No quiero pedir perdón CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Usar un seudónimo, no hacer presentaciones ni firmas de libros: con todo eso quería evitar justamente esto.

Quería seguir con mi vida normal, poder salir a la calle sola sin preocuparme de que un loco se me acerque, que invada mi privacidad.

Me preocupa que en algún momento no solo intente hacerme daño a mí, sino también a mis padres, o a ti.

—¿Lo hablaste con tus padres?

—Aún no. Solo se lo he contado a mi psicóloga, y ahora a ti.

—No me agrada la idea de que estemos tan lejos, pero si eso te va a hacer feliz, te apoyo.

—Gracias, Claire. Hay algo en lo que necesito que me ayudes. Quiero que me recomiendes una academia para aprender coreano.

—Sabía que este día llegaría. Cuenta conmigo para lo que necesites. Podemos practicar juntas. Y, pensándolo bien, podré ir de vacaciones otra vez y el alojamiento me saldrá gratis.

—Nada es gratis en esta vida, querida amiga.

Nos quedamos en silencio mientras nos sirven la comida.

—Espero que mis padres lo tomen de la mejor forma.

—Amiga, tienes que estar preparada para luchar como las guerreras de tus novelas.

El momento correcto para hablar con tus padres y contarles que has decidido mudarte no existe.

Ya lo he pospuesto demasiado, y necesito sacármelo de encima porque pensar en todo lo que puede pasar me genera una ansiedad terrible.

En mi cabeza se proyectan todos los escenarios posibles, mis argumentos, todo lo que ellos podrían alegar.

El mejor de los casos, el ideal, sería que lo tomaran bien y aceptaran mi decisión. Quiero ser un poco optimista.

Hablaré con ellos hoy, después de la cena, e intentaré que la ansiedad no me mate antes.

Mientras cenamos hablamos de cualquier cosa, y trato de calmarme con la conversación, aunque el corazón me late desbocado casi todo el tiempo.

No sé cómo empezar. Me toca lavar los platos, así que ambos recogen la mesa y dejan todo a un lado para cuando comience mi labor.

Los escucho hablar de tomarse una copa de vino para relajarse, y aprovecho el momento: me apresuro a servirles el vino, como hago muchas veces.

Cuando ya tienen las copas en la mano, doy el primer paso.

—¿Podrían sentarse un momento? Quiero hablar con ustedes.

Ambos lo hacen y me miran expectantes mientras respiro hondo varias veces antes de empezar.

—Ustedes saben que los amo muchísimo, y espero que tomen lo que voy a decirles con la mejor disposición.

Se miran entre ellos.

—No nos asustes, Leilani.

—No es nada malo, mamá. Es algo que llevo semanas pensando, y hacerlo me ha ayudado a mantener la mente ocupada, a no pensar tanto en lo que ha pasado estos meses.

—Sabemos que es difícil para ti.

—Y también lo es para ustedes, papá. Lo sé.

También sé que siempre están para cuidarme, pero han sido meses largos y agotadores.

Por eso quiero proponerles algo. Necesito que mis días vuelvan a ser normales.

No me puedo imaginar cómo viven las celebridades cuando las acosan a toda hora.

Mis novelas se han vendido bien, y no es que quiera creerme la escritora más famosa del mundo, pero no quiero perder mi espacio.

Por eso decidí dividir mi vida entre Leilani y Chloe.

—Te entendemos perfectamente, hija. Sabes que tu padre y yo siempre te vamos a apoyar.

—Se los agradezco inmensamente.

Respiro hondo otra vez antes de continuar.

—No es un secreto que mi plan era conseguir un trabajo a tiempo completo y un lugar propio, y que todo cambió cuando firmé con la editorial. He reorganizado mis planes, y quiero mudarme a...

—No, Leilani —mamá me interrumpe antes de que termine—. No puedes mudarte sola, y menos ahora, con ese tipo todavía molestándote.

—Erina, déjala terminar.

—No, Jack. Y no te pongas de su lado. Es absurdo que quiera mudarse justo ahora.

—Quiero mudarme a Seúl —termino la frase.

—¡¿Qué?! ¿A Seúl? Esto es aún más absurdo.

Papá le toma la mano e intenta calmarla.

—A mí tampoco me agrada la idea, Leilani. Allá estarás sola. Si te pasa algo, no podremos estar contigo.

—Te entiendo, papá, pero es algo que quiero hacer. Al menos durante un año. Piénsenlo como un intercambio universitario, pero en otro país.

—Huir no es la solución.

—Lo sé, mamá, pero ahora mismo es lo que necesito. Quiero poder dormir sin pastillas. Salir a la calle sin encontrarme con un acosador que me sigue los pasos.

He repetido estas mismas palabras hasta el cansancio en los últimos días. Necesito huir.

—Por favor, denme un año.

—No estoy de acuerdo —dice mamá.

—Lo vamos a pensar —es la respuesta de papá.

—Jack, te dije que no te pusieras de su parte.

—No lo estoy haciendo, Erina, pero debemos darnos, aunque sea, un tiempo para analizarlo.

—Yo no voy a cambiar de opinión.

Con esas palabras, mamá se levanta, toma su copa de vino, sale de la habitación, y la escucho subir las escaleras.

—No me entusiasma la idea, pero cuando tu madre se calme, hablaré con ella. Seguro me tomará un par de días. Eres una mujer adulta... joven, sí, pero confío en tu criterio. Sé que no necesitas pedirnos permiso, pero agradezco que nos contaras tus planes.

—Gracias, papá.

Nos abrazamos antes de que él siga los pasos de mamá y yo me quede lavando los platos.

Los días pasan y sé que mamá sigue molesta conmigo, pero a pesar de eso sigo adelante con mis planes. Las palabras de papá resuenan en mi mente.

Al cabo de una semana volvemos a sentarnos para hablar del tema, en la sala de la casa.

—Tu madre y yo hemos estado hablando sobre tu mudanza, y aunque no nos parece una buena idea, hemos decidido apoyarte.

Siento que el alma me vuelve al cuerpo al escuchar esas palabras.

—Queremos ser parte del proceso: saber dónde vas a vivir, qué vas a hacer. Queremos que tengas un guardaespaldas contigo. Nos contaste que te sentías segura allá, pero no queremos tomar esto a la ligera.

—Claro, mamá.

Me apresuro a abrazarla, y luego me siento entre los dos.

—Podemos buscar un lugar juntos.

—¿Ya le contaste a Emily?

—Aún no, pero no debería haber problema; no importa en qué parte del mundo esté, puedo seguir escribiendo.