Hay dos, y para mi sorpresa una es del chico del cabello rojo.

Se ve muy tierno, formando un corazón con la mano junto a la mejilla.

Dejo todo a un lado y me levanto. Claire tiene un reproductor de discos pegado a la pared.

Saco el disco de su funda, lo coloco y presiono play.

Sin entender la mayor parte de lo que dicen —solo capto las pocas palabras en inglés—, escucho el disco completo.

Debo admitir que no entender la letra no fue impedimento para que me gustara pues tiene el balance perfecto, y las voces son maravillosas.

Me sorprendió gratamente que pudieran combinar voces melodiosas con la fuerza de un rapero.

Estoy escuchando de nuevo una de las canciones que más me llamó la atención cuando oigo la voz de Claire.

—Pensé que estarías tomando una siesta. Jamás esperé encontrarme con esto.

—Otras veces hemos escuchado alguno de estos discos juntas.

—Sí, pero porque prácticamente te obligo. Hoy lo estás haciendo por voluntad propia. Traje algo para comer.

Me acerco para apagar la música, pero me pide que la deje. Mientras ella va a cambiarse, yo voy a la cocina a sacar la comida de las cajas.

—¿Pasó algo, Lani? —Me ayuda a poner todo en la mesa.

—Hoy tuve una reunión con la editorial.

—Me imagino que no estuvo muy animada. ¿Tiene algo que ver con tu mudanza?

Nos sentamos una frente a la otra.

—Me han estado acosando por internet.

Claire mira hacia otro lado y suelta un suspiro fuerte.

—No me digas que es el mismo hombre.

—Sí. Pero todo va a estar bien.

—Te aseguro que si me lo llego a encontrar en la calle, lo mato. No puedo creer que, después de todo lo que ha hecho, pueda caminar tranquilo como si nada. Y no, esto no está bien, Leilani. Te está obligando a escapar, porque eso es lo que estás haciendo al mudarte.

—No quiero verlo así. Prefiero pensar que es una nueva aventura, como cuando empiezo a escribir una historia.

No quiero sentir la misma tensión que se instaló durante el almuerzo con la editorial, así que intento cambiar de tema.

—No lo hagas, Leilani. No voy a cambiar de tema, pero sí voy a calmarme. Es una locura todo lo que está pasando, y en cierta forma me siento responsable.

—¿Por qué? No, no tienes ninguna responsabilidad en esto. No es culpa tuya que un loco se haya obsesionado conmigo.

—Pero tal vez si no hubiera abierto esa página y no te hubieras hecho conocida, esto no estaría pasando.

—Eso es absurdo, Claire. No tiene nada que ver con mi vida como escritora.

—Es un loco. ¿Por qué no se acercó como hace todo el mundo?

—No creo que eso hubiera sido buena idea tampoco.

—Pensar que nos lo cruzamos varias veces en los pasillos de la universidad, y que no sabíamos en qué se iba a convertir, me da escalofríos.

—Ya no hablemos más de él, por favor. Cambiemos de tema.

—Está bien. Cuéntame cómo van tus clases de coreano.

El cambio de tema me relaja. Hablamos de mis avances y de cómo van los planes de la mudanza. Después de comer pasamos un buen rato viendo fotos de nuestro viaje juntas, y también de lugares que nos gustaría visitar cuando yo esté viviendo allí y ella vaya a visitarme.