No quiero pedir perdón CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Acoso

Aún no tengo decidida una fecha para mi mudanza.

Quiero que sea antes de que termine el año, entre octubre y noviembre, pero mamá quiere que pase las fiestas con ellos, y me parece justo.

Podríamos llevar mis cosas en octubre y mudarme oficialmente en enero.

Tenemos tiempo; estamos en julio y todavía quedan varios meses por delante.

Claire me ayudó a conseguir unas clases virtuales, y ya he comenzado. Me divierto mucho porque es un grupo muy animado; la mayoría son estudiantes universitarios, así que nos llevamos bien.

Mis días están siendo más calmados porque toda mi energía está destinada a prepararme para la mudanza. Estoy tan concentrada en organizarlo todo que no tengo tiempo para pensar en nada más.

El inicio de las clases fue el punto de partida.

Empecé poniéndome en contacto con la embajada para saber qué necesito, ya que mi plan es quedarme más del periodo normal de un turista.

Luego comencé a ver apartamentos para rentar.

Me gustaría quedarme en Insadong o en una zona cercana, porque ya conozco el área.

También he ido recopilando la información que necesitaré para poder alquilar.

Por el momento no quiero pensar en el tema de la seguridad.

También he intentado salir un poco más, he ido de compras o a comer con Claire.

Mamá y yo nos hemos reconciliado después del intercambio que tuvimos sobre la mudanza.

Además, he creado una rutina que incluye una hora diaria de meditación o yoga, aunque debo admitir que disfruto más lo primero.

Lesley me compartió unos audios de meditación guiada.

Hace unos días hablé con Emily sobre lo que está pasando y, para mi sorpresa, lo tomó de la mejor manera.

—Me apena que todo esto lo haya desatado un empleado de la editorial.

—No es culpa tuya.

—Es parte de nuestra responsabilidad resguardar a nuestros escritores, y no supimos hacerlo contigo.

—Nadie puede saber lo que pasa por la cabeza de los demás.

Después de mi clase de coreano reviso los mensajes en el teléfono.

Tengo uno de Emily diciendo que me envió un correo que necesito leer.

Abro de inmediato mi bandeja de entrada.

Tengo varios mensajes pendientes, pero abro primero el de Emily: me pide confirmar mi disponibilidad para una reunión, no solo para hablar de mi novela, sino porque uno de los directivos de la editorial también participará.

Estoy leyendo las últimas líneas cuando me llega la notificación de un correo nuevo.

No reconozco el nombre de quien lo envía, así que no le presto atención.

Le confirmo a Emily que estoy disponible.

Antes de cerrar el correo, veo el que acaba de llegar; me llama la atención el asunto: «Hola Leilani, ¿cómo estás?».

Hago clic para ver de qué se trata.

No he terminado de leer y mi cuerpo tiembla sin control. «¿Cómo consiguió mi dirección?». Me levanto del escritorio y me asomo a la ventana. No hay nadie afuera, o al menos no en un lugar donde pueda verlo. Pero sé que está ahí, en algún sitio, vigilándome.

Respiro hondo varias veces antes de llevarles la laptop a mis padres para mostrarles el correo.

—Esto está tomando otras dimensiones —dice papá mientras lee.

Mamá intenta calmarme, pero no dejo de moverme de un lado a otro.

—¿Por qué está pasando esto justo cuando había encontrado un poco de estabilidad?

—Vamos a seguir adelante, hija. No dejes que esto te desanime. Todo esto se va a solucionar.

Papá me ayuda a bloquear la dirección. Un par de días después recibo un correo similar desde otra cuenta.

Bloquear direcciones no iba a servir de mucho, los correos seguirían llegando.

Es una lucha constante en la que trato de equilibrar mi vida, y cada vez que lo logro, algo llega a desestabilizarla de nuevo.

Mamá y yo vamos camino a la reunión con Emily. No le he contado lo que está pasando; solo lo saben mis padres y Lesley. Ni siquiera se lo he dicho a Claire.

Al llegar al restaurante nos conducen a un salón privado. Ya están allí Emily, Lily, y un hombre al que no conozco.

—Hola, buenas tardes —saludo al entrar.

Emily se levanta de inmediato.

—Leilani, Erina, bienvenidas.

Lily y el desconocido también se levantan. Ella nos da un abrazo a mi madre y a mí, mientras él me extiende la mano primero.

—Hola, señorita Smith. Mi nombre es Andrew Scott, director de marketing de la editorial.

—Mucho gusto. Ella es mi madre, Erina Smith.

—Señora Smith —le da la mano—. Por favor, tomen asiento.

Cuando nos sentamos, se acerca un mesero para entregarnos la carta y preguntar qué vamos a tomar. Lily, sentada a mi lado, aprovecha el momento para contarme cómo va con la edición de mi novela.

—Estoy disfrutando cada palabra, y me encanta cómo describes los lugares. De verdad estoy conociendo mucho de la cultura; me estás llevando por un viaje maravilloso.

—Me alegra que te esté gustando.

—Es como si me estuvieras mostrando una película. Veo retazos de la ciudad moderna y luego me llevas de viaje al pasado. Y tus personajes, uff. Podría pasarme el día entero hablando de ellos.

—Podemos reunirnos una tarde y hablar sobre la novela.

—Claro que sí. Cuando vayas más adelantada lo hacemos.

Después de ordenar la comida, la conversación se pone seria.

—Leilani, el señor Scott está aquí porque quiere hablar contigo sobre el acuerdo de confidencialidad —dice Emily—. También hemos hablado de tu mudanza, y hay algo que quiere proponerte.

—Debimos venir con nuestro abogado —dice mamá.

—No creo que sea necesario llegar a ese punto, señora Smith.

Como empresa, somos conscientes de que lo que pasó con uno de nuestros empleados es inaceptable, y estamos realmente apenados por todo lo sucedido.

Sé que Emily les ha transmitido nuestro sentir, pero como directivo de la empresa quería hacerlo yo también, y disculparme por haberme tardado tanto.

Sabemos la gravedad del asunto; debimos estar más pendientes de usted. Mis disculpas.

—Sé que Leilani no lo ha comentado con Emily, pero ahora está recibiendo acoso por correo electrónico.

Todos me miran mientras mamá les da los detalles.

—Por eso, aunque al principio no estaba de acuerdo con la mudanza de Leilani, ahora creo que es importante que ponga distancia. Buscaremos una solución para los correos, aunque su padre o yo tengamos que revisar lo que le llega antes de que ella lo lea.

—Esto no debería estar pasando —comenta Emily—. Ese tipo está loco.

—Precisamente por eso no quiero que mi hija esté expuesta de esta manera. A Leilani le apasiona escribir, pero no quiero pensar que firmar con una editorial haya sido un error.

—¡Mamá!

—No queremos que se sienta así, señora Smith. Por eso estamos dispuestos a brindarles todo el apoyo que necesiten.

—Querían hablar sobre la cláusula de confidencialidad —cambio el tema para que esto no se convierta en una batalla. Conozco a mamá, y no se los va a poner fácil.

—Entendemos que, ahora que uno de nuestros empleados tomó tu información personal y la usó para acosarte, esta cláusula cobra más importancia.

No es que no la tuviera antes; todos sabemos que existe y qué implica.

En la editorial estamos preparados para afrontar el pago de la multa si es necesario. Esperamos no llegar a ese extremo.

Trato de digerir sus palabras lo mejor que puedo.

—Nuestros abogados se pusieron en contacto con ese hombre y le hicieron saber la postura de la empresa —dice en tono serio—.

Ya no es empleado de la editorial, pero sus acciones nos van a obligar a tomar medidas legales contra él.

Por otro lado, queremos proponerles lo siguiente: en la editorial decidimos hacernos cargo tanto del lugar donde vivirás en Seúl como del servicio de escolta que te proteja.

Mamá y yo nos miramos, extrañadas.

—Esto no es necesario. Quiero hacerlo por mí misma. Si ustedes lo pagan, tendré que vivir donde ustedes decidan, y no quiero eso.

—Leilani, no pienses que no tomaremos en cuenta tu opinión. Será igual que la última vez, veremos opciones, pero la palabra final la tendrás tú.

—No lo sé, Emily.

—No tienen que responder ahora —interviene el señor Scott—. El ofrecimiento sigue en pie, sin fecha de caducidad. Cuando tengas una respuesta, puedes hablarlo con Emily.

El ambiente de la reunión se pone tan tenso que se podría cortar con un cuchillo, sé que es una expresión trillada, pero no encuentro otra forma de describirlo.

La reunión dura lo mismo que tardamos en comer. Después le pido a mamá que me deje en casa de Claire. Mi amiga vive en un apartamento en los suburbios; envidio la independencia que tiene, aunque pronto tendré yo también mi propio espacio, aunque sea en otro país.

Claire no ha llegado del trabajo, pero tengo llave de su casa, así que entro y le escribo para avisarle que estoy aquí.

Nunca hemos tenido secretos, pero todavía no le he contado sobre los correos que he estado recibiendo.

No quiero abrumarla más con mis problemas, pero al mismo tiempo siento que debo contarle todo lo que está pasando.

Sé que, en el fondo, la idea de mi mudanza no le termina de agradar.

Claire trabaja en una empresa de marketing y, aunque es de las más jóvenes de su equipo, se ha ganado el puesto que tiene.

Trabaja mucho, pero se divierte a partes iguales.

Siempre ha sido el alma de la fiesta, y en cierta forma es el motor que me ha impulsado a dar pasos importantes en mi vida.

Sin ella, quizás mis escritos nunca habrían visto la luz, y no estaría donde estoy.